No es muy habitual que Nosferatu te dé la bienvenida a una exposición. Salvo, claro, que esta esté dedicada al cine expresionista. Y si, además, la muestra incluye una visita-taller pensada para niños, cuesta imaginar un anfitrión mejor.
Hasta el 4 de enero, La Fundación Canal acoge en Madrid Expresionismo. Un arte de cine, una exposición que puede visitarse en familia gracias a un recorrido adaptado para niños y niñas de entre 6 y 12 años. Un plan que, dicho así, podría parecer arriesgado: ¿cine expresionista alemán para público infantil? A primera vista suena casi a oxímoron.
Pero funciona. La clave está en cómo se cuenta. Porque para que unos niños acostumbrados a superproducciones digitales, CGI y efectos especiales hiperrealistas conecten con películas mudas, en blanco y negro y con actores moviéndose de forma exagerada —a veces incluso cómica—, primero hay que explicarles por qué esas películas fueron tan importantes. Y eso pasa por entender qué fue el expresionismo, qué pretendía y en qué mundo se gestó. Ahí es donde entra en juego la propia estructura y disposición de la muestra, pero sobre todo, Charo, la guía-monitora del taller, que consigue traducir un movimiento artístico complejo a un lenguaje claro, visual y sorprendentemente atractivo.

1. Expresionismo, ¿y eso qué es?
Si incluso muchos adultos dudan cuando escuchan la palabra expresionismo, es lógico que para los niños sea territorio desconocido. Para explicarles en qué consiste ese concepto, la solución más sencilla es dividir el término en dos: Expresión + ismo. Esto es, un movimiento artístico en el que lo importante no es copiar la realidad, sino expresar lo que se siente frente a ella: miedo, angustia, rabia, desconcierto… Pero hacerlo de una forma un tanto particular.
2. La ‘culpa’ fue de la fotografía
Durante siglos, pintura y escultura se habían encargado de representar la realidad. Pero con la llegada de la fotografía, esa función quedó cubierta. ¿Resultado? Los artistas empezaron a buscar otros objetivos. Ya no se trataba de reproducir el mundo tal cual es, sino de interpretarlo. Esa liberación fue clave para todas las vanguardias de principios de siglo pasado —no solo para el expresionismo— y ayuda a entender por qué las formas empiezan a deformarse y los colores a exagerarse.
3. Del pueblo a la ciudad (y la nostalgia del campo)
El expresionismo solo se entiende en la Alemania de entreguerras. Tras perder la Primera Guerra Mundial, el país se vio obligado a pagar una deuda descomunal. Por eso, muchas personas se vieron obligadas a abandonar el campo para trabajar en fábricas y ciudades cada vez más hostiles.
La exposición arranca con obras previas al expresionismo, llenas de escenas rurales y paisajes aparentemente tranquilos, que sirven para mostrar ese mundo que se deja atrás. El campo se convierte en un lugar idealizado, casi bucólico, como muestran las pinturas de Arthur Segal o Emil Nolde con las que arranca la exposición, y que son previas a la irrupción del expresionismo.

Los artistas plenamente inmersos en la vanguardia, por su parte, empiezan a trasladar a sus obras la angustia de una vida cada vez más comprimida en ciudades densas y fábricas asfixiantes, donde se pasa buena parte del día. La película Metrópolis es, probablemente, la obra que mejor condensa ese malestar colectivo.
4. Las cuatro pistas del expresionismo
¿Cómo saber si una obra es expresionista, y no cubista o surrealista? Charo comparte con los niños un truco infalible. Si una obra presenta varias de estas características —no siempre todas—, hay muchas papeletas de que sea expresionista:
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formas distorsionadas
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trazos exagerados o deformados
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colores intensos
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atmósferas inquietantes
A partir de ahí, el juego está servido.

5. Xilografía: madera, tinta y emoción
Para muchos de los niños, la visita es también un primer encuentro con la xilografía, una técnica de grabado a partir de planchas de madera. Los artistas expresionistas la utilizaron con frecuencia porque les permitía trabajar con líneas duras y contrastes fuertes, perfectos para transmitir angustia, tensión y crítica social. La técnica, una vez más, al servicio de la emoción.
6. Trucos expresionistas (también en el cine)
Aunque también recurrieron a otras técnicas, como la acuarela, los expresionistas tenían sus propios trucos. Por ejemplo, usar muy poca agua para intensificar el color. O prescindir de la perspectiva para deformar la realidad. Un buen ejemplo de esto último es Mujer desplumando un pato, de Otto Lange. Esa misma trampa visual se trasladó al cine, como demuestran varios fotogramas de El gabinete del doctor Caligari, donde los decorados imposibles y las líneas torcidas refuerzan la sensación de inquietud.
7. ¡Cuidado con Nosferatu!
Sí, Nosferatu tenía que estar. La sombra del vampiro más famoso del cine expresionista alemán acecha al final del recorrido, recordándonos que el miedo —bien contado— también forma parte del aprendizaje. No diremos más.

Y cuando la visita termina, empieza el juego. Cartulinas, tijeras, linternas y un poco de imaginación bastan para que los niños creen sus propias historias de sombras. Pequeñas películas caseras que, con muy pocos medios, consiguen poner los pelos de punta. Incluso al mismísimo Nosferatu.


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