21 de febrero 2020    /   CREATIVIDAD
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Instrucciones de uso para una vida interesante

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Venimos al mundo programados para tener una vida sosa. Y es lógico. Nuestros antecesores han sufrido tantas dificultades que procuran educarnos para que nosotros no tengamos que pasar por los mismos sobresaltos.

Por eso tienden a formarnos bajo ese principio, casi universal, de que «más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer».

Su intención es buena. Pero tan solo conduce a sumergirnos en una existencia aguada. Es decir, inodora, incolora e insípida.

Lo que no sabemos aún es por qué algunas personas, ya desde su infancia, tienden a rebelarse contra ese airbag educacional con el que pretenden protegernos. Es decir, por qué reniegan de una vida interesada para tener una vida interesante.

Hay un hecho indiscutible: la vida interesante es una droga muy adictiva. Prueba de ello es que los que más la reclaman son los que más la han probado.  

Es el llamado síndrome del tigre de Bengala. Dicen que cuando el tigre de Bengala ha comido carne humana se vuelve extremadamente peligroso porque a partir de entonces ya no persigue otra cosa.  

Como toda droga, la vida interesante tiene efectos secundarios. La realidad puede torcerse y toparse con la derrota, el sufrimiento y la desdicha. Pero también, como toda droga, suele proporcionarnos momentos apasionantes que jamás saborearán los abstemios vitales.

Y lo mejor de todo es que son precisamente esos momentos los que prolongan nuestra existencia. Porque es entonces cuando el tiempo se detiene ante lo inesperado, lo placentero y lo revelado.

«Somos cadáveres en vacaciones», decía un poeta francés. Esa es la razón por la que, ante un hecho tan ruinoso, la infracción es la única venganza. Algo que si descubrimos solo al final de nuestro viaje nos sumirá en el más profundo arrepentimiento. Pero no por lo que hicimos, sino por lo que no hicimos.

Cuestionar, contravenir, probar lo no aceptado será lo que nos permita concluir nuestra presencia en la vida pronunciando esa maravillosa frase que da título a la autobiografía de Neruda, Confieso que he vivido. Un libro en cuyo interior, y tal vez para hacernos partícipes de su saber, nos dice: «No entendí nunca el rigor, sino para que el rigor no exista».

Gaston Bachelard, un filósofo interesado no por casualidad en la imaginación poética, escribió que las personas nacemos tan viejas como la historia pues formamos parte de ella. Y tan solo aquellas que son capaces de revisarla y contravenirla podrán ir rejuveneciendo a través de los años.

Por eso hay personas que mueren mucho más jóvenes que cuando vinieron al mundo y otras que fallecen con la misma antigüedad.

Hacer de la vida algo interesante supone adueñarse de ella. Tal vez no le ganemos la partida, pero sí algunas manos, pese a que siempre juega con las cartas marcadas.

Pero eso es lo de menos, porque una vida interesante no suele venir determinada por la victoria o la derrota, el éxito o el fracaso, sino por algo mucho más controlable por cualquiera de nosotros: el simple hecho de haberlo intentado.

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Por eso tienden a formarnos bajo ese principio, casi universal, de que «más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer».

Su intención es buena. Pero tan solo conduce a sumergirnos en una existencia aguada. Es decir, inodora, incolora e insípida.

Lo que no sabemos aún es por qué algunas personas, ya desde su infancia, tienden a rebelarse contra ese airbag educacional con el que pretenden protegernos. Es decir, por qué reniegan de una vida interesada para tener una vida interesante.

Hay un hecho indiscutible: la vida interesante es una droga muy adictiva. Prueba de ello es que los que más la reclaman son los que más la han probado.  

Es el llamado síndrome del tigre de Bengala. Dicen que cuando el tigre de Bengala ha comido carne humana se vuelve extremadamente peligroso porque a partir de entonces ya no persigue otra cosa.  

Como toda droga, la vida interesante tiene efectos secundarios. La realidad puede torcerse y toparse con la derrota, el sufrimiento y la desdicha. Pero también, como toda droga, suele proporcionarnos momentos apasionantes que jamás saborearán los abstemios vitales.

Y lo mejor de todo es que son precisamente esos momentos los que prolongan nuestra existencia. Porque es entonces cuando el tiempo se detiene ante lo inesperado, lo placentero y lo revelado.

«Somos cadáveres en vacaciones», decía un poeta francés. Esa es la razón por la que, ante un hecho tan ruinoso, la infracción es la única venganza. Algo que si descubrimos solo al final de nuestro viaje nos sumirá en el más profundo arrepentimiento. Pero no por lo que hicimos, sino por lo que no hicimos.

Cuestionar, contravenir, probar lo no aceptado será lo que nos permita concluir nuestra presencia en la vida pronunciando esa maravillosa frase que da título a la autobiografía de Neruda, Confieso que he vivido. Un libro en cuyo interior, y tal vez para hacernos partícipes de su saber, nos dice: «No entendí nunca el rigor, sino para que el rigor no exista».

Gaston Bachelard, un filósofo interesado no por casualidad en la imaginación poética, escribió que las personas nacemos tan viejas como la historia pues formamos parte de ella. Y tan solo aquellas que son capaces de revisarla y contravenirla podrán ir rejuveneciendo a través de los años.

Por eso hay personas que mueren mucho más jóvenes que cuando vinieron al mundo y otras que fallecen con la misma antigüedad.

Hacer de la vida algo interesante supone adueñarse de ella. Tal vez no le ganemos la partida, pero sí algunas manos, pese a que siempre juega con las cartas marcadas.

Pero eso es lo de menos, porque una vida interesante no suele venir determinada por la victoria o la derrota, el éxito o el fracaso, sino por algo mucho más controlable por cualquiera de nosotros: el simple hecho de haberlo intentado.

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