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27 de agosto 2018    /   BUSINESS
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Grandes novelas con comienzos sencillos

27 de agosto 2018    /   BUSINESS     por          
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Grandes novelas con grandes principios pueden frustrar a quienes escribimos. Nos quemamos intentando emular los arranques de Cien años de soledad o Historia de dos ciudades.

¿Acaso la gran literatura no está llena de comienzos corrientes? Más de lo que recordamos.

Examinemos la lista Norwegian Book Clubs de los 100 libros más influyentes de la historia. Esta lista es el resultado de una encuesta a 100 autores de 54 países. Aquí hay libros con comienzos brillantes, pero estos comienzos no nos interesan, hoy no.

Queremos inspiración.

Deshacernos de la frustración.

Conviene tomar como inspiración o referencia los comienzos corrientes de grandes obras. Corrientes en apariencia, como veremos (en azul oscuro).

1984 – George Orwell

Era un día luminoso y frío de abril y los relojes daban las trece. Winston Smith, con la barbilla clavada en el pecho en su esfuerzo por burlar el molestísimo viento, se deslizó rápidamente por entre las puertas de cristal de las Casas de la Victoria, aunque no con la suficiente rapidez para evitar que una ráfaga polvorienta se colara con él.

El comienzo es cinematográfico: un personaje en movimiento.

Es extraño que el párrafo aparezca en algunas listas de grandes comienzos. No es un comienzo brillante: es funcional. ¿La admiración por la obra de Orwell nubla la objetividad de los recopiladores de comienzos?

El primer párrafo de 1984 es un ejemplo de la economía narrativa que Orwell pregonaba como buen periodista.

El párrafo sigue la regla del periodismo (en inglés) de las Cinco W y una H:

Who – Quién: Winston Smith.

What – Qué: Se deslizó rápidamente por entre las puertas de cristal.

Where – Dónde: las Casas de la Victoria.

When – Cuándo: un día luminoso y frío de abril y los relojes daban las trece.

Why – Por qué: en su esfuerzo por burlar el molestísimo viento.

How – Cómo: con la barbilla clavada en el pecho.

La educación sentimental – Gustave Flaubert

Hacia las seis de la mañana del 15 de septiembre de 1840, próximo a zarpar, el Ville de Montereau despedía grandes torbellinos de humo delante del muelle de Saint-Bernard.

Flaubert no es amigo de arranques fuertes ni metáforas. Sigue dos principios: la invisibilidad del narrador y le mot juste (la palabra precisa). Es un escritor cinematográfico aunque escribiera antes del invento del cine.

El primer párrafo es similar al gran plano general. El segundo recuerda instantáneas fotográficas:

La gente llegaba sin aliento; las barricas, los cables, los cestos de ropa blanca dificultaban la circulación; los marineros no contestaban a nadie; tropezaban unas con otras las personas; los bultos subían por entre los dos tambores, y el bullicio se absorbía en el ruido del vapor, que, escapándose por las tapaderas de hierro de las chimeneas, todo lo envolvía en una nube blanquecina, mientras la campana sonaba avante sin cesar.

En estos dos párrafos tan solo dos adjetivos necesarios: ropa BLANCA y nube BLANQUECINA.

El protagonista no aparecerá hasta el cuarto párrafo.

Grandes esperanzas – Dickens

Como mi apellido es Pirrip y mi nombre de pila Philip, mi lengua infantil, al querer pronunciar ambos nombres, no fue capaz de decir nada más largo ni más explícito que Pip. Por consiguiente, yo mismo me llamaba Pip, y por Pip fui conocido en adelante.

Dickens, en la piel del personaje, comienza con una sencilla anécdota: por qué me llaman Pip. Así muestra que el personaje es un tipo corriente y se gana la confianza del lector.

Los hermanos Karamazov – Fiodor M. Dostoievski

Alexei Fiodorovitch Karamazov era el tercer hijo de un terrateniente de nuestro distrito llamado Fiodor (Teodoro) Pavlovitch, cuya trágica muerte, ocurrida trece años atrás, había producido sensación entonces y todavía se recordaba. Ya hablaré de este suceso más adelante. Ahora me limitaré a decir unas palabras sobre el «hacendado», como todo el mundo le llamaba, a pesar de que casi nunca había habitado en su hacienda. Fiodor Pavlovitch era […].

Dostoiewski comienza, como tantos autores de su tiempo, con una pequeña biografía de los protagonistas que se remonta a sus padres. El autor quiere mostrar que la forma de ser y actuar de los personajes tiene una explicación.

En medio, llama la atención con «trágica muerte […] Ya hablaré de este suceso más adelante».

Aunque el lector deja atrás la frase, esta permanece en la cabeza, quizá de manera inadvertida, excitando la curiosidad. Dostoievski sabía hacer avances sin interrumpir el flujo de la lectura.

El cuaderno dorado – Doris Lessing

Anna se encuentra con su amiga Molly, un día del verano de 1957, después de una separación…

Las dos mujeres estaban solas en el piso londinense.

—El caso es que —dijo Anna al volver su amiga de hablar por teléfono en el recibidor—, el caso es que por lo visto todo se está desmoronando.

La nobel de literatura Doris Lessing comienza una de las obras más influyentes de Occidente con un estilo sencillo. Innovador entonces. Sin preámbulos, la autora nos coloca en situación: tras una separación, dos mujeres solas en un piso londinense. Palabras escuetas para responder a las cinco W y la H.

¿Qué más necesitamos saber?

Un estilo que casa con las intenciones de Lessing: mostrar verdades al desnudo sin el estorbo del estilo.


Memorias de Adriano – Marguerite Yourcenar

Querido Marco: He ido esta mañana a ver a mi médico Hermógenes, que acaba de regresar a la Villa después de un largo viaje por Asia. El examen debía hacerse en ayunas; habíamos convenido encontrarnos en las primeras horas del día. […]

Yourcenar abre la novela/colección de cartas con un estilo sencillo, cercano, narrando una visita médica. El comienzo es inteligente: nos prepara para la decadencia física del emperador Adriano.

El ruido y la furia – William Faulkner

A través de la cerca, entre los huecos de las flores ensortijadas, yo los veía dar golpes. Venían hacia donde estaba la bandera y yo los seguía desde la cerca. Luster estaba buscando entre la hierba junto al árbol de las flores. Sacaban la bandera y daban golpes.

¿Golpes? ¿Bandera?

No es hasta el segundo párrafo cuando el comienzo cobra sentido:

«Eh, caddie». Dio un golpe. Atravesaron el prado. Yo me agarré a la cerca y los vi marcharse.

Benjy, el narrador, ve a un jugador de golf.

¿Por qué no escribe Faulkner «yo los veía JUGAR AL GOLF».

Realmente, el primer párrafo de El sonido y la furia es brillante, aunque no a la manera que gusta a los recopiladores de comienzos.

Faulkner no está interesado en poner cómodo al lector. Escribe con los ojos de una persona con discapacidad mental en su contexto. Los personajes que rodean a Benjy saben de lo que habla. Es una sencillez que conviene trabajarla.

El castillo – Kafka

Cuando K llegó era noche cerrada. El pueblo estaba cubierto por una espesa capa de nieve. Del castillo no se podía ver nada, la niebla y la oscuridad lo rodeaban, ni siquiera el más débil rayo de luz delataba su presencia. K permaneció largo tiempo en el puente de madera que conducía desde la carretera principal al pueblo elevando su mirada hacia un vacío aparente.

Los comienzos de La metamorfosis y El proceso gustan a los recopiladores de principios. Recordemos:

La metamorfosis: «Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, se encontró en su cama convertido en un monstruoso insecto».

El proceso: «Alguien tenía que haber calumniado a Josef K, pues fue detenido una mañana sin haber hecho nada malo».

Comienzos sin preámbulos que sitúan a los lectores en el corazón del horror. Sin embargo, Kafka se toma su tiempo en desarrollar El castillo.

La primera oración muestra al protagonista (sello personal): «Cuando K llegó era noche cerrada».

La segunda oración es un plano subjetivo (hablando con lenguaje cinematográfico): muestra cómo ve K el castillo. Una descripción inquietante que termina volviendo al protagonista: «K permaneció largo tiempo en el puente de madera […] elevando su mirada hacia un vacío aparente».

Un comienzo con palabras sencillas, pero que expone el gran problema al que se enfrenta K: el Castillo, y sus gentes, es una entidad incomprensible.

***

Podríamos analizar cada uno de los comienzos en apariencia corrientes que hay entre los 100 libros de la lista Norwegian Book Clubs. Comienzos quizás no deslumbrantes, pero sí inteligentes, que funcionan. En cualquier caso, lo importante aquí es que estos principios quizá no sean fuente de frustración sino de inspiración.

Grandes novelas con grandes principios pueden frustrar a quienes escribimos. Nos quemamos intentando emular los arranques de Cien años de soledad o Historia de dos ciudades.

¿Acaso la gran literatura no está llena de comienzos corrientes? Más de lo que recordamos.

Examinemos la lista Norwegian Book Clubs de los 100 libros más influyentes de la historia. Esta lista es el resultado de una encuesta a 100 autores de 54 países. Aquí hay libros con comienzos brillantes, pero estos comienzos no nos interesan, hoy no.

Queremos inspiración.

Deshacernos de la frustración.

Conviene tomar como inspiración o referencia los comienzos corrientes de grandes obras. Corrientes en apariencia, como veremos (en azul oscuro).

1984 – George Orwell

Era un día luminoso y frío de abril y los relojes daban las trece. Winston Smith, con la barbilla clavada en el pecho en su esfuerzo por burlar el molestísimo viento, se deslizó rápidamente por entre las puertas de cristal de las Casas de la Victoria, aunque no con la suficiente rapidez para evitar que una ráfaga polvorienta se colara con él.

El comienzo es cinematográfico: un personaje en movimiento.

Es extraño que el párrafo aparezca en algunas listas de grandes comienzos. No es un comienzo brillante: es funcional. ¿La admiración por la obra de Orwell nubla la objetividad de los recopiladores de comienzos?

El primer párrafo de 1984 es un ejemplo de la economía narrativa que Orwell pregonaba como buen periodista.

El párrafo sigue la regla del periodismo (en inglés) de las Cinco W y una H:

Who – Quién: Winston Smith.

What – Qué: Se deslizó rápidamente por entre las puertas de cristal.

Where – Dónde: las Casas de la Victoria.

When – Cuándo: un día luminoso y frío de abril y los relojes daban las trece.

Why – Por qué: en su esfuerzo por burlar el molestísimo viento.

How – Cómo: con la barbilla clavada en el pecho.

La educación sentimental – Gustave Flaubert

Hacia las seis de la mañana del 15 de septiembre de 1840, próximo a zarpar, el Ville de Montereau despedía grandes torbellinos de humo delante del muelle de Saint-Bernard.

Flaubert no es amigo de arranques fuertes ni metáforas. Sigue dos principios: la invisibilidad del narrador y le mot juste (la palabra precisa). Es un escritor cinematográfico aunque escribiera antes del invento del cine.

El primer párrafo es similar al gran plano general. El segundo recuerda instantáneas fotográficas:

La gente llegaba sin aliento; las barricas, los cables, los cestos de ropa blanca dificultaban la circulación; los marineros no contestaban a nadie; tropezaban unas con otras las personas; los bultos subían por entre los dos tambores, y el bullicio se absorbía en el ruido del vapor, que, escapándose por las tapaderas de hierro de las chimeneas, todo lo envolvía en una nube blanquecina, mientras la campana sonaba avante sin cesar.

En estos dos párrafos tan solo dos adjetivos necesarios: ropa BLANCA y nube BLANQUECINA.

El protagonista no aparecerá hasta el cuarto párrafo.

Grandes esperanzas – Dickens

Como mi apellido es Pirrip y mi nombre de pila Philip, mi lengua infantil, al querer pronunciar ambos nombres, no fue capaz de decir nada más largo ni más explícito que Pip. Por consiguiente, yo mismo me llamaba Pip, y por Pip fui conocido en adelante.

Dickens, en la piel del personaje, comienza con una sencilla anécdota: por qué me llaman Pip. Así muestra que el personaje es un tipo corriente y se gana la confianza del lector.

Los hermanos Karamazov – Fiodor M. Dostoievski

Alexei Fiodorovitch Karamazov era el tercer hijo de un terrateniente de nuestro distrito llamado Fiodor (Teodoro) Pavlovitch, cuya trágica muerte, ocurrida trece años atrás, había producido sensación entonces y todavía se recordaba. Ya hablaré de este suceso más adelante. Ahora me limitaré a decir unas palabras sobre el «hacendado», como todo el mundo le llamaba, a pesar de que casi nunca había habitado en su hacienda. Fiodor Pavlovitch era […].

Dostoiewski comienza, como tantos autores de su tiempo, con una pequeña biografía de los protagonistas que se remonta a sus padres. El autor quiere mostrar que la forma de ser y actuar de los personajes tiene una explicación.

En medio, llama la atención con «trágica muerte […] Ya hablaré de este suceso más adelante».

Aunque el lector deja atrás la frase, esta permanece en la cabeza, quizá de manera inadvertida, excitando la curiosidad. Dostoievski sabía hacer avances sin interrumpir el flujo de la lectura.

El cuaderno dorado – Doris Lessing

Anna se encuentra con su amiga Molly, un día del verano de 1957, después de una separación…

Las dos mujeres estaban solas en el piso londinense.

—El caso es que —dijo Anna al volver su amiga de hablar por teléfono en el recibidor—, el caso es que por lo visto todo se está desmoronando.

La nobel de literatura Doris Lessing comienza una de las obras más influyentes de Occidente con un estilo sencillo. Innovador entonces. Sin preámbulos, la autora nos coloca en situación: tras una separación, dos mujeres solas en un piso londinense. Palabras escuetas para responder a las cinco W y la H.

¿Qué más necesitamos saber?

Un estilo que casa con las intenciones de Lessing: mostrar verdades al desnudo sin el estorbo del estilo.


Memorias de Adriano – Marguerite Yourcenar

Querido Marco: He ido esta mañana a ver a mi médico Hermógenes, que acaba de regresar a la Villa después de un largo viaje por Asia. El examen debía hacerse en ayunas; habíamos convenido encontrarnos en las primeras horas del día. […]

Yourcenar abre la novela/colección de cartas con un estilo sencillo, cercano, narrando una visita médica. El comienzo es inteligente: nos prepara para la decadencia física del emperador Adriano.

El ruido y la furia – William Faulkner

A través de la cerca, entre los huecos de las flores ensortijadas, yo los veía dar golpes. Venían hacia donde estaba la bandera y yo los seguía desde la cerca. Luster estaba buscando entre la hierba junto al árbol de las flores. Sacaban la bandera y daban golpes.

¿Golpes? ¿Bandera?

No es hasta el segundo párrafo cuando el comienzo cobra sentido:

«Eh, caddie». Dio un golpe. Atravesaron el prado. Yo me agarré a la cerca y los vi marcharse.

Benjy, el narrador, ve a un jugador de golf.

¿Por qué no escribe Faulkner «yo los veía JUGAR AL GOLF».

Realmente, el primer párrafo de El sonido y la furia es brillante, aunque no a la manera que gusta a los recopiladores de comienzos.

Faulkner no está interesado en poner cómodo al lector. Escribe con los ojos de una persona con discapacidad mental en su contexto. Los personajes que rodean a Benjy saben de lo que habla. Es una sencillez que conviene trabajarla.

El castillo – Kafka

Cuando K llegó era noche cerrada. El pueblo estaba cubierto por una espesa capa de nieve. Del castillo no se podía ver nada, la niebla y la oscuridad lo rodeaban, ni siquiera el más débil rayo de luz delataba su presencia. K permaneció largo tiempo en el puente de madera que conducía desde la carretera principal al pueblo elevando su mirada hacia un vacío aparente.

Los comienzos de La metamorfosis y El proceso gustan a los recopiladores de principios. Recordemos:

La metamorfosis: «Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, se encontró en su cama convertido en un monstruoso insecto».

El proceso: «Alguien tenía que haber calumniado a Josef K, pues fue detenido una mañana sin haber hecho nada malo».

Comienzos sin preámbulos que sitúan a los lectores en el corazón del horror. Sin embargo, Kafka se toma su tiempo en desarrollar El castillo.

La primera oración muestra al protagonista (sello personal): «Cuando K llegó era noche cerrada».

La segunda oración es un plano subjetivo (hablando con lenguaje cinematográfico): muestra cómo ve K el castillo. Una descripción inquietante que termina volviendo al protagonista: «K permaneció largo tiempo en el puente de madera […] elevando su mirada hacia un vacío aparente».

Un comienzo con palabras sencillas, pero que expone el gran problema al que se enfrenta K: el Castillo, y sus gentes, es una entidad incomprensible.

***

Podríamos analizar cada uno de los comienzos en apariencia corrientes que hay entre los 100 libros de la lista Norwegian Book Clubs. Comienzos quizás no deslumbrantes, pero sí inteligentes, que funcionan. En cualquier caso, lo importante aquí es que estos principios quizá no sean fuente de frustración sino de inspiración.

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Opiniones 4
  • Me gustan estos artículos. Es fácil recopilar “grandes comienzos” (mi favorito es “El hombre de negro huía a través del desierto y el pistolero iba en pos de él” aunque no sé si será tan bueno en inglés). En verdad el segundo párrafo de Flaubert tiene un solo adjetivo, porque “ropa blanca” es un sustantivo compuesto, traducción del francés “linge”. Saludos.

    • El comienzo de La Torre Oscura es uno de mis favoritos. Gracias por el comentario sobre Flaubert. Me gusta saber que usaba menos adjetivos. Saludos.

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