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5 de abril 2018    /   ENTRETENIMIENTO
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Una guía para conocer el México secreto y oculto a los turistas

5 de abril 2018    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Es sábado y el centro histórico de Ciudad de México, la urbe más grande de América, está lleno de boys y girls scouts, por algún motivo desconocido. Son las 12 del mediodía y el sol pega fuerte y pica en la piel. Poco antes de Semana Santa, los turistas salen de la catedral y atraviesan las calles hacia otro de los hitos que todo visitante en la capital debe ver: el palacio de Bellas Artes. Yanir Lobo, un joven en la veintena tardía, de pelo liso y claro, como su piel y sus ojos, se quema bajo el sol. Lleva, por algún motivo desconocido, un gorro de lana. Él, como autor de la reciente Ciudad de México insólita y secreta, sabe todo lo que se están perdiendo por no prestar más atención durante ese trayecto.

Caminando por la calle 16 de septiembre, a los pocos pasos, Lobo se para. En la sombra. «Aquí estaba el Gran Hotel, y frente a él, la Casa Julio. Esta fue la primera casa de ladrillos que se construyó en México, y tuvieron que acabarla en seis meses, ya que era la prueba que tenían para demostrar que era un mejor sistema de construcción». Encima de las ventanas del segundo piso hay una serie de perfiles en yeso. «Son de héroes de la Revolución, pero quitando un [cura, Miguel] Hidalgo, nadie sabe quiénes son el resto, ya que se construyó en plena contienda».

Lobo comenzó la guía en 2012 y la acabó a finales del año pasado. Comunicador especializado en historia y curiosidades, guía ocasional de tours sobre crímenes en la ciudad o la herencia LGTB, fue él quien se propuso como autor, después de que un día le agarrase un aguacero de los que caen en esta ciudad seis meses al año y tuviera que refugiarse en una librería.

Allí se encontró con Londres insólita y secreta y pensó que su ciudad tenía tantas o más papeletas que la capital del Reino Unido para tener su edición. Escribió a la editorial Jonglez para preguntar por qué no la hacían y ellos le contestaron que por qué no la escribía él. Lo que iba a ser un proyecto de un año tardó un lustro.

A pocos metros, Lobo vuelve a detenerse y vuelve a hacerlo lejos del sol. «Esto es la Casa Boker, construída por un alemán que hizo fortuna con su ferretería. En su parcela, antes estuvo el primer hotel de América, el hotel de la Gran Sociedad. Allí mataron al diputado Juan de Dios Cañedo, en 1850, para robarle el dinero, pero en su momento se pensó que era un asesinato político hasta que la mamá de uno de los asesinos lo entregó por culpa católica».

«Por el crimen, el hotel fue a la deriva y Boker, el alemán, compró la parcela y encargó el edificio a unos arquitectos de Chicago. Ellos nunca habían estado en México y pensaban que nevaba, así que tiene calefacción y ventanas dobles». En su fachada había dos enormes placas metálicas que contaban la historia del edificio, pero durante la Revolución fueron fundidas para hacer balas.

Lobo opina, con cierta razón, que los turistas no salen de cuatro zonas. Los barrios hípsteres de la (colonia) Roma y Condesa. El sureño Coyoacán y los más aventados a Xochimilco. Chapultepec y el centro histórico. Y no se le saca ni siquiera todo el jugo. «Visitar una ciudad no es solo hablar con lo muerto, sino con lo vivo también», dice, «hay un montón de cosas que se quedaron fuera: 250. Tantas como cosas había dentro. Y algunas ya han desaparecido; y ahora hay otras que deberían estar».

Otros pasos más adelante, se para delante del Club de Banqueros, un recinto que lleva en pie desde 1548. «Mira, en cada uno de los pisos han respetado las diferentes fachadas que tuvo el edificio. Y hay una historia muy divertida. Cuando fue la crisis del 94, uno de los damnificados tenía un circo. Pasaron por aquí con camellos y elefantes para ir a la (colonia) Doctores [un barrio cercano] a entregar su escrito a la Suprema Corte y los intentaron detener con granaderos [policías]. Pasaron por encima de ellos y pudieron registrar su texto».

Ha metido pequeños juegos en la guía. Empezando por la estructura. Comienza con la Biblioteca Personal de Carlos Monsiváis, donde las estanterías representan Ciudad de México: un bloque de viviendas, una casa, condominios, un rascacielos, callejones y vecindades… y acaba con las tradiciones del día de Muertos. Un ciclo vital. Su técnica era usar guías antiguas y amigos e irse a caminar.

Así encontró un castillo de estilo medieval construido a principios del siglo XX en Xochimilco por un hombre cuya esposa siempre había querido vivir en un castillo al lado de un lago. O el Museo del Arte en Azúcar, que es de una señora que ha sido pastelera toda la vida y hace figuritas con azúcar. Ubicado el barrio residencial Narvarte, no hay nada que indique su existencia salvo un pequeño papel en la puerta.

Finalmente, tras detenerse por otros lados, Lobo llega al palacio de Bellas Artes. Aquí también tiene cosas que contar. «Aquí todo el mundo viene a ver los murales de Diego Rivera, pero nadie sabe que iban a ser pintados por una mujer, Olga Costas, y que Rivera le hizo un boicot hasta que se lo dieron a él». Luego apunta a las gárgolas que hay en la fachada: «el arquitecto que hizo el palacio, primero viajó por toda Europa para inspirarse. Le encantaban los animales y en especial Aída, su perro, así que puso su cabeza en la fachada». Y vuelve a caminar para entrar en la sombra.

Es sábado y el centro histórico de Ciudad de México, la urbe más grande de América, está lleno de boys y girls scouts, por algún motivo desconocido. Son las 12 del mediodía y el sol pega fuerte y pica en la piel. Poco antes de Semana Santa, los turistas salen de la catedral y atraviesan las calles hacia otro de los hitos que todo visitante en la capital debe ver: el palacio de Bellas Artes. Yanir Lobo, un joven en la veintena tardía, de pelo liso y claro, como su piel y sus ojos, se quema bajo el sol. Lleva, por algún motivo desconocido, un gorro de lana. Él, como autor de la reciente Ciudad de México insólita y secreta, sabe todo lo que se están perdiendo por no prestar más atención durante ese trayecto.

Caminando por la calle 16 de septiembre, a los pocos pasos, Lobo se para. En la sombra. «Aquí estaba el Gran Hotel, y frente a él, la Casa Julio. Esta fue la primera casa de ladrillos que se construyó en México, y tuvieron que acabarla en seis meses, ya que era la prueba que tenían para demostrar que era un mejor sistema de construcción». Encima de las ventanas del segundo piso hay una serie de perfiles en yeso. «Son de héroes de la Revolución, pero quitando un [cura, Miguel] Hidalgo, nadie sabe quiénes son el resto, ya que se construyó en plena contienda».

Lobo comenzó la guía en 2012 y la acabó a finales del año pasado. Comunicador especializado en historia y curiosidades, guía ocasional de tours sobre crímenes en la ciudad o la herencia LGTB, fue él quien se propuso como autor, después de que un día le agarrase un aguacero de los que caen en esta ciudad seis meses al año y tuviera que refugiarse en una librería.

Allí se encontró con Londres insólita y secreta y pensó que su ciudad tenía tantas o más papeletas que la capital del Reino Unido para tener su edición. Escribió a la editorial Jonglez para preguntar por qué no la hacían y ellos le contestaron que por qué no la escribía él. Lo que iba a ser un proyecto de un año tardó un lustro.

A pocos metros, Lobo vuelve a detenerse y vuelve a hacerlo lejos del sol. «Esto es la Casa Boker, construída por un alemán que hizo fortuna con su ferretería. En su parcela, antes estuvo el primer hotel de América, el hotel de la Gran Sociedad. Allí mataron al diputado Juan de Dios Cañedo, en 1850, para robarle el dinero, pero en su momento se pensó que era un asesinato político hasta que la mamá de uno de los asesinos lo entregó por culpa católica».

«Por el crimen, el hotel fue a la deriva y Boker, el alemán, compró la parcela y encargó el edificio a unos arquitectos de Chicago. Ellos nunca habían estado en México y pensaban que nevaba, así que tiene calefacción y ventanas dobles». En su fachada había dos enormes placas metálicas que contaban la historia del edificio, pero durante la Revolución fueron fundidas para hacer balas.

Lobo opina, con cierta razón, que los turistas no salen de cuatro zonas. Los barrios hípsteres de la (colonia) Roma y Condesa. El sureño Coyoacán y los más aventados a Xochimilco. Chapultepec y el centro histórico. Y no se le saca ni siquiera todo el jugo. «Visitar una ciudad no es solo hablar con lo muerto, sino con lo vivo también», dice, «hay un montón de cosas que se quedaron fuera: 250. Tantas como cosas había dentro. Y algunas ya han desaparecido; y ahora hay otras que deberían estar».

Otros pasos más adelante, se para delante del Club de Banqueros, un recinto que lleva en pie desde 1548. «Mira, en cada uno de los pisos han respetado las diferentes fachadas que tuvo el edificio. Y hay una historia muy divertida. Cuando fue la crisis del 94, uno de los damnificados tenía un circo. Pasaron por aquí con camellos y elefantes para ir a la (colonia) Doctores [un barrio cercano] a entregar su escrito a la Suprema Corte y los intentaron detener con granaderos [policías]. Pasaron por encima de ellos y pudieron registrar su texto».

Ha metido pequeños juegos en la guía. Empezando por la estructura. Comienza con la Biblioteca Personal de Carlos Monsiváis, donde las estanterías representan Ciudad de México: un bloque de viviendas, una casa, condominios, un rascacielos, callejones y vecindades… y acaba con las tradiciones del día de Muertos. Un ciclo vital. Su técnica era usar guías antiguas y amigos e irse a caminar.

Así encontró un castillo de estilo medieval construido a principios del siglo XX en Xochimilco por un hombre cuya esposa siempre había querido vivir en un castillo al lado de un lago. O el Museo del Arte en Azúcar, que es de una señora que ha sido pastelera toda la vida y hace figuritas con azúcar. Ubicado el barrio residencial Narvarte, no hay nada que indique su existencia salvo un pequeño papel en la puerta.

Finalmente, tras detenerse por otros lados, Lobo llega al palacio de Bellas Artes. Aquí también tiene cosas que contar. «Aquí todo el mundo viene a ver los murales de Diego Rivera, pero nadie sabe que iban a ser pintados por una mujer, Olga Costas, y que Rivera le hizo un boicot hasta que se lo dieron a él». Luego apunta a las gárgolas que hay en la fachada: «el arquitecto que hizo el palacio, primero viajó por toda Europa para inspirarse. Le encantaban los animales y en especial Aída, su perro, así que puso su cabeza en la fachada». Y vuelve a caminar para entrar en la sombra.

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