17 de enero 2018    /   CREATIVIDAD
por
 Ana Galvañ

¿Pero en qué ciudad quieren vivir los creativos?

17 de enero 2018    /   CREATIVIDAD     por          Ana Galvañ
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Durante años, muchas ciudades admiradas como Barcelona, Buenos Aires o Madrid apostaron por atraer y acomodar de la mejor forma posible a la llamada clase creativa. Hablamos de los profesionales a los que les pagan por pensar, que gozan de una gran movilidad geográfica y que aprecian las urbes donde reina la innovación tecnológica y existen altas concentraciones de gais y «bohemios».  

Richard Florida, profesor de la Universidad de Toronto y ponente estelar, es el principal responsable del descubrimiento y enorme popularidad de colectivo. El consultor publicó en 2002 The Rise of the Creative Class, el libro con el que identificaba a quien él y desde entonces otros muchos consideraron los nuevos protagonistas de la historia de la humanidad.

No era un concepto complicado. Los profesionales más productivos, y mejor pagados, tienden a ser los que poseen una formación avanzada y ocupan puestos intensivos en conocimiento. Por su condición de creativos, aprecian, sobre todo, la innovación ajena y celebran la disrupción tecnológica como una fuerza benéfica. Al mismo tiempo, su formación, las personas con las que se relacionan y lo que se valora en su entorno los empujan a mirar con simpatía los estilos de vida minoritarios.   

Los datos parecían avalar esta hipótesis. Florida construyó tres indicadores aburridos y dos divertidos para demostrarlo. Los aburridos eran los que evaluaban la tecnología, el talento y la tolerancia. Los divertidos fijaban su atención en la densidad de bohemios y gais en una ciudad.

Medía la tecnología contabilizando el número de patentes y la inversión en investigación y desarrollo. Con el talento se preguntaba qué proporción representaban los profesionales del conocimiento sobre la población activa (en los países desarrollados no se paga por pensar a más del 30% de los trabajadores). Florida aspiraba a establecer si una comunidad era tolerante por su capacidad de alojar a miles de gais (según escribió en 2002) y bohemios o, dicho de otra forma, estilos de vida que representasen una alternativa a los modelos mayoritarios. Los bohemios eran, esencialmente, escritores y artistas.  

El ahora profesor de la Universidad de Toronto sostenía que las ciudades debían competir por ofrecer a la clase creativa un estilo de vida y unas infraestructuras que la atrajesen, porque sus miembros se habían convertido en la principal fuente de riqueza, progreso y crecimiento económico. También eran los que más consumían y los que más impuestos iban a pagar al menos en principio. Las empresas que generasen los mejores empleos querrían establecerse sin duda allí donde se enclavasen los candidatos potenciales más apetecibles. Los beneficios de capturar a los creativos se derramarían generosamente sobre la sociedad de la ciudad en la que eligieran vivir.  

Estos profesionales, por cierto, no permanecían anclados en un país y, por eso, la guerra por el talento no se libraba únicamente entre púgiles como Madrid y Barcelona. Hablábamos de una clase social con una clara conciencia de identidad colectiva y transnacional. Según Florida, se sentían igual de cómodos en Londres que en Ámsterdam. Su capacidad para hacer las maletas exigía que las ciudades redoblasen esfuerzos para adaptarse a sus deseos.    

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El ocaso

Desafortunadamente para Florida, sus ideas, casi hegemónicas hasta antes de la crisis económica mundial, se han visto seriamente menoscabadas. Para empezar, ya no se puede afirmar que una minoría privilegiada como la clase creativa sea la gran protagonista de la sociedad y mucho menos que la principal misión de las ciudades deba ser responder a sus demandas. Eso solo podía plantearse en tiempos menos azotados por la precariedad o la desigualdad.

Hay más problemas. La mayor concentración de la clase creativa en determinadas localizaciones como Malasaña, en Madrid; El Born, en Barcelona; o el bonaerense Palermo ha catapultado fenómenos como la gentrificación, es decir, la transformación de barrios humildes y tradicionales en barrios cool con la consiguiente subida de los precios y la mudanza de los antiguos vecinos, que son sustituidos por profesionales cualificados.

La resistencia a la gentrificación ha configurado una alianza de conservadores de izquierdas y derechas que rechazan que cualquier cambio sea sinónimo de progreso y ha minado así la base de apoyos políticos y sociales de las ideas de Florida. Además, la forma en la que algunos profesionales creativos necesitan copar barrios enteros uniformizándolos a su imagen y semejanza revela que las expectativas sobre su tolerancia y su amor a la diversidad eran exageradas.  

 

Precisamente, otra de las grandes críticas contra lo que proclamaba el profesor de la Universidad de Toronto, que él mismo se ha apresurado a matizar ahora en su nuevo libro The Urban Crisis, es que sus palabras han ayudado a levantar el muro de ira, silencio e incomprensión que separa a los perdedores de la globalización y a los favorecidos por esta.

Los profesionales exitosos y los grandes medios de comunicación, copados por los trabajadores creativos, son muchas veces incapaces de entender a millones de personas a las que les dan pánico el libre comercio, la disrupción tecnológica, la automatización y la dilución de su identidad nacional en un océano global. A veces, los despachan simplemente denunciando su ignorancia y su desagradable populismo.

Por cierto, entre esos damnificados (que llamamos con demasiada frecuencia «perdedores»)  no solo encontramos millones de trabajadores no cualificados, sino también millones de licenciados universitarios con másteres que cobran salarios bajos porque hay mucha más demanda que oferta de trabajos cualificados.

También están aquellos a los que les dijeron que les pagarían por pensar y que han acabado dedicándose a actividades administrativas mal remuneradas y amenazadas por la inteligencia artificial. Algunos de estos son creativos en su tiempo libre pero, claro, afirman, eso casi nadie se lo reconoce. La única creatividad que Richard Florida y la mayoría de la sociedad se toman en serio es la de los que viven de ella.  Todo se reduce a si te pagan principalmente por pensar.  

Lo más fascinante de las ideas del profesor de la Universidad de Toronto es que expresan y han condicionado algunos de los grandes debates de las últimas décadas. Además, su evolución fluye en paralelo con la de las preocupaciones de la clase que intenta describir y refleja, voluntaria e involuntariamente, algunos de sus principales anhelos, prejuicios y contradicciones. Leer sus libros, y la respuesta de sus críticos, es leer un pedazo de nuestra historia reciente.   

Durante años, muchas ciudades admiradas como Barcelona, Buenos Aires o Madrid apostaron por atraer y acomodar de la mejor forma posible a la llamada clase creativa. Hablamos de los profesionales a los que les pagan por pensar, que gozan de una gran movilidad geográfica y que aprecian las urbes donde reina la innovación tecnológica y existen altas concentraciones de gais y «bohemios».  

Richard Florida, profesor de la Universidad de Toronto y ponente estelar, es el principal responsable del descubrimiento y enorme popularidad de colectivo. El consultor publicó en 2002 The Rise of the Creative Class, el libro con el que identificaba a quien él y desde entonces otros muchos consideraron los nuevos protagonistas de la historia de la humanidad.

No era un concepto complicado. Los profesionales más productivos, y mejor pagados, tienden a ser los que poseen una formación avanzada y ocupan puestos intensivos en conocimiento. Por su condición de creativos, aprecian, sobre todo, la innovación ajena y celebran la disrupción tecnológica como una fuerza benéfica. Al mismo tiempo, su formación, las personas con las que se relacionan y lo que se valora en su entorno los empujan a mirar con simpatía los estilos de vida minoritarios.   

Los datos parecían avalar esta hipótesis. Florida construyó tres indicadores aburridos y dos divertidos para demostrarlo. Los aburridos eran los que evaluaban la tecnología, el talento y la tolerancia. Los divertidos fijaban su atención en la densidad de bohemios y gais en una ciudad.

Medía la tecnología contabilizando el número de patentes y la inversión en investigación y desarrollo. Con el talento se preguntaba qué proporción representaban los profesionales del conocimiento sobre la población activa (en los países desarrollados no se paga por pensar a más del 30% de los trabajadores). Florida aspiraba a establecer si una comunidad era tolerante por su capacidad de alojar a miles de gais (según escribió en 2002) y bohemios o, dicho de otra forma, estilos de vida que representasen una alternativa a los modelos mayoritarios. Los bohemios eran, esencialmente, escritores y artistas.  

El ahora profesor de la Universidad de Toronto sostenía que las ciudades debían competir por ofrecer a la clase creativa un estilo de vida y unas infraestructuras que la atrajesen, porque sus miembros se habían convertido en la principal fuente de riqueza, progreso y crecimiento económico. También eran los que más consumían y los que más impuestos iban a pagar al menos en principio. Las empresas que generasen los mejores empleos querrían establecerse sin duda allí donde se enclavasen los candidatos potenciales más apetecibles. Los beneficios de capturar a los creativos se derramarían generosamente sobre la sociedad de la ciudad en la que eligieran vivir.  

Estos profesionales, por cierto, no permanecían anclados en un país y, por eso, la guerra por el talento no se libraba únicamente entre púgiles como Madrid y Barcelona. Hablábamos de una clase social con una clara conciencia de identidad colectiva y transnacional. Según Florida, se sentían igual de cómodos en Londres que en Ámsterdam. Su capacidad para hacer las maletas exigía que las ciudades redoblasen esfuerzos para adaptarse a sus deseos.    

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El ocaso

Desafortunadamente para Florida, sus ideas, casi hegemónicas hasta antes de la crisis económica mundial, se han visto seriamente menoscabadas. Para empezar, ya no se puede afirmar que una minoría privilegiada como la clase creativa sea la gran protagonista de la sociedad y mucho menos que la principal misión de las ciudades deba ser responder a sus demandas. Eso solo podía plantearse en tiempos menos azotados por la precariedad o la desigualdad.

Hay más problemas. La mayor concentración de la clase creativa en determinadas localizaciones como Malasaña, en Madrid; El Born, en Barcelona; o el bonaerense Palermo ha catapultado fenómenos como la gentrificación, es decir, la transformación de barrios humildes y tradicionales en barrios cool con la consiguiente subida de los precios y la mudanza de los antiguos vecinos, que son sustituidos por profesionales cualificados.

La resistencia a la gentrificación ha configurado una alianza de conservadores de izquierdas y derechas que rechazan que cualquier cambio sea sinónimo de progreso y ha minado así la base de apoyos políticos y sociales de las ideas de Florida. Además, la forma en la que algunos profesionales creativos necesitan copar barrios enteros uniformizándolos a su imagen y semejanza revela que las expectativas sobre su tolerancia y su amor a la diversidad eran exageradas.  

 

Precisamente, otra de las grandes críticas contra lo que proclamaba el profesor de la Universidad de Toronto, que él mismo se ha apresurado a matizar ahora en su nuevo libro The Urban Crisis, es que sus palabras han ayudado a levantar el muro de ira, silencio e incomprensión que separa a los perdedores de la globalización y a los favorecidos por esta.

Los profesionales exitosos y los grandes medios de comunicación, copados por los trabajadores creativos, son muchas veces incapaces de entender a millones de personas a las que les dan pánico el libre comercio, la disrupción tecnológica, la automatización y la dilución de su identidad nacional en un océano global. A veces, los despachan simplemente denunciando su ignorancia y su desagradable populismo.

Por cierto, entre esos damnificados (que llamamos con demasiada frecuencia «perdedores»)  no solo encontramos millones de trabajadores no cualificados, sino también millones de licenciados universitarios con másteres que cobran salarios bajos porque hay mucha más demanda que oferta de trabajos cualificados.

También están aquellos a los que les dijeron que les pagarían por pensar y que han acabado dedicándose a actividades administrativas mal remuneradas y amenazadas por la inteligencia artificial. Algunos de estos son creativos en su tiempo libre pero, claro, afirman, eso casi nadie se lo reconoce. La única creatividad que Richard Florida y la mayoría de la sociedad se toman en serio es la de los que viven de ella.  Todo se reduce a si te pagan principalmente por pensar.  

Lo más fascinante de las ideas del profesor de la Universidad de Toronto es que expresan y han condicionado algunos de los grandes debates de las últimas décadas. Además, su evolución fluye en paralelo con la de las preocupaciones de la clase que intenta describir y refleja, voluntaria e involuntariamente, algunos de sus principales anhelos, prejuicios y contradicciones. Leer sus libros, y la respuesta de sus críticos, es leer un pedazo de nuestra historia reciente.   

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