Publicado: 07 de mayo 2015 11:07  /   CREATIVIDAD
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Cómo fotografiar la identidad perdida

Publicado: 07 de mayo 2015 11:07  /   CREATIVIDAD     por          
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Una mujer se encuentra de pie ante un espejo. Sus hombros están ligeramente caídos. A su lado se encuentra su hijo, que posa una mano en la espalda de su madre, con un gesto de alguna forma controlador. Pero la imagen que devuelve el espejo es muy diferente. El gesto del hijo se torna protector y la mujer ya no es tal, sino una niña indefensa.

Es uno de los intentos fotográficos de Rocío Verdejo de retratar una realidad que no solo es intangible sino que, de ser corpórea, se encontraría sepultada bajo una enorme cantidad de capas, en lo más hondo de las personas que la sufren: la del miedo tras un caso de violencia de género. “Los reflejos en las imágenes representan la visión que ellas tienen de sí mismas dependiendo de la fase de rehabilitación en la que se encuentren. A veces no ven a nadie, a veces ven su propia imagen distorsionada y otras se ven como niñas pequeñas asustadas”, explica Rocío Verdejo.
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Quizá la fotografía más representativa de la muestra sea una imagen coral en la que las cinco madres, una de ellas acompañada por su hijo, se encuentran en la misma estancia pero totalmente aisladas las unas de las otras. “La puesta en escena de esa imagen potencia la sensación de que las historias de estas mujeres están conectadas a pesar de ser muy distintas. El uso del objetivo gran angular me ayuda a mostrar cómo comparten un escenario aunque cada una de ellas está aislada en su realidad”. La imagen, a pesar de ser tan dura o quizá gracias a ello, derrocha belleza: “Los espacios de Crashroom nos hablan desde la sobriedad del dolor que congela la imagen bajo la apariencia de la belleza. Son espacios terriblemente vacíos aunque simbólicamente rellenos de elementos que potencian el abismo: puertas abiertas a la nada, arcos, marcos, círculos y espejos”, anota la artista.
Al igual que esa fotografía esconde belleza, dentro de la terrible realidad doméstica de esas mujeres queda espacio para el amor. Precisamente, el nombre del proyecto, Crashroom, viene de ballroom, que significa “salón de baile”. La modificación de esa palabra pretende simbolizar el romanticismo roto y aludir a “la ironía recurrente en los casos de violencia por la que las víctimas y verdugos buscan amparo en una visión romántica del amor. Mientras se rompe el miedo hay espacio para seguir siendo fiel al amor, al compromiso, a los hijos o al “sacramento” del matrimonio”, reflexiona Verdejo.
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Todo esto lo ha aprendido trabajando durante seis meses con mujeres maltratadas, gracias a la mediación de la Dirección General de la Mujer de la Comunidad de Madrid. “Ellas han colaborado en este trabajo dando su 100% y abriéndose sin reservas. No pudieron prestar su imagen al proyecto porque su identidad está protegida, aunque a algunas les hubiera gustado hacerlo, por lo que mujeres de mi entorno han prestado su imagen a sus historias”. Para Rocío Verdejo, esa fase de investigación ha supuesto una experiencia muy dura: “esta es una problemática sin edad, sin profesión, sin nivel cultural ni económico. Es un virus gigante y te invade la impotencia al ver que no puedes pararlo”.
De estas conversaciones con víctimas y expertos ha concluido que, si hay algo en común en todos los testimonios, es que las víctimas se sienten anuladas. “Dicen haberse perdido a sí mismas. Están aisladas en el terreno emocional y a veces también en el físico. No se reconocen, no se comunican. Son sombras, les han vampirizado el alma, no conectan con su identidad”. Partiendo de esta premisa, las fotografías muestran unas mujeres “desdobladas” en dos: su “yo” real sepultado, casi olvidado; y una personalidad artificial elaborada para poder relacionarse con el exterior, continuar con sus trabajos y la educación de sus hijas. “Es lo que se llama “el falso self” en psicología, la distorsión del yo en favor de la protección del self verdadero y su universo”, explica Rocío, que ha querido expresar esto usando un código cromático en el vestuario de crashroom: “el color carne en los vestidos simboliza la piel de las mujeres (su identidad real), y la parte blanca las capas que ellas van poniendo por encima de su yo verdadero”.
El otro enemigo indiscutible, además de la anulación, es el miedo. “He aprendido lo terrible del miedo dentro de lo cotidiano. Que un niño sienta pánico cuando escucha la cerradura de la puerta…”
Rocío Verdejo, tras haber llevado a cabo su eshaustivo trabajo de investigación, comprende que las fotografías tienen que funcionar por sí solas. “El espectador no tiene por qué (querer) saber la historia que hay detrás de las imágenes, puede llevarse su propia lectura de ellas”. Su próximo proyecto de fotografía escenificada estará centrado en la memoria.

Crashroom puede visitarse en la Galería Art Deal Project de Barcelona hasta el 12 de mayo de 2015.
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Una mujer se encuentra de pie ante un espejo. Sus hombros están ligeramente caídos. A su lado se encuentra su hijo, que posa una mano en la espalda de su madre, con un gesto de alguna forma controlador. Pero la imagen que devuelve el espejo es muy diferente. El gesto del hijo se torna protector y la mujer ya no es tal, sino una niña indefensa.

Es uno de los intentos fotográficos de Rocío Verdejo de retratar una realidad que no solo es intangible sino que, de ser corpórea, se encontraría sepultada bajo una enorme cantidad de capas, en lo más hondo de las personas que la sufren: la del miedo tras un caso de violencia de género. “Los reflejos en las imágenes representan la visión que ellas tienen de sí mismas dependiendo de la fase de rehabilitación en la que se encuentren. A veces no ven a nadie, a veces ven su propia imagen distorsionada y otras se ven como niñas pequeñas asustadas”, explica Rocío Verdejo.
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Quizá la fotografía más representativa de la muestra sea una imagen coral en la que las cinco madres, una de ellas acompañada por su hijo, se encuentran en la misma estancia pero totalmente aisladas las unas de las otras. “La puesta en escena de esa imagen potencia la sensación de que las historias de estas mujeres están conectadas a pesar de ser muy distintas. El uso del objetivo gran angular me ayuda a mostrar cómo comparten un escenario aunque cada una de ellas está aislada en su realidad”. La imagen, a pesar de ser tan dura o quizá gracias a ello, derrocha belleza: “Los espacios de Crashroom nos hablan desde la sobriedad del dolor que congela la imagen bajo la apariencia de la belleza. Son espacios terriblemente vacíos aunque simbólicamente rellenos de elementos que potencian el abismo: puertas abiertas a la nada, arcos, marcos, círculos y espejos”, anota la artista.
Al igual que esa fotografía esconde belleza, dentro de la terrible realidad doméstica de esas mujeres queda espacio para el amor. Precisamente, el nombre del proyecto, Crashroom, viene de ballroom, que significa “salón de baile”. La modificación de esa palabra pretende simbolizar el romanticismo roto y aludir a “la ironía recurrente en los casos de violencia por la que las víctimas y verdugos buscan amparo en una visión romántica del amor. Mientras se rompe el miedo hay espacio para seguir siendo fiel al amor, al compromiso, a los hijos o al “sacramento” del matrimonio”, reflexiona Verdejo.
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Todo esto lo ha aprendido trabajando durante seis meses con mujeres maltratadas, gracias a la mediación de la Dirección General de la Mujer de la Comunidad de Madrid. “Ellas han colaborado en este trabajo dando su 100% y abriéndose sin reservas. No pudieron prestar su imagen al proyecto porque su identidad está protegida, aunque a algunas les hubiera gustado hacerlo, por lo que mujeres de mi entorno han prestado su imagen a sus historias”. Para Rocío Verdejo, esa fase de investigación ha supuesto una experiencia muy dura: “esta es una problemática sin edad, sin profesión, sin nivel cultural ni económico. Es un virus gigante y te invade la impotencia al ver que no puedes pararlo”.
De estas conversaciones con víctimas y expertos ha concluido que, si hay algo en común en todos los testimonios, es que las víctimas se sienten anuladas. “Dicen haberse perdido a sí mismas. Están aisladas en el terreno emocional y a veces también en el físico. No se reconocen, no se comunican. Son sombras, les han vampirizado el alma, no conectan con su identidad”. Partiendo de esta premisa, las fotografías muestran unas mujeres “desdobladas” en dos: su “yo” real sepultado, casi olvidado; y una personalidad artificial elaborada para poder relacionarse con el exterior, continuar con sus trabajos y la educación de sus hijas. “Es lo que se llama “el falso self” en psicología, la distorsión del yo en favor de la protección del self verdadero y su universo”, explica Rocío, que ha querido expresar esto usando un código cromático en el vestuario de crashroom: “el color carne en los vestidos simboliza la piel de las mujeres (su identidad real), y la parte blanca las capas que ellas van poniendo por encima de su yo verdadero”.
El otro enemigo indiscutible, además de la anulación, es el miedo. “He aprendido lo terrible del miedo dentro de lo cotidiano. Que un niño sienta pánico cuando escucha la cerradura de la puerta…”
Rocío Verdejo, tras haber llevado a cabo su eshaustivo trabajo de investigación, comprende que las fotografías tienen que funcionar por sí solas. “El espectador no tiene por qué (querer) saber la historia que hay detrás de las imágenes, puede llevarse su propia lectura de ellas”. Su próximo proyecto de fotografía escenificada estará centrado en la memoria.

Crashroom puede visitarse en la Galería Art Deal Project de Barcelona hasta el 12 de mayo de 2015.
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