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Relatos ortográficos: ¿Quieres subir la libido de un filólogo? Usa bien la coma del vocativo

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Se habían quedado solos en casa, por fin, después de embarcar a los niños en el autocar que les llevaría al campamento de verano. Tita miraba a su marido con lascivia, solo de pensar en las tórridas noches de amor que tendrían durante los 15 días que los niños estarían fuera, como cuando eran novios y no tenían obligaciones.

La verdad es que necesitaba follar como las vacaciones de verano. Le urgía. La rutina diaria, los madrugones… todo se aliaba en contra de que pudieran consumar como dios manda porque sus cuerpos ya no daban más de sí. Tristemente, en toda la lista de lo que tenían que hacer durante el día ya no había espacio para el sexo. Pero ahora, sin los niños, con la oportunidad de reencontrarse de nuevo y sin miedo a que los gemidos despertaran a las criaturas, la cosa prometía.

Como el campamento de los críos era algo programado desde hacía meses, todo ese tiempo es el que llevaba Tita preparándose para poder practicar una a una las posturas del Kamasutra que había estudiado en un tutorial de YouTube. Por la noche, ya solos y en la cama, Tita esperó desnuda a su marido, cachonda perdida. Para que él no tuviera que descifrar la sutileza del mensaje, se había escrito en cada pecho «¿Follamos Tito?». Cuando el hombre vio aquello, su única respuesta fue: «O me lo pides bien o conmigo no cuentes», y se acostó con su pijama de señor a su lado. «¡Maldita la puta hora en la que me casé con un filólogo!», protestó Tita, quedándose con las ganas una noche más.

Quizá si Tita hubiera escrito «¿Follamos, Tito?» con su coma bien puesta entre teta y teta, esa noche habría repasado el Kamasutra como era su plan. Acertar con las comas es complicado, hay que reconocerlo, pero esta, la del vocativo, es de las más sencillas.

Si te diriges a tu interlocutor, estás usando un vocativo, y estos siempre siempre siempre se escriben entre comas, incluso en estructuras muy breves como «sí, mi amor». Esto conviene tenerlo en cuenta, sobre todo si tu pareja es lingüista o filóloga, porque tenemos la libido muy sensible y se nos baja con naderías, ya ves tú.

¿Se pueden explicar las normas ortográficas, la gramática o esas dificultades que a veces muestra el léxico como si fueran un cuento? La respuesta a la pregunta es sí.

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Se habían quedado solos en casa, por fin, después de embarcar a los niños en el autocar que les llevaría al campamento de verano. Tita miraba a su marido con lascivia, solo de pensar en las tórridas noches de amor que tendrían durante los 15 días que los niños estarían fuera, como cuando eran novios y no tenían obligaciones.

La verdad es que necesitaba follar como las vacaciones de verano. Le urgía. La rutina diaria, los madrugones… todo se aliaba en contra de que pudieran consumar como dios manda porque sus cuerpos ya no daban más de sí. Tristemente, en toda la lista de lo que tenían que hacer durante el día ya no había espacio para el sexo. Pero ahora, sin los niños, con la oportunidad de reencontrarse de nuevo y sin miedo a que los gemidos despertaran a las criaturas, la cosa prometía.

Como el campamento de los críos era algo programado desde hacía meses, todo ese tiempo es el que llevaba Tita preparándose para poder practicar una a una las posturas del Kamasutra que había estudiado en un tutorial de YouTube. Por la noche, ya solos y en la cama, Tita esperó desnuda a su marido, cachonda perdida. Para que él no tuviera que descifrar la sutileza del mensaje, se había escrito en cada pecho «¿Follamos Tito?». Cuando el hombre vio aquello, su única respuesta fue: «O me lo pides bien o conmigo no cuentes», y se acostó con su pijama de señor a su lado. «¡Maldita la puta hora en la que me casé con un filólogo!», protestó Tita, quedándose con las ganas una noche más.

Quizá si Tita hubiera escrito «¿Follamos, Tito?» con su coma bien puesta entre teta y teta, esa noche habría repasado el Kamasutra como era su plan. Acertar con las comas es complicado, hay que reconocerlo, pero esta, la del vocativo, es de las más sencillas.

Si te diriges a tu interlocutor, estás usando un vocativo, y estos siempre siempre siempre se escriben entre comas, incluso en estructuras muy breves como «sí, mi amor». Esto conviene tenerlo en cuenta, sobre todo si tu pareja es lingüista o filóloga, porque tenemos la libido muy sensible y se nos baja con naderías, ya ves tú.

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