19 de julio 2023    /   CREATIVIDAD
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Por estas razones somos gregarios por amor

19 de julio 2023    /   CREATIVIDAD     por          
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Tomemos cualquier idea que se haya alumbrado en nuestro cráneo y advertiremos que, en gran parte, parece ligado de algún modo al acervo popular. Eso no significa que repitamos como loros lo que dicen los demás, sino que repetimos una parte de lo que dicen algunos grupos de personas. 

Así pues, en realidad somos loros estocásticos, como ChatGPT, y nuestro algoritmo a la hora de sopesar el valor que le otorgamos a una opinión se basa, muy simplificadamente, en una serie de valores como el grado de consenso sobre una opinión, el tamaño del grupo que se adscribe a ella, la competencia de los miembros de esa mayoría y el grado de dependencia existente entre sus opiniones.  

Si estos valores convergen, la fuerza de la opinión mayoritaria deviene en casi irresistible. Porque somos pensadores grupales. Nos gusta la diversidad, sí, pero siempre y cuando la diversidad no sea demasiado diversa. Si lo es, entonces el grupo demasiado diverso debe escindirse del grupo principal, como un esqueje heterodoxo. 

MEMÉTICA GRUPAL

La imitación está profundamente arraigada en los circuitos neuronales de nuestro cerebro. Si nuestro comportamiento se desvía del de las personas que nos rodean, entonces las neuronas lanzan una alerta: se activan las áreas asociadas con el aprendizaje reforzado y aquellas que modulan la gratificación.

Según el neurólogo Vasily Klucharev, nos comportamos de esta manera porque percibimos que obtendremos mayores beneficios si seguimos al grupo. Por lo tanto, el comportamiento gregario prospera debido a sus ventajas evolutivas inherentes.

Por lo tanto, nuestras ideas no nacen tanto por su vinculación con la realidad como por dos fuerzas fundamentales: el miedo a la incertidumbre y la necesidad de que nos quieran.

Revisar nuestras creencias más arraigadas puede representar un desafío a nuestra identidad y provocarnos la sensación de perder una porción de nuestro ser

En lo tocante a lo primero, optamos por la comodidad de aferrarnos a nuestras antiguas perspectivas en lugar de esforzarnos en buscar nuevas, en parte, debido a nuestra tendencia a ser tacaños mentalmente, pero también a que cuestionar nuestras propias convicciones puede hacer que el mundo parezca más inestable. Revisar nuestras creencias más arraigadas puede representar un desafío a nuestra identidad y provocarnos la sensación de perder una porción de nuestro ser.

Respecto a lo segundo, pensar como lo hacen los demás, es una forma para que los demás confíen en nosotros. La sintonía intelectual conduce a la sintonía emocional. Y esa es precisamente la fuerza que produce los pensamientos más heterodoxos. 

Imaginemos que nos sentimos solos. Hallamos una pequeña comunidad que nos acoge entre sus brazos pero, a cambio, debemos adoptar algunas de sus ideas. Estas ideas distan de ser razonables precisamente porque no buscan la verdad, sino que constituyen una prueba de acceso y de lealtad a la comunidad. 

El filósofo Dan Williams ha desarrollado una serie de estudios sobre cómo ciertas creencias que no corresponden con la realidad pueden ser adaptativas socialmente. Para algunas comunidades, adoptar las creencias extravagantes que son propias del grupo actúa como un indicador de compromiso con el grupo. Este compromiso resulta creíble precisamente porque los miembros de grupos ajenos ven esas creencias como absurdas.

De hecho, si pensamos en el contagio de las ideas de la misma manera que el contagio de las modas, entonces podemos advertir mucho más fácilmente esta dinámica. Cada sociedad determina qué tipo de individuos (vestimenta, habilidades, color de piel, acento, temperamento, etc.) celebra y cuáles desaprueba. Y cada subgrupo dentro de una sociedad hace lo mismo para diferenciarse y reforzar su propia identidad colectiva.

Las tendencias de moda existen, en resumen, debido a nuestro instinto tribal. Las personas buscan distinguirse de los demás, pero al mismo tiempo anhelan parecerse a ellos, ser parte del grupo, evitar la exclusión. La moda sirve para distinguirnos de otros (ellos), pero también para identificarnos con los nuestros (nosotros). Esto ha generado una especie de carrera armamentista en torno a consumir lo que otros consumen, pero de manera que no parezca exactamente lo mismo.

DISCRIMINACIÓN POR IDEAS

Si adoptamos ideas extrañas por amor, también rechazamos ideas extrañas por amor. El amor del grupo que existe fuera de esas ideas extrañas. Por consiguiente, hay dos fuerzas, una endógena y otra exógena, que refuerzan las divisiones. La endógena nos hace sentirnos bien repitiendo lo que los demás repiten. La otra nos hace sentir bien criticando con virulencia, a veces con términos como facha, totalitario, comunista o liberticida, a quienes se han aglutinado en otro grupo. 

De hecho, cuando se conceptúa al otro como alguien maligno, peligroso o nocivo, entonces se da la paradoja de que los mayores males no provienen de quienes buscan hacer el mal, sino de quienes buscan hacer el bien y creen que el fin justifica los medios. Considerarse más moral que los otros justifica el trato inmoral a los otros. 

Hay dos fuerzas, una endógena y otra exógena, que refuerzan las divisiones. La endógena nos hace sentirnos bien repitiendo lo que los demás repiten. La otra nos hace sentir bien criticando con virulencia a quienes se han aglutinado en otro grupo

El eje izquierda-derecha es un gran muro que divide a las personas en función de un pack de ideas que, a su vez, se subdivide una y otra vez en células cada vez más atomizadas. No es algo estrictamente social, sino que también se advierte en la producción del conocimiento y en cómo se imparte, sobre todo en las universidades. 

Como explica Jonathan Haidt en su libro La transformación de la mente moderna, en ciertas áreas del conocimiento, el desequilibrio ideológico es enorme. En las humanidades y las ciencias sociales, por ejemplo, la proporción de personas que se autodefinen como de izquierdas supera los diez a uno, y la desproporción se intensifica en las universidades más renombradas. Esto no solo amenaza la existencia de una educación receptiva a diferentes ideas (los estudiantes tienden cada vez más a autodefinirse como de izquierdas), sino que también perjudica la calidad y la precisión de la investigación académica.

Dado que en política hay escasas verdades indiscutibles, ya que la eficacia de una idea puede variar dependiendo del contexto y el problema a tratar, lo más perjudicial para las nuevas generaciones sería examinar el mundo a través de una única perspectiva, como si fueran intelectualmente miopes, en lugar de hacerlo a través de visión tridimensional que ofrece la convergencia de perspectivas. 

Pero, ay, entonces estaríamos renunciando al amor. Y todos queremos que nos quieran. 

Tomemos cualquier idea que se haya alumbrado en nuestro cráneo y advertiremos que, en gran parte, parece ligado de algún modo al acervo popular. Eso no significa que repitamos como loros lo que dicen los demás, sino que repetimos una parte de lo que dicen algunos grupos de personas. 

Así pues, en realidad somos loros estocásticos, como ChatGPT, y nuestro algoritmo a la hora de sopesar el valor que le otorgamos a una opinión se basa, muy simplificadamente, en una serie de valores como el grado de consenso sobre una opinión, el tamaño del grupo que se adscribe a ella, la competencia de los miembros de esa mayoría y el grado de dependencia existente entre sus opiniones.  

Si estos valores convergen, la fuerza de la opinión mayoritaria deviene en casi irresistible. Porque somos pensadores grupales. Nos gusta la diversidad, sí, pero siempre y cuando la diversidad no sea demasiado diversa. Si lo es, entonces el grupo demasiado diverso debe escindirse del grupo principal, como un esqueje heterodoxo. 

MEMÉTICA GRUPAL

La imitación está profundamente arraigada en los circuitos neuronales de nuestro cerebro. Si nuestro comportamiento se desvía del de las personas que nos rodean, entonces las neuronas lanzan una alerta: se activan las áreas asociadas con el aprendizaje reforzado y aquellas que modulan la gratificación.

Según el neurólogo Vasily Klucharev, nos comportamos de esta manera porque percibimos que obtendremos mayores beneficios si seguimos al grupo. Por lo tanto, el comportamiento gregario prospera debido a sus ventajas evolutivas inherentes.

Por lo tanto, nuestras ideas no nacen tanto por su vinculación con la realidad como por dos fuerzas fundamentales: el miedo a la incertidumbre y la necesidad de que nos quieran.

Revisar nuestras creencias más arraigadas puede representar un desafío a nuestra identidad y provocarnos la sensación de perder una porción de nuestro ser

En lo tocante a lo primero, optamos por la comodidad de aferrarnos a nuestras antiguas perspectivas en lugar de esforzarnos en buscar nuevas, en parte, debido a nuestra tendencia a ser tacaños mentalmente, pero también a que cuestionar nuestras propias convicciones puede hacer que el mundo parezca más inestable. Revisar nuestras creencias más arraigadas puede representar un desafío a nuestra identidad y provocarnos la sensación de perder una porción de nuestro ser.

En lo tocante a lo primero, optamos por la comodidad de aferrarnos a nuestras antiguas perspectivas en lugar de esforzarnos en buscar nuevas, en parte, debido a nuestra tendencia a ser tacaños mentalmente, pero también a que cuestionar nuestras propias convicciones puede hacer que el mundo parezca más inestable. Revisar nuestras creencias más arraigadas puede representar un desafío a nuestra identidad y provocarnos la sensación de perder una porción de nuestro ser.

Respecto a lo segundo, pensar como lo hacen los demás, es una forma para que los demás confíen en nosotros. La sintonía intelectual conduce a la sintonía emocional. Y esa es precisamente la fuerza que produce los pensamientos más heterodoxos. 

Imaginemos que nos sentimos solos. Hallamos una pequeña comunidad que nos acoge entre sus brazos pero, a cambio, debemos adoptar algunas de sus ideas. Estas ideas distan de ser razonables precisamente porque no buscan la verdad, sino que constituyen una prueba de acceso y de lealtad a la comunidad. 

El filósofo Dan Williams ha desarrollado una serie de estudios sobre cómo ciertas creencias que no corresponden con la realidad pueden ser adaptativas socialmente. Para algunas comunidades, adoptar las creencias extravagantes que son propias del grupo actúa como un indicador de compromiso con el grupo. Este compromiso resulta creíble precisamente porque los miembros de grupos ajenos ven esas creencias como absurdas.

De hecho, si pensamos en el contagio de las ideas de la misma manera que el contagio de las modas, entonces podemos advertir mucho más fácilmente esta dinámica. Cada sociedad determina qué tipo de individuos (vestimenta, habilidades, color de piel, acento, temperamento, etc.) celebra y cuáles desaprueba. Y cada subgrupo dentro de una sociedad hace lo mismo para diferenciarse y reforzar su propia identidad colectiva.

Las tendencias de moda existen, en resumen, debido a nuestro instinto tribal. Las personas buscan distinguirse de los demás, pero al mismo tiempo anhelan parecerse a ellos, ser parte del grupo, evitar la exclusión. La moda sirve para distinguirnos de otros (ellos), pero también para identificarnos con los nuestros (nosotros). Esto ha generado una especie de carrera armamentista en torno a consumir lo que otros consumen, pero de manera que no parezca exactamente lo mismo.

DISCRIMINACIÓN POR IDEAS

Si adoptamos ideas extrañas por amor, también rechazamos ideas extrañas por amor. El amor del grupo que existe fuera de esas ideas extrañas. Por consiguiente, hay dos fuerzas, una endógena y otra exógena, que refuerzan las divisiones. La endógena nos hace sentirnos bien repitiendo lo que los demás repiten. La otra nos hace sentir bien criticando con virulencia, a veces con términos como facha, totalitario, comunista o liberticida, a quienes se han aglutinado en otro grupo. 

De hecho, cuando se conceptúa al otro como alguien maligno, peligroso o nocivo, entonces se da la paradoja de que los mayores males no provienen de quienes buscan hacer el mal, sino de quienes buscan hacer el bien y creen que el fin justifica los medios. Considerarse más moral que los otros justifica el trato inmoral a los otros. 

Hay dos fuerzas, una endógena y otra exógena, que refuerzan las divisiones. La endógena nos hace sentirnos bien repitiendo lo que los demás repiten. La otra nos hace sentir bien criticando con virulencia a quienes se han aglutinado en otro grupo

El eje izquierda-derecha es un gran muro que divide a las personas en función de un pack de ideas que, a su vez, se subdivide una y otra vez en células cada vez más atomizadas. No es algo estrictamente social, sino que también se advierte en la producción del conocimiento y en cómo se imparte, sobre todo en las universidades. 

Como explica Jonathan Haidt en su libro La transformación de la mente moderna, en ciertas áreas del conocimiento, el desequilibrio ideológico es enorme. En las humanidades y las ciencias sociales, por ejemplo, la proporción de personas que se autodefinen como de izquierdas supera los diez a uno, y la desproporción se intensifica en las universidades más renombradas. Esto no solo amenaza la existencia de una educación receptiva a diferentes ideas (los estudiantes tienden cada vez más a autodefinirse como de izquierdas), sino que también perjudica la calidad y la precisión de la investigación académica.

Dado que en política hay escasas verdades indiscutibles, ya que la eficacia de una idea puede variar dependiendo del contexto y el problema a tratar, lo más perjudicial para las nuevas generaciones sería examinar el mundo a través de una única perspectiva, como si fueran intelectualmente miopes, en lugar de hacerlo a través de visión tridimensional que ofrece la convergencia de perspectivas. 

Pero, ay, entonces estaríamos renunciando al amor. Y todos queremos que nos quieran. 

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