20 de noviembre 2016    /   DIGITAL
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Carta a mi yo del pasado sobre el coche del futuro

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No tengo coche. Nadie lo tiene. Poseer un vehículo es tan innecesario y poco práctico como construir tus propias carreteras, montar un restaurante sólo para ti o abrir una peluquería que no corta el pelo a nadie más. Las flotas de vehículos autónomos son un servicio como cualquier otro: pagas por lo que necesitas y sólo cuando lo requieres. Sencillo y asequible.

Durante la jornada laboral no salgo mucho de casa. La holopresencia me permite estar en la oficina, junto al resto de compañeros, sin pisar la calle. De cuando en cuando, si toca reunión presencial, un Tesla eléctrico nos lleva a mí y a otros cinco empleados hasta la infrautilizada sede física de nuestra empresa, una vieja multinacional que se resiste a renunciar a su capricho vintage.

El automóvil tiene todo lo básico: lifi de alta velocidad, equipos de realidad virtual para cada pasajero, reconocimiento de voz individualizado y paneles LED en todas las paredes. También hay un sinfín de funciones de última generación que yo, sinceramente, no utilizo. Qué quieres que te diga… Me apaño perfectamente con mi tecnología de hace 20 años.

Mis hijos van al colegio en el transporte ultraseguro de Uber. Es cómodo y está incluido en la matrícula, igual que el comedor escolar. Cada día se lo pasan mejor. El centro de entretenimiento de a bordo les mantiene ocupados con películas interactivas. Para que lo entiendas, es algo así como ir al cine y ser uno de los actores. Ayer jugaron a indios y vaqueros en una recreación virtual del Salvaje Oeste. A mi Alexa le tocó ser pianista, menos mal. Por mucho que digan los expertos, a mí sigue sin convencerme la violencia de estas pelis.

¿Y qué más te cuento? No sé, las cosas no son como antes. No hay carné de conducir por puntos, no hay agentes de movilidad, no hay semáforos ni señales de tráfico… Las ciudades son inteligentes, por así decirlo. Los coches eligen la mejor ruta, no tienen que guardar distancias de seguridad, se comunican entre sí y con el entorno… No hay atascos ni multas ni problemas de aparcamiento. Tampoco excusas para llegar tarde. Cuando sales, sabes perfectamente a qué hora llegas.

Se vive mejor, supongo. Si salgo a cenar, el transporte de ida y vuelta va incluido en la factura. Por el camino puedo ir viendo el fútbol con las gafas de VR, como si estuviera en el palco del estadio. Al principio era muy emocionante. ¡Ah! Y no tengo que preocuparme por el tema del alcohol, claro. Aquello del «si bebes, no conduzcas» es cosa del pasado. La primera cerveza siempre me la tomo en el coche.

Pensarás que me dejo una pasta, pero no es así. Cuando no va en el precio, me cojo un Google Car, que sale gratis. Ellos siguen viviendo de la publicidad. Te cuelan anuncios en los paneles LED, las experiencias virtuales… Aprendes a ignorarlos. Y si te molestan mucho, pagas diez euros mensuales por el premium y desaparecen. Como en los viejos tiempos.

Por la gasolina tampoco hay que preocuparse. Todos los coches son eléctricos y se cargan con las propias carreteras, que absorben la energía del sol y del propio movimiento de los vehículos. Para mí es el mejor invento desde la impresión en 3D. No te imaginas lo que se ha reducido la contaminación… ¡Casi tanto como la cifra de accidentes! Es cierto que el hacking está a la orden del día, pero los sistemas son tan seguros que casi nunca sucede lo peor. Toco madera.

Y así están las cosas por el siglo XXII. No sé si esto de escribir a tu yo del pasado funcionará, pero tenía que intentarlo. A mí estas moderneces… Bueno, qué te voy a decir a ti. Si me hubieran contado hace 50 años que sólo conduciría por ocio y en circuitos de carreras, tampoco me lo hubiera creído.

No tengo coche. Nadie lo tiene. Poseer un vehículo es tan innecesario y poco práctico como construir tus propias carreteras, montar un restaurante sólo para ti o abrir una peluquería que no corta el pelo a nadie más. Las flotas de vehículos autónomos son un servicio como cualquier otro: pagas por lo que necesitas y sólo cuando lo requieres. Sencillo y asequible.

Durante la jornada laboral no salgo mucho de casa. La holopresencia me permite estar en la oficina, junto al resto de compañeros, sin pisar la calle. De cuando en cuando, si toca reunión presencial, un Tesla eléctrico nos lleva a mí y a otros cinco empleados hasta la infrautilizada sede física de nuestra empresa, una vieja multinacional que se resiste a renunciar a su capricho vintage.

El automóvil tiene todo lo básico: lifi de alta velocidad, equipos de realidad virtual para cada pasajero, reconocimiento de voz individualizado y paneles LED en todas las paredes. También hay un sinfín de funciones de última generación que yo, sinceramente, no utilizo. Qué quieres que te diga… Me apaño perfectamente con mi tecnología de hace 20 años.

Mis hijos van al colegio en el transporte ultraseguro de Uber. Es cómodo y está incluido en la matrícula, igual que el comedor escolar. Cada día se lo pasan mejor. El centro de entretenimiento de a bordo les mantiene ocupados con películas interactivas. Para que lo entiendas, es algo así como ir al cine y ser uno de los actores. Ayer jugaron a indios y vaqueros en una recreación virtual del Salvaje Oeste. A mi Alexa le tocó ser pianista, menos mal. Por mucho que digan los expertos, a mí sigue sin convencerme la violencia de estas pelis.

¿Y qué más te cuento? No sé, las cosas no son como antes. No hay carné de conducir por puntos, no hay agentes de movilidad, no hay semáforos ni señales de tráfico… Las ciudades son inteligentes, por así decirlo. Los coches eligen la mejor ruta, no tienen que guardar distancias de seguridad, se comunican entre sí y con el entorno… No hay atascos ni multas ni problemas de aparcamiento. Tampoco excusas para llegar tarde. Cuando sales, sabes perfectamente a qué hora llegas.

Se vive mejor, supongo. Si salgo a cenar, el transporte de ida y vuelta va incluido en la factura. Por el camino puedo ir viendo el fútbol con las gafas de VR, como si estuviera en el palco del estadio. Al principio era muy emocionante. ¡Ah! Y no tengo que preocuparme por el tema del alcohol, claro. Aquello del «si bebes, no conduzcas» es cosa del pasado. La primera cerveza siempre me la tomo en el coche.

Pensarás que me dejo una pasta, pero no es así. Cuando no va en el precio, me cojo un Google Car, que sale gratis. Ellos siguen viviendo de la publicidad. Te cuelan anuncios en los paneles LED, las experiencias virtuales… Aprendes a ignorarlos. Y si te molestan mucho, pagas diez euros mensuales por el premium y desaparecen. Como en los viejos tiempos.

Por la gasolina tampoco hay que preocuparse. Todos los coches son eléctricos y se cargan con las propias carreteras, que absorben la energía del sol y del propio movimiento de los vehículos. Para mí es el mejor invento desde la impresión en 3D. No te imaginas lo que se ha reducido la contaminación… ¡Casi tanto como la cifra de accidentes! Es cierto que el hacking está a la orden del día, pero los sistemas son tan seguros que casi nunca sucede lo peor. Toco madera.

Y así están las cosas por el siglo XXII. No sé si esto de escribir a tu yo del pasado funcionará, pero tenía que intentarlo. A mí estas moderneces… Bueno, qué te voy a decir a ti. Si me hubieran contado hace 50 años que sólo conduciría por ocio y en circuitos de carreras, tampoco me lo hubiera creído.

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Opiniones 1
  • Muy bonito el sueño futurista. Supongo que la evidente ausencia de seres humanos en las tareas de logística que te hacen la vida tan fácil, las personas que ya no trabajan en eso, estarán disfrutando de su Renta Básica Universal. Saludos futuristas

  • Comentarios cerrados.

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