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2 de febrero 2017    /   CIENCIA
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¿Por qué un triunfador puede llegar a convertirse en un corrupto?

2 de febrero 2017    /   CIENCIA     por          
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Esa, pensará más de uno, es la pregunta del millón. Ejemplos de personas que disfrutan del éxito económico y profesional en sus vidas y que, sin embargo, han cometido algún acto llamémosle poco honesto existen, lamentablemente, a montones hoy en día. Basta con mirar las noticias sobre tribunales: Urdangarines, Bárcernas, Correas…

Los investigadores Amos Schurr, de la Ben Gurion University, e Ilana Ritov, de la Hebrew University de Israel, han realizado un estudio que trata de explicar por qué personas que se definen como triunfadoras pueden acabar cometiendo actos deshonestos.

Su teoría es que el componente de la comparación social puede ser la causa de esto. «Si ganas una competición, es porque llegas primero», pone como ejemplo del doctor Schurr en Nocamels. «Eres mejor que la persona que llega en segundo lugar». Y es esa sensación de superioridad la que lleva a algunos a cometer actos deshonestos.

Para probar su hipótesis, sometieron a un determinado número de estudiantes a cuatro juegos formando parejas aleatorias: dados, Trivial, lotería y algún tipo de prueba que supusiera una superación personal.

Las conclusiones a las que Ritov y Schurr llegaron con su estudio son sorprendentes. En su opinión, alguien tiende a mantener un comportamiento deshonesto (llámese hacer trampas o cometer pequeños actos de corrupción) si se considera superior a su contrincante. Esa sensación de ser el ganador y, por tanto, el mejor les hace creerse con derecho a recibir una mayor recompensa.

«Descubrimos que los participantes que se declaraban vencedores del juego se sentían con más derecho que quienes decían haber conseguido una superación personal», explican los dos investigadores en su estudio.

Podríamos decir que esa sensación de sentirse con derecho podría tener que ver con ese comportamiento deshonesto

Sin embargo, el comportamiento no es el mismo si, siendo vencedores en alguna prueba o competición, lo achacan al azar (ganar la lotería, por ejemplo) o a alcanzar un logro personal que les haga sentirse mejores y no tanto vencedores. En esos casos, se observó una tendencia menor a hacer trampas.

«Cuando el éxito se mide dentro de una comparación social, como en el caso de quienes ganan una competición, aumenta la deshonestidad. Cuando no hay esa comparación, como ocurre con quienes alcanzan un objetivo personal, la deshonestidad disminuye», afirman en el estudio. «Podríamos decir que esa sensación de sentirse con derecho podría tener que ver con ese comportamiento deshonesto».

¿Por qué ocurre esto? Schurr y Ritov lo atribuyen a que todos tendemos a buscar una imagen positiva de nosotros mismos. Hacer trampas no dice demasiadas cosas buenas de nosotros. Pero el hecho de haber sido los ganadores nos hace sentirnos con el derecho a reclamar un premio mayor del que merecemos. Y de ahí obtendríamos la justificación necesaria para tener un comportamiento que en otras circunstancias consideraríamos inaceptable.

No se trata de ambición o codicia, sino de la creencia de que realmente tenemos más derecho que los otros a tener privilegios o un trato especial.

Los dos investigadores afirman que su estudio explica el comportamiento de quienes participan en alguna competición cuando esta acaba, no mientras se celebra. Pero ¿podría explicar también la corrupción política?

«No entiendo mucho de política», responde Amos Schurr a Yorokobu, «pero podría ocurrir que un político honesto se volviera corrupto a medida que fuera aumentando el número de campañas que ganara».

Todos somos corruptos (alguna vez)

Hay muchos artículos y estudios, sobre todo piscológicos, que tratan de explicar esto último, la corrupción política.

Hace unos años, Borja Vilaseca diseccionaba la codicia en un artículo para El País. Allí exponía la tesis del economista norteamericano George F. Lowenstein, experto en comportamiento económico, que venía a decir que nuestra incapacidad de ser felices nos ha vuelto codiciosos, convirtiendo el mundo en un negocio. Paralelamente, el sistema monetario que nos gobierna dificulta y obstaculiza la ética y la generosidad que habitan en el fondo del ser humano.

 Nuestra incapacidad de ser felices nos ha vuelto codiciosos, convirtiendo el mundo en un negocio

El narcisismo también es un rasgo que encontramos en muchos corruptos, como explica Luis Muiño en El Confidencial. El narcisista «se maneja como pez en el agua en un mundo en el que vale todo», explicaba el periodista. «Sus altas expectativas sobre sí mismo, su necesidad de conseguir poder y dinero para ser temido por los demás, su autocontrol narcisista que le permite dar una determinada imagen y ganarse el aprecio superficial de muchas personas y su facilidad para rodearse de un séquito de aduladores son características adaptativas en una sociedad corrupta».

Todos los estudios realizados sobre la personalidad del corrupto parecen coincidir en dos rasgos: el narcisismo y un comportamiento antisocial. Esto último «conlleva una frialdad emocional, una carencia de ética y un comportamiento basado en el engaño y la manipulación, sin remordimiento por las consecuencias de sus actos», explicaban en una noticia de RTVE.

«La corrupción muchas veces comienza con la idea de cometer una infracción una sola vez, pero si sale bien, si no es descubierto, hay un incentivo para incurrir de nuevo en esa conducta», afirmaba Antonio Argandoña, profesor de Economía y titular de la cátedra ‘la Caixa’ de Responsabilidad Social de la Empresa y Gobierno Corporativo del IESE en ese mismo artículo.

No pagar el IVA en una factura o fingir estar malo para no ir al trabajo… Son pequeños actos delictivos que podemos cometer y que nos convierten a todos, en algún momento de nuestra vida, en delincuentes. Ninguno podemos tirar en ese aspecto la primera piedra. Pero ahora ya entendemos un poco más por qué cruzamos, de vez en cuando, al lado oscuro de la honestidad.

Esa, pensará más de uno, es la pregunta del millón. Ejemplos de personas que disfrutan del éxito económico y profesional en sus vidas y que, sin embargo, han cometido algún acto llamémosle poco honesto existen, lamentablemente, a montones hoy en día. Basta con mirar las noticias sobre tribunales: Urdangarines, Bárcernas, Correas…

Los investigadores Amos Schurr, de la Ben Gurion University, e Ilana Ritov, de la Hebrew University de Israel, han realizado un estudio que trata de explicar por qué personas que se definen como triunfadoras pueden acabar cometiendo actos deshonestos.

Su teoría es que el componente de la comparación social puede ser la causa de esto. «Si ganas una competición, es porque llegas primero», pone como ejemplo del doctor Schurr en Nocamels. «Eres mejor que la persona que llega en segundo lugar». Y es esa sensación de superioridad la que lleva a algunos a cometer actos deshonestos.

Para probar su hipótesis, sometieron a un determinado número de estudiantes a cuatro juegos formando parejas aleatorias: dados, Trivial, lotería y algún tipo de prueba que supusiera una superación personal.

Las conclusiones a las que Ritov y Schurr llegaron con su estudio son sorprendentes. En su opinión, alguien tiende a mantener un comportamiento deshonesto (llámese hacer trampas o cometer pequeños actos de corrupción) si se considera superior a su contrincante. Esa sensación de ser el ganador y, por tanto, el mejor les hace creerse con derecho a recibir una mayor recompensa.

«Descubrimos que los participantes que se declaraban vencedores del juego se sentían con más derecho que quienes decían haber conseguido una superación personal», explican los dos investigadores en su estudio.

Podríamos decir que esa sensación de sentirse con derecho podría tener que ver con ese comportamiento deshonesto

Sin embargo, el comportamiento no es el mismo si, siendo vencedores en alguna prueba o competición, lo achacan al azar (ganar la lotería, por ejemplo) o a alcanzar un logro personal que les haga sentirse mejores y no tanto vencedores. En esos casos, se observó una tendencia menor a hacer trampas.

«Cuando el éxito se mide dentro de una comparación social, como en el caso de quienes ganan una competición, aumenta la deshonestidad. Cuando no hay esa comparación, como ocurre con quienes alcanzan un objetivo personal, la deshonestidad disminuye», afirman en el estudio. «Podríamos decir que esa sensación de sentirse con derecho podría tener que ver con ese comportamiento deshonesto».

¿Por qué ocurre esto? Schurr y Ritov lo atribuyen a que todos tendemos a buscar una imagen positiva de nosotros mismos. Hacer trampas no dice demasiadas cosas buenas de nosotros. Pero el hecho de haber sido los ganadores nos hace sentirnos con el derecho a reclamar un premio mayor del que merecemos. Y de ahí obtendríamos la justificación necesaria para tener un comportamiento que en otras circunstancias consideraríamos inaceptable.

No se trata de ambición o codicia, sino de la creencia de que realmente tenemos más derecho que los otros a tener privilegios o un trato especial.

Los dos investigadores afirman que su estudio explica el comportamiento de quienes participan en alguna competición cuando esta acaba, no mientras se celebra. Pero ¿podría explicar también la corrupción política?

«No entiendo mucho de política», responde Amos Schurr a Yorokobu, «pero podría ocurrir que un político honesto se volviera corrupto a medida que fuera aumentando el número de campañas que ganara».

Todos somos corruptos (alguna vez)

Hay muchos artículos y estudios, sobre todo piscológicos, que tratan de explicar esto último, la corrupción política.

Hace unos años, Borja Vilaseca diseccionaba la codicia en un artículo para El País. Allí exponía la tesis del economista norteamericano George F. Lowenstein, experto en comportamiento económico, que venía a decir que nuestra incapacidad de ser felices nos ha vuelto codiciosos, convirtiendo el mundo en un negocio. Paralelamente, el sistema monetario que nos gobierna dificulta y obstaculiza la ética y la generosidad que habitan en el fondo del ser humano.

 Nuestra incapacidad de ser felices nos ha vuelto codiciosos, convirtiendo el mundo en un negocio

El narcisismo también es un rasgo que encontramos en muchos corruptos, como explica Luis Muiño en El Confidencial. El narcisista «se maneja como pez en el agua en un mundo en el que vale todo», explicaba el periodista. «Sus altas expectativas sobre sí mismo, su necesidad de conseguir poder y dinero para ser temido por los demás, su autocontrol narcisista que le permite dar una determinada imagen y ganarse el aprecio superficial de muchas personas y su facilidad para rodearse de un séquito de aduladores son características adaptativas en una sociedad corrupta».

Todos los estudios realizados sobre la personalidad del corrupto parecen coincidir en dos rasgos: el narcisismo y un comportamiento antisocial. Esto último «conlleva una frialdad emocional, una carencia de ética y un comportamiento basado en el engaño y la manipulación, sin remordimiento por las consecuencias de sus actos», explicaban en una noticia de RTVE.

«La corrupción muchas veces comienza con la idea de cometer una infracción una sola vez, pero si sale bien, si no es descubierto, hay un incentivo para incurrir de nuevo en esa conducta», afirmaba Antonio Argandoña, profesor de Economía y titular de la cátedra ‘la Caixa’ de Responsabilidad Social de la Empresa y Gobierno Corporativo del IESE en ese mismo artículo.

No pagar el IVA en una factura o fingir estar malo para no ir al trabajo… Son pequeños actos delictivos que podemos cometer y que nos convierten a todos, en algún momento de nuestra vida, en delincuentes. Ninguno podemos tirar en ese aspecto la primera piedra. Pero ahora ya entendemos un poco más por qué cruzamos, de vez en cuando, al lado oscuro de la honestidad.

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