29 de junio 2022    /   IGLUU
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Se había afeitado las piernas encogida en el lavabo de su cuarto de baño minúsculo de su piso diminuto en la calle de las putas. Cuando lo alquiló, nadie le dijo que aquella calle se conocía por el sobrenombre de «la calle de las putas».

Se había puesto crema hidratante por todo el cuerpo para tener la piel suave, lisa, agradable al tacto. Se había enrollado cada mechón de pelo en un trozo de tela siguiendo un tutorial de YouTube en el que se explicaba cómo hacerse ondas naturales sin necesidad de plancha. Había invertido una hora de su vida en maquillarse tan bien que nadie pudiera darse cuenta de que estaba, en efecto, pintada como una puerta.

Él se había presentado en chándal. Minerva no era una cínica, el mundo todavía no la había convertido en una persona que se enfrentaba a todo encogiéndose de hombros, pero aquello la había descolocado tanto que su primer impulso había sido mirarse de reojo en un espejo. Estaba preciosa: llevaba un vestido, llevaba sandalias, el pelo le caía por la espalda en un manto brillante y ondulado.

Menudo bajón. Él tenía una barba de cinco días y apestaba a AXE.

Así empieza este relato de Meryem El Mehdati para Igluu. ¿Cómo acabará esta cita a ciegas?

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Se había afeitado las piernas encogida en el lavabo de su cuarto de baño minúsculo de su piso diminuto en la calle de las putas. Cuando lo alquiló, nadie le dijo que aquella calle se conocía por el sobrenombre de «la calle de las putas».

Se había puesto crema hidratante por todo el cuerpo para tener la piel suave, lisa, agradable al tacto. Se había enrollado cada mechón de pelo en un trozo de tela siguiendo un tutorial de YouTube en el que se explicaba cómo hacerse ondas naturales sin necesidad de plancha. Había invertido una hora de su vida en maquillarse tan bien que nadie pudiera darse cuenta de que estaba, en efecto, pintada como una puerta.

Él se había presentado en chándal. Minerva no era una cínica, el mundo todavía no la había convertido en una persona que se enfrentaba a todo encogiéndose de hombros, pero aquello la había descolocado tanto que su primer impulso había sido mirarse de reojo en un espejo. Estaba preciosa: llevaba un vestido, llevaba sandalias, el pelo le caía por la espalda en un manto brillante y ondulado.

Menudo bajón. Él tenía una barba de cinco días y apestaba a AXE.

Así empieza este relato de Meryem El Mehdati para Igluu. ¿Cómo acabará esta cita a ciegas?

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