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Tú también puedes crear una lengua

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Tenemos tan arraigado nuestro idioma que no podemos sospechar que quizá alguien, en algún momento de la historia, se inventó un montón de sonidos, letras y palabras que acabaron convirtiéndose en lo que hoy hablamos todos.

Visto así, es una manera muy simple de explicar el nacimiento de una lengua, pero hay una persona que cree que cualquiera podría inventar una. Esto es lo que afirma Miguel Jaén, que acaba de publicar el libro Cómo crear una lengua. Manual para elaborar un idioma propio, de la editorial Berenice.

Jaén nació en Madrid y vive en Valladolid. Crear idiomas es una de sus  aficiones, quizá la más friki. Pero Miguel Jaén no es filólogo sino ilustrador. Sus estudios no tuvieron nada que ver con la Filología, sino con Bellas Artes. Fue leyendo a Tolkien como a este ilustrador metido a filólogo le nació la afición de inventarse lenguas. «Lo conocí con 14 años, y cuando leí por vez primera aquellas palabras tan extrañas que aparecían en sus novelas, me enganché a todo lo relacionado con la lingüística».

El gusanillo, como ya ha explicado, empezó con el autor de El señor de los anillos o El Hobbit, pero otros creadores como Marc Okrand, el lingüista inventor del Kingon, idiolengua que se habla en Star Trek, también dejaron en él su huella. «Tolkien fue quien me metió en este mundo tan sugestivo, así que me siento en deuda con él. Con respecto a Marc, reconozco que al principio le cogí una cierta manía, pues tuve la falsa sensación de que no era más que un imitador de Tolkien. Afortunadamente, aquella opinión la he corregido, y me atrevo a decir que su método de creación de ideolenguas me parece más interesante».

Miguel Jaén

Una lengua inventada para dar verosimilitud a la historia

Aquellos creadores que estén pensando en un nuevo videojuego, una nueva novela o un nuevo guion de cine de género fantástico, además de recrear los paisajes, la ambientación, los personajes… quizá deban pensar en la posibilidad de inventar también un idioma. «Crear una lengua se ha convertido en casi una obligación para todos aquellos que desean recrear mundos imaginarios para novelas, juegos de rol, videojuegos o por puro entretenimiento», explica el autor en el prólogo del libro.

Para empezar, por ejemplo, podría basarse en alguna de las lenguas naturales que se hablan —o se han hablado, como el latín— en el mundo (inglés, español, francés…). «A decir verdad, alejarse de la lengua materna no es algo imprescindible. Se puede ser muy original creando una lengua con los mismos sonidos del español, por ejemplo. El problema que le veo al respecto es que la inmensa mayoría de los creadores de lenguas que imitan la suya propia lo hacen sólo porque carecen de los conocimientos necesarios para hacer algo diferente», aclara el ilustrador.

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Es importante, por tanto, que el idioma que inventemos tenga una apariencia de realidad porque eso contribuye a dar verosimilitud a la historia que se cuenta. «Una lengua construida permite trasladar al lector a mundos fantásticos con tanta eficacia como una buena descripción. En las novelas de Canción de hielo y fuego ,muchos personajes tienen nombres descaradamente británicos y eso me decepciona porque al leerlos mi imaginación se queda revoloteando por la campiña inglesa en lugar de volar hacia Poniente», asegura Jaén.

«En el cine, una simple imagen de un edificio con arcos apuntados y arbotantes te traslada automáticamente a la Edad Media. Si lo que vemos es un edificio con las esquinas de los tejados curvadas hacia arriba, de inmediato lo identificamos con extremo oriente. Y si lo que nos muestran es a un tipo medio desnudo con plumas en la cabeza, comprendemos que se trata de un indio americano. En la literatura no hay imágenes, de manera que la forma más rápida de convencer al lector de que se encuentra ante una cultura diferente es utilizar palabras en su lengua. Esta es la magia que comprendió perfectamente Tolkien y que nos enamoró a millones de personas».

Crear una lengua es más fácil de lo que se cree

Esto, que a priori parece tan complicado, no lo es tanto, opina Jaén. «Esta es una creencia muy extendida, pero no la comparto. Aprender una nueva lengua, aunque sea muy similar a la materna, sí es complicado. En cambio, crear una fonología original, algo de léxico y unas cuantas normas gramaticales es muchísimo más sencillo. Ten en cuenta que no tenemos que memorizarlas, sólo describirlas. Por supuesto, te puedes complicar cuanto quieras, pero no es imprescindible».

Esta labor requiere no sólo de imaginación, sino de unos conocimientos mínimos de lingüística. Algo de fonología, de fonética, de semántica, de gramática, un poco de léxico, algo de etimología… Bajo esa base técnica será más fácil crear una lengua que tenga apariencia de idioma real.

Una vez que hayamos creado la base lingüística para nuestra ideolengua, conviene cuidar también otros aspectos que modelan cualquier idioma: imaginar una historia que defina el devenir del pueblo que va a hablar nuestra lengua, el carácter de sus hablantes, si se trata de un pueblo belicoso o no… «La importancia depende de los objetivos del autor», aclara Jaén. «Si aspira a crear una lengua absolutamente racional, sin ambigüedades, como el lojban, no tiene por qué tener nada de eso en cuenta. Pero si lo que pretende es dar voz a una cultura imaginaria, el contexto natural, histórico y cultural es fundamental».

»Precisamente, las palabras del klingon de Marc Okrand más populares son aquellas que transparentan mejor la belicosa y brutal cultura klingon. «Qapla'», quizás la palabra estrella de esta lengua, y utilizada como despedida, significa literalmente «que tengas una muerte honorable»».

No se trata de crear una cantidad ingente de palabras. Basta con unas pocas que consigan meternos en situación, que den apariencia de realidad a esa nueva lengua creada por nosotros. «Muchas personas le piden a las ideolenguas lo mismo que a las lenguas naturales, es decir, que permitan una comunicación fluida. Yo soy mucho más laxo, y me conformo, simplemente, con que tengan la apariencia de una lengua natural. De hecho, la inmensa mayoría de las ideolenguas cuentan con menos de mil palabras, un número demasiado corto como para mantener una conversación satisfactoria».

Sobre todo, insiste Miguel Jaén, hay que tomárselo como un juego. Algo que nos divierta. «Para mí una ideolengua es un juego creativo, a la altura de la literatura o el ajedrez». En su opinión, crear una lengua es algo muy divertido que podría incluso fomentar la creatividad y anima a todo el mundo a intentarlo.

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La complejidad o no de la este nuevo idioma dependerá de los objetivos del autor. «Si lo único que necesita son unos pocos nombres para personajes y lugares y, a lo sumo, una o dos oraciones, en una única tarde se puede resolver. Yo lo he hecho. Repito que es más fácil de lo que parece. No obstante, si lo que buscamos es una lengua más completa, con varios miles de términos y una fonología y gramática cuidadas, necesitaremos semanas, meses o más todavía. Tolkien, por ejemplo, se pasó décadas perfeccionando el quenya».

Miguel Jaén no se dirige ni en su libro ni en su blog a un público entendido en lingüística. «La gran mayoría de los aficionados a las lenguas construidas son también fans de los géneros de fantasía y ciencia ficción. Así que supongo que mi libro va dirigido especialmente a ellos». Quizá por eso use un lenguaje llano, asequible y con mucho sentido del humor que se aleja así de la imagen erudita que alguien imagine para un lingüista.

Si alguien quiere profundizar más en la creación de lenguas, Jaén recomienda algunas lecturas: «En inglés existen varios manuales para crear lenguas, como Language construction kit, de Mark Rosenfelder o The art of language invention, de David Peterson, el autor del dothraki de Juego de tronos. En español, sin embargo, no hay nada similar, salvo mi libro. No obstante, sobre lingüística recomendaría especialmente Cinco mil años de palabras, de Carlos Prieto.

¿Sigue pareciendo difícil crear una lengua? No, insiste el ilustrador, está al alcance de cualquiera.  «Es mucho más fácil de lo que normalmente se cree. Cuando contaba 14 años, y nada más conocer a Tolkien, creé mi primera lengua. Lo único que sabía de lingüística por entonces era lo que me habían enseñado en la escuela. No era mucho, pero fue suficiente».

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Visto así, es una manera muy simple de explicar el nacimiento de una lengua, pero hay una persona que cree que cualquiera podría inventar una. Esto es lo que afirma Miguel Jaén, que acaba de publicar el libro Cómo crear una lengua. Manual para elaborar un idioma propio, de la editorial Berenice.

Jaén nació en Madrid y vive en Valladolid. Crear idiomas es una de sus  aficiones, quizá la más friki. Pero Miguel Jaén no es filólogo sino ilustrador. Sus estudios no tuvieron nada que ver con la Filología, sino con Bellas Artes. Fue leyendo a Tolkien como a este ilustrador metido a filólogo le nació la afición de inventarse lenguas. «Lo conocí con 14 años, y cuando leí por vez primera aquellas palabras tan extrañas que aparecían en sus novelas, me enganché a todo lo relacionado con la lingüística».

El gusanillo, como ya ha explicado, empezó con el autor de El señor de los anillos o El Hobbit, pero otros creadores como Marc Okrand, el lingüista inventor del Kingon, idiolengua que se habla en Star Trek, también dejaron en él su huella. «Tolkien fue quien me metió en este mundo tan sugestivo, así que me siento en deuda con él. Con respecto a Marc, reconozco que al principio le cogí una cierta manía, pues tuve la falsa sensación de que no era más que un imitador de Tolkien. Afortunadamente, aquella opinión la he corregido, y me atrevo a decir que su método de creación de ideolenguas me parece más interesante».

Miguel Jaén

Una lengua inventada para dar verosimilitud a la historia

Aquellos creadores que estén pensando en un nuevo videojuego, una nueva novela o un nuevo guion de cine de género fantástico, además de recrear los paisajes, la ambientación, los personajes… quizá deban pensar en la posibilidad de inventar también un idioma. «Crear una lengua se ha convertido en casi una obligación para todos aquellos que desean recrear mundos imaginarios para novelas, juegos de rol, videojuegos o por puro entretenimiento», explica el autor en el prólogo del libro.

Para empezar, por ejemplo, podría basarse en alguna de las lenguas naturales que se hablan —o se han hablado, como el latín— en el mundo (inglés, español, francés…). «A decir verdad, alejarse de la lengua materna no es algo imprescindible. Se puede ser muy original creando una lengua con los mismos sonidos del español, por ejemplo. El problema que le veo al respecto es que la inmensa mayoría de los creadores de lenguas que imitan la suya propia lo hacen sólo porque carecen de los conocimientos necesarios para hacer algo diferente», aclara el ilustrador.

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Es importante, por tanto, que el idioma que inventemos tenga una apariencia de realidad porque eso contribuye a dar verosimilitud a la historia que se cuenta. «Una lengua construida permite trasladar al lector a mundos fantásticos con tanta eficacia como una buena descripción. En las novelas de Canción de hielo y fuego ,muchos personajes tienen nombres descaradamente británicos y eso me decepciona porque al leerlos mi imaginación se queda revoloteando por la campiña inglesa en lugar de volar hacia Poniente», asegura Jaén.

«En el cine, una simple imagen de un edificio con arcos apuntados y arbotantes te traslada automáticamente a la Edad Media. Si lo que vemos es un edificio con las esquinas de los tejados curvadas hacia arriba, de inmediato lo identificamos con extremo oriente. Y si lo que nos muestran es a un tipo medio desnudo con plumas en la cabeza, comprendemos que se trata de un indio americano. En la literatura no hay imágenes, de manera que la forma más rápida de convencer al lector de que se encuentra ante una cultura diferente es utilizar palabras en su lengua. Esta es la magia que comprendió perfectamente Tolkien y que nos enamoró a millones de personas».

Crear una lengua es más fácil de lo que se cree

Esto, que a priori parece tan complicado, no lo es tanto, opina Jaén. «Esta es una creencia muy extendida, pero no la comparto. Aprender una nueva lengua, aunque sea muy similar a la materna, sí es complicado. En cambio, crear una fonología original, algo de léxico y unas cuantas normas gramaticales es muchísimo más sencillo. Ten en cuenta que no tenemos que memorizarlas, sólo describirlas. Por supuesto, te puedes complicar cuanto quieras, pero no es imprescindible».

Esta labor requiere no sólo de imaginación, sino de unos conocimientos mínimos de lingüística. Algo de fonología, de fonética, de semántica, de gramática, un poco de léxico, algo de etimología… Bajo esa base técnica será más fácil crear una lengua que tenga apariencia de idioma real.

Una vez que hayamos creado la base lingüística para nuestra ideolengua, conviene cuidar también otros aspectos que modelan cualquier idioma: imaginar una historia que defina el devenir del pueblo que va a hablar nuestra lengua, el carácter de sus hablantes, si se trata de un pueblo belicoso o no… «La importancia depende de los objetivos del autor», aclara Jaén. «Si aspira a crear una lengua absolutamente racional, sin ambigüedades, como el lojban, no tiene por qué tener nada de eso en cuenta. Pero si lo que pretende es dar voz a una cultura imaginaria, el contexto natural, histórico y cultural es fundamental».

»Precisamente, las palabras del klingon de Marc Okrand más populares son aquellas que transparentan mejor la belicosa y brutal cultura klingon. «Qapla'», quizás la palabra estrella de esta lengua, y utilizada como despedida, significa literalmente «que tengas una muerte honorable»».

No se trata de crear una cantidad ingente de palabras. Basta con unas pocas que consigan meternos en situación, que den apariencia de realidad a esa nueva lengua creada por nosotros. «Muchas personas le piden a las ideolenguas lo mismo que a las lenguas naturales, es decir, que permitan una comunicación fluida. Yo soy mucho más laxo, y me conformo, simplemente, con que tengan la apariencia de una lengua natural. De hecho, la inmensa mayoría de las ideolenguas cuentan con menos de mil palabras, un número demasiado corto como para mantener una conversación satisfactoria».

Sobre todo, insiste Miguel Jaén, hay que tomárselo como un juego. Algo que nos divierta. «Para mí una ideolengua es un juego creativo, a la altura de la literatura o el ajedrez». En su opinión, crear una lengua es algo muy divertido que podría incluso fomentar la creatividad y anima a todo el mundo a intentarlo.

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La complejidad o no de la este nuevo idioma dependerá de los objetivos del autor. «Si lo único que necesita son unos pocos nombres para personajes y lugares y, a lo sumo, una o dos oraciones, en una única tarde se puede resolver. Yo lo he hecho. Repito que es más fácil de lo que parece. No obstante, si lo que buscamos es una lengua más completa, con varios miles de términos y una fonología y gramática cuidadas, necesitaremos semanas, meses o más todavía. Tolkien, por ejemplo, se pasó décadas perfeccionando el quenya».

Miguel Jaén no se dirige ni en su libro ni en su blog a un público entendido en lingüística. «La gran mayoría de los aficionados a las lenguas construidas son también fans de los géneros de fantasía y ciencia ficción. Así que supongo que mi libro va dirigido especialmente a ellos». Quizá por eso use un lenguaje llano, asequible y con mucho sentido del humor que se aleja así de la imagen erudita que alguien imagine para un lingüista.

Si alguien quiere profundizar más en la creación de lenguas, Jaén recomienda algunas lecturas: «En inglés existen varios manuales para crear lenguas, como Language construction kit, de Mark Rosenfelder o The art of language invention, de David Peterson, el autor del dothraki de Juego de tronos. En español, sin embargo, no hay nada similar, salvo mi libro. No obstante, sobre lingüística recomendaría especialmente Cinco mil años de palabras, de Carlos Prieto.

¿Sigue pareciendo difícil crear una lengua? No, insiste el ilustrador, está al alcance de cualquiera.  «Es mucho más fácil de lo que normalmente se cree. Cuando contaba 14 años, y nada más conocer a Tolkien, creé mi primera lengua. Lo único que sabía de lingüística por entonces era lo que me habían enseñado en la escuela. No era mucho, pero fue suficiente».

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