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24 de mayo 2017    /   BUSINESS
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¿Comemos lo que los demás comen porque lo comen?

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Diversos experimentos demuestran hasta qué punto lo que comen los demás influye en lo que comemos. También el ritmo al que comemos, la cantidad de comida que ingerimos; si preferimos unos alimentos respecto a otros. Y eso sucede en niños, y también en adultos.

En otras palabras: nuestra capacidad innata para copiar conductas también nos hace proclive a copiar la alimentación, y finalmente seleccionamos lo que nos nutre no solo por su valor nutricional.

Filias y fobias infantiles

Karl Duncker llevó a cabo diversos experimentos sobre las manías gastronómicas de los niños en la década de 1930 y su conclusión final siempre era la misma: las filias y las fobias se forjan con influencias de las que apenas somos conscientes.

Interesado como estaba en la filosofía del placer y qué lo causa, este psicólogo exiliado de la Alemania nazi a Gran Bretaña se propuso averiguar cuál era el poder de la sugestión social en las preferencias alimentarias, y si este era el responsable de las grandes diferencias de gustos en las distintas culturas.

En uno de sus primeros experimentos, Duncker reclutó a un puñado de niños del parvulario Somers Town, situado en una zona deprimida de Londres. A todos los niños y niñas de entre dos y cinco años se les solicitó que seleccionaran sus alimentos favoritos de una lista de zanahorias, plátanos, frutos secos, manzanas, pan y uvas.

Lo que ocurrió es que los niños solían escoger un alimento preferencialmente si antes otro niño ya lo había escogido. Pero si estaban solos, entonces los niños escogían con más libertad. También eran libres de contagio los niños de menos de 27 meses de edad. Tal y como lo explica Bee Wilson en su libro El primer bocado:

Por encima de esad edad, sin embargo, se detectaba una marcada tendencia a copiar los gustos de otros niños, especialmente si el niño que escogía primero era un poco mayor. Había un par de niñas, una de cinco años y extrovertida, y la otra de cuatro y tímida. Antes de escoger un alimento, «B siempre lanzaba unas miradas furtivas a A para mayor tranquilidad».

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Nos gusta hasta lo desagradable

La influencia en nuestros gustos sobre comida de nuestros pares, es decir, amigos, compañeros o, en general, personas que consideramos que forman parte de nuestro grupo o que son muy semejantes a nosotros, se ha visto confirmada por decenas y decenas de experimentos distintos, como refleja este análisis.

También la velocidad a la que comemos depende de la velocidad a la que comen quienes nos rodean. Incluso tenderemos a zamparnos racionas más copiosas si estamos rodeados de personas que también lo hacen. De igual modo, si nuestros pares consideran que un alimento es una delicatessen, nosotros también tenderemos a considerarlo así.

Por esa misma razón, el precio de un vino caro (es decir, que socialmente se ha consensuado como de mejor calidad) nos resultará más agradable al paladar que un vino barato, aunque en un experimento se suministrara exactamente el mismo vino siempre y solo cambiara el precio. Cuando los investigadores repitieron el experimento con miembros del club vinícola de la Universidad de Stanford, obtuvieron también los mismos resultados. Es decir, los semiexpertos también cayeron en la copia social, tal y como señala el neuroeconomista que dirigió el estudio, Antonio Rangel, en el libro Cómo decidimos, de Jonah Leherer:

No nos damos cuenta de lo fuertes que son nuestras expectativas. Pueden realmente modular todos los aspectos de nuestra experiencia. Y si nuestras expectativas se apoyan en suposiciones falsas (como la de que los vinos más caros saben mejor), pueden inducir a error.

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Cómo la ficción modela nuestros gustos

Nuestros gustos son tan maleables al contexto sociocultural en el que nacemos, que no solo son los demás los que influyen en ellos, sino que también lo hacen las historias. Si bien la publicidad tiene un impacto discutible en la configuración de nuestras preferencias, los niños sí que parecen ser profundamente dependientes de las historias para determinar lo que es agradable para su paladar.

De nuevo en otro experimento llevado a cabo por Duncker, se logró que los niños se olvidaran de que les gustaba el chocolate durante un tiempo gracias a un cuento protagonizado por un ratón.

En el experimento, había dos alimentos diferentes. El primero era un polvo de chocolate blanco con sabor a limón que era muy exitoso en la Gran Bretaña de la época. El otro alimento era azúcar de valeriana teñido de un color marrón que tenía un sabor muy amargo.

Los niños, obviamente, preferían el polvo de chocolate al azúcar de valeriana. Pero todo cambió después de que los niños escucharan un cuento en el que Micky, un ratoncilo de campo, dice odiar la «cicuta» y que adora el azúcar de arce de un árbol.

A continuación, los niños probaron la cicuta (que era el polvo de chocolate blanco) y el azúcar de arce (que era el desagradable azúcar de valeriana). Y, oh, sorpresa, el 67% de los niños optó por el azúcar de arce aunque tuviera mal gusto porque éste tenía asociaciones positivas gracias a Micky (en un grupo de control sin cuento de por medio, el azúcar de arce solo fue escogido por el 13% de los niños).

Probablemente, parte del placer que los adultos extraen de alimentos de sabores complejos o inicialmente desagradables, como el whisky, las anchoas, el vinagre o la remolacha, tenga algo que ver con la connotación positiva que envuelve a dichos alimentos.

Tenedlo en cuenta la próxima vez que os pirréis por comer algo: os gusta porque gusta, lo coméis así porque se come así, y os lo zampáis como si no hubiera mañana porque a vuestro alrededor se ha puesto de moda el fast food.

 

Imágenes | Pixabay

Diversos experimentos demuestran hasta qué punto lo que comen los demás influye en lo que comemos. También el ritmo al que comemos, la cantidad de comida que ingerimos; si preferimos unos alimentos respecto a otros. Y eso sucede en niños, y también en adultos.

En otras palabras: nuestra capacidad innata para copiar conductas también nos hace proclive a copiar la alimentación, y finalmente seleccionamos lo que nos nutre no solo por su valor nutricional.

Filias y fobias infantiles

Karl Duncker llevó a cabo diversos experimentos sobre las manías gastronómicas de los niños en la década de 1930 y su conclusión final siempre era la misma: las filias y las fobias se forjan con influencias de las que apenas somos conscientes.

Interesado como estaba en la filosofía del placer y qué lo causa, este psicólogo exiliado de la Alemania nazi a Gran Bretaña se propuso averiguar cuál era el poder de la sugestión social en las preferencias alimentarias, y si este era el responsable de las grandes diferencias de gustos en las distintas culturas.

En uno de sus primeros experimentos, Duncker reclutó a un puñado de niños del parvulario Somers Town, situado en una zona deprimida de Londres. A todos los niños y niñas de entre dos y cinco años se les solicitó que seleccionaran sus alimentos favoritos de una lista de zanahorias, plátanos, frutos secos, manzanas, pan y uvas.

Lo que ocurrió es que los niños solían escoger un alimento preferencialmente si antes otro niño ya lo había escogido. Pero si estaban solos, entonces los niños escogían con más libertad. También eran libres de contagio los niños de menos de 27 meses de edad. Tal y como lo explica Bee Wilson en su libro El primer bocado:

Por encima de esad edad, sin embargo, se detectaba una marcada tendencia a copiar los gustos de otros niños, especialmente si el niño que escogía primero era un poco mayor. Había un par de niñas, una de cinco años y extrovertida, y la otra de cuatro y tímida. Antes de escoger un alimento, «B siempre lanzaba unas miradas furtivas a A para mayor tranquilidad».

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Nos gusta hasta lo desagradable

La influencia en nuestros gustos sobre comida de nuestros pares, es decir, amigos, compañeros o, en general, personas que consideramos que forman parte de nuestro grupo o que son muy semejantes a nosotros, se ha visto confirmada por decenas y decenas de experimentos distintos, como refleja este análisis.

También la velocidad a la que comemos depende de la velocidad a la que comen quienes nos rodean. Incluso tenderemos a zamparnos racionas más copiosas si estamos rodeados de personas que también lo hacen. De igual modo, si nuestros pares consideran que un alimento es una delicatessen, nosotros también tenderemos a considerarlo así.

Por esa misma razón, el precio de un vino caro (es decir, que socialmente se ha consensuado como de mejor calidad) nos resultará más agradable al paladar que un vino barato, aunque en un experimento se suministrara exactamente el mismo vino siempre y solo cambiara el precio. Cuando los investigadores repitieron el experimento con miembros del club vinícola de la Universidad de Stanford, obtuvieron también los mismos resultados. Es decir, los semiexpertos también cayeron en la copia social, tal y como señala el neuroeconomista que dirigió el estudio, Antonio Rangel, en el libro Cómo decidimos, de Jonah Leherer:

No nos damos cuenta de lo fuertes que son nuestras expectativas. Pueden realmente modular todos los aspectos de nuestra experiencia. Y si nuestras expectativas se apoyan en suposiciones falsas (como la de que los vinos más caros saben mejor), pueden inducir a error.

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Cómo la ficción modela nuestros gustos

Nuestros gustos son tan maleables al contexto sociocultural en el que nacemos, que no solo son los demás los que influyen en ellos, sino que también lo hacen las historias. Si bien la publicidad tiene un impacto discutible en la configuración de nuestras preferencias, los niños sí que parecen ser profundamente dependientes de las historias para determinar lo que es agradable para su paladar.

De nuevo en otro experimento llevado a cabo por Duncker, se logró que los niños se olvidaran de que les gustaba el chocolate durante un tiempo gracias a un cuento protagonizado por un ratón.

En el experimento, había dos alimentos diferentes. El primero era un polvo de chocolate blanco con sabor a limón que era muy exitoso en la Gran Bretaña de la época. El otro alimento era azúcar de valeriana teñido de un color marrón que tenía un sabor muy amargo.

Los niños, obviamente, preferían el polvo de chocolate al azúcar de valeriana. Pero todo cambió después de que los niños escucharan un cuento en el que Micky, un ratoncilo de campo, dice odiar la «cicuta» y que adora el azúcar de arce de un árbol.

A continuación, los niños probaron la cicuta (que era el polvo de chocolate blanco) y el azúcar de arce (que era el desagradable azúcar de valeriana). Y, oh, sorpresa, el 67% de los niños optó por el azúcar de arce aunque tuviera mal gusto porque éste tenía asociaciones positivas gracias a Micky (en un grupo de control sin cuento de por medio, el azúcar de arce solo fue escogido por el 13% de los niños).

Probablemente, parte del placer que los adultos extraen de alimentos de sabores complejos o inicialmente desagradables, como el whisky, las anchoas, el vinagre o la remolacha, tenga algo que ver con la connotación positiva que envuelve a dichos alimentos.

Tenedlo en cuenta la próxima vez que os pirréis por comer algo: os gusta porque gusta, lo coméis así porque se come así, y os lo zampáis como si no hubiera mañana porque a vuestro alrededor se ha puesto de moda el fast food.

 

Imágenes | Pixabay

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