29 de junio 2022    /   CREATIVIDAD
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Comer por los ojos: Cómo las redes sociales están haciendo los restaurantes más bonitos y espectaculares

El auge de las redes sociales empuja a algunos restaurantes a la espectacularización y el preciosismo. Hay restaurantes que ven en el postureo una forma de publicidad. Y otros que reivindican la belleza gastro como un concepto cuasi filosófico, algo que no se puede resumir en una foto de Instagram.

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Cuando el restaurante Bel Mondo abrió sus puertas en Madrid, en octubre de 2020, los influencers se apostaron a sus puertas como quien hace cola para ver a la virgen. Una romería de it girls de provincias llegó al barrio de Salamanca para hacerse con la preciada foto. Había lista de espera de varios meses para reservar en este restaurante italiano, pero haciéndose una larga cola igual se podía conseguir un hueco de última hora. Una vez dentro, la espera tenía su recompensa. Todo en Bel Mondo es estético y da bien en cámara. 

Nada más entrar hay una llamativa pared de neones que pide a gritos una fotografía. Hay varios espacios bien diferenciados que replican la Italia más glamurosa y barroca. Los cócteles se sirven en impresionantes copas de colores, y su plato estrella, la carbonara, no llega a la mesa emplatada, sino en la carcasa de un gigantesco queso, para terminar de mantecarla delante de los comensales. Cuando esto sucede, la gente, en lugar de salivar, saca el móvil. El éxito de este restaurante no solo se puede comprobar por su cola, sino acudiendo a su perfil de Instagram, donde acumula 75.000 seguidores.

Lejos de ser una excepción, el caso de Bel Mondo es más bien el paradigma de una tendencia que no ha hecho sino agudizarse en los últimos años. Las redes están cambiando la forma en la que comemos fuera de casa. En enero de 2015 el hashtag Foodporn acumulaba más de 42 millones de imágenes. Hoy se ha triplicado.

Al final, los dos agentes implicados ganan: donde tú ves una buena foto para Instagram, el dueño de un local ve publicidad gratis. Es una simbiosis entre el postureo y la publicidad

Comer fuera siempre fue un acto social, pero últimamente se ha convertido en algo casi viral gracias a las redes. De entre todas ellas destaca Instagram, la reina de los restaurantes. En esta plataforma el poder de la palabra es limitado y todo se resume a una imagen. Y esto está haciendo que los restaurantes sean cada vez más bonitos y fotogénicos. Sus platos son más llamativos; su decoración, más estridente, con espectáculos, bengalas y ángulos pensados expresamente para hacer fotos. «Se llaman photocall, como en los eventos de cine, y yo he hecho unos cuantos», explica Javier Martinez, director de la consultoría hostelera Renobar

comida bonita en instagram

Martínez lleva 15 años en el sector y ha visto cómo las redes sociales y el poder de la imagen lo han cambiado todo. «La gastronomía ha evolucionado hacia la espectacularidad y el preciosismo. Los grandes grupos invierten mucho en espacios impresionantes, y eso puede hacer que la calidad de la comida, a veces, se resienta», reconoce.

Como decía la publicación estadounidense The Verge hace un par de años, «Instagram está empujando a los restaurantes a ser cuquis, coloristas e irresistibles para los fotógrafos». Martínez no niega esa tendencia, pero la ve lícita siempre que no interfiera en la calidad de la comida. Al final, los dos agentes implicados ganan: donde tú ves una buena foto para Instagram, el dueño de un local ve publicidad gratis. Es una simbiosis entre el postureo y la publicidad. «El mundo gastro se está enfocando mucho en la experiencia», señala el experto, «y esto pasa también por crear espacios agradables y platos llamativos». 

comida bonita en instagram

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Pero Instagram no ha inventado el postureo, solo le ha dado cierta proyección. Siempre ha habido gente que entiende los restaurantes no como un lugar de culto a lo gastronómico, sino a lo social, como un sitio donde ver y ser visto. «Creo que eso, que ya sucedía en el mundo analógico, se ha trasladado poco a poco al mundo digital», apunta Carlos G. Cano, periodista experto en gastronomía de la Cadena SER. De hecho, Cano tira de historia para explicar cómo la belleza se convirtió en un ingrediente más de nuestros platos.

«La cocina de las monarquías europeas ya era espectacular. Un poco más tarde, Auguste Escoffier, que además de cocinero era arquitecto, hacía platos en tres dimensiones que impresionaban a sus coetáneos en el siglo XIX». La nobleza europea empezó a exigir que sus platos, además de buenos, fueran bonitos. Y la tendencia se fue extendiendo desde Francia, con la nouvelle cuisine, hasta el resto del continente. «A España llega con la nueva cocina vasca en la segunda mitad del siglo XX», señala Cano. 

«En una cocina puede haber mucha filosofía y es cierto que esta tiene que ir acorde a un imaginario visual, pero no se puede limitar a una imágen»

Sucede lo mismo con la estética de los lugares. Los restauradores siempre han querido que sus espacios se vean atractivos. Pero en la era anterior a las redes sociales, un diseñador podía preocuparse principalmente por el efecto que tendría el espacio en sus ocupantes físicos. Su aspecto en las fotografías era, en el mejor de los casos, una preocupación secundaria. Ahora, la fotogenia de bares y restaurantes sirve de reclamo para una audiencia potencialmente inabarcable. Es la prioridad.

comida bonita en instagram

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LA BELLEZA DE LA ALTA COCINA

En cualquier caso, Cano cree que en un mercado tan atomizado como el gastronómico no se puede hablar de una sola tendencia. Hay restaurantes que apuestan por lo bonito y espectacular, cierto, pero muchos han pasado ya esa pantalla. «La belleza estética por sí sola es una cosa de hace años. Los restaurantes de alta cocina, que son quienes marcan tendencia, llevan años haciendo platos muy bonitos. Ahora buscan la belleza en otras cosas».

Confirma esta idea Janire Zubizarreta, responsable de comunicación de Mugaritz, el restaurante de Andoni Luis Aduriz con dos estrellas Michelin. «En la época de redes sociales todo se resume a una foto y si esta genera un like o no, y esa es una dicotomía un poco simple», reflexiona. «Yo creo que la belleza no solo responde a la estética, puede ser la historia del productor que hay detrás, o lo que te sugieren unos sabores». 

Zubizarreta, que fue recientemente elegida como uno de los 100 jóvenes talentos de la gastronomía nacional por el Basque Culinary Center, concede que las nuevas generaciones están volcadas en las redes sociales. Pero asegura que también muestran preocupación por las historias que se esconden detrás de la belleza de postal de Instagram. Por eso, desde Mugaritz, no se limitan a contarlas a través de las redes sociales. Apuestan también por otros formatos como libros (hace un par de años publicaron Mugaritz, puntos de fuga) y se prodigan en foros y charlas para contar lo que se hace en sus cocinas. 

El propio restaurante, un caserón en medio del bosque, es bonito de una forma tranquila, nada avasalladora. Se trata de una belleza natural muy alejada de los colores pop y los photocalls que suelen discurrir por el feed de Instagram. Y aun así, ha conseguido más de 200.000 seguidores. Claro que ellos no tienen la necesidad de darse a conocer porque la gente ya sabe quienes son, no juegan en esa liga. Utilizan Instagram para contar lo que hacen, combinando imágen con mensaje sin pensar demasiado en la viralidad.

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«En una cocina puede haber mucha filosofía y es cierto que esta tiene que ir acorde a un imaginario visual, pero no se puede limitar a una fotografía bonita», explica Zubizarreta. Dicen que una imagen vale más que mil palabras, pero resulta crucial saber de qué palabras estamos hablando. La belleza en el mundo de la gastronomía es importante, pero los valores y las ideas que hay detrás de una imagen de Instagram son lo que marca la diferencia. Y para eso no hay filtro Clarendon que valga. 

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Cuando el restaurante Bel Mondo abrió sus puertas en Madrid, en octubre de 2020, los influencers se apostaron a sus puertas como quien hace cola para ver a la virgen. Una romería de it girls de provincias llegó al barrio de Salamanca para hacerse con la preciada foto. Había lista de espera de varios meses para reservar en este restaurante italiano, pero haciéndose una larga cola igual se podía conseguir un hueco de última hora. Una vez dentro, la espera tenía su recompensa. Todo en Bel Mondo es estético y da bien en cámara. 

Nada más entrar hay una llamativa pared de neones que pide a gritos una fotografía. Hay varios espacios bien diferenciados que replican la Italia más glamurosa y barroca. Los cócteles se sirven en impresionantes copas de colores, y su plato estrella, la carbonara, no llega a la mesa emplatada, sino en la carcasa de un gigantesco queso, para terminar de mantecarla delante de los comensales. Cuando esto sucede, la gente, en lugar de salivar, saca el móvil. El éxito de este restaurante no solo se puede comprobar por su cola, sino acudiendo a su perfil de Instagram, donde acumula 75.000 seguidores.

Lejos de ser una excepción, el caso de Bel Mondo es más bien el paradigma de una tendencia que no ha hecho sino agudizarse en los últimos años. Las redes están cambiando la forma en la que comemos fuera de casa. En enero de 2015 el hashtag Foodporn acumulaba más de 42 millones de imágenes. Hoy se ha triplicado.

Al final, los dos agentes implicados ganan: donde tú ves una buena foto para Instagram, el dueño de un local ve publicidad gratis. Es una simbiosis entre el postureo y la publicidad

Comer fuera siempre fue un acto social, pero últimamente se ha convertido en algo casi viral gracias a las redes. De entre todas ellas destaca Instagram, la reina de los restaurantes. En esta plataforma el poder de la palabra es limitado y todo se resume a una imagen. Y esto está haciendo que los restaurantes sean cada vez más bonitos y fotogénicos. Sus platos son más llamativos; su decoración, más estridente, con espectáculos, bengalas y ángulos pensados expresamente para hacer fotos. «Se llaman photocall, como en los eventos de cine, y yo he hecho unos cuantos», explica Javier Martinez, director de la consultoría hostelera Renobar

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Martínez lleva 15 años en el sector y ha visto cómo las redes sociales y el poder de la imagen lo han cambiado todo. «La gastronomía ha evolucionado hacia la espectacularidad y el preciosismo. Los grandes grupos invierten mucho en espacios impresionantes, y eso puede hacer que la calidad de la comida, a veces, se resienta», reconoce.

Como decía la publicación estadounidense The Verge hace un par de años, «Instagram está empujando a los restaurantes a ser cuquis, coloristas e irresistibles para los fotógrafos». Martínez no niega esa tendencia, pero la ve lícita siempre que no interfiera en la calidad de la comida. Al final, los dos agentes implicados ganan: donde tú ves una buena foto para Instagram, el dueño de un local ve publicidad gratis. Es una simbiosis entre el postureo y la publicidad. «El mundo gastro se está enfocando mucho en la experiencia», señala el experto, «y esto pasa también por crear espacios agradables y platos llamativos». 

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Pero Instagram no ha inventado el postureo, solo le ha dado cierta proyección. Siempre ha habido gente que entiende los restaurantes no como un lugar de culto a lo gastronómico, sino a lo social, como un sitio donde ver y ser visto. «Creo que eso, que ya sucedía en el mundo analógico, se ha trasladado poco a poco al mundo digital», apunta Carlos G. Cano, periodista experto en gastronomía de la Cadena SER. De hecho, Cano tira de historia para explicar cómo la belleza se convirtió en un ingrediente más de nuestros platos.

«La cocina de las monarquías europeas ya era espectacular. Un poco más tarde, Auguste Escoffier, que además de cocinero era arquitecto, hacía platos en tres dimensiones que impresionaban a sus coetáneos en el siglo XIX». La nobleza europea empezó a exigir que sus platos, además de buenos, fueran bonitos. Y la tendencia se fue extendiendo desde Francia, con la nouvelle cuisine, hasta el resto del continente. «A España llega con la nueva cocina vasca en la segunda mitad del siglo XX», señala Cano. 

«En una cocina puede haber mucha filosofía y es cierto que esta tiene que ir acorde a un imaginario visual, pero no se puede limitar a una imágen»

Sucede lo mismo con la estética de los lugares. Los restauradores siempre han querido que sus espacios se vean atractivos. Pero en la era anterior a las redes sociales, un diseñador podía preocuparse principalmente por el efecto que tendría el espacio en sus ocupantes físicos. Su aspecto en las fotografías era, en el mejor de los casos, una preocupación secundaria. Ahora, la fotogenia de bares y restaurantes sirve de reclamo para una audiencia potencialmente inabarcable. Es la prioridad.

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LA BELLEZA DE LA ALTA COCINA

En cualquier caso, Cano cree que en un mercado tan atomizado como el gastronómico no se puede hablar de una sola tendencia. Hay restaurantes que apuestan por lo bonito y espectacular, cierto, pero muchos han pasado ya esa pantalla. «La belleza estética por sí sola es una cosa de hace años. Los restaurantes de alta cocina, que son quienes marcan tendencia, llevan años haciendo platos muy bonitos. Ahora buscan la belleza en otras cosas».

Confirma esta idea Janire Zubizarreta, responsable de comunicación de Mugaritz, el restaurante de Andoni Luis Aduriz con dos estrellas Michelin. «En la época de redes sociales todo se resume a una foto y si esta genera un like o no, y esa es una dicotomía un poco simple», reflexiona. «Yo creo que la belleza no solo responde a la estética, puede ser la historia del productor que hay detrás, o lo que te sugieren unos sabores». 

Zubizarreta, que fue recientemente elegida como uno de los 100 jóvenes talentos de la gastronomía nacional por el Basque Culinary Center, concede que las nuevas generaciones están volcadas en las redes sociales. Pero asegura que también muestran preocupación por las historias que se esconden detrás de la belleza de postal de Instagram. Por eso, desde Mugaritz, no se limitan a contarlas a través de las redes sociales. Apuestan también por otros formatos como libros (hace un par de años publicaron Mugaritz, puntos de fuga) y se prodigan en foros y charlas para contar lo que se hace en sus cocinas. 

El propio restaurante, un caserón en medio del bosque, es bonito de una forma tranquila, nada avasalladora. Se trata de una belleza natural muy alejada de los colores pop y los photocalls que suelen discurrir por el feed de Instagram. Y aun así, ha conseguido más de 200.000 seguidores. Claro que ellos no tienen la necesidad de darse a conocer porque la gente ya sabe quienes son, no juegan en esa liga. Utilizan Instagram para contar lo que hacen, combinando imágen con mensaje sin pensar demasiado en la viralidad.

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«En una cocina puede haber mucha filosofía y es cierto que esta tiene que ir acorde a un imaginario visual, pero no se puede limitar a una fotografía bonita», explica Zubizarreta. Dicen que una imagen vale más que mil palabras, pero resulta crucial saber de qué palabras estamos hablando. La belleza en el mundo de la gastronomía es importante, pero los valores y las ideas que hay detrás de una imagen de Instagram son lo que marca la diferencia. Y para eso no hay filtro Clarendon que valga. 

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