27 de julio 2015    /   IDEAS
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Solo ocurre en una ciudad fronteriza

27 de julio 2015    /   IDEAS     por          
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Escena de noche de verano en hogar medio español. Quizá un barrio periférico de Madrid, quizá un pueblo de Extremadura. El ventilador agitándose violentamente, como si hiciera sus últimos esfuerzos antes de caer derrotado en la dura batalla contra el calor. El mantel con migas todavía puesto en la mesa, esperando a que alguien se digne a dejarlo en su estado natural. El cuadro de la sopa de tomate de Warhol presidiendo la entrada del pasillo, un par de revistas de corazón sobre la mesa. Y la tele. Majestuosa, impasible, apoyada sobre un mueble cuya función es, únicamente, la de ser «el mueble de la tele». Sus 40 pulgadas de Full HD desencadenando un festival de luz, color y estímulos visuales sobre el salón.
Como todos los miércoles -y alguna que otra noche más- el menú catódico ofrece un docureality. Ya saben: cámaras moviéndose muy rápido, testimonios subtitulados con letras amarillas, música de tono dramático en algunas escenas. Reporteros jugándose la vida para poder dar media ración de morbo y media de información a espectadores en busca de tema de conversación de oficina. Protagonistas mascullando un discreto «apaga la cámara». Drogas, sexo, negocios clandestinos.
El de esta noche habla de fronteras. El equipo de la televisión pública que lo emite viaja a distintos puntos del mundo para conocer la realidad de algunos de los pasos fronterizos más peligrosos que existen. Latinoamérica -una habitual de los docureality– vuelve a ser el escenario de un amplio abanico de historias turbulentas que suceden entre carreteras, controles de Policía corrupta y pick-ups con aspecto noventero.
Cocaína que pasa de Bolivia a Argentina, mexicanos cruzando desiertos y matorrales en su andadura hacia el país que un día fue de las oportunidades, tensiones políticas y militarismo entre Colombia y Venezuela. Pareciera que los lugares de paso son lugares por los que, en realidad, nadie querría pasar. Puntos negros en el mapa, zonas que poca gente habita y casi nadie recomienda.
Incluso es posible que la sucesión de hechos truculentos, declaraciones temerosas e imágenes reveladoras lleve a algunos espectadores a sentir miedo ante la remota posibilidad de tener que pasar por uno de esos lugares en el futuro. La vida da muchas vueltas, y quién sabe si un día, por el motivo que sea, te ves pasando la frontera de Nicaragua a Honduras rodeado de malajes y exponiéndote a una muerte -muy probablemente- dolorosa.
El espectador medio del hogar medio español conoce poco sobre las fronteras. Ha cruzado a Portugal y a Francia en coche, y ha podido experimentar la seguridad y comodidad de formar parte de esa comunidad económica que tiene todo de económica y nada de comunidad. Quizá también estuvo haciendo fotos a las cataratas de Iguazú, en la frontera entre Argentina y Brasil, en aquel viaje familiar tras conseguir el ascenso.
Quién sabe si no vivió, incluso, minutos de nervios subiendo en ferry a Tarifa desde Marruecos con cuatro porros de polen en un bolsillo en sus tiempos de juventud. Pero las fronteras no son un lugar por el que, en general, se haya visto obligado a pasar a menudo. Y sin embargo, el espectador medio estará de acuerdo en afirmar que los pasos fronterizos tienen mala prensa, y una reputación bastante dudosa.

Joseph Sohm / Shutterstock.com
Joseph Sohm / Shutterstock.com

Pero hay algo de lo que los docureality, los viajes organizados y los periódicos no suelen hablar cuando hablan de fronteras. Algo que el espectador medio español normalmente no acostumbre a asociar a las fronteras y sin embargo está ahí, como un secreto cerrado bajo llave o tapado con toneladas de mugre. Algo que, probablemente, también ocurre en algunos lugares no fronterizos, pero en un nivel mucho menor.
La condición de «lugar de paso» inherente a las fronteras parece convertirlas en una especie de submundos en los que el choque cultural, lingüístico y social producido por el encuentro entre dos países genera la existencia de fenómenos paradójicos. Manifestaciones de un mestizaje que solo podría existir en un lugar que lleva años acostumbrado a ser un límite entre dos realidades. Escenas que son el dibujo de la complejidad del mundo, de la capacidad (o no) de entendimiento y convivencia entre personas.
Escenas como la de un norteamericano de pelo rubio comiendo comida Tex-Mex (un término que contiene, en sí mismo, la definición de «frontera») en un restaurante de El Paso o Ciudad Juárez con su truck aparcado sobre la tierra de afuera.
Como las prostitutas esperando en la carretera de La Junquera a que algún francés (que «pagan mejor» aunque «son más cerdos») requiera alguno de sus servicios.
Fotografías de ikurriñas en balcones de Sant-Jean de Luz que son más grandes que las de los balcones de Donosti. Cuadros que muestran una franja kilométrica despoblada conocida como «zona desmilitarizada» y soldados mirándose tensos en el único paso fronterizo habilitado entre sur y norte de una Península llamada Corea.
Escenas de ingleses rollizos saludando en un perfecto acento andaluz a los guardias de La Línea antes de entrar en Gibraltar, de zamoranos que entienden bien el portugués cerca de Miranda do Douro, de mujeres de facciones marcadamente andinas y pasaporte boliviano diciendo «andate, boludo» en la frontera con Argentina, de jóvenes españoles aprendiendo palabrotas en árabe en los barrios de Melilla.
Imágenes como el ritual de cierre de frontera que se celebra todos los días en el paso entre India y Pakistán, convirtiendo una ceremonia protocolaria militar en un gesto hermosamente cotidiano.
Fotografías como la de la isla Big Diomede, en el estrecho de Bering, que además de ser la frontera entre Rusia y los Estados Unidos delimita la línea de cambio de hora internacional, permitiendo a los visitantes asistir a dos fechas distintas según al lado del estrecho al que estén mirando.
Imágenes, situaciones y momentos que parecen querer demostrarle al mundo su propia inmensidad. Pinceladas que nos recuerdan que, quizá, lo que concierne a la humanidad es, en general, menos absoluto de lo que pensamos, y nos sugieren a su manera que reconsideremos el valor del término medio, del paso previo, de algo que no es del todo lo que es.
Quizá cuando alguien nos recuerde –con razón– que el establecimiento de fronteras va en detrimento del desarrollo de las sociedades y la evolución de la economía global, deberíamos pararnos un momento a pensar en estas ciudades de frontera. Permitirnos, durante un segundo, recordar todas esas imágenes que ofrecen los pasos fronterizos a lo largo del mundo, y que contrarrestan muchas de las certezas y obviedades que rodean nuestro entendimiento y formularnos una pregunta: si no existieran las fronteras y sus ciudades de paso, ¿dónde ocurrirían todas estas cosas?

Pero existen lugares intermedios,
pasados y presentes con luz de porvenir,
ciudades de frontera,
barcos anclados en las estanterías
y resplandor de puertos en la noche
y
 nombres en los mapas. 

Luis García Montero.

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Como todos los miércoles -y alguna que otra noche más- el menú catódico ofrece un docureality. Ya saben: cámaras moviéndose muy rápido, testimonios subtitulados con letras amarillas, música de tono dramático en algunas escenas. Reporteros jugándose la vida para poder dar media ración de morbo y media de información a espectadores en busca de tema de conversación de oficina. Protagonistas mascullando un discreto «apaga la cámara». Drogas, sexo, negocios clandestinos.
El de esta noche habla de fronteras. El equipo de la televisión pública que lo emite viaja a distintos puntos del mundo para conocer la realidad de algunos de los pasos fronterizos más peligrosos que existen. Latinoamérica -una habitual de los docureality– vuelve a ser el escenario de un amplio abanico de historias turbulentas que suceden entre carreteras, controles de Policía corrupta y pick-ups con aspecto noventero.
Cocaína que pasa de Bolivia a Argentina, mexicanos cruzando desiertos y matorrales en su andadura hacia el país que un día fue de las oportunidades, tensiones políticas y militarismo entre Colombia y Venezuela. Pareciera que los lugares de paso son lugares por los que, en realidad, nadie querría pasar. Puntos negros en el mapa, zonas que poca gente habita y casi nadie recomienda.
Incluso es posible que la sucesión de hechos truculentos, declaraciones temerosas e imágenes reveladoras lleve a algunos espectadores a sentir miedo ante la remota posibilidad de tener que pasar por uno de esos lugares en el futuro. La vida da muchas vueltas, y quién sabe si un día, por el motivo que sea, te ves pasando la frontera de Nicaragua a Honduras rodeado de malajes y exponiéndote a una muerte -muy probablemente- dolorosa.
El espectador medio del hogar medio español conoce poco sobre las fronteras. Ha cruzado a Portugal y a Francia en coche, y ha podido experimentar la seguridad y comodidad de formar parte de esa comunidad económica que tiene todo de económica y nada de comunidad. Quizá también estuvo haciendo fotos a las cataratas de Iguazú, en la frontera entre Argentina y Brasil, en aquel viaje familiar tras conseguir el ascenso.
Quién sabe si no vivió, incluso, minutos de nervios subiendo en ferry a Tarifa desde Marruecos con cuatro porros de polen en un bolsillo en sus tiempos de juventud. Pero las fronteras no son un lugar por el que, en general, se haya visto obligado a pasar a menudo. Y sin embargo, el espectador medio estará de acuerdo en afirmar que los pasos fronterizos tienen mala prensa, y una reputación bastante dudosa.

Joseph Sohm / Shutterstock.com
Joseph Sohm / Shutterstock.com

Pero hay algo de lo que los docureality, los viajes organizados y los periódicos no suelen hablar cuando hablan de fronteras. Algo que el espectador medio español normalmente no acostumbre a asociar a las fronteras y sin embargo está ahí, como un secreto cerrado bajo llave o tapado con toneladas de mugre. Algo que, probablemente, también ocurre en algunos lugares no fronterizos, pero en un nivel mucho menor.
La condición de «lugar de paso» inherente a las fronteras parece convertirlas en una especie de submundos en los que el choque cultural, lingüístico y social producido por el encuentro entre dos países genera la existencia de fenómenos paradójicos. Manifestaciones de un mestizaje que solo podría existir en un lugar que lleva años acostumbrado a ser un límite entre dos realidades. Escenas que son el dibujo de la complejidad del mundo, de la capacidad (o no) de entendimiento y convivencia entre personas.
Escenas como la de un norteamericano de pelo rubio comiendo comida Tex-Mex (un término que contiene, en sí mismo, la definición de «frontera») en un restaurante de El Paso o Ciudad Juárez con su truck aparcado sobre la tierra de afuera.
Como las prostitutas esperando en la carretera de La Junquera a que algún francés (que «pagan mejor» aunque «son más cerdos») requiera alguno de sus servicios.
Fotografías de ikurriñas en balcones de Sant-Jean de Luz que son más grandes que las de los balcones de Donosti. Cuadros que muestran una franja kilométrica despoblada conocida como «zona desmilitarizada» y soldados mirándose tensos en el único paso fronterizo habilitado entre sur y norte de una Península llamada Corea.
Escenas de ingleses rollizos saludando en un perfecto acento andaluz a los guardias de La Línea antes de entrar en Gibraltar, de zamoranos que entienden bien el portugués cerca de Miranda do Douro, de mujeres de facciones marcadamente andinas y pasaporte boliviano diciendo «andate, boludo» en la frontera con Argentina, de jóvenes españoles aprendiendo palabrotas en árabe en los barrios de Melilla.
Imágenes como el ritual de cierre de frontera que se celebra todos los días en el paso entre India y Pakistán, convirtiendo una ceremonia protocolaria militar en un gesto hermosamente cotidiano.
Fotografías como la de la isla Big Diomede, en el estrecho de Bering, que además de ser la frontera entre Rusia y los Estados Unidos delimita la línea de cambio de hora internacional, permitiendo a los visitantes asistir a dos fechas distintas según al lado del estrecho al que estén mirando.
Imágenes, situaciones y momentos que parecen querer demostrarle al mundo su propia inmensidad. Pinceladas que nos recuerdan que, quizá, lo que concierne a la humanidad es, en general, menos absoluto de lo que pensamos, y nos sugieren a su manera que reconsideremos el valor del término medio, del paso previo, de algo que no es del todo lo que es.
Quizá cuando alguien nos recuerde –con razón– que el establecimiento de fronteras va en detrimento del desarrollo de las sociedades y la evolución de la economía global, deberíamos pararnos un momento a pensar en estas ciudades de frontera. Permitirnos, durante un segundo, recordar todas esas imágenes que ofrecen los pasos fronterizos a lo largo del mundo, y que contrarrestan muchas de las certezas y obviedades que rodean nuestro entendimiento y formularnos una pregunta: si no existieran las fronteras y sus ciudades de paso, ¿dónde ocurrirían todas estas cosas?

Pero existen lugares intermedios,
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