6 de enero 2021    /   IDEAS
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En todas las prisiones se venera a Concepción Arenal

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A Concepción Arenal, como a Unamuno, le dolía España. Sabía que un país es tan indigno como la peor de las indignidades que contiene. Lo sabía tan bien que se atrevió a dejarlo por escrito:

Mientras cobije esclavos tu bandera/Grande no puedes ser, ni respetada. /[…] Sé justa ¡oh patria mía! Y serás grande.

Arenal es de esos seres humanos a los que no se les puede pegar ninguna etiqueta profesional. Periodista de acuerdo con la Wikipedia. Escritora, si tenemos en cuenta sus trabajos publicados. Jurista, de acuerdo con su trabajo sobre la reforma penitenciaria. Y así podríamos seguir hasta el infinito. Sin que ninguna sea mentira, quizá lo único que se pueda afirmar con convicción era su papel de humanista.

Sus ideas estaban marcadas por una particular visión del mundo. La de aquellos que, ungidos por el dolor, hacen de él una virtud: «[…]que tiene su historia, triste, como todas las historias de las que queda algo». Según Anna Caballé, experta en la figura de Arenal, y una de las comisarias de la exposición que le dedica la Biblioteca Nacional de España con motivo del bicentenario de su nacimiento, es esta «teoría del dolor» la que permea toda su vida y su obra.

Todo comienza al poco de nacer. Como tantas cosas. Ser nacida en el seno de una familia progresista durante los años de la inestable España del final del reinado de Fernando VII es venir al mundo abonada al sufrimiento. Y como bautismo de fuego, en 1824 su padre, Ángel del Arenal, teniente coronel comprometido con el régimen liberal de 1820, es licenciado de forma indefinida y obligado a exiliarse en un pueblo de Ferrol. Hasta su muerte en 1829. «Un ser desventurado, de corazón noble».

Es ese dolor, familiar, que se desenvuelve en torno a sus allegados, el que le acompañará toda la vida. Su madre fallecerá en 1841, seguida por su hija de dos años, y, finalmente por su marido Fernando García Carrasco, en 1851. Pesado equipaje emocional para arrastrar durante toda una vida.

De esta serie de tragedias y de las ideas mamadas en casa, nacerá ese espíritu humanista, heredero de los valores fundamentales de la Ilustración y precursor de lo que, más de un siglo después, será la Declaración de los Derechos Humanos.

Sobre estos pilares, el edificio que era Concepción Arenal. Entre la necesidad de sufrir para crecer y su compromiso con la mejora de la sociedad interpone sus propios tabiques, su propia personalidad, su particular estrategia ante lo que le rodea. Para muestra, la anécdota que narra Caballé sobre Arenal al poco de quedarse huérfana.

«Arenal estaba entonces en la casa familiar de Armaño, cuyo mayorazgo había heredado, cuando unos asaltantes entraron en la vivienda y la joven, alertada por el ruido, salió del dormitorio disparándoles mientras huían por el jardín con el botín de la plata que había en la casa. Les disparó desde el primer piso con una escopeta que debía tener al alcance».

Es este ir de frente contra los obstáculos, lo que explica mejor lo que sería su obra. Explica, también, su manera de aproximarse a las causas sociales; su forma de estudiarlas; de diseccionarlas desde dentro para tratar de describirlas desde las raíces.

«Estudiando cómo viven esos pobres que no se sabe de qué viven; visitándolos en su vivienda inhabitable; acompañándolos en la penuria, en la enfermedad, en la muerte, se descorren muchos velos que cubren muchas injusticias, muchos dolores, muchas indignidades, muchas virtudes; y se ve lo que hace la miseria de la criatura inocente y desvalida».

Después de escritora, de jurista, visitadora de prisiones, cofundadora de la Cruz Roja en España.

Esta aproximación a los problemas sociales de la España del siglo XIX, desenmascara a Arenal como científica social bajo coartada de escritora. De nuevo, vestía demasiadas capas para ser etiquetada solo por la hechura de una. «A la virtud, a una vida, a la ciencia».

Profunda conocedora de su tiempo, tenaz observadora de la realidad, Arenal sabía que el statu quo de la España del siglo XIX solo era quo para aquellos que poseían estatus. No lo era para muchos de los colectivos con los que convivió, como los presos, los condenados a muerte, los esclavos.

Tampoco lo era para un grupo en el que ella misma estaba incluida de forma natural: el de las mujeres. Mucho se ha escrito sobre Arenal y el feminismo. Al respecto, la única certeza es la de que Arenal era consciente de cómo su condición de mujer pesaba quintales sobre la concepción que los demás tendrían de su obra. «¿Qué fui? ¿Qué soy?/¿Qué debo ser?/¿Por qué obrar si soy una voz que nadie escucha?».

De esta convicción nacía una certeza. Para que su obra perdurase, debía desligarla de su condición de mujer. Quizá por ello aún su nieta Pilar García-Arenal Winter tapaba los cariñosos saludos y despedidas de las cartas que Arenal le dedicaba a su hijo Fernando cuando se las mostraba a su biógrafa, la Condesa de Campo Alange. Ni siquiera en su biografía debía mostrarse una sensibilidad que pudiera ser calificada de femenina.

Es posible, desde la atalaya del aposteriorismo verse tentado a calificar a Arenal como una persona adelantada a su tiempo. Como alguien que habría encontrado un mejor encaje en otra época histórica. Sin embargo, la lectura de la vida y la obra de Arenal debería hacer pensar en aquella frase del Batman de Christopher Nolan que acabo reconvertida en meme. Quizá la España en la que vivió Arenal no fuese la que merecía, pero sin duda era la que necesitaba.

Durante la presentación que le dedica la Biblioteca Nacional en este 200 aniversario de su nacimiento, Caballé recordó que el filólogo Ángel Valbuena Prat había alumbrado una tipología de centenarios: «de viento los que no mueven una sola hoja, de hielo los que dejan helados de indiferencia y de fuego, los que, por las circunstancias históricas comunes o relacionadas, hacen prender las conciencias». Quizá esta sea la oportunidad de España para, como apuntaba Caballé, que este bicentenario sea de fuego. Siguen sin faltarle las indignidades, de eso no cabe duda.

Concepción Arenal falleció el 4 de febrero de 1893 en Vigo.

Ese mismo año, José Otero Gómez, soldado de profesión, cumplía su condena de 24 años de cárcel en A Coruña. Había ingresado en la cárcel de Ferrol en 1889 por tres delitos de hurto. Al enterarse del fallecimiento de la escritora, envió al Ayuntamiento de Vigo cuarenta y cinco céntimos en sellos. Debían usarse para construir «un mausoleo que guarde los restos de la señora Arenal».

Porque, de acuerdo con la carta enviada junto al dinero «en todas las prisiones, después de Dios se venera de una manera admirable a la ilustre escritora gallega Dª Concepción Arenal».

A Concepción Arenal, como a Unamuno, le dolía España. Sabía que un país es tan indigno como la peor de las indignidades que contiene. Lo sabía tan bien que se atrevió a dejarlo por escrito:

Mientras cobije esclavos tu bandera/Grande no puedes ser, ni respetada. /[…] Sé justa ¡oh patria mía! Y serás grande.

Arenal es de esos seres humanos a los que no se les puede pegar ninguna etiqueta profesional. Periodista de acuerdo con la Wikipedia. Escritora, si tenemos en cuenta sus trabajos publicados. Jurista, de acuerdo con su trabajo sobre la reforma penitenciaria. Y así podríamos seguir hasta el infinito. Sin que ninguna sea mentira, quizá lo único que se pueda afirmar con convicción era su papel de humanista.

Sus ideas estaban marcadas por una particular visión del mundo. La de aquellos que, ungidos por el dolor, hacen de él una virtud: «[…]que tiene su historia, triste, como todas las historias de las que queda algo». Según Anna Caballé, experta en la figura de Arenal, y una de las comisarias de la exposición que le dedica la Biblioteca Nacional de España con motivo del bicentenario de su nacimiento, es esta «teoría del dolor» la que permea toda su vida y su obra.

Todo comienza al poco de nacer. Como tantas cosas. Ser nacida en el seno de una familia progresista durante los años de la inestable España del final del reinado de Fernando VII es venir al mundo abonada al sufrimiento. Y como bautismo de fuego, en 1824 su padre, Ángel del Arenal, teniente coronel comprometido con el régimen liberal de 1820, es licenciado de forma indefinida y obligado a exiliarse en un pueblo de Ferrol. Hasta su muerte en 1829. «Un ser desventurado, de corazón noble».

Es ese dolor, familiar, que se desenvuelve en torno a sus allegados, el que le acompañará toda la vida. Su madre fallecerá en 1841, seguida por su hija de dos años, y, finalmente por su marido Fernando García Carrasco, en 1851. Pesado equipaje emocional para arrastrar durante toda una vida.

De esta serie de tragedias y de las ideas mamadas en casa, nacerá ese espíritu humanista, heredero de los valores fundamentales de la Ilustración y precursor de lo que, más de un siglo después, será la Declaración de los Derechos Humanos.

Sobre estos pilares, el edificio que era Concepción Arenal. Entre la necesidad de sufrir para crecer y su compromiso con la mejora de la sociedad interpone sus propios tabiques, su propia personalidad, su particular estrategia ante lo que le rodea. Para muestra, la anécdota que narra Caballé sobre Arenal al poco de quedarse huérfana.

«Arenal estaba entonces en la casa familiar de Armaño, cuyo mayorazgo había heredado, cuando unos asaltantes entraron en la vivienda y la joven, alertada por el ruido, salió del dormitorio disparándoles mientras huían por el jardín con el botín de la plata que había en la casa. Les disparó desde el primer piso con una escopeta que debía tener al alcance».

Es este ir de frente contra los obstáculos, lo que explica mejor lo que sería su obra. Explica, también, su manera de aproximarse a las causas sociales; su forma de estudiarlas; de diseccionarlas desde dentro para tratar de describirlas desde las raíces.

«Estudiando cómo viven esos pobres que no se sabe de qué viven; visitándolos en su vivienda inhabitable; acompañándolos en la penuria, en la enfermedad, en la muerte, se descorren muchos velos que cubren muchas injusticias, muchos dolores, muchas indignidades, muchas virtudes; y se ve lo que hace la miseria de la criatura inocente y desvalida».

Después de escritora, de jurista, visitadora de prisiones, cofundadora de la Cruz Roja en España.

Esta aproximación a los problemas sociales de la España del siglo XIX, desenmascara a Arenal como científica social bajo coartada de escritora. De nuevo, vestía demasiadas capas para ser etiquetada solo por la hechura de una. «A la virtud, a una vida, a la ciencia».

Profunda conocedora de su tiempo, tenaz observadora de la realidad, Arenal sabía que el statu quo de la España del siglo XIX solo era quo para aquellos que poseían estatus. No lo era para muchos de los colectivos con los que convivió, como los presos, los condenados a muerte, los esclavos.

Tampoco lo era para un grupo en el que ella misma estaba incluida de forma natural: el de las mujeres. Mucho se ha escrito sobre Arenal y el feminismo. Al respecto, la única certeza es la de que Arenal era consciente de cómo su condición de mujer pesaba quintales sobre la concepción que los demás tendrían de su obra. «¿Qué fui? ¿Qué soy?/¿Qué debo ser?/¿Por qué obrar si soy una voz que nadie escucha?».

De esta convicción nacía una certeza. Para que su obra perdurase, debía desligarla de su condición de mujer. Quizá por ello aún su nieta Pilar García-Arenal Winter tapaba los cariñosos saludos y despedidas de las cartas que Arenal le dedicaba a su hijo Fernando cuando se las mostraba a su biógrafa, la Condesa de Campo Alange. Ni siquiera en su biografía debía mostrarse una sensibilidad que pudiera ser calificada de femenina.

Es posible, desde la atalaya del aposteriorismo verse tentado a calificar a Arenal como una persona adelantada a su tiempo. Como alguien que habría encontrado un mejor encaje en otra época histórica. Sin embargo, la lectura de la vida y la obra de Arenal debería hacer pensar en aquella frase del Batman de Christopher Nolan que acabo reconvertida en meme. Quizá la España en la que vivió Arenal no fuese la que merecía, pero sin duda era la que necesitaba.

Durante la presentación que le dedica la Biblioteca Nacional en este 200 aniversario de su nacimiento, Caballé recordó que el filólogo Ángel Valbuena Prat había alumbrado una tipología de centenarios: «de viento los que no mueven una sola hoja, de hielo los que dejan helados de indiferencia y de fuego, los que, por las circunstancias históricas comunes o relacionadas, hacen prender las conciencias». Quizá esta sea la oportunidad de España para, como apuntaba Caballé, que este bicentenario sea de fuego. Siguen sin faltarle las indignidades, de eso no cabe duda.

Concepción Arenal falleció el 4 de febrero de 1893 en Vigo.

Ese mismo año, José Otero Gómez, soldado de profesión, cumplía su condena de 24 años de cárcel en A Coruña. Había ingresado en la cárcel de Ferrol en 1889 por tres delitos de hurto. Al enterarse del fallecimiento de la escritora, envió al Ayuntamiento de Vigo cuarenta y cinco céntimos en sellos. Debían usarse para construir «un mausoleo que guarde los restos de la señora Arenal».

Porque, de acuerdo con la carta enviada junto al dinero «en todas las prisiones, después de Dios se venera de una manera admirable a la ilustre escritora gallega Dª Concepción Arenal».

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