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1 de julio 2016    /   DIGITAL
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Crónica de una cita ‘online’ treinta años antes de Tinder

1 de julio 2016    /   DIGITAL     por          
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«Aunque hay tablones de anuncios en cada Estado, puedes estar destinado a encontrar a la pareja de la que te enamores a 2.000 millas de distancia. La última moda en estos servicios electrónicos es lo que denominamos la red del amor. Aquí, lo creas o no, puedes encontrar a la pareja de tus sueños a la distancia de un breve código ASCII».

Tres décadas antes de que Tinder se convirtiera en el Cupido del smartphone, la prestigiosa revista Popular Science se hacía eco en estos términos del nacimiento del flirteo online. Era 1983 y aún faltaban diez años para el lanzamiento de la primera página web, así que el ligoteo a distancia se transmitía a través de Sistemas de Tablón de Anuncios (BBS por sus siglas en inglés) que permitían a los equipos conectarse mediante la línea telefónica y módems.

«Dial-a-Date es una emocionante y recién llegada forma de hacer nuevos amigos y amantes de manera selectiva y segura», afirmaba uno de aquellos servicios, que en poco más de un año había recibido 35.000 llamadas. Dial-your-Match, con más de 120 tablones de anuncios por todo Estados Unidos, era otro de ellos.

Pese a que utilizarlo no era tan sencillo como encontrar el amor a ritmo de swipe, para aquellos primeros usuarios conectados el sistema debía suponer una revolución. Se les daba una clave secreta, se les pedía información sobre su peso, su altura, su signo del zodiaco o sus preferencias sexuales y en su pantalla aparecían sus posibles matches.

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«Estamos demasiado acostumbrados en nuestra cultura a que la presencia física sea fundamental a la hora de conocer a alguien», aseguraba Andrew Schlein, alias Psychdoc, uno de los primeros adictos a estos servicios. «Las citas online por ordenador han recibido una considerable atención y aclamación recientemente. A las parejas casadas que han quedado a través de las líneas de comunicación les encanta celebrar su condición como si pareciera que están en los talk shows de televisión», destacaba la revista Infoworld en 1984.

A finales de ese año, dos apasionados de aquellos tablones de anuncios comenzaron un proyecto que aún perdura con ayuda de un Radio Shack TRS-80, uno de los ordenadores personales favoritos de los coleccionistas de máquinas vintage. Juntos crearon Matchmaker, un servicio que se disputa con Match.com el título de web de citas en activo más antigua, y que por entonces solo era un primitivo software.

Matchmaker-Com_1987 (1)
El ordenador original donde se desarrolló Matchmaker.com

«El sistema tenía los mismos mecanismos básicos que ves hoy: una lista de matches, una forma de mirar los perfiles de otras personas, un buzón de correo y un sistema de chat. Solo que todo era texto y no podías hacer clic en el perfil de alguien» rememora Jon Boede, el cofundador y programador del Matchmaker original.

Al no poder acceder directamente al perfil, para buscar un posible ligue cada cual tenía que anotar los nombres de los individuos que le interesaban, volver al menú principal y encontrarlos. Un método bastante más complejo que pasar jetas hacia la derecha en busca de la media naranja. De hecho, en los BBS la belleza estaba en el interior.

«Realmente la principal diferencia entre los sitios de paleo-dating y las páginas modernas es la ausencia de fotos«, señala Boede a Yorokobu. Este programador creó una sección para descargarse imágenes, pero los usuarios tenían que mandar la instantánea física para que ellos la escanearan, una prestación que casi ninguno solicitaba. A pesar de los obstáculos, el amor a ciegas era un éxito. «Parecía que funcionaba bastante bien: había gente diciéndonos cada semana que se iba a casar con alguien que había conocido en Matchmaker», indica Boede.

Matchmaker-Com_1998
El hogar de Matchmaker.com en Texas en los 90

Otros servicios también ayudaban a que los usuarios acabaran en el altar. La compañía CompuServe afirmó en 1983 haber celebrado el primer enlace matrimonial online. La pareja se había conocido precisamente a través de su chat, CB Simulator. Ante la presencia de 100 miembros de CompuServe, pronunciaron sus votos y los escribieron para compartirlos con ellos.

«Dicen que los individuos son juzgados en función de lo que piensan, sienten y valoran, no según sus apariencias. Los encuentros dicen satisfacer a los usuarios; son menos peligrosos y más satisfactorios», afirmaba con cierto escepticismo la periodista de Infoworld.

De hecho, en el propio reportaje detallaba casos en los que la potencial pareja envejecía repentinamente en la primera cita presencial o en los que la media naranja virtual ocultaba llevar anillo, ya que no existía un Ashley Madison por entonces. Los detractores de estos servicios mostraban incluso su preocupación porque los niños accedieran a ellos.

Pese a esas reticencias, el éxito de las citas online no hizo más que crecer desde entonces. A finales de los 80, miles de personas se conectaban a la docena de sistemas Matchmaker en activo, ya que Boede había otorgado licencias para poder operar en solitario. Con la llegada de internet, todos acabaron agrupados bajo la misma empresa, vendida a Lycos en el 2000, cuando sus ingresos anuales alcanzaban el millón de dólares al mes (1,3 millones de euros al cambio actual teniendo en cuenta la inflación).

«Para Matchmaker, [internet] fue como un cohete propulsor», defiende Boede que abandonó el barco del amor cuatro años más tarde. El buque acabó en manos de Avalanche, una compañía que controla varias páginas dedicadas a la caza de pareja online.  En tiempos de Tinder, la moda de enamorarse por la red gracias a esas páginas puede parecer una auténtica novedad. Sin embargo, el arte del cortejo a través de las pantallas nació treinta años antes.

Las imágenes del artículo son propiedad, por orden de aparición, de Shutterstock,  Thomas Leuthard y Wikimedia Commons (3 y 4)

«Aunque hay tablones de anuncios en cada Estado, puedes estar destinado a encontrar a la pareja de la que te enamores a 2.000 millas de distancia. La última moda en estos servicios electrónicos es lo que denominamos la red del amor. Aquí, lo creas o no, puedes encontrar a la pareja de tus sueños a la distancia de un breve código ASCII».

Tres décadas antes de que Tinder se convirtiera en el Cupido del smartphone, la prestigiosa revista Popular Science se hacía eco en estos términos del nacimiento del flirteo online. Era 1983 y aún faltaban diez años para el lanzamiento de la primera página web, así que el ligoteo a distancia se transmitía a través de Sistemas de Tablón de Anuncios (BBS por sus siglas en inglés) que permitían a los equipos conectarse mediante la línea telefónica y módems.

«Dial-a-Date es una emocionante y recién llegada forma de hacer nuevos amigos y amantes de manera selectiva y segura», afirmaba uno de aquellos servicios, que en poco más de un año había recibido 35.000 llamadas. Dial-your-Match, con más de 120 tablones de anuncios por todo Estados Unidos, era otro de ellos.

Pese a que utilizarlo no era tan sencillo como encontrar el amor a ritmo de swipe, para aquellos primeros usuarios conectados el sistema debía suponer una revolución. Se les daba una clave secreta, se les pedía información sobre su peso, su altura, su signo del zodiaco o sus preferencias sexuales y en su pantalla aparecían sus posibles matches.

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«Estamos demasiado acostumbrados en nuestra cultura a que la presencia física sea fundamental a la hora de conocer a alguien», aseguraba Andrew Schlein, alias Psychdoc, uno de los primeros adictos a estos servicios. «Las citas online por ordenador han recibido una considerable atención y aclamación recientemente. A las parejas casadas que han quedado a través de las líneas de comunicación les encanta celebrar su condición como si pareciera que están en los talk shows de televisión», destacaba la revista Infoworld en 1984.

A finales de ese año, dos apasionados de aquellos tablones de anuncios comenzaron un proyecto que aún perdura con ayuda de un Radio Shack TRS-80, uno de los ordenadores personales favoritos de los coleccionistas de máquinas vintage. Juntos crearon Matchmaker, un servicio que se disputa con Match.com el título de web de citas en activo más antigua, y que por entonces solo era un primitivo software.

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El ordenador original donde se desarrolló Matchmaker.com

«El sistema tenía los mismos mecanismos básicos que ves hoy: una lista de matches, una forma de mirar los perfiles de otras personas, un buzón de correo y un sistema de chat. Solo que todo era texto y no podías hacer clic en el perfil de alguien» rememora Jon Boede, el cofundador y programador del Matchmaker original.

Al no poder acceder directamente al perfil, para buscar un posible ligue cada cual tenía que anotar los nombres de los individuos que le interesaban, volver al menú principal y encontrarlos. Un método bastante más complejo que pasar jetas hacia la derecha en busca de la media naranja. De hecho, en los BBS la belleza estaba en el interior.

«Realmente la principal diferencia entre los sitios de paleo-dating y las páginas modernas es la ausencia de fotos«, señala Boede a Yorokobu. Este programador creó una sección para descargarse imágenes, pero los usuarios tenían que mandar la instantánea física para que ellos la escanearan, una prestación que casi ninguno solicitaba. A pesar de los obstáculos, el amor a ciegas era un éxito. «Parecía que funcionaba bastante bien: había gente diciéndonos cada semana que se iba a casar con alguien que había conocido en Matchmaker», indica Boede.

Matchmaker-Com_1998
El hogar de Matchmaker.com en Texas en los 90

Otros servicios también ayudaban a que los usuarios acabaran en el altar. La compañía CompuServe afirmó en 1983 haber celebrado el primer enlace matrimonial online. La pareja se había conocido precisamente a través de su chat, CB Simulator. Ante la presencia de 100 miembros de CompuServe, pronunciaron sus votos y los escribieron para compartirlos con ellos.

«Dicen que los individuos son juzgados en función de lo que piensan, sienten y valoran, no según sus apariencias. Los encuentros dicen satisfacer a los usuarios; son menos peligrosos y más satisfactorios», afirmaba con cierto escepticismo la periodista de Infoworld.

De hecho, en el propio reportaje detallaba casos en los que la potencial pareja envejecía repentinamente en la primera cita presencial o en los que la media naranja virtual ocultaba llevar anillo, ya que no existía un Ashley Madison por entonces. Los detractores de estos servicios mostraban incluso su preocupación porque los niños accedieran a ellos.

Pese a esas reticencias, el éxito de las citas online no hizo más que crecer desde entonces. A finales de los 80, miles de personas se conectaban a la docena de sistemas Matchmaker en activo, ya que Boede había otorgado licencias para poder operar en solitario. Con la llegada de internet, todos acabaron agrupados bajo la misma empresa, vendida a Lycos en el 2000, cuando sus ingresos anuales alcanzaban el millón de dólares al mes (1,3 millones de euros al cambio actual teniendo en cuenta la inflación).

«Para Matchmaker, [internet] fue como un cohete propulsor», defiende Boede que abandonó el barco del amor cuatro años más tarde. El buque acabó en manos de Avalanche, una compañía que controla varias páginas dedicadas a la caza de pareja online.  En tiempos de Tinder, la moda de enamorarse por la red gracias a esas páginas puede parecer una auténtica novedad. Sin embargo, el arte del cortejo a través de las pantallas nació treinta años antes.

Las imágenes del artículo son propiedad, por orden de aparición, de Shutterstock,  Thomas Leuthard y Wikimedia Commons (3 y 4)

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