Publicado: 19 de abril 2018 12:13  /   DIGITAL
por
ilustracion  Ana Galvañ

¿Necesitamos clases de futuro?

Publicado: 19 de abril 2018 12:13  /   DIGITAL     por        ilustracion  Ana Galvañ
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[pullquote author=”Julio Cortázar”]Esto lo estoy tocando mañana[/pullquote]

A John Condry le inquietaba la distorsión del tiempo. Cuando este psicólogo y educador trabajaba en el departamento de Desarrollo Humano de la Universidad de Cornell, quiso averiguar qué estaba pasando con el futuro. Entregó a los estudiantes, divididos en dos grupos, el primer párrafo de una novela.

Lo que unos y otros no sabían era que sus textos eran diferentes: el primero estaba escrito en pasado, mientras que los verbos del segundo aparecían en futuro. Los finales que ofrecieron los alumnos del primer grupo eran más originales y prolijos. Los de los segundos eran escuetos y postizos. Así demostró el apego al pasado y la distancia inconsciente con el futuro. O lo que escribe Manuel Vilas en Ordesa: que «el pasado tiene la concreción de un personaje de novela».

El futurólogo Alvin Toffler criticó, en los años 70, que la educación se detuviera en el pasado, rozara el presente y se parara. «El futuro, desterrado del aula, es también desterrado de su conciencia. Es como si no hubiese futuro», escribió en El shock del futuro.

En busca del equilibrio propuso una escuela con «clases de futuro», que consistía en la realización de ejercicios que permitieran desarrollar a cada persona una idea de sí misma a lo largo del tiempo. Se trataba de escribir cómo se imaginaban en unos años (reescribirla y actualizarla a lo largo del tiempo), leer ciencia ficción (no por predecir el futuro, sino por ayudar a imaginarlo) y dejar de burlarse de los que mostraban interés en lo venidero.

«El pasado y el futuro van a seguir tirando a la vez de la cortina. Y nosotros somos la costura de la cortina», escribió el periodista Javi Gómez. En base a esta idea, latente en otras de sus columnas, ha escrito La gran desilusión (Círculo de Tiza), un libro que no tendría razón de ser si alguien hubiera escuchado a Toffler hace ya medio siglo. Porque empieza así: «Ignoro cuándo se averió el futuro».

La idea de Toffler se inspiraba en trabajos como el del psicólogo Hugh Bowen («la actuación mejora cuando el individuo sabe lo que le espera»), o del sociólogo Benjamin D. Singer, sobre la influencia del futuro en el comportamiento presente. Singer pensaba que el futuro, cuando un niño se proyectaba en él, funcionaba como un imán que condicionaba su comportamiento presente. «Podríamos decir que el marco del presente es obra del futuro», concluyó.

Actualicemos: ¿por qué a Facebook le interesa cada vez más que nos refugiemos en el pasado mediante recuerdos? ¿Por qué Google invierte cada vez más en pronósticos? Según Javi Gómez, la clave de Google no es la que pensamos: va más allá de la búsqueda de respuestas. Su objetivo, según dice este periodista en su ensayo, es predecir qué querremos buscar mañana.

Es decir, «recopilar esos datos para perfilar mejor en el futuro tus próximas búsquedas». Y esto lo consigue «ajustando, de forma tan milimétrica como infinita, tan matemática como inabarcable, algo que siempre ha sido sinónimo de riqueza en la historia de la humanidad: la intuición».

De qué hablamos cuando hablamos de futuro

Aún es difícil mencionar el futuro en un contexto educativo sin que se confunda la capacidad de proyectarse en el tiempo con la innovación tecnológica. Gómez también lo ha vivido recientemente: «Ahora busco colegio para mi hijo y todos me hablan de inglés y de pizarras electrónicas. Pero mi hijo puede ser gilipollas en varios idiomas, si se lo propone. E incluso un capullo con pizarra electrónica. Ningún centro me ha hablado con cierta abstracción sobre el tipo de ser humano que quiere formar. Cuando hablan del futuro, en el fondo hablan de mecanismos», cuenta a Yorokobu.

No obstante, algunas de estas herramientas ayudan a tener una visión del tiempo más amplia en el ámbito educativo. Todo depende de cómo se usen. Alguien que ha encontrado la forma de conectar la Historia con el contexto en el que viven sus alumnos es Juan Naranjo, conocido como Juanito Libritos.

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La estrategia de este profesor malagueño se hizo viral por su originalidad: ha creado un grupo de Whatsapp para explicar las relaciones entre los reinos que ocupaban la Península Ibérica en la Edad Media. En él, distribuyó varios roles entre los alumnos, que representan a cada reino.

Este profesor también utiliza los videojuegos. Far Cry Primal le sirve para explicar la Prehistoria, mientras que con Assasins Creed: Syndicate, los acerca a la Revolución Industrial. Los videoclips se han convertido en otra herramienta para hacer la Historia más cercana a sus alumnos.

Con el videoclip de Darkhorse, de Kate Parry, les mostró el Antiguo Egipto y aún recuerda cómo los alumnos cantaban por los pasillos «dórica, jónica, corintia», después de escuchar a Las bistecs. Con Spotify y la cámara de un móvil, ha conseguido que sus alumnos busquen y aprendan a detectar el machismo en lo cotidiano.

La Historia de espaldas a la Historia

Ha habido épocas en las que hemos idealizado el pasado y hemos puesto lo retro de moda. Ahora, por ejemplo. Cuenta Javi Gómez que «nos pone» el pasado: «El mundo se abraza a la nostalgia por periodos cíclicos y este es uno de esos en los que nos encamamos con el pasado. Nos pone lo retro. Creemos con más fuerza que nunca que lo pasado fue mejor».

En otros momentos, idealizamos el presente. Justo antes de ahora. Mientras alguien se tatuaba Carpe Diem, su profesora de Historia pasaba de puntillas por el pasado reciente. No quedaba tiempo para el Franquismo o la Transición: temas lejanos en el espacio y el tiempo habían absorbido el curso. Del presente, ni hablar.

La misma profesora no mostraba interés en generar debates; en que los alumnos entendieran cómo el pasado podía afectar a su futuro y cómo detectar las sacudidas cíclicas. El futuro quedaba fuera del aula. Era competencia de pitonisas, becarios de periódico y supersticiosos. Pero el futuro era, es y será necesario. Éramos conscientes de que no lo íbamos a tocar, pero no estábamos al tanto de cómo nos iba a afectar perderlo de vista.

El pasado reciente, tan menospreciado, ahora desaparece en la Educación Secundaria Obligatoria. Es un profesor el que lo explica: «Es grotesco que, con la nueva Ley educativa (LOMCE), un alumno termine su educación obligatoria y que nunca le hayan explicado lo que ha sucedido en España en los siglos XIX y XX.

Lo que lamenta Juan Naranjo es que desde su implantación, las clases de Historia Contemporánea se dan a nivel europeo y mundial, con todo lo que eso supone: «Personas con título de Educación Secundaria Obligatoria no han oído hablar en profundidad de la Segunda República o de la Guerra Civil. ¿Cómo se puede lanzar al mundo a ciudadanos que conocen inventos de la segunda Revolución Industrial o lo que pasó en la I Guerra Mundial, pero no saben qué pasó en la Transición? ¿Somos conscientes del peligro que esto supone?».

El 22 de mayo de 2004, a punto de licenciarse en Historia del Arte, Naranjo se examinó sobre Arte Neoclásico. «Mientras, en la Almudena, se casaban Felipe y Letizia. Es decir: estaba perdiéndome un momento histórico por hablar de algo que pasó hacía 200 años». Según él, la rigurosidad académica hace que los profesores tengan que dar clases de espaldas al mundo. Durante el curso actual estaba «obligado a desentrañar la Revolución Francesa», mientras que sus alumnos habrían preferido profundizar en un acontecimiento histórico que se estaba dando en Cataluña.

A menudo, tan centrada en el pasado, la temporalidad en educación prescinde del presente, que también conforma la Historia. El resultado es que «¡estamos dando clase de Historia de espaldas a la Historia». Esta es la razón por la que Toffler, hace ya medio siglo, aconsejó la inclusión del futuro en la escuela. Pero ¿se puede enseñar el futuro, si no existe? El pasado tampoco existe ya. Pero nos deja una certeza mucho más alentadora que la única que ofrece el futuro.

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La cápsula del tiempo

Maestra de Pueblo ha encontrado la forma de que sus alumnos se proyecten en el futuro. Esta profesora, que mantiene su identidad en secreto, es muy conocida por el humor con el que cuenta su trabajo en redes sociales. Tiene una estrategia muy peculiar para ayudar a los niños a desarrollar una noción de sí mismos que sí tiene en cuenta el futuro: una cápsula del tiempo. Esta actividad, según explica, la descubrió en varias páginas web estadounidenses, por lo que piensa que allí es habitual.

Consiste en reunir en una caja o un bote «pequeños tesoros, información sobre los alumnos en ese momento, para luego abrir en el futuro y ver los cambios». Fotografías, un registro de altura, gustos, aficiones o cualquier tipo de información personal, como una carta a su yo del futuro, son algunos ejemplos de su contenido. Funciona de dos formas: «Bien se hace al principio del curso y se abre al final, o se hace al principio de la etapa escolar y se abre al finalizar el cole, en sexto de Primaria».

Su versión consiste en crear una ficha que incluye la altura, el número de pie, mejor amigo, gustos, canción favorita, libro favorito y expectativas. La guarda en una caja, dentro de un armario, hasta fin de curso. Y ocurre lo previsible: «Les sorprende mucho ver cómo han cambiado, incluso notan avances en la escritura y les hace mucha gracia ver cómo ha mejorado».

Aunque reconoce que no lo había planteado con esta intencionalidad, Maestra de Pueblo cree que esta actividad «permite al alumno proyectarse en el tiempo, parar un momento para conocerse, hacer una fotografía de ese instante e imaginar cómo todo lo que está diciendo de sí mismo puede cambiar».

Si Toffler ya nos advertía, Gómez se pregunta cuándo se nos rompió la máquina de futuro, esa que nos da motivos para levantarnos por las mañanas y para inventar máquinas que con el tiempo se vuelven cotidianas.

«La máquina del futuro estropeada es la abstracción pura. Era el mejor invento de la Historia. Tomaba la forma que cada uno prefiriera. Un chalet adosado o el paraíso eterno, poco importa. Hemos perdido la capacidad de proyectarnos. Y eso nos está matando como sociedad. Se ha perdido la capacidad de soñar», añade.

Lo que Gómez recomienda no es que nos olvidemos del pasado ni que nos obsesionemos con el futuro, sino que prioricemos «aquello que no pasa de moda, lo inmanente, lo permanente, lo eterno». En definitiva, que reivindiquemos la abstracción, «porque eso es lo único que nos separa de las máquinas».

[pullquote author=”Julio Cortázar”]Esto lo estoy tocando mañana[/pullquote]

A John Condry le inquietaba la distorsión del tiempo. Cuando este psicólogo y educador trabajaba en el departamento de Desarrollo Humano de la Universidad de Cornell, quiso averiguar qué estaba pasando con el futuro. Entregó a los estudiantes, divididos en dos grupos, el primer párrafo de una novela.

Lo que unos y otros no sabían era que sus textos eran diferentes: el primero estaba escrito en pasado, mientras que los verbos del segundo aparecían en futuro. Los finales que ofrecieron los alumnos del primer grupo eran más originales y prolijos. Los de los segundos eran escuetos y postizos. Así demostró el apego al pasado y la distancia inconsciente con el futuro. O lo que escribe Manuel Vilas en Ordesa: que «el pasado tiene la concreción de un personaje de novela».

El futurólogo Alvin Toffler criticó, en los años 70, que la educación se detuviera en el pasado, rozara el presente y se parara. «El futuro, desterrado del aula, es también desterrado de su conciencia. Es como si no hubiese futuro», escribió en El shock del futuro.

En busca del equilibrio propuso una escuela con «clases de futuro», que consistía en la realización de ejercicios que permitieran desarrollar a cada persona una idea de sí misma a lo largo del tiempo. Se trataba de escribir cómo se imaginaban en unos años (reescribirla y actualizarla a lo largo del tiempo), leer ciencia ficción (no por predecir el futuro, sino por ayudar a imaginarlo) y dejar de burlarse de los que mostraban interés en lo venidero.

«El pasado y el futuro van a seguir tirando a la vez de la cortina. Y nosotros somos la costura de la cortina», escribió el periodista Javi Gómez. En base a esta idea, latente en otras de sus columnas, ha escrito La gran desilusión (Círculo de Tiza), un libro que no tendría razón de ser si alguien hubiera escuchado a Toffler hace ya medio siglo. Porque empieza así: «Ignoro cuándo se averió el futuro».

La idea de Toffler se inspiraba en trabajos como el del psicólogo Hugh Bowen («la actuación mejora cuando el individuo sabe lo que le espera»), o del sociólogo Benjamin D. Singer, sobre la influencia del futuro en el comportamiento presente. Singer pensaba que el futuro, cuando un niño se proyectaba en él, funcionaba como un imán que condicionaba su comportamiento presente. «Podríamos decir que el marco del presente es obra del futuro», concluyó.

Actualicemos: ¿por qué a Facebook le interesa cada vez más que nos refugiemos en el pasado mediante recuerdos? ¿Por qué Google invierte cada vez más en pronósticos? Según Javi Gómez, la clave de Google no es la que pensamos: va más allá de la búsqueda de respuestas. Su objetivo, según dice este periodista en su ensayo, es predecir qué querremos buscar mañana.

Es decir, «recopilar esos datos para perfilar mejor en el futuro tus próximas búsquedas». Y esto lo consigue «ajustando, de forma tan milimétrica como infinita, tan matemática como inabarcable, algo que siempre ha sido sinónimo de riqueza en la historia de la humanidad: la intuición».

De qué hablamos cuando hablamos de futuro

Aún es difícil mencionar el futuro en un contexto educativo sin que se confunda la capacidad de proyectarse en el tiempo con la innovación tecnológica. Gómez también lo ha vivido recientemente: «Ahora busco colegio para mi hijo y todos me hablan de inglés y de pizarras electrónicas. Pero mi hijo puede ser gilipollas en varios idiomas, si se lo propone. E incluso un capullo con pizarra electrónica. Ningún centro me ha hablado con cierta abstracción sobre el tipo de ser humano que quiere formar. Cuando hablan del futuro, en el fondo hablan de mecanismos», cuenta a Yorokobu.

No obstante, algunas de estas herramientas ayudan a tener una visión del tiempo más amplia en el ámbito educativo. Todo depende de cómo se usen. Alguien que ha encontrado la forma de conectar la Historia con el contexto en el que viven sus alumnos es Juan Naranjo, conocido como Juanito Libritos.

futuro1

La estrategia de este profesor malagueño se hizo viral por su originalidad: ha creado un grupo de Whatsapp para explicar las relaciones entre los reinos que ocupaban la Península Ibérica en la Edad Media. En él, distribuyó varios roles entre los alumnos, que representan a cada reino.

Este profesor también utiliza los videojuegos. Far Cry Primal le sirve para explicar la Prehistoria, mientras que con Assasins Creed: Syndicate, los acerca a la Revolución Industrial. Los videoclips se han convertido en otra herramienta para hacer la Historia más cercana a sus alumnos.

Con el videoclip de Darkhorse, de Kate Parry, les mostró el Antiguo Egipto y aún recuerda cómo los alumnos cantaban por los pasillos «dórica, jónica, corintia», después de escuchar a Las bistecs. Con Spotify y la cámara de un móvil, ha conseguido que sus alumnos busquen y aprendan a detectar el machismo en lo cotidiano.

La Historia de espaldas a la Historia

Ha habido épocas en las que hemos idealizado el pasado y hemos puesto lo retro de moda. Ahora, por ejemplo. Cuenta Javi Gómez que «nos pone» el pasado: «El mundo se abraza a la nostalgia por periodos cíclicos y este es uno de esos en los que nos encamamos con el pasado. Nos pone lo retro. Creemos con más fuerza que nunca que lo pasado fue mejor».

En otros momentos, idealizamos el presente. Justo antes de ahora. Mientras alguien se tatuaba Carpe Diem, su profesora de Historia pasaba de puntillas por el pasado reciente. No quedaba tiempo para el Franquismo o la Transición: temas lejanos en el espacio y el tiempo habían absorbido el curso. Del presente, ni hablar.

La misma profesora no mostraba interés en generar debates; en que los alumnos entendieran cómo el pasado podía afectar a su futuro y cómo detectar las sacudidas cíclicas. El futuro quedaba fuera del aula. Era competencia de pitonisas, becarios de periódico y supersticiosos. Pero el futuro era, es y será necesario. Éramos conscientes de que no lo íbamos a tocar, pero no estábamos al tanto de cómo nos iba a afectar perderlo de vista.

El pasado reciente, tan menospreciado, ahora desaparece en la Educación Secundaria Obligatoria. Es un profesor el que lo explica: «Es grotesco que, con la nueva Ley educativa (LOMCE), un alumno termine su educación obligatoria y que nunca le hayan explicado lo que ha sucedido en España en los siglos XIX y XX.

Lo que lamenta Juan Naranjo es que desde su implantación, las clases de Historia Contemporánea se dan a nivel europeo y mundial, con todo lo que eso supone: «Personas con título de Educación Secundaria Obligatoria no han oído hablar en profundidad de la Segunda República o de la Guerra Civil. ¿Cómo se puede lanzar al mundo a ciudadanos que conocen inventos de la segunda Revolución Industrial o lo que pasó en la I Guerra Mundial, pero no saben qué pasó en la Transición? ¿Somos conscientes del peligro que esto supone?».

El 22 de mayo de 2004, a punto de licenciarse en Historia del Arte, Naranjo se examinó sobre Arte Neoclásico. «Mientras, en la Almudena, se casaban Felipe y Letizia. Es decir: estaba perdiéndome un momento histórico por hablar de algo que pasó hacía 200 años». Según él, la rigurosidad académica hace que los profesores tengan que dar clases de espaldas al mundo. Durante el curso actual estaba «obligado a desentrañar la Revolución Francesa», mientras que sus alumnos habrían preferido profundizar en un acontecimiento histórico que se estaba dando en Cataluña.

A menudo, tan centrada en el pasado, la temporalidad en educación prescinde del presente, que también conforma la Historia. El resultado es que «¡estamos dando clase de Historia de espaldas a la Historia». Esta es la razón por la que Toffler, hace ya medio siglo, aconsejó la inclusión del futuro en la escuela. Pero ¿se puede enseñar el futuro, si no existe? El pasado tampoco existe ya. Pero nos deja una certeza mucho más alentadora que la única que ofrece el futuro.

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La cápsula del tiempo

Maestra de Pueblo ha encontrado la forma de que sus alumnos se proyecten en el futuro. Esta profesora, que mantiene su identidad en secreto, es muy conocida por el humor con el que cuenta su trabajo en redes sociales. Tiene una estrategia muy peculiar para ayudar a los niños a desarrollar una noción de sí mismos que sí tiene en cuenta el futuro: una cápsula del tiempo. Esta actividad, según explica, la descubrió en varias páginas web estadounidenses, por lo que piensa que allí es habitual.

Consiste en reunir en una caja o un bote «pequeños tesoros, información sobre los alumnos en ese momento, para luego abrir en el futuro y ver los cambios». Fotografías, un registro de altura, gustos, aficiones o cualquier tipo de información personal, como una carta a su yo del futuro, son algunos ejemplos de su contenido. Funciona de dos formas: «Bien se hace al principio del curso y se abre al final, o se hace al principio de la etapa escolar y se abre al finalizar el cole, en sexto de Primaria».

Su versión consiste en crear una ficha que incluye la altura, el número de pie, mejor amigo, gustos, canción favorita, libro favorito y expectativas. La guarda en una caja, dentro de un armario, hasta fin de curso. Y ocurre lo previsible: «Les sorprende mucho ver cómo han cambiado, incluso notan avances en la escritura y les hace mucha gracia ver cómo ha mejorado».

Aunque reconoce que no lo había planteado con esta intencionalidad, Maestra de Pueblo cree que esta actividad «permite al alumno proyectarse en el tiempo, parar un momento para conocerse, hacer una fotografía de ese instante e imaginar cómo todo lo que está diciendo de sí mismo puede cambiar».

Si Toffler ya nos advertía, Gómez se pregunta cuándo se nos rompió la máquina de futuro, esa que nos da motivos para levantarnos por las mañanas y para inventar máquinas que con el tiempo se vuelven cotidianas.

«La máquina del futuro estropeada es la abstracción pura. Era el mejor invento de la Historia. Tomaba la forma que cada uno prefiriera. Un chalet adosado o el paraíso eterno, poco importa. Hemos perdido la capacidad de proyectarnos. Y eso nos está matando como sociedad. Se ha perdido la capacidad de soñar», añade.

Lo que Gómez recomienda no es que nos olvidemos del pasado ni que nos obsesionemos con el futuro, sino que prioricemos «aquello que no pasa de moda, lo inmanente, lo permanente, lo eterno». En definitiva, que reivindiquemos la abstracción, «porque eso es lo único que nos separa de las máquinas».

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Opiniones 1
  • La respuesta es sí. El futuro se encuentra en la mayoría de las cosas con las que convivimos, solo que elevadas a su máximo exponente. El futuro de Internet estaba en sus orígenes, pero todavía no había llegado al punto con el que convivimos ahora. La idea de comprar online radicaba en la idea misma de conectar el mundo entero, pero hasta que no se dio con la solución no cambiamos nuestra forma de consumir, hasta el punto de que existen empresas específicas como esta diseñadas para mejorar un negocio online. La idea de recibir clases de futuro, expresado así, puede parecer absurda, pero creo que cada vez que damos un paso en la dirección adecuada estamos educándonos en los tiempos que vienen. Un artículo muy interesante, como todos los de Yorokobu. Seguid así.

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