13 de abril 2015    /   BUSINESS
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Se buscan senseis. Razón: Coder Dojo

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«Comprender a los demás es sabio, comprenderse a uno mismo es estar iluminado. El que vence a los otros es fuerte, pero el que se vence a sí mismo es poderoso».

Lao Tse

El camino del conocimiento no tiene un final definido. Nunca se deja de aprender y si se hace, se fracasa, porque el sentido de la vida reside en alimentar la mente. Se trata de un combate contra uno mismo cuya disputa es irrenunciable.
Es conveniente mirar al futuro aunque sea para algo diferente a encontrar la meta en la carrera. Conviene saber qué obstáculos se encontrarán y cómo sortearlos adecuadamente. Por eso, la anticipación es vital.
Así lo pensó el irlandés James Whelton cuando fundó Coder Dojo, un centro de conocimiento en el que se imparte programación a niños y jóvenes. Whelton creía que la programación sería una herramienta básica para los que en unos años se tendrán que batir en duelo en el mercado laboral.
La aventura comenzó en el año 2011. Whelton contaba solo 18 años cuando fundó un club de programación en su colegio, en Cork. Enseñaba a sus compañeros nociones básicas de lenguaje HTML y CSS hasta que conoció al emprendedor Bill Liao, que vio que aquellas reuniones de jóvenes programadores podían crecer y replicarse para difundir la palabra.
coder-dojo-1
Así, en junio de ese 2011, pulieron el concepto y crearon el primer Coder Dojo en el National Software Centre de Cork. La idea se reprodujo a una velocidad asombrosa. De Cork saltó a Dublín y otras ciudades tanto de Irlanda como de la vecina Gran Bretaña convirtiendo estos centros en un fenómeno viral en todo el mundo.
Como las buenas ideas no conocen fronteras y, a pesar de que en España ponemos más obstáculos de los debidos al desarrollo tecnológico, Coder Dojo se estableció también en nuestro país.
Raúl Concha, ingeniero en una empresa de telecomunicaciones, es uno de los mentores en el Coder Dojo que tiene su sede en Medialab Prado, en Madrid. Concha llevaba tiempo buscando alguna manera de que sus hijos se iniciaran en el mundo de la programación. Necesitaba cubrir un aspecto de su educación que la formación oficial, la que se da en los colegios, no cubre.
«Intenté llevar a mis hijos a un Coder Dojo, pero estaba completo y me lo dijeron claramente: o me apuntaba en la lista de espera o colaboraba con ellos siendo mentor en otro Coder Dojo», explica. Dicho y hecho. Comenzó a trasladar a sus hijos sus conocimientos como programador aficionado y se arremangó para hacer lo mismo con los de otros cada sábado por la tarde.
Concha dice que para él, la programación «tiene mucho de artesanía. Quería que mis hijos experimentaran eso. Hay muchas herramientas para que los niños aprendan. Se trata de que los niños sean autodidactas y de que se eduquen de una manera más natural de la que se preparan en el colegio».
De hecho, dice que la mayor dificultad suele residir en eso, «en desprogramar a los niños y convencerles de que no están en el colegio», de que pueden decir lo que quieran, de que no hay deberes ni exámenes y de que «es obligatorio equivocarse».
Uno de los puntos más marcados en la identidad de Coder Dojo es que se trata de nodos replicables en cualquier lugar del mundo. De hecho, la iniciativa ha pisado suelo en 22 países. Los requisitos son muy pocos. «Que el lugar sea seguro para los chavales y que el conocimiento sea gratis», explica el instructor.
coder-dojo-2
A partir de ahí solo queda aplicar la filosofía que idearon Whelton y los suyos: trabajo colaborativo, estructuras jerárquicas totalmente horizontales, mentores que colaboran de manera totalmente altruista y que enseñan los lenguajes que cada uno es capaz de enseñar. Sin imposiciones y sin limitaciones. «Sobre todo, esto va de inculcar una actitud y una forma específica de pensar: el computational thinking», algo que Jeannette Wing, vicepresidenta de Microsoft y promotora de esta forma de pensamiento, define como «resolver problemas, diseñar sistemas y comprender el comportamiento humano, haciendo uso de los conceptos fundamentales de la informática».
Todo camino al conocimiento cuenta con dificultades. Concha lamenta la dificultad que están teniendo en su Coder Dojo para encontrar a más mentores. El centro no exige ningún compromiso mínimo. Cada instructor contribuye con el tiempo que puede. Pero el hecho de que la actividad sea no remunerada no facilita las cosas. Sin embargo, al ingeniero le gusta aclarar que «pese a que los mentores no tienen un beneficio inmediato y automático, el hecho de estar ahí puede servirles en su vida profesional a través del aprendizaje que obtienen con su labor».
Más allá de eso, el carácter amateur del programa hace que la presencia de guías con una clara formación pedagógica sea aún insuficiente. Esta circunstancial carencia es algo que, sin embargo, no preocupa a Concha «porque lo asombroso es ver cómo los niños aprenden solos, de la misma manera que todos aprendemos a hablar o a caminar. Muchas veces es más importante una palabra de ánimo o hacerles la pregunta adecuada en cada momento».
El objetivo más próximo de Coder Dojo en España pasa por la multiplicación de espacios. Nuestro país cuenta con alrededor de una decena de dojos, pero el sueño de Concha es que haya, como mínimo, un centro en cada capital de provincia.
Para ello, Raúl Concha pide la ayuda de instituciones que puedan ceder lo poco que ellos necesitan, que es casi nada. «Creo que hay muchas instituciones y empresas que podrían implicarse más activamente con algo tan básico como la cesión de lugares de trabajo. En España nos creemos que somos muy provoluntariado, pero, en realidad, no lo somos tanto como decimos».
Al fin y al cabo, lo que estarían haciendo esas empresas es tapizar el tatami para cubrir sus propias necesidades futuras. Y por cuatro duros. No parece mal negocio, ¿no?
 
 

«Comprender a los demás es sabio, comprenderse a uno mismo es estar iluminado. El que vence a los otros es fuerte, pero el que se vence a sí mismo es poderoso».

Lao Tse

El camino del conocimiento no tiene un final definido. Nunca se deja de aprender y si se hace, se fracasa, porque el sentido de la vida reside en alimentar la mente. Se trata de un combate contra uno mismo cuya disputa es irrenunciable.
Es conveniente mirar al futuro aunque sea para algo diferente a encontrar la meta en la carrera. Conviene saber qué obstáculos se encontrarán y cómo sortearlos adecuadamente. Por eso, la anticipación es vital.
Así lo pensó el irlandés James Whelton cuando fundó Coder Dojo, un centro de conocimiento en el que se imparte programación a niños y jóvenes. Whelton creía que la programación sería una herramienta básica para los que en unos años se tendrán que batir en duelo en el mercado laboral.
La aventura comenzó en el año 2011. Whelton contaba solo 18 años cuando fundó un club de programación en su colegio, en Cork. Enseñaba a sus compañeros nociones básicas de lenguaje HTML y CSS hasta que conoció al emprendedor Bill Liao, que vio que aquellas reuniones de jóvenes programadores podían crecer y replicarse para difundir la palabra.
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Así, en junio de ese 2011, pulieron el concepto y crearon el primer Coder Dojo en el National Software Centre de Cork. La idea se reprodujo a una velocidad asombrosa. De Cork saltó a Dublín y otras ciudades tanto de Irlanda como de la vecina Gran Bretaña convirtiendo estos centros en un fenómeno viral en todo el mundo.
Como las buenas ideas no conocen fronteras y, a pesar de que en España ponemos más obstáculos de los debidos al desarrollo tecnológico, Coder Dojo se estableció también en nuestro país.
Raúl Concha, ingeniero en una empresa de telecomunicaciones, es uno de los mentores en el Coder Dojo que tiene su sede en Medialab Prado, en Madrid. Concha llevaba tiempo buscando alguna manera de que sus hijos se iniciaran en el mundo de la programación. Necesitaba cubrir un aspecto de su educación que la formación oficial, la que se da en los colegios, no cubre.
«Intenté llevar a mis hijos a un Coder Dojo, pero estaba completo y me lo dijeron claramente: o me apuntaba en la lista de espera o colaboraba con ellos siendo mentor en otro Coder Dojo», explica. Dicho y hecho. Comenzó a trasladar a sus hijos sus conocimientos como programador aficionado y se arremangó para hacer lo mismo con los de otros cada sábado por la tarde.
Concha dice que para él, la programación «tiene mucho de artesanía. Quería que mis hijos experimentaran eso. Hay muchas herramientas para que los niños aprendan. Se trata de que los niños sean autodidactas y de que se eduquen de una manera más natural de la que se preparan en el colegio».
De hecho, dice que la mayor dificultad suele residir en eso, «en desprogramar a los niños y convencerles de que no están en el colegio», de que pueden decir lo que quieran, de que no hay deberes ni exámenes y de que «es obligatorio equivocarse».
Uno de los puntos más marcados en la identidad de Coder Dojo es que se trata de nodos replicables en cualquier lugar del mundo. De hecho, la iniciativa ha pisado suelo en 22 países. Los requisitos son muy pocos. «Que el lugar sea seguro para los chavales y que el conocimiento sea gratis», explica el instructor.
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A partir de ahí solo queda aplicar la filosofía que idearon Whelton y los suyos: trabajo colaborativo, estructuras jerárquicas totalmente horizontales, mentores que colaboran de manera totalmente altruista y que enseñan los lenguajes que cada uno es capaz de enseñar. Sin imposiciones y sin limitaciones. «Sobre todo, esto va de inculcar una actitud y una forma específica de pensar: el computational thinking», algo que Jeannette Wing, vicepresidenta de Microsoft y promotora de esta forma de pensamiento, define como «resolver problemas, diseñar sistemas y comprender el comportamiento humano, haciendo uso de los conceptos fundamentales de la informática».
Todo camino al conocimiento cuenta con dificultades. Concha lamenta la dificultad que están teniendo en su Coder Dojo para encontrar a más mentores. El centro no exige ningún compromiso mínimo. Cada instructor contribuye con el tiempo que puede. Pero el hecho de que la actividad sea no remunerada no facilita las cosas. Sin embargo, al ingeniero le gusta aclarar que «pese a que los mentores no tienen un beneficio inmediato y automático, el hecho de estar ahí puede servirles en su vida profesional a través del aprendizaje que obtienen con su labor».
Más allá de eso, el carácter amateur del programa hace que la presencia de guías con una clara formación pedagógica sea aún insuficiente. Esta circunstancial carencia es algo que, sin embargo, no preocupa a Concha «porque lo asombroso es ver cómo los niños aprenden solos, de la misma manera que todos aprendemos a hablar o a caminar. Muchas veces es más importante una palabra de ánimo o hacerles la pregunta adecuada en cada momento».
El objetivo más próximo de Coder Dojo en España pasa por la multiplicación de espacios. Nuestro país cuenta con alrededor de una decena de dojos, pero el sueño de Concha es que haya, como mínimo, un centro en cada capital de provincia.
Para ello, Raúl Concha pide la ayuda de instituciones que puedan ceder lo poco que ellos necesitan, que es casi nada. «Creo que hay muchas instituciones y empresas que podrían implicarse más activamente con algo tan básico como la cesión de lugares de trabajo. En España nos creemos que somos muy provoluntariado, pero, en realidad, no lo somos tanto como decimos».
Al fin y al cabo, lo que estarían haciendo esas empresas es tapizar el tatami para cubrir sus propias necesidades futuras. Y por cuatro duros. No parece mal negocio, ¿no?
 
 

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