9 de junio 2014    /   IDEAS
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Comer oro es obsceno

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El oro, como valor refugio y como respaldo a los bancos centrales de las economías modernas, es ahora un ingrediente más para preparar las más absurdas, inmorales e insípidas recetas que algunos nuevos gurús de la cocina ofrecen a clientes millonarios. El oro se ha convertido en un ingrediente de relumbrón, pero ¿es saludable ingerir un metal pesado?
Si nos comemos un diamante, un rubí o un zafiro lo cagaremos (no sería la primera vez que alguien se traga una piedra preciosa para sustraerla y luego recuperarla de las heces). Y lo mismo cabe decir de este metal pesado, por lo que para recuperar la inversión del costoso y áureo menú bastará con procesar los excrementos del comensal. El problema es que, dado que se presenta y consume en escamas, cabe la posibilidad de que parte de este material se acumule en nuestro organismo, con inesperados efectos, pues no hay estudios al respecto.
Aunque mentiría si dijera que me preocupa la salud de quienes toman platos confeccionados con oro, no faltan quienes afirman (sin ninguna base científica, por cierto) que el oro es bueno para el reúma, para el corazón, retrasa el envejecimiento… En fin, que todos deberíamos desayunar magdalenas doradas. Aunque no nos engañemos, esta moda sibarita es ante todo obscena, en un mundo de desigualdades, de hambre y de tragedias alimentarias sin resolver.
En el sorprendente blog especializado en oro y plata comestibles Orogourmet se nos informa de que el menú de la boda de Kanye West y Kim Kardashian los platos estaban glaseados con oro. Allí también se nos cuenta que por el módico precio de 100 dólares, un hotel de Chicago ofreció «Un sándwich que incluye queso cheddar gran reserva, jamón ibérico, tomates regados con vinagre balsámico, virutas de trufa de Oregón y… cobertura con láminas de oro comestible.» Y lo que es peor, anima a nuestros hosteleros patrios a que ofrezcan tapas y pinchos con oro en los bares.
Comer insectos, vísceras, o corazones de Puffins (por poner tres ejemplos de menús extremos) puede toparse con los activistas veganos, pero ciertamente comer minerales o elementos de la tabla periódica no puede despertar ninguna crítica más allá de la estulticia de los comensales, dispuestos a desembolsar cifras de tres y cuatro dígitos para pagar el dorado menú.
La revista Gastronaut, cuyo punto de vista comparto plenamente, pontifica: «En el panteón de las recetas más laboriosas e innecesarias, está claro que no existe mayor pérdida de tiempo y dinero ni nada más inútil que cocinar con oro». Y seguidamente nos explica esta receta para hacer salchichas rebozadas en láminas de oro de 24 quilates, acompañadas de puré de patatas, que no tiene desperdicio.
Por su parte, esta receta de gelatina de champán con escamas de oro también se puede preparar con plata, otro metal tan saludable como lamer el tubo de escape de una Harley Davidson.
Pero el colmo son estas palomitas de maíz de las que se hacen con microondas para los peques de la casa… con polvo de oro. ¿Se puede ser más gilipollas? 
Los ingredientes se han valorado a lo largo de los siglos por su sabor, sus propiedades organolépticas… pero ahora no estamos hablando de eso: el oro no sabe a nada. Chupen su anillo de casado, si lo hubiera, o la medalla de la Virgen del Carmen, o el Rolex de cualquier hortera. El oro es frío, insípido… y probablemente tóxico si se abusa de su ingesta.
Cada elemento se identifica en la Tabla Periódica con una o dos letras, así el oro es AU, (del latín aurum), y se encuentra entre el platino (PT) y el mercurio (HG), con números atómicos de 78, 79, y 80. Aunque el mercurio es extremadamente tóxico, pronto a algún chef mediático se le ocurrirá presentar cebollitas confitadas con mercurio y lomo de buey; o un postre de sorbete de berberechos con platino y mollejas de codorniz.
El oro se puede espolvorear o aplicar con un espray, y dicen quienes lo han degustado que la sensación es la de fundirse al contacto con el paladar. Si el aluminio o el cobre costaran treinta euros el gramo ya tendríamos en las cartas más selectas albóndigas de aluminio o pastelitos de cobre.
El oro se puede obtener en tiendas de manualidades y en lugares especializados, ya que en las joyerías ya está labrado o con gemas engastadas. Nadie va a llenar la cesta de la compra en Tiffany’s, pero aquí hay una lista de productos y marcas que lo comercializan para su uso culinario, en láminas, copos o en polvo.
Como alternativa más saludable, sugiero devorar ejemplares de esta revista, YOROKOBU, puesto que el ORO está incrustado en su cabecera. Probablemente hagamos mejor la digestión que si masticamos un par de doblones del siglo XVI.

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Si nos comemos un diamante, un rubí o un zafiro lo cagaremos (no sería la primera vez que alguien se traga una piedra preciosa para sustraerla y luego recuperarla de las heces). Y lo mismo cabe decir de este metal pesado, por lo que para recuperar la inversión del costoso y áureo menú bastará con procesar los excrementos del comensal. El problema es que, dado que se presenta y consume en escamas, cabe la posibilidad de que parte de este material se acumule en nuestro organismo, con inesperados efectos, pues no hay estudios al respecto.
Aunque mentiría si dijera que me preocupa la salud de quienes toman platos confeccionados con oro, no faltan quienes afirman (sin ninguna base científica, por cierto) que el oro es bueno para el reúma, para el corazón, retrasa el envejecimiento… En fin, que todos deberíamos desayunar magdalenas doradas. Aunque no nos engañemos, esta moda sibarita es ante todo obscena, en un mundo de desigualdades, de hambre y de tragedias alimentarias sin resolver.
En el sorprendente blog especializado en oro y plata comestibles Orogourmet se nos informa de que el menú de la boda de Kanye West y Kim Kardashian los platos estaban glaseados con oro. Allí también se nos cuenta que por el módico precio de 100 dólares, un hotel de Chicago ofreció «Un sándwich que incluye queso cheddar gran reserva, jamón ibérico, tomates regados con vinagre balsámico, virutas de trufa de Oregón y… cobertura con láminas de oro comestible.» Y lo que es peor, anima a nuestros hosteleros patrios a que ofrezcan tapas y pinchos con oro en los bares.
Comer insectos, vísceras, o corazones de Puffins (por poner tres ejemplos de menús extremos) puede toparse con los activistas veganos, pero ciertamente comer minerales o elementos de la tabla periódica no puede despertar ninguna crítica más allá de la estulticia de los comensales, dispuestos a desembolsar cifras de tres y cuatro dígitos para pagar el dorado menú.
La revista Gastronaut, cuyo punto de vista comparto plenamente, pontifica: «En el panteón de las recetas más laboriosas e innecesarias, está claro que no existe mayor pérdida de tiempo y dinero ni nada más inútil que cocinar con oro». Y seguidamente nos explica esta receta para hacer salchichas rebozadas en láminas de oro de 24 quilates, acompañadas de puré de patatas, que no tiene desperdicio.
Por su parte, esta receta de gelatina de champán con escamas de oro también se puede preparar con plata, otro metal tan saludable como lamer el tubo de escape de una Harley Davidson.
Pero el colmo son estas palomitas de maíz de las que se hacen con microondas para los peques de la casa… con polvo de oro. ¿Se puede ser más gilipollas? 
Los ingredientes se han valorado a lo largo de los siglos por su sabor, sus propiedades organolépticas… pero ahora no estamos hablando de eso: el oro no sabe a nada. Chupen su anillo de casado, si lo hubiera, o la medalla de la Virgen del Carmen, o el Rolex de cualquier hortera. El oro es frío, insípido… y probablemente tóxico si se abusa de su ingesta.
Cada elemento se identifica en la Tabla Periódica con una o dos letras, así el oro es AU, (del latín aurum), y se encuentra entre el platino (PT) y el mercurio (HG), con números atómicos de 78, 79, y 80. Aunque el mercurio es extremadamente tóxico, pronto a algún chef mediático se le ocurrirá presentar cebollitas confitadas con mercurio y lomo de buey; o un postre de sorbete de berberechos con platino y mollejas de codorniz.
El oro se puede espolvorear o aplicar con un espray, y dicen quienes lo han degustado que la sensación es la de fundirse al contacto con el paladar. Si el aluminio o el cobre costaran treinta euros el gramo ya tendríamos en las cartas más selectas albóndigas de aluminio o pastelitos de cobre.
El oro se puede obtener en tiendas de manualidades y en lugares especializados, ya que en las joyerías ya está labrado o con gemas engastadas. Nadie va a llenar la cesta de la compra en Tiffany’s, pero aquí hay una lista de productos y marcas que lo comercializan para su uso culinario, en láminas, copos o en polvo.
Como alternativa más saludable, sugiero devorar ejemplares de esta revista, YOROKOBU, puesto que el ORO está incrustado en su cabecera. Probablemente hagamos mejor la digestión que si masticamos un par de doblones del siglo XVI.

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