Publicado: 29 de julio 2013 10:30  /   IDEAS
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Clubs de swingers: del sexo al amor y viceversa

Publicado: 29 de julio 2013 10:30  /   IDEAS     por          
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Este cronista ha frecuentado durante la última década, diversos espacios dedicados a eso que se llama “Intercambio”, aunque en realidad casi nadie intercambia nada; la clave está en disfrutar de todo y de todos, pero sin ofender a nadie. Sobre todo a uno mismo.
Permítanme ofrecerles desde mi experiencia algunas claves para que la visita a un club swinger no se convierta en una pesadilla.
En España, la actividad swinger se concentra en la capital, y en las islas, con alguna excepción. El local rey es sin duda Encuentros, situado junto al ‘Pirulí’. Recuerdo que hace un par de años coincidí allí con Fernando Sánchez Dragó, que lucía con orgullo (bien merecido) su anatomía septuagenaria tatuada y bien dispuesta. Él estaba escribiendo un artículo gonzo para El Mundo, casi como yo ahora para ustedes.
Eso es algo hermoso, ver cómo gente de la llamada tercera edad se entrega gozosa y sin complejos a pasatiempos que harían sonrojar a sus nietos. Es la democracia de la carne, y del deseo. Michel Houellebecq ya exploraba estos mundos en su apasionante novela Plataforma (Anagrama).
Pero si su pareja atraviesa por dificultades, no se le ocurra acudir a un lugar así, a no ser que usted busque el detonante final para dinamitar su relación. La complicidad es básica, pero sepa que después de una primera vez puede usted pasar varias noches en vela recordando imágenes de alto voltaje.
Los principales clubs de nuestro país ofrecen fiestas temáticas los viernes noche y los sábados noche: máscaras, orgía romana, gang bang… Los caballeros que acuden solos pagan una pasta, las señoritas entran gratis. Ellos deben esperar pacientemente en la barra a ser invitados por alguna pareja para pasar a la zona de tríos.
Hay hombres que acuden con mujeres profesionales, a cambio de algunos favores. Ellas después ofrecen sus servicios en el local de manera soterrada, hasta que son descubiertas (o no) por el staff. Y existe la figura del “swinger por conveniencia”, una pareja que ni se quiere ni se importa un bledo, pero que se utilizan el uno al otro para acceder con cierta protección moral a un espacio donde la moral no existe.
Por 50 euros por pareja (o menos, según días y promociones) obtenemos 4 copas y el derecho a usar todas las instalaciones. Si solicitamos una taquilla, en ella encontraremos chanclas tipo NH Hoteles, un par de toallas y, en algunos casos, preservativos cortesía de la casa.
No se pierdan la sala de bondage, con un columpio de cuero, argollas en las paredes, utensilios de mazmorra… Y el jacuzzi gigante, o la pirámide, una habitación escalonada y oscura en la que puede suceder cualquier cosa. La decoración de Momentos está muy cuidada. Es un lugar más pequeño que Encuentros, pero con un público ligeramente distinto. Lo mismo cabe decir de Tabú (NSFW) aunque es bastante más barato y más, digamos, explícito, para swingers experimentados.
Mentiría si negase que hacer el amor con tu pareja, de una manera especialmente lasciva, mientras eres observado por un grupo de personas desconocidas es una pasada.
Por otra parte, ver cómo varios apuestos desconocidos prodigan toda clase de atenciones a tu mujer (o a tu hombre) es una sensación difícil de describir. Hay dos parámetros, cuyo equilibrio constituye la razón del éxito o del fracaso del experimento. El primero son los celos. El segundo la excitación. Resulta tan perturbador observar esas escenas que solo habíamos visto en material porno, protagonizadas por nuestra pareja, que el shock puede ser profundo. La excitación vence a los celos… o no.
Pero si nos sentimos culpables, vulnerables, traicionados, o con ardor de estómago… entonces lo mejor es irrumpir en la escena (si es que no éramos uno de sus protagonistas, cosa que recomiendo para evitar estos desajustes) rescatar a nuestra media naranja antes de que la expriman del todo y pedir un par de copas. O regresar a casa, a tener una noche de sexo cargada de subtextos. Sin reproches.
Y por supuesto, siempre podemos acudir, tomarnos algo, observar a la gente o las películas X de las pantallas gigantes y largarnos. Nadie está obligado a hacer nada que no desee.
La mayoría de las infidelidades tienen su origen en una pulsión sexual no satisfecha con personas diferentes a la propia pareja, y acudir a un club de intercambio puede ser una saludable y divertida manera de legitimar estos deseos sin traicionar la confianza de nadie. Aunque también puede convertirse en un arma de doble filo. Buscar el más difícil todavía, el querer averiguar hasta dónde se puede llegar, puede conducir a un estado de insatisfacción permanente del que luego no es fácil escapar.
Y ahora, aun a riesgo de parecerles cursi, les diré que lo más importante es el amor. Una experiencia de este tipo, blindada con cariño y complicidad puede ser inolvidable.
Pero sin amor es simplemente una cochinada…
…tan divertida como adictiva.

Foto: Eros Pereira bajo lic. CC.

Este cronista ha frecuentado durante la última década, diversos espacios dedicados a eso que se llama “Intercambio”, aunque en realidad casi nadie intercambia nada; la clave está en disfrutar de todo y de todos, pero sin ofender a nadie. Sobre todo a uno mismo.
Permítanme ofrecerles desde mi experiencia algunas claves para que la visita a un club swinger no se convierta en una pesadilla.
En España, la actividad swinger se concentra en la capital, y en las islas, con alguna excepción. El local rey es sin duda Encuentros, situado junto al ‘Pirulí’. Recuerdo que hace un par de años coincidí allí con Fernando Sánchez Dragó, que lucía con orgullo (bien merecido) su anatomía septuagenaria tatuada y bien dispuesta. Él estaba escribiendo un artículo gonzo para El Mundo, casi como yo ahora para ustedes.
Eso es algo hermoso, ver cómo gente de la llamada tercera edad se entrega gozosa y sin complejos a pasatiempos que harían sonrojar a sus nietos. Es la democracia de la carne, y del deseo. Michel Houellebecq ya exploraba estos mundos en su apasionante novela Plataforma (Anagrama).
Pero si su pareja atraviesa por dificultades, no se le ocurra acudir a un lugar así, a no ser que usted busque el detonante final para dinamitar su relación. La complicidad es básica, pero sepa que después de una primera vez puede usted pasar varias noches en vela recordando imágenes de alto voltaje.
Los principales clubs de nuestro país ofrecen fiestas temáticas los viernes noche y los sábados noche: máscaras, orgía romana, gang bang… Los caballeros que acuden solos pagan una pasta, las señoritas entran gratis. Ellos deben esperar pacientemente en la barra a ser invitados por alguna pareja para pasar a la zona de tríos.
Hay hombres que acuden con mujeres profesionales, a cambio de algunos favores. Ellas después ofrecen sus servicios en el local de manera soterrada, hasta que son descubiertas (o no) por el staff. Y existe la figura del “swinger por conveniencia”, una pareja que ni se quiere ni se importa un bledo, pero que se utilizan el uno al otro para acceder con cierta protección moral a un espacio donde la moral no existe.
Por 50 euros por pareja (o menos, según días y promociones) obtenemos 4 copas y el derecho a usar todas las instalaciones. Si solicitamos una taquilla, en ella encontraremos chanclas tipo NH Hoteles, un par de toallas y, en algunos casos, preservativos cortesía de la casa.
No se pierdan la sala de bondage, con un columpio de cuero, argollas en las paredes, utensilios de mazmorra… Y el jacuzzi gigante, o la pirámide, una habitación escalonada y oscura en la que puede suceder cualquier cosa. La decoración de Momentos está muy cuidada. Es un lugar más pequeño que Encuentros, pero con un público ligeramente distinto. Lo mismo cabe decir de Tabú (NSFW) aunque es bastante más barato y más, digamos, explícito, para swingers experimentados.
Mentiría si negase que hacer el amor con tu pareja, de una manera especialmente lasciva, mientras eres observado por un grupo de personas desconocidas es una pasada.
Por otra parte, ver cómo varios apuestos desconocidos prodigan toda clase de atenciones a tu mujer (o a tu hombre) es una sensación difícil de describir. Hay dos parámetros, cuyo equilibrio constituye la razón del éxito o del fracaso del experimento. El primero son los celos. El segundo la excitación. Resulta tan perturbador observar esas escenas que solo habíamos visto en material porno, protagonizadas por nuestra pareja, que el shock puede ser profundo. La excitación vence a los celos… o no.
Pero si nos sentimos culpables, vulnerables, traicionados, o con ardor de estómago… entonces lo mejor es irrumpir en la escena (si es que no éramos uno de sus protagonistas, cosa que recomiendo para evitar estos desajustes) rescatar a nuestra media naranja antes de que la expriman del todo y pedir un par de copas. O regresar a casa, a tener una noche de sexo cargada de subtextos. Sin reproches.
Y por supuesto, siempre podemos acudir, tomarnos algo, observar a la gente o las películas X de las pantallas gigantes y largarnos. Nadie está obligado a hacer nada que no desee.
La mayoría de las infidelidades tienen su origen en una pulsión sexual no satisfecha con personas diferentes a la propia pareja, y acudir a un club de intercambio puede ser una saludable y divertida manera de legitimar estos deseos sin traicionar la confianza de nadie. Aunque también puede convertirse en un arma de doble filo. Buscar el más difícil todavía, el querer averiguar hasta dónde se puede llegar, puede conducir a un estado de insatisfacción permanente del que luego no es fácil escapar.
Y ahora, aun a riesgo de parecerles cursi, les diré que lo más importante es el amor. Una experiencia de este tipo, blindada con cariño y complicidad puede ser inolvidable.
Pero sin amor es simplemente una cochinada…
…tan divertida como adictiva.

Foto: Eros Pereira bajo lic. CC.

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