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16 de diciembre 2016    /   BUSINESS
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Las increíbles aventuras de unos arquitectos españoles que ganaron un proyecto de $100 millones en Taiwán

16 de diciembre 2016    /   BUSINESS     por          
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«He perdido pelo, mi pareja y algunos amigos. Han sido cinco años de lucha permanente. De tomarme lexatines para aguantar reuniones de nueve horas. De tener que pegarme codazos para sobrevivir. Todos los días pensaba en mandarlo a la mierda. Pero por primera vez he sentido que valdría la pena volver a pasar por esto aunque signifique tener una vida más corta. Cuando me muera, esto seguirá estando allí. Habrá gente que se enamorará en una lomilla mirando al mar o viendo un concierto en el espacio que hemos diseñado».

Manuel Monteserín está embriagado de euforia. Es enero de 2016 y acaba de volver a Madrid de un viaje a Kaohsiung, la segunda ciudad de Taiwán, donde supervisa la construcción de la Ciudad del Pop que lleva su firma. No hace tantos años, Monteserín era un arquitecto en paro en una España donde el único futuro posible parecía estar en las pistas de despegue de Barajas, una imagen inmortalizada en la primera portada de la revista Mongolia.

I: Un billete para Dublín sin fecha de regreso

En el invierno de 2010, Monteserín y su pareja Beatriz Pachón veían su devenir fuera del país. Conversaban sobre los pros y contras de cada destino hipotético. Entraban en las webs de las aerolíneas low cost para comparar precios de vuelos. Dublín parecía ser el lugar preferido aunque no habían marcado una fecha concreta todavía. Monteserín formaba parte del estudio León11, un colectivo de arquitectos que compartían espacio de trabajo en la calle del mismo nombre en Madrid. Pese a la ausencia total de trabajo recuerda que intentaba mantenerse ocupado. Compraba sombrillas de papel para cócteles y cartones en los chinos. Los almacenaba en su mesa de trabajo y los modificaba para construir pequeñas maquetas. Imaginaba que estaba al frente de proyectos para transformar ciudades. Jugaba a ser arquitecto mientras se enfrentaba a la inevitable cuestión de si le convenía cambiar de profesión teniendo en cuenta las pocas salidas que parecía tener.

Una mañana Beatriz llama a Manolo, como le suelen llamar sus amigos. «Echa un vistazo a esto». Había encontrado algo en internet que le llamó la atención. Era un concurso para construir La Ciudad del Pop, un auditorio y espacio público a orillas del mar en la ciudad de Kaohsiung sobre un área de 10 hectáreas. «Justo la escala intermedia que llevaba tiempo investigando», afirma Monteserín.

Los jóvenes arquitectos abren Google Maps. Hacen zoom sobre este país situado en la otra punta del globo. La isla tiene 36.193 kilómetros cuadrados, ligeramente más grande que Cataluña. Está rodeada del mar del sur de China al oeste y el Pacífico al este. Su historia es turbulenta dominada por invasiones exteriores. Los japoneses la ocuparon durante 50 años hasta 1945. Los chinos, con quien comparten etnia, han ido y venido aunque siguen reclamando la soberanía del territorio. Los españoles pasaron por allí en el siglo XVII estableciendo puertos. Los holandeses y portugueses también. Kaohsiung está en el sur de la isla. Es la segunda ciudad de Taiwán, situada en la zona con el clima más cálido del país. Ninguno de los dos arquitectos había viajado jamás a Asia. No importaba demasiado. El proyecto les intrigaba y empezaron a investigar.

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Foto nocturna de Taiwán. Fuente: NASA

Se lo contaron a sus amigos y compañeros de Leon11. Todos se encontraban en situaciones similares. Tenían ganas de hacer cosas pero no había trabajo. Monteserín se topa con un excedente de talento que tiene un excedente de tiempo. En pocos días monta a un equipo con ganas de lanzarse a la aventura.

Son lo que hoy llama los siete magníficos (inicialmente cinco): Antonio Alejandro, Javier Simó, Guiomar Contreras, Andrés Infantes y Jorge López.

De casualidad, un amigo suyo, Lain Sastrustegui, se acababa de trasladar a Taiwán. El arquitecto vasco les proporcionó información valiosa sobre la vida allí. «Nos habló del uso que hacen del espacio público y en especial los mercados de comida nocturnos, donde se juntan en grandes grupos para cenar». Detalles sobre la idiosincrasia local que ayudarían a no caer en el error de trasladar a una cultura muy distinta a la española un proyecto pensado más para Madrid.

Tratándose de arquitectos jóvenes, ninguno tenía una obra firmada a su nombre, un requisito indispensable para concursar. Monteserín conocía a Arsenio Pérez Amaral de Corona y Amaral Arquitectos, un estudio experimentado con base en Santa Cruz de Tenerife que accedió a aportar su currículum, a cambio de tener una participación en el proyecto.

Era la época previa al 15M. La colaboración no era una palabra de moda, pero era un imperativo para salir adelante en una España menguante. En este entorno incierto y convulso, Monteserín propuso a sus compañeros un modelo de trabajo distinto al de un estudio de arquitectura tradicional.

Cada hora de trabajo de cada uno de los miembros del equipo valía exactamente igual.

Cada persona apuntaba las horas invertidas en una tabla de excel común.

«Si ganamos un premio, se reparte entre todos en función de las horas invertidas», propuso el arquitecto a sus compañeros de profesión.

En el caso de llevarse el primer premio, se crearía una cooperativa en la que todo el mundo sería socio y el porcentaje de cada uno vendría marcada por las horas invertidas por cada miembro en el concurso.

Era un planteamiento idealista en una España deprimida que buscaba desesperadamente nuevas fórmulas de organización social. Sólo un año después un grupo de jóvenes llenaría la plaza de la Puerta del Sol un 15 de marzo cualquiera, reclamando cambios y reivindicando una manera más asamblearia de hacer las cosas.

La idea parecía buena, sobre papel introducía elementos cooperativos. La antítesis a los estudios de los starchitects, donde domina uno o dos nombres de arquitectos estrella, aunque el trabajo lo suele ejecutar personas anónimas cuyo apellido nunca trasciende.

Cuando Monteserín visitó un abogado con despacho en un prestigioso edificio del barrio Salamanca para formalizarlo, el letrado casi lo echa a palos. «Nos dijo que no quería tener nada que ver con comunistas. Que lo que proponíamos era un proyecto de jipis y perroflautas», ríe Monteserín mientras rememora la escena.

El arquitecto sigue defendiendo la intención detrás del acuerdo, pero admite que cometió algunos errores que años más tarde acabarían volviéndose en su contra. «Mientras las cifras se mantienen en lo que uno ha manejado toda la vida, nadie se pone nervioso. El problema viene cuando aparecen muchos ceros».

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Croquis de los primeros esbozos del proyecto

II: «Se nos fue la olla»

En la primavera de 2010 el equipo no se podía ni imaginar lo que vendría después. Estaban demasiado ocupados y emocionados con un proyecto que parecía imposible. «Se nos fue literalmente la olla. Invertimos muchísimas horas más de lo normal».

Durante este periodo encontraron su primera barrera idiomática. Uno de los requisitos de la primera entrega era traducir el material al taiwanés. A través de la dueña de un restaurante chino que solían frecuentar localizaron a un ingeniero oriundo de la isla. Le contaron la historia y este les prometió que les ayudaría a traducirlo. Un elemento más para quitarse de la lista de pendientes. Pasado unos días, el taiwanés amigable dejó de responder a las llamadas del equipo. Se había esfumado de la faz de la tierra y nunca más se supo de él.

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Entró en juego un plan B. Recorrer los restaurantes chinos de la ciudad en busca de un alma caritativa con dotes de traducción. Una solución que tampoco resultó ser viable. Casi todos hablaban muy poco español. Al final, y con menos de 24 horas para entregar el trabajo encuentran a «un amigo de una amiga que tiene un amigo que acepta el reto. Un chaval. No tenía mucha idea de arquitectura pero no hay otra opción. Entrega el trabajo a tiempo. Un bloque gigante de texto sin separación que probablemente hizo con Google Translate».

Una vez enviado el archivo a Taiwán, Satrustegui, el compañero del equipo que se encuentra en Kaohsiung, habla con la imprenta. Les informan que no se entiende bien el texto. Está mal traducido. «Menos mal que teníamos una versión en inglés que sí estaba bien hecha». Era demasiado tarde. El trabajo estaba entregado y pese a todo «estábamos inmensamente orgullosos de lo conseguido». A las pocas semanas les llegó un mensaje de la organización que informaba que el plazo de entrega había sido aumentado. El equipo decidió no dedicarle más tiempo. «Ya habíamos invertido suficiente y nos encontrábamos satisfechos con el trabajo aunque nos dio un poco de bajón el retraso».

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Primera propuesta para la primera fase del concurso
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Primera propuesta para la primera fase del concurso

III: Thank you for your participation

Octubre de 2010. El calor tórrido del verano se ha esfumado y Madrid empieza a respirar. El concurso es un lejano recuerdo en las mentes de Pachón y Monteserín. Dublín sigue siendo un destino que interesa a la joven pareja aunque guardan una pequeña esperanza inconsciente con el concurso.

El sol había empezado a caer en su apartamento cuando Pachón recibe un email con procedencia del sudeste asiático.

12 de octubre, 2012
Subject: About the Stage One Evaluation Meeting of KMCPMC International Competition

Thank you for participating in the International Competition of Kaohsiung Maritime Cultural Popular Music Center Design and Construction Supervision Service Project

Here are the tenderers on the shortlist:
Akihisa Hirata
Jeanne Gang Studio Gang Architects, Ltd
Mack Scogin
Manuel Álvarez Monteserín Lahoz
Yves Bachmann

La pareja se queda muda durante un momento.

Leen una vez más el email:

Manuel Álvarez Monteserín Lahoz

Repiten el proceso una última vez por si ha habido una equivocación. Sigue apareciendo su nombre:

Manuel Álvarez Monteserín Lahoz

Gritan, se abrazan. Cogen el teléfono y empiezan a hacer una ronda de llamadas.

Para cualquier arquitecto llegar a la final de un concurso es un motivo de satisfacción. Para un grupo de arquitectos jóvenes supone el primer hito de tu carrera. Estar entre los cinco primeros de cientos de estudios de todo el mundo es un logro por sí mismo. La segunda fase garantiza cobrar una remuneración y continuar en la contienda para el gran premio que se decidiría unos meses más tarde.

El equipo está pletórico. Fluye la cerveza y las copas. El futuro tiene mejor pinta.

Rebajada la euforia llegan los primeros inconvenientes que el grupo logra sortear. Para la segunda parte se necesita presentar dos maquetas que tienen un coste de 40.000 euros. El contrato exige encontrar un socio local para ejecutar el proyecto. Se suma además el coste de viajar a Taiwán para presentar la segunda fase con un proyecto más desarrollado. «Antonio Alejandro fue muy hábil en las negociaciones. Consiguió que el socio local Hoy Architects se ocupase de los gastos. Nosotros poníamos las horas de trabajo. Ellos ponían el dinero».

A la hora de desarrollar la segunda fase del concurso se volvió a optar por las mismas condiciones. Cada uno cobraría en función de las horas invertidas. Los que estaban antes sumarían las horas de la primera fase a la segunda. Los que llegaban nuevos empezaban de cero. «Uno de los miembros de la primera fase no le pareció bien esto, pero no estaba en España. Sometimos la decisión a votación y se decidió pasar de los 7 magníficos a 20 magníficos. No es que no hubiese una jerarquía. Beatriz y yo dirigíamos ya que lo habíamos iniciado todo, pero la hora de todos valía igual. El proyecto era lo suficientemente grande para que cada uno tuviese parcelas para poder tirar solo».

Los siguientes tres meses «curramos como animales». Tocaba bajar todo a la tierra. «Hicimos un total de 7.000 horas. Bea y yo ocupamos casi el 50% de ese tiempo. «Los problemas latentes se hicieron un poco más grandes, pero no demasiado».

El planteamiento que desarrollaron para la futura Ciudad del Pop venía muy marcada por la experiencia que habían tenido los jóvenes arquitectos en España. Habían visto con sus propios ojos los efectos de la burbuja inmobiliaria. Las grandes infraestructuras abandonadas. Prefirieron hablar de un paisaje arquitectónico en lugar de un edificio. No querían que se quedase tan solo en un recinto para conciertos al lado del mar. El equipo estaba convencido de que era necesario que el espacio funcionase como un ecosistema. «Interesaba crear programas alternativos a la música pop. Entendimos que si no hacíamos esto, el día que no había concierto sería un solar vacío».

Inspirados por la información que les había aportado Satrustegui, que seguía viviendo en Taiwán, introdujeron un mercado de comida nocturna y un parque para complementar las instalaciones dirigidas a la música. Dibujaron edificios con formas hexagonales. «Nos inspiramos en el fondo marino. Queríamos recrear la exuberancia del mar y traerla a una zona que ahora estaba colonizada por el hormigón», rememora Monteserín.

No tenían la experiencia del resto de estudios que concursaban, pero poseían algo que los demás no tenían. Un capital humano inalcanzable para sus rivales.

«La mayoría de los estudios tienen una cabeza pensante y luego invierten dinero para contratar a gente externa para rellenar los huecos». En nuestro caso había perfiles de todo tipo. «Contábamos con toda la capacidad productiva comparada con un estudio de arquitectura. Teníamos un equipo super multidisciplinar. Ni siquiera un estudio como Foster tiene los medios humanos que conseguimos nosotros para invertir en un concurso».

La falta de jerarquía empezó a ocasionar los primeros problemas. Antonio Alejandro se encontraba trabajando en Rotterdam en ese momento y según Monteserín empezó a rivalizar con él. «Su papel era el de negociador con el socio local y aunque es un gran arquitecto no era lógico que llevará más cosas del proyecto al encontrarse lejos de Madrid. Tampoco estaba contento con la decisión de incorporar a más personas como socios». Andrés Infantes, que en aquel momento se encontraba en Londres, no participó en esta fase pero al formar parte del equipo inicial, tenía que seguir firmando y mantenía su participación.

«El socio local, por su parte, presionaba y hacía diversas artimañas para poder negociar las condiciones más beneficiosas para ellos. No llegamos a firmar el acuerdo de colaboración hasta unos pocos días antes de entregar el proyecto. Generó mucha ansiedad».

Los choques humanos se engrandecieron un poco pero no lo suficiente para descarrilar el proceso. Pese a las presiones latentes Monteserín se emociona cuando recuerda este periodo.

«Fuimos a saco. La sensación era darlo absolutamente todo para hacer el proyecto más cojonudo del mundo. No podía pensar en otra cosa. Es el momento más pleno de la profesión que he tenido nunca. Todo es creación. Lo que viene después es resolver problemas todo el tiempo».

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Segunda fase
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Segunda fase

IV: Destino Kaohsiung

«Aquí tiene caballero. El embarque se realizará por la puerta C37. Buen viaje».

Es el 13 de febrero de 2011 y Monteserín se encuentra en la terminal 1 de Barajas. En sus manos tiene tres billetes que podrían cambiar su vida. Las abre como unas cartas de juego y las observa con detenimiento. La primera dice Madrid-Amsterdam. La segunda: Amsterdam-Hong Kong. La tercera: Hong Kong-Taipei.

Hace unas semanas que se entregó el trabajo final y ahora toca presentarlo en persona al comité de selección. A Monteserín le acompañan Pachón, Guiomar y Arsenio. Tienen 20 horas de viaje por delante para repasar y reflexionar sobre la presentación.

En Taipei se reúnen con el socio local. Monteserín se presenta con la ropa más elegante que tiene su armario pero luciendo una ‘barba de talibán’. «Creo que no se esperaban que fuésemos tan jóvenes» (Manuel tenía 33 entonces). Realizan un ensayo general. Para el vídeo en 3D del proyecto el equipo había escogido una canción japonesa. El socio local sugiere amablemente cambiarla por canciones de pop taiwanés. Ninguna agrada mucho al equipo pero se muestran flexibles y la acaban incorporando. El día siguiente se suben a un tren de alta velocidad que les lleva a 300 kilómetros por hora a Kaohsiung a la otra punta del país.

La presentación se realiza en el Ambassador Hotel, un edificio de color rojo de 20 plantas, el mismo lugar donde están alojados. «Allí todas las reuniones de negocios se suelen hacer en hoteles». Desde sus habitaciones se puede ver el solar vacío sobre el mar donde algún día se construirá la ciudad del Pop. Abajo, en la entrada a la sala de conferencias hay cinco maquetas, una para cada finalista. Monteserín no puede evitar imaginárselo a escala real sobre el descampado que tiene delante de él.

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Maqueta del proyecto

***

Tras casi una hora de presentación, el equipo recoge sus cosas y decide tomarse un paseo. «¿No ha ido tan mal no?», comenta en alto Pachón. Hay una calma tensa.

Vuelven al hotel, entran a un salón de actos y se sientan en las primeras filas. En breves minutos anunciarán el ganador. Aparecen varios miembros del comité de selección. Uno de ellos coge un micrófono y tras una brevísima presentación anuncia el ganador.

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Flas flas. Dos fotógrafos se acercan a los arquitectos y les hacen fotos mientras la sala les aplaude.

Satrustegui agita sus puños. Monteserín y Pachón se mantienen congelados durante unos segundos antes de abrazarse.

Los socios locales, que habían conocido en persona hace 24 horas se abalanzan sobre ellos para celebrarlo. Un grupo de chavales llegados del otro lado del mundo había conseguido hacerse con un proyecto valorado en 100 millones de dólares. Los cinco españoles se agachan detrás de su maqueta iluminada para posar ante la prensa local que toma fotos.

Esa noche Monteserín se gastó más de 600 euros llamando a España para compartir la noticia. El socio local les agasajó con una cena en uno de los mejores restaurantes de la ciudad. «Fue el momento más relajado que hemos tenido con ellos jamás».

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V: «La que hemos liado»

La señal del cinturón se apaga señalando que el avión está ya a su altura y velocidad de crucero. El viaje de vuelta a España ha comenzado. Monteserín mira a sus compañeros de reojo. Nadie habla. Nadie sonríe. Los rostros están serios. La resaca retumba en sus cráneos. La tensión se empieza a sentir en los hombros de estos jóvenes arquitectos. Mirar por la ventanilla a las nubes permite abstraerse momentáneamente. «Coño, la que hemos liado», se dice a sí mismo Manolo.

De izquierda a derecha: Manuel Monteserín, Beatriz Pachón, Lain Satrustegui
De izquierda a derecha: Manuel Monteserín, Beatriz Pachón, Lain Satrustegui

VI: Luchar por volver a ganar lo ganado

Cuando el avión posó sus ruedas sobre el asfalto de Barajas, Monteserín y su equipo sabían que les esperaba unos años muy complicados pero lo que nunca se podían imaginar es que había un poder en la sombra que se movía sigilosamente para arrebatarles el proyecto.

Cuando empiezas a manejar cifras con 8 ceros, la creatividad pasa a segundo plano y entra en juego la gestión. Los financieros, las facturas, las negociaciones toman la delantera. El proyecto ya no está en manos de los pensadores idealistas, ahora prima los hombres trajeados acostumbrados a manejar grandes cifras de dinero.

El primer día que un letrado entró en la oficina el equipo se asomaba asombrada por el acontecimiento. «Nunca había entrado un abogado en nuestro espacio de trabajo», explica Pachón.

El equipo se divide en grupos para llevar a cabo diversas tareas. Uno se centraría en buscar financiación. Otros en conseguir un apoyo legal solvente. La persona con más experiencia, Antonio Alejandro, sigue implicado pero se encuentra en Rotterdam trabajando en un estudio allí. No está conforme con la organización y la rivalidad que había surgido anteriormente vuelve a brotar. Esta vez de forma silenciosa.

«El estaba calculando la inversión por su lado de cuánto costaría hacerlo. Nos empezó a meter miedo con que teníamos que invertir 2 millones de euros. Dijo que éramos incapaces de hacerlo y que lo más fácil sería venderlo al socio local. Por otro lado estaba tanteando a Andrés Infantes para llevarlo juntos. Infantes ya nos había comunicado que como uno de los cuatro firmantes iniciales, el 21.7% del proyecto le correspondía a él y que no iba a compartirlo con los demás como habíamos acordado al principio del proyecto». (Contactado por Yorokobu para saber su versión de los hechos, Andrés Infantes prefirió no hacer declaraciones. No conseguimos contactar con Antonio Alejandro).

Ajenos a estos movimientos, las palabras de Antonio Alejandro empiezan a preocupar a Monteserín y sus compañeros más cercanos. No están acostumbrados a batirse en el implacable mundo de los negocios. Lo suyo es ‘imaginar y crear’.

Se inician conversaciones con el socio local para explorar una posible venta. Se citan numerosas veces por Skype. Los encuentros virtuales se hacen interminables. «Uno de ellos duró nueve horas». En Taiwán cuentan con el respaldo de Lain Satrustegui que se encuentra allí para hablar cara a cara con ellos.

«Mientras escuchaba las negociaciones por Skype se me caía el alma a los pies. No me podía creer que estuviésemos a punto de perderlo todo. En el último momento, cuando parecía que habíamos llegado a un acuerdo, Antonio Alejandro y Andrés Infantes se echaron para atrás y dijeron que no venderían su parte», recuerda Monteserín.

Pasadas unas semanas, Monteserín empieza a reconciliarse con la idea de deshacerse del proyecto. «Por lo menos conseguiríamos cobrar algo de dinero que se podría repartir entre todos los participantes según las horas invertidas en el concurso. No era la salida que quería pero por lo menos era digna». Desde Taiwán solo reciben silencio.

El equipo inicial empezaba a abandonar el barco al ver la incertidumbre que se ceñía sobre el proyecto. Alejandro e Infantes están cada vez más cerca de quedarse con él. Han abierto un canal de comunicación con el socio local y trabajan ya en el proyecto básico en paralelo. Para llevarlo a cabo, se asocian con EDDEA, un estudio de arquitectura de Sevilla que les proporciona el respaldo financiero y logístico para llevarlo a cabo.

VII: Queremos que volváis

Han pasado unos meses y Monteserín siente como el proyecto de su vida se desvanece. El socio local sigue sin pagarles. Empiezan a darse cuenta de los movimientos de sus rivales. Hay un bloqueo que impide avanzar. Una mañana recibe un email en su bandeja de entrada que vuelve a situar el tablero de juego ligeramente a su favor.

«Buenos días Manuel. Te escribo porque lo que os están haciendo no me parece bien. He visto lo que nos están proponiendo y no tiene nada que ver con el proyecto inicial. Quiero solucionar este tema. Me gustaría recuperar a la gente que hizo el concurso. Necesitamos hablar. Saludos, Lee».

Quien escribe estas palabras es miembro del gobierno local. «Nadie ha luchado como él por ver salir este proyecto», contaría Manolo años más tarde. El mensaje representa un atisbo de optimismo para Pachón y Monteserín que se dan cuenta que la batalla aún no está perdida.

Muestran el mensaje a Igor Bárcenas, un abogado que decide ayudarles a dar un nuevo rumbo al proyecto. El letrado estudia a fondo las bases del concurso y descubre que el socio local no podría tener más de un 50% de participación en el proyecto por ley. La compra del proyecto no se había completado porque no era legal. «Nos dimos cuenta que esa era la razón por la que no nos pagaban». La letra pequeña resultó ser su salvación. Con la confianza de Bárcenas, un experto en derecho arquitectónico, deciden organizarse para volver a tomar el control del proyecto.

El abogado analiza bien el caso y les propone contactar a EDDEA. Ya tenían información acerca del proyecto y serían un partner ideal para llevarlo a cabo.

Pachón y Monteserín cogieron un AVE rumbo a Sevilla y quedaron con ellos en persona para contarles la situación. Lejos de encontrar hostilidad enseguida hubo entendimiento entre las dos partes. «Al principio los veíamos como el enemigo pero la realidad es que ellos no habían hecho nada malo. Les habían contactado para hacer un proyecto y ellos estaban cumpliendo».

Tener el apoyo de EDDEA les permite afianzar el proyecto. «Fue una gran ayuda ya que se encargaban de las negociaciones y la gestión de pagos mientras que no se metían en el diseño. Fue una salvación», recuerda Pachón.

VIII: «Business is War without bullets», Phil Knight, NIKE

El equipo empieza a cosechar pequeñas victorias pero la guerra no está ganada ni de lejos. Toca visitar a Taiwán de nuevo, al único lugar donde radica el verdadero poder de decisión.

Monteserín viaja junto con Javier Simó, con un proyecto básico en la mano con el que buscan mostrar a las autoridades que ellos siguen teniendo la llaves del futuro de la Ciudad del Pop. En los proyectos de arquitectura el básico es el punto anterior al proyecto de ejecución. El primer borrador que establece cómo se va a llevar a cabo la obra.

Una vez en Kaohsiung, son citados a una reunión atendida por diversas autoridades. En el otro lado de la mesa se encuentran tres invitados inesperados Andrés Infantes, Antonio Alejandro y Reyes León (arquitecta y socia de Infantes). Los asistentes ya tienen en sus manos un proyecto alternativo presentado por este equipo paralelo con el apoyo del socio local. Manolo y Javier presentan un proyecto básico completamente distinto. León alza la voz y dice: «esto es una falta de respeto».

Manolo se gira y contesta. «Yo no conozco a esta persona. Su nombre ni siquiera figura en el proyecto. Pedimos por favor que se nos permita presentar nuestro proyecto».

Los asistentes no se pueden creer lo que están viendo pero acceden a que Monteserín siga hablando. En la sala está el triunvirato que decidirá el futuro de la Ciudad del Pop. El Ayuntamiento, el ministerio de cultura y el gobierno central.

El Ayuntamiento no tarda en apoyar a Monteserín mientras que el ministerio de cultura dice que no. El gobierno central en cambio evita pronunciarse. Lo que sigue son meses de diplomacia y relaciones forjadas a través de socializar con personas de distintos departamentos del gobierno. «Nos ganamos su confianza a base de tajarnos con ellos. Allí se produce un fenómeno muy curioso. Cuando se brinda hay que beber y se puede llegar a brindar una veintena de veces. Si ese día no puede beber por algún problema médico, muchas personas se llevan a alguien para que beba en su lugar», cuenta Monteserín.

Uno de los momentos clave del proyecto ocurre en la feria de Sevilla. La alcaldesa de Kaohsiung y su equipo se encuentran en España en una visita oficial para ver el tranvía de Bilbao y Sevilla. Aprovechan su presencia en el país para invitarlos a la fiesta andaluza donde EDDEA tiene una caseta.

«Allí les acabamos de ganar del todo. Aprovechamos para explicarles algunos problemas que estábamos teniendo. El gesto de felicidad que tenían cambió ligeramente pero nos aseguraron que solventarían el problema a su vuelta a Taiwán», rememora Monteserín.

XI: El negoci es el negoci

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Las labores de diplomacia surten efecto. Los políticos son llamados a poner orden al desaguisado y los cauces por fin vuelven a la normalidad. El socio local es forzado a aceptarlos como partners y las dos partes son condenadas a entenderse.

«La negociación con un taiwanés de las altas esferas de negocios es una de los cosas más duras que he vivido en mi vida. Si pueden ganar un centímetro más siempre irán a por ese centímetro. Tienes que estar en constante alerta ya que es una negociación constante», comenta Pachón.

Con las aguas calmadas a mediados de 2013, toca finalizar el proyecto de ejecución. Una labor que dura dos años donde sigue habiendo negociaciones constantes para defender el proyecto. Beatriz y Monteserín se alquilan un apartamento en Kaohsiung que utilizan como oficina donde cada mañana vienen cinco taiwaneses a trabajar en el salón. El resto del equipo se reparte entre Madrid y las oficinas de EDDEA en Sevilla.

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XII: En Taiwán, la siesta es sagrada

Hoy las visitas a Taiwán de Monteserín son mucho más tranquilas. El arquitecto tiene línea directa con la alcaldesa de Kaohsiung Chen Chu y él le ha preparado una paella en más de una ocasión.

El tiempo le ha llevado a apreciar cada vez más la cultura taiwanesa. «Lo de la siesta en España es una estafa en comparación. Allí es una verdadera religión. Si llegas al Ayuntamiento a la 1 de la tarde te encuentras las salas apagadas y todo el mundo está echándose una cabezadita».

La convivencia le ha llevado también a vivir situaciones surrealistas debido al choque de culturas. En Taiwán si sales a beber con alguien, ellos no dejarán de hacerlo hasta que tu no dejes de hacerlo. Una noche, salió a tomar cervezas con un político local, Monteserín es corpulento y capaz de tomar bastantes birras sin sufrir mucho los efectos,. A la octava cerveza uno de los acompañantes del político local se acercó y le dijo amablemente, “mira, si tu no dejas de beber él tampoco lo hará. El problema es que lo vas a matar».

Cuando mira hacia atrás no guarda rencor hacia los socios locales y algunos de los interlocutores. «Lo que he notado es que al principio hay una desconfianza brutal y en cierto modo esa desconfianza era reciproca. Nos ven como bichos raros. No siento que ellos fueran los malos y nosotros los buenos. Había un miedo a que nosotros saliéramos corriendo y les dejásemos empantanados con el proyecto».

Pero si hay algo que destaca por encima de todo de esta isla en el sudeste asiático para Monteserín un epicúreo y cocinillas declarado, es la gastronomía y sus mercados nocturnos. «No te puedes imaginar lo buena que está la comida allí. En los momentos más duros la explosión de un dumpling en la boca era lo que me salvaba del abismo».

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Post Data: 

Es junio de 2016 y Monteserín ya está pensando en su futuro después del proyecto que se espera inaugurar en 2019. Me recibe en OMNI, un nuevo espacio que acaba de alquilar con un grupo de jóvenes diseñadores recién titulados. Es un lugar diáfano situado en Carabanchel con unas vistas privilegiadas del skyline madrileño. Quiere sacar a la gente del centro y que los jóvenes empiezan a tomar nuevas zonas de Madrid. Están a punto de iniciar una reforma del espacio para convertirlo en un coworking. Sigue viajando cada tres meses a Kaoshiung para poder supervisar la obra, «pero ahora las cosas son muy distintas, la presión ya no está sobre mí».

Damos un paseo hacia el centro cuando recibe un mensaje en su whatsapp. El socio local vuelve a amenazar con denunciarle. Unos minutos después uno de sus proveedores le escriben pidiendo más dinero ya que los plazos se están alargando. «He aprendido a no agobiarme más con estas cosas» mientras encoge los hombros. «Después de lo vivido, cuando veo un proyecto acabado, siento una profunda admiración por cualquiera arquitecto que haya conseguido poner en pie un edificio».

De vez en cuando sueña que se reencuentra con sus antiguos compañeros. «Me enfrento a ellos y con voz tranquila les digo, ¿cómo hemos llegado a esto?».

Unos días antes converso con Pachón que poco a poco va liberándose del estrés ocasionado por un proyecto tan dilatado. Ella y Monteserín ya no son pareja. «Al final casi nada de lo que he hecho estos últimos años es arquitectura. Me he dedicado principalmente a solucionar pollos y a hacer excels. Ya he tachado ‘proyecto de arquitectura de gran envergadura’ de mi lista de pendientes». Hace meses que dedica la mayor parte de su tiempo a la cerámica. «Me evita tener que pensar y depender de nadie».

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El proyecto en construcción (Noviembre de 2016)

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Una pareja se cuela en la futura Ciudad del Pop.

«He perdido pelo, mi pareja y algunos amigos. Han sido cinco años de lucha permanente. De tomarme lexatines para aguantar reuniones de nueve horas. De tener que pegarme codazos para sobrevivir. Todos los días pensaba en mandarlo a la mierda. Pero por primera vez he sentido que valdría la pena volver a pasar por esto aunque signifique tener una vida más corta. Cuando me muera, esto seguirá estando allí. Habrá gente que se enamorará en una lomilla mirando al mar o viendo un concierto en el espacio que hemos diseñado».

Manuel Monteserín está embriagado de euforia. Es enero de 2016 y acaba de volver a Madrid de un viaje a Kaohsiung, la segunda ciudad de Taiwán, donde supervisa la construcción de la Ciudad del Pop que lleva su firma. No hace tantos años, Monteserín era un arquitecto en paro en una España donde el único futuro posible parecía estar en las pistas de despegue de Barajas, una imagen inmortalizada en la primera portada de la revista Mongolia.

I: Un billete para Dublín sin fecha de regreso

En el invierno de 2010, Monteserín y su pareja Beatriz Pachón veían su devenir fuera del país. Conversaban sobre los pros y contras de cada destino hipotético. Entraban en las webs de las aerolíneas low cost para comparar precios de vuelos. Dublín parecía ser el lugar preferido aunque no habían marcado una fecha concreta todavía. Monteserín formaba parte del estudio León11, un colectivo de arquitectos que compartían espacio de trabajo en la calle del mismo nombre en Madrid. Pese a la ausencia total de trabajo recuerda que intentaba mantenerse ocupado. Compraba sombrillas de papel para cócteles y cartones en los chinos. Los almacenaba en su mesa de trabajo y los modificaba para construir pequeñas maquetas. Imaginaba que estaba al frente de proyectos para transformar ciudades. Jugaba a ser arquitecto mientras se enfrentaba a la inevitable cuestión de si le convenía cambiar de profesión teniendo en cuenta las pocas salidas que parecía tener.

Una mañana Beatriz llama a Manolo, como le suelen llamar sus amigos. «Echa un vistazo a esto». Había encontrado algo en internet que le llamó la atención. Era un concurso para construir La Ciudad del Pop, un auditorio y espacio público a orillas del mar en la ciudad de Kaohsiung sobre un área de 10 hectáreas. «Justo la escala intermedia que llevaba tiempo investigando», afirma Monteserín.

Los jóvenes arquitectos abren Google Maps. Hacen zoom sobre este país situado en la otra punta del globo. La isla tiene 36.193 kilómetros cuadrados, ligeramente más grande que Cataluña. Está rodeada del mar del sur de China al oeste y el Pacífico al este. Su historia es turbulenta dominada por invasiones exteriores. Los japoneses la ocuparon durante 50 años hasta 1945. Los chinos, con quien comparten etnia, han ido y venido aunque siguen reclamando la soberanía del territorio. Los españoles pasaron por allí en el siglo XVII estableciendo puertos. Los holandeses y portugueses también. Kaohsiung está en el sur de la isla. Es la segunda ciudad de Taiwán, situada en la zona con el clima más cálido del país. Ninguno de los dos arquitectos había viajado jamás a Asia. No importaba demasiado. El proyecto les intrigaba y empezaron a investigar.

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Foto nocturna de Taiwán. Fuente: NASA

Se lo contaron a sus amigos y compañeros de Leon11. Todos se encontraban en situaciones similares. Tenían ganas de hacer cosas pero no había trabajo. Monteserín se topa con un excedente de talento que tiene un excedente de tiempo. En pocos días monta a un equipo con ganas de lanzarse a la aventura.

Son lo que hoy llama los siete magníficos (inicialmente cinco): Antonio Alejandro, Javier Simó, Guiomar Contreras, Andrés Infantes y Jorge López.

De casualidad, un amigo suyo, Lain Sastrustegui, se acababa de trasladar a Taiwán. El arquitecto vasco les proporcionó información valiosa sobre la vida allí. «Nos habló del uso que hacen del espacio público y en especial los mercados de comida nocturnos, donde se juntan en grandes grupos para cenar». Detalles sobre la idiosincrasia local que ayudarían a no caer en el error de trasladar a una cultura muy distinta a la española un proyecto pensado más para Madrid.

Tratándose de arquitectos jóvenes, ninguno tenía una obra firmada a su nombre, un requisito indispensable para concursar. Monteserín conocía a Arsenio Pérez Amaral de Corona y Amaral Arquitectos, un estudio experimentado con base en Santa Cruz de Tenerife que accedió a aportar su currículum, a cambio de tener una participación en el proyecto.

Era la época previa al 15M. La colaboración no era una palabra de moda, pero era un imperativo para salir adelante en una España menguante. En este entorno incierto y convulso, Monteserín propuso a sus compañeros un modelo de trabajo distinto al de un estudio de arquitectura tradicional.

Cada hora de trabajo de cada uno de los miembros del equipo valía exactamente igual.

Cada persona apuntaba las horas invertidas en una tabla de excel común.

«Si ganamos un premio, se reparte entre todos en función de las horas invertidas», propuso el arquitecto a sus compañeros de profesión.

En el caso de llevarse el primer premio, se crearía una cooperativa en la que todo el mundo sería socio y el porcentaje de cada uno vendría marcada por las horas invertidas por cada miembro en el concurso.

Era un planteamiento idealista en una España deprimida que buscaba desesperadamente nuevas fórmulas de organización social. Sólo un año después un grupo de jóvenes llenaría la plaza de la Puerta del Sol un 15 de marzo cualquiera, reclamando cambios y reivindicando una manera más asamblearia de hacer las cosas.

La idea parecía buena, sobre papel introducía elementos cooperativos. La antítesis a los estudios de los starchitects, donde domina uno o dos nombres de arquitectos estrella, aunque el trabajo lo suele ejecutar personas anónimas cuyo apellido nunca trasciende.

Cuando Monteserín visitó un abogado con despacho en un prestigioso edificio del barrio Salamanca para formalizarlo, el letrado casi lo echa a palos. «Nos dijo que no quería tener nada que ver con comunistas. Que lo que proponíamos era un proyecto de jipis y perroflautas», ríe Monteserín mientras rememora la escena.

El arquitecto sigue defendiendo la intención detrás del acuerdo, pero admite que cometió algunos errores que años más tarde acabarían volviéndose en su contra. «Mientras las cifras se mantienen en lo que uno ha manejado toda la vida, nadie se pone nervioso. El problema viene cuando aparecen muchos ceros».

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Croquis de los primeros esbozos del proyecto

II: «Se nos fue la olla»

En la primavera de 2010 el equipo no se podía ni imaginar lo que vendría después. Estaban demasiado ocupados y emocionados con un proyecto que parecía imposible. «Se nos fue literalmente la olla. Invertimos muchísimas horas más de lo normal».

Durante este periodo encontraron su primera barrera idiomática. Uno de los requisitos de la primera entrega era traducir el material al taiwanés. A través de la dueña de un restaurante chino que solían frecuentar localizaron a un ingeniero oriundo de la isla. Le contaron la historia y este les prometió que les ayudaría a traducirlo. Un elemento más para quitarse de la lista de pendientes. Pasado unos días, el taiwanés amigable dejó de responder a las llamadas del equipo. Se había esfumado de la faz de la tierra y nunca más se supo de él.

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Entró en juego un plan B. Recorrer los restaurantes chinos de la ciudad en busca de un alma caritativa con dotes de traducción. Una solución que tampoco resultó ser viable. Casi todos hablaban muy poco español. Al final, y con menos de 24 horas para entregar el trabajo encuentran a «un amigo de una amiga que tiene un amigo que acepta el reto. Un chaval. No tenía mucha idea de arquitectura pero no hay otra opción. Entrega el trabajo a tiempo. Un bloque gigante de texto sin separación que probablemente hizo con Google Translate».

Una vez enviado el archivo a Taiwán, Satrustegui, el compañero del equipo que se encuentra en Kaohsiung, habla con la imprenta. Les informan que no se entiende bien el texto. Está mal traducido. «Menos mal que teníamos una versión en inglés que sí estaba bien hecha». Era demasiado tarde. El trabajo estaba entregado y pese a todo «estábamos inmensamente orgullosos de lo conseguido». A las pocas semanas les llegó un mensaje de la organización que informaba que el plazo de entrega había sido aumentado. El equipo decidió no dedicarle más tiempo. «Ya habíamos invertido suficiente y nos encontrábamos satisfechos con el trabajo aunque nos dio un poco de bajón el retraso».

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Primera propuesta para la primera fase del concurso
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Primera propuesta para la primera fase del concurso

III: Thank you for your participation

Octubre de 2010. El calor tórrido del verano se ha esfumado y Madrid empieza a respirar. El concurso es un lejano recuerdo en las mentes de Pachón y Monteserín. Dublín sigue siendo un destino que interesa a la joven pareja aunque guardan una pequeña esperanza inconsciente con el concurso.

El sol había empezado a caer en su apartamento cuando Pachón recibe un email con procedencia del sudeste asiático.

12 de octubre, 2012
Subject: About the Stage One Evaluation Meeting of KMCPMC International Competition

Thank you for participating in the International Competition of Kaohsiung Maritime Cultural Popular Music Center Design and Construction Supervision Service Project

Here are the tenderers on the shortlist:
Akihisa Hirata
Jeanne Gang Studio Gang Architects, Ltd
Mack Scogin
Manuel Álvarez Monteserín Lahoz
Yves Bachmann

La pareja se queda muda durante un momento.

Leen una vez más el email:

Manuel Álvarez Monteserín Lahoz

Repiten el proceso una última vez por si ha habido una equivocación. Sigue apareciendo su nombre:

Manuel Álvarez Monteserín Lahoz

Gritan, se abrazan. Cogen el teléfono y empiezan a hacer una ronda de llamadas.

Para cualquier arquitecto llegar a la final de un concurso es un motivo de satisfacción. Para un grupo de arquitectos jóvenes supone el primer hito de tu carrera. Estar entre los cinco primeros de cientos de estudios de todo el mundo es un logro por sí mismo. La segunda fase garantiza cobrar una remuneración y continuar en la contienda para el gran premio que se decidiría unos meses más tarde.

El equipo está pletórico. Fluye la cerveza y las copas. El futuro tiene mejor pinta.

Rebajada la euforia llegan los primeros inconvenientes que el grupo logra sortear. Para la segunda parte se necesita presentar dos maquetas que tienen un coste de 40.000 euros. El contrato exige encontrar un socio local para ejecutar el proyecto. Se suma además el coste de viajar a Taiwán para presentar la segunda fase con un proyecto más desarrollado. «Antonio Alejandro fue muy hábil en las negociaciones. Consiguió que el socio local Hoy Architects se ocupase de los gastos. Nosotros poníamos las horas de trabajo. Ellos ponían el dinero».

A la hora de desarrollar la segunda fase del concurso se volvió a optar por las mismas condiciones. Cada uno cobraría en función de las horas invertidas. Los que estaban antes sumarían las horas de la primera fase a la segunda. Los que llegaban nuevos empezaban de cero. «Uno de los miembros de la primera fase no le pareció bien esto, pero no estaba en España. Sometimos la decisión a votación y se decidió pasar de los 7 magníficos a 20 magníficos. No es que no hubiese una jerarquía. Beatriz y yo dirigíamos ya que lo habíamos iniciado todo, pero la hora de todos valía igual. El proyecto era lo suficientemente grande para que cada uno tuviese parcelas para poder tirar solo».

Los siguientes tres meses «curramos como animales». Tocaba bajar todo a la tierra. «Hicimos un total de 7.000 horas. Bea y yo ocupamos casi el 50% de ese tiempo. «Los problemas latentes se hicieron un poco más grandes, pero no demasiado».

El planteamiento que desarrollaron para la futura Ciudad del Pop venía muy marcada por la experiencia que habían tenido los jóvenes arquitectos en España. Habían visto con sus propios ojos los efectos de la burbuja inmobiliaria. Las grandes infraestructuras abandonadas. Prefirieron hablar de un paisaje arquitectónico en lugar de un edificio. No querían que se quedase tan solo en un recinto para conciertos al lado del mar. El equipo estaba convencido de que era necesario que el espacio funcionase como un ecosistema. «Interesaba crear programas alternativos a la música pop. Entendimos que si no hacíamos esto, el día que no había concierto sería un solar vacío».

Inspirados por la información que les había aportado Satrustegui, que seguía viviendo en Taiwán, introdujeron un mercado de comida nocturna y un parque para complementar las instalaciones dirigidas a la música. Dibujaron edificios con formas hexagonales. «Nos inspiramos en el fondo marino. Queríamos recrear la exuberancia del mar y traerla a una zona que ahora estaba colonizada por el hormigón», rememora Monteserín.

No tenían la experiencia del resto de estudios que concursaban, pero poseían algo que los demás no tenían. Un capital humano inalcanzable para sus rivales.

«La mayoría de los estudios tienen una cabeza pensante y luego invierten dinero para contratar a gente externa para rellenar los huecos». En nuestro caso había perfiles de todo tipo. «Contábamos con toda la capacidad productiva comparada con un estudio de arquitectura. Teníamos un equipo super multidisciplinar. Ni siquiera un estudio como Foster tiene los medios humanos que conseguimos nosotros para invertir en un concurso».

La falta de jerarquía empezó a ocasionar los primeros problemas. Antonio Alejandro se encontraba trabajando en Rotterdam en ese momento y según Monteserín empezó a rivalizar con él. «Su papel era el de negociador con el socio local y aunque es un gran arquitecto no era lógico que llevará más cosas del proyecto al encontrarse lejos de Madrid. Tampoco estaba contento con la decisión de incorporar a más personas como socios». Andrés Infantes, que en aquel momento se encontraba en Londres, no participó en esta fase pero al formar parte del equipo inicial, tenía que seguir firmando y mantenía su participación.

«El socio local, por su parte, presionaba y hacía diversas artimañas para poder negociar las condiciones más beneficiosas para ellos. No llegamos a firmar el acuerdo de colaboración hasta unos pocos días antes de entregar el proyecto. Generó mucha ansiedad».

Los choques humanos se engrandecieron un poco pero no lo suficiente para descarrilar el proceso. Pese a las presiones latentes Monteserín se emociona cuando recuerda este periodo.

«Fuimos a saco. La sensación era darlo absolutamente todo para hacer el proyecto más cojonudo del mundo. No podía pensar en otra cosa. Es el momento más pleno de la profesión que he tenido nunca. Todo es creación. Lo que viene después es resolver problemas todo el tiempo».

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Segunda fase
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Segunda fase

IV: Destino Kaohsiung

«Aquí tiene caballero. El embarque se realizará por la puerta C37. Buen viaje».

Es el 13 de febrero de 2011 y Monteserín se encuentra en la terminal 1 de Barajas. En sus manos tiene tres billetes que podrían cambiar su vida. Las abre como unas cartas de juego y las observa con detenimiento. La primera dice Madrid-Amsterdam. La segunda: Amsterdam-Hong Kong. La tercera: Hong Kong-Taipei.

Hace unas semanas que se entregó el trabajo final y ahora toca presentarlo en persona al comité de selección. A Monteserín le acompañan Pachón, Guiomar y Arsenio. Tienen 20 horas de viaje por delante para repasar y reflexionar sobre la presentación.

En Taipei se reúnen con el socio local. Monteserín se presenta con la ropa más elegante que tiene su armario pero luciendo una ‘barba de talibán’. «Creo que no se esperaban que fuésemos tan jóvenes» (Manuel tenía 33 entonces). Realizan un ensayo general. Para el vídeo en 3D del proyecto el equipo había escogido una canción japonesa. El socio local sugiere amablemente cambiarla por canciones de pop taiwanés. Ninguna agrada mucho al equipo pero se muestran flexibles y la acaban incorporando. El día siguiente se suben a un tren de alta velocidad que les lleva a 300 kilómetros por hora a Kaohsiung a la otra punta del país.

La presentación se realiza en el Ambassador Hotel, un edificio de color rojo de 20 plantas, el mismo lugar donde están alojados. «Allí todas las reuniones de negocios se suelen hacer en hoteles». Desde sus habitaciones se puede ver el solar vacío sobre el mar donde algún día se construirá la ciudad del Pop. Abajo, en la entrada a la sala de conferencias hay cinco maquetas, una para cada finalista. Monteserín no puede evitar imaginárselo a escala real sobre el descampado que tiene delante de él.

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Maqueta del proyecto

***

Tras casi una hora de presentación, el equipo recoge sus cosas y decide tomarse un paseo. «¿No ha ido tan mal no?», comenta en alto Pachón. Hay una calma tensa.

Vuelven al hotel, entran a un salón de actos y se sientan en las primeras filas. En breves minutos anunciarán el ganador. Aparecen varios miembros del comité de selección. Uno de ellos coge un micrófono y tras una brevísima presentación anuncia el ganador.

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Flas flas. Dos fotógrafos se acercan a los arquitectos y les hacen fotos mientras la sala les aplaude.

Satrustegui agita sus puños. Monteserín y Pachón se mantienen congelados durante unos segundos antes de abrazarse.

Los socios locales, que habían conocido en persona hace 24 horas se abalanzan sobre ellos para celebrarlo. Un grupo de chavales llegados del otro lado del mundo había conseguido hacerse con un proyecto valorado en 100 millones de dólares. Los cinco españoles se agachan detrás de su maqueta iluminada para posar ante la prensa local que toma fotos.

Esa noche Monteserín se gastó más de 600 euros llamando a España para compartir la noticia. El socio local les agasajó con una cena en uno de los mejores restaurantes de la ciudad. «Fue el momento más relajado que hemos tenido con ellos jamás».

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V: «La que hemos liado»

La señal del cinturón se apaga señalando que el avión está ya a su altura y velocidad de crucero. El viaje de vuelta a España ha comenzado. Monteserín mira a sus compañeros de reojo. Nadie habla. Nadie sonríe. Los rostros están serios. La resaca retumba en sus cráneos. La tensión se empieza a sentir en los hombros de estos jóvenes arquitectos. Mirar por la ventanilla a las nubes permite abstraerse momentáneamente. «Coño, la que hemos liado», se dice a sí mismo Manolo.

De izquierda a derecha: Manuel Monteserín, Beatriz Pachón, Lain Satrustegui
De izquierda a derecha: Manuel Monteserín, Beatriz Pachón, Lain Satrustegui

VI: Luchar por volver a ganar lo ganado

Cuando el avión posó sus ruedas sobre el asfalto de Barajas, Monteserín y su equipo sabían que les esperaba unos años muy complicados pero lo que nunca se podían imaginar es que había un poder en la sombra que se movía sigilosamente para arrebatarles el proyecto.

Cuando empiezas a manejar cifras con 8 ceros, la creatividad pasa a segundo plano y entra en juego la gestión. Los financieros, las facturas, las negociaciones toman la delantera. El proyecto ya no está en manos de los pensadores idealistas, ahora prima los hombres trajeados acostumbrados a manejar grandes cifras de dinero.

El primer día que un letrado entró en la oficina el equipo se asomaba asombrada por el acontecimiento. «Nunca había entrado un abogado en nuestro espacio de trabajo», explica Pachón.

El equipo se divide en grupos para llevar a cabo diversas tareas. Uno se centraría en buscar financiación. Otros en conseguir un apoyo legal solvente. La persona con más experiencia, Antonio Alejandro, sigue implicado pero se encuentra en Rotterdam trabajando en un estudio allí. No está conforme con la organización y la rivalidad que había surgido anteriormente vuelve a brotar. Esta vez de forma silenciosa.

«El estaba calculando la inversión por su lado de cuánto costaría hacerlo. Nos empezó a meter miedo con que teníamos que invertir 2 millones de euros. Dijo que éramos incapaces de hacerlo y que lo más fácil sería venderlo al socio local. Por otro lado estaba tanteando a Andrés Infantes para llevarlo juntos. Infantes ya nos había comunicado que como uno de los cuatro firmantes iniciales, el 21.7% del proyecto le correspondía a él y que no iba a compartirlo con los demás como habíamos acordado al principio del proyecto». (Contactado por Yorokobu para saber su versión de los hechos, Andrés Infantes prefirió no hacer declaraciones. No conseguimos contactar con Antonio Alejandro).

Ajenos a estos movimientos, las palabras de Antonio Alejandro empiezan a preocupar a Monteserín y sus compañeros más cercanos. No están acostumbrados a batirse en el implacable mundo de los negocios. Lo suyo es ‘imaginar y crear’.

Se inician conversaciones con el socio local para explorar una posible venta. Se citan numerosas veces por Skype. Los encuentros virtuales se hacen interminables. «Uno de ellos duró nueve horas». En Taiwán cuentan con el respaldo de Lain Satrustegui que se encuentra allí para hablar cara a cara con ellos.

«Mientras escuchaba las negociaciones por Skype se me caía el alma a los pies. No me podía creer que estuviésemos a punto de perderlo todo. En el último momento, cuando parecía que habíamos llegado a un acuerdo, Antonio Alejandro y Andrés Infantes se echaron para atrás y dijeron que no venderían su parte», recuerda Monteserín.

Pasadas unas semanas, Monteserín empieza a reconciliarse con la idea de deshacerse del proyecto. «Por lo menos conseguiríamos cobrar algo de dinero que se podría repartir entre todos los participantes según las horas invertidas en el concurso. No era la salida que quería pero por lo menos era digna». Desde Taiwán solo reciben silencio.

El equipo inicial empezaba a abandonar el barco al ver la incertidumbre que se ceñía sobre el proyecto. Alejandro e Infantes están cada vez más cerca de quedarse con él. Han abierto un canal de comunicación con el socio local y trabajan ya en el proyecto básico en paralelo. Para llevarlo a cabo, se asocian con EDDEA, un estudio de arquitectura de Sevilla que les proporciona el respaldo financiero y logístico para llevarlo a cabo.

VII: Queremos que volváis

Han pasado unos meses y Monteserín siente como el proyecto de su vida se desvanece. El socio local sigue sin pagarles. Empiezan a darse cuenta de los movimientos de sus rivales. Hay un bloqueo que impide avanzar. Una mañana recibe un email en su bandeja de entrada que vuelve a situar el tablero de juego ligeramente a su favor.

«Buenos días Manuel. Te escribo porque lo que os están haciendo no me parece bien. He visto lo que nos están proponiendo y no tiene nada que ver con el proyecto inicial. Quiero solucionar este tema. Me gustaría recuperar a la gente que hizo el concurso. Necesitamos hablar. Saludos, Lee».

Quien escribe estas palabras es miembro del gobierno local. «Nadie ha luchado como él por ver salir este proyecto», contaría Manolo años más tarde. El mensaje representa un atisbo de optimismo para Pachón y Monteserín que se dan cuenta que la batalla aún no está perdida.

Muestran el mensaje a Igor Bárcenas, un abogado que decide ayudarles a dar un nuevo rumbo al proyecto. El letrado estudia a fondo las bases del concurso y descubre que el socio local no podría tener más de un 50% de participación en el proyecto por ley. La compra del proyecto no se había completado porque no era legal. «Nos dimos cuenta que esa era la razón por la que no nos pagaban». La letra pequeña resultó ser su salvación. Con la confianza de Bárcenas, un experto en derecho arquitectónico, deciden organizarse para volver a tomar el control del proyecto.

El abogado analiza bien el caso y les propone contactar a EDDEA. Ya tenían información acerca del proyecto y serían un partner ideal para llevarlo a cabo.

Pachón y Monteserín cogieron un AVE rumbo a Sevilla y quedaron con ellos en persona para contarles la situación. Lejos de encontrar hostilidad enseguida hubo entendimiento entre las dos partes. «Al principio los veíamos como el enemigo pero la realidad es que ellos no habían hecho nada malo. Les habían contactado para hacer un proyecto y ellos estaban cumpliendo».

Tener el apoyo de EDDEA les permite afianzar el proyecto. «Fue una gran ayuda ya que se encargaban de las negociaciones y la gestión de pagos mientras que no se metían en el diseño. Fue una salvación», recuerda Pachón.

VIII: «Business is War without bullets», Phil Knight, NIKE

El equipo empieza a cosechar pequeñas victorias pero la guerra no está ganada ni de lejos. Toca visitar a Taiwán de nuevo, al único lugar donde radica el verdadero poder de decisión.

Monteserín viaja junto con Javier Simó, con un proyecto básico en la mano con el que buscan mostrar a las autoridades que ellos siguen teniendo la llaves del futuro de la Ciudad del Pop. En los proyectos de arquitectura el básico es el punto anterior al proyecto de ejecución. El primer borrador que establece cómo se va a llevar a cabo la obra.

Una vez en Kaohsiung, son citados a una reunión atendida por diversas autoridades. En el otro lado de la mesa se encuentran tres invitados inesperados Andrés Infantes, Antonio Alejandro y Reyes León (arquitecta y socia de Infantes). Los asistentes ya tienen en sus manos un proyecto alternativo presentado por este equipo paralelo con el apoyo del socio local. Manolo y Javier presentan un proyecto básico completamente distinto. León alza la voz y dice: «esto es una falta de respeto».

Manolo se gira y contesta. «Yo no conozco a esta persona. Su nombre ni siquiera figura en el proyecto. Pedimos por favor que se nos permita presentar nuestro proyecto».

Los asistentes no se pueden creer lo que están viendo pero acceden a que Monteserín siga hablando. En la sala está el triunvirato que decidirá el futuro de la Ciudad del Pop. El Ayuntamiento, el ministerio de cultura y el gobierno central.

El Ayuntamiento no tarda en apoyar a Monteserín mientras que el ministerio de cultura dice que no. El gobierno central en cambio evita pronunciarse. Lo que sigue son meses de diplomacia y relaciones forjadas a través de socializar con personas de distintos departamentos del gobierno. «Nos ganamos su confianza a base de tajarnos con ellos. Allí se produce un fenómeno muy curioso. Cuando se brinda hay que beber y se puede llegar a brindar una veintena de veces. Si ese día no puede beber por algún problema médico, muchas personas se llevan a alguien para que beba en su lugar», cuenta Monteserín.

Uno de los momentos clave del proyecto ocurre en la feria de Sevilla. La alcaldesa de Kaohsiung y su equipo se encuentran en España en una visita oficial para ver el tranvía de Bilbao y Sevilla. Aprovechan su presencia en el país para invitarlos a la fiesta andaluza donde EDDEA tiene una caseta.

«Allí les acabamos de ganar del todo. Aprovechamos para explicarles algunos problemas que estábamos teniendo. El gesto de felicidad que tenían cambió ligeramente pero nos aseguraron que solventarían el problema a su vuelta a Taiwán», rememora Monteserín.

XI: El negoci es el negoci

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Las labores de diplomacia surten efecto. Los políticos son llamados a poner orden al desaguisado y los cauces por fin vuelven a la normalidad. El socio local es forzado a aceptarlos como partners y las dos partes son condenadas a entenderse.

«La negociación con un taiwanés de las altas esferas de negocios es una de los cosas más duras que he vivido en mi vida. Si pueden ganar un centímetro más siempre irán a por ese centímetro. Tienes que estar en constante alerta ya que es una negociación constante», comenta Pachón.

Con las aguas calmadas a mediados de 2013, toca finalizar el proyecto de ejecución. Una labor que dura dos años donde sigue habiendo negociaciones constantes para defender el proyecto. Beatriz y Monteserín se alquilan un apartamento en Kaohsiung que utilizan como oficina donde cada mañana vienen cinco taiwaneses a trabajar en el salón. El resto del equipo se reparte entre Madrid y las oficinas de EDDEA en Sevilla.

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XII: En Taiwán, la siesta es sagrada

Hoy las visitas a Taiwán de Monteserín son mucho más tranquilas. El arquitecto tiene línea directa con la alcaldesa de Kaohsiung Chen Chu y él le ha preparado una paella en más de una ocasión.

El tiempo le ha llevado a apreciar cada vez más la cultura taiwanesa. «Lo de la siesta en España es una estafa en comparación. Allí es una verdadera religión. Si llegas al Ayuntamiento a la 1 de la tarde te encuentras las salas apagadas y todo el mundo está echándose una cabezadita».

La convivencia le ha llevado también a vivir situaciones surrealistas debido al choque de culturas. En Taiwán si sales a beber con alguien, ellos no dejarán de hacerlo hasta que tu no dejes de hacerlo. Una noche, salió a tomar cervezas con un político local, Monteserín es corpulento y capaz de tomar bastantes birras sin sufrir mucho los efectos,. A la octava cerveza uno de los acompañantes del político local se acercó y le dijo amablemente, “mira, si tu no dejas de beber él tampoco lo hará. El problema es que lo vas a matar».

Cuando mira hacia atrás no guarda rencor hacia los socios locales y algunos de los interlocutores. «Lo que he notado es que al principio hay una desconfianza brutal y en cierto modo esa desconfianza era reciproca. Nos ven como bichos raros. No siento que ellos fueran los malos y nosotros los buenos. Había un miedo a que nosotros saliéramos corriendo y les dejásemos empantanados con el proyecto».

Pero si hay algo que destaca por encima de todo de esta isla en el sudeste asiático para Monteserín un epicúreo y cocinillas declarado, es la gastronomía y sus mercados nocturnos. «No te puedes imaginar lo buena que está la comida allí. En los momentos más duros la explosión de un dumpling en la boca era lo que me salvaba del abismo».

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Post Data: 

Es junio de 2016 y Monteserín ya está pensando en su futuro después del proyecto que se espera inaugurar en 2019. Me recibe en OMNI, un nuevo espacio que acaba de alquilar con un grupo de jóvenes diseñadores recién titulados. Es un lugar diáfano situado en Carabanchel con unas vistas privilegiadas del skyline madrileño. Quiere sacar a la gente del centro y que los jóvenes empiezan a tomar nuevas zonas de Madrid. Están a punto de iniciar una reforma del espacio para convertirlo en un coworking. Sigue viajando cada tres meses a Kaoshiung para poder supervisar la obra, «pero ahora las cosas son muy distintas, la presión ya no está sobre mí».

Damos un paseo hacia el centro cuando recibe un mensaje en su whatsapp. El socio local vuelve a amenazar con denunciarle. Unos minutos después uno de sus proveedores le escriben pidiendo más dinero ya que los plazos se están alargando. «He aprendido a no agobiarme más con estas cosas» mientras encoge los hombros. «Después de lo vivido, cuando veo un proyecto acabado, siento una profunda admiración por cualquiera arquitecto que haya conseguido poner en pie un edificio».

De vez en cuando sueña que se reencuentra con sus antiguos compañeros. «Me enfrento a ellos y con voz tranquila les digo, ¿cómo hemos llegado a esto?».

Unos días antes converso con Pachón que poco a poco va liberándose del estrés ocasionado por un proyecto tan dilatado. Ella y Monteserín ya no son pareja. «Al final casi nada de lo que he hecho estos últimos años es arquitectura. Me he dedicado principalmente a solucionar pollos y a hacer excels. Ya he tachado ‘proyecto de arquitectura de gran envergadura’ de mi lista de pendientes». Hace meses que dedica la mayor parte de su tiempo a la cerámica. «Me evita tener que pensar y depender de nadie».

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El proyecto en construcción (Noviembre de 2016)

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Una pareja se cuela en la futura Ciudad del Pop.

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Opiniones 17
  • Estimado Marcus, mi nombre es Antonio Alejandro, creo que antes de publicar este artículo lo mínimo que podías haber hecho es contactarme. Es bastante fácil via LinkedIn o en mi correo. Así que me gustaría cuanto menos poder contar mi versión, por alusiones. Atentamente Antonio Alejandro.

  • Me he leido el artículo y creo que pone «Andrés Infantes prefirió no hacer declaraciones. No conseguimos contactar con Antonio Alejandro». Entiendo que algún tipo de medio utilizarían para ello y se sobreentiende que no se obtuvo respuesta de ningún tipo.
    Que conste que soy un simple lector. No soy parte implicada ni defensor del articulista.

  • Estimado colega Monteserín. Te escribo reclamando mi 10% de lo 100.000.000 de dolares. De lo contrario me veré oligado a contar tu affaire con aquella prostituta transexual. Atentamente Antonio Alejandro.

    • Mmm… Me da que no es el real «Antonio Alejandro». Vaya culebrón-artículo os ha salido! Me ha enganchado cual serie de HBO. Espero que algún guionista lo convierta pronto en serie (Netflix, por favor, aquí tenéis material del bueno!). Y si «AA» es el real, por favor, qué malas artes. Qué es eso de amenazar con contar los affairs con transexuales!! Vergüenza ajena…

  • De los sueños a las cloacas y de las cloacas a la luz, bueno, otros hablarán de la «realidad», de que hay que «aterrizar» los sueños y cosas por el estilo.
    La verdad nunca es blanca y negra, seguramente hay zonas grises en este relato. Yo no sé quién es quién ni quién hizo qué ni qué hizo cada cual, sólo sé que el proyecto es hermoso, por dos razones, primero la evidente calidad de la propuesta y luego por el ingenioso y atrevido sistema de horas contabilizadas, extremadamente difícil de mantener a flote porque requiere de un nivel de valores alto y de mucha compasión de y para los demás.
    Me gustaría conocer la opinión de Antonio Alejandro y Andrés Infantes, supongo que debe ser posible resumirla en pocos renglones, quizás de manera un poco esquemática pero clara, la verdad nunca necesita de mucha diatriba, y publicarla aquí mismo …¿o no?

    Nota: tampoco sé si el Antonio Alejandro que comenta aquí es el real… hay tanto loco últimamente…

  • He pasado los ultimos 4 años y medio trabajando en China para varios despachos. Puedo imaginarme perfectamente lo que habeis sufrido con los local parthners. Habeis luchado como gladiadores en la arena. FELICIDADES A TODOS!!! TODA MI ADMIRACION, no solo por llevarlo a cabo, sino por la calidad del proyecto que desde que se publicó en varias web he ido siguiendo.

  • He vivido una experiencia casi idéntica en República Dominicana. Cuando lo cuento, la gente piensa que exagero o me invento cosas pero solo los que pasamos por algo así, entendemos que hay un antes y un después en tu vida después del «megaproyecto»… Me encantaría compartir vivencias con vosotros…

  • Hola,
    Sin querer ser parte de nadie, si que creo interessante saber más. Nosotros fuimos la ingeniería de concurso en segunda fase y durante el concept, pero después se perdió el hilo del tema y desaparecimos. Vivimos muy intensamente el proyecto con todos los mencionados, y aún no conocemos exactamente que pasó. Desde mi punto de vista, me pareció uno de los proyectos más complejos políticamente tanto internamente en el equipo como externamente con los socios taiwaneses y la administración.
    De todos modos me alegro muchísimo por saber que el proyecto es una realidad hoy en día.
    Lo más genial de todo, independientemente de lo que haya sucedido de por medio, es que un equipo sin referencias, sin experiencia y dispersión por el mundo pudo conseguir ganar el concurso y, además, construirlo. Inimaginable.

    Molaría una actualización del post

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