14 de junio 2012    /   CINE/TV
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De cuando nos asustaban las cámaras hasta hoy

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Cuando sólo teníamos dos canales de televisión en España, “salir en la tele” era un acontecimiento social. Recuerdo la escena así:

—Antonia, la quiosquera, sale mañana en la tele –decía una vecina.
—¿Dónde?
—En Gente Joven. Ha llevado a su hija a bailar.

Que la hija de Antonia bailara en la tele no era relevante para la vida del barrio. La hija quería ser artista. Sin embargo, Antonia representaba a la mujer corriente, cuyas aspiraciones personales y profesionales a nadie interesaba. Por eso, Antonia era la heroína del domingo.

TRES SEGUNDOS DE FAMA

Los del programa colocaron a Antonia en la segunda fila de las gradas. Cuando la cámara se detuvo tres segundos en ella mientras aplaudía, las vecinas hicieron comentarios (algunos motivados por la envidia). Las vecinas se tragaban el programa entero esperando una nueva aparición de Antonia, la vecina.

La gente corriente era público en televisión y figurante en las noticias. La gente corriente sólo sobresalía cuando participaba en Un, dos, tres, responda otra vez de Kiko Ledgard primero, y después de Mayra Gómez-Kemp.

Aquellos amigos y residentes en Madrid, Cuenca o Valencia eran iguales a nuestros padres y nuestros abuelos. Gente sencilla que se sentía incómoda por las cámaras. «No queríamos venir, pero mi hermana se empeñó» o «No queríamos venir, pero queremos casarnos» decían aquellos concursantes con sonrisas nerviosas.

El pudor alcanzaba el punto más alto durante pruebas como “averigua cuáles son los pies de tu marido” o “consigue tres sujetadores azules”. Entonces era dificilísimo que tres mujeres entregaran sus sujetadores a los concursantes (como mucho se conseguía dos entre gritos de asombro y escándalo).

Cuando Los Fernández o los Pérez conseguían el apartamento en Torrevieja, Alicante, nos alegrábamos por ellos. ¡Ni que nos hubiera tocado a nosotros!

ADIÓS, CONCURSOS; HOLA, TELERREALIDAD

Desaparecieron los concursos con concursantes carismáticos. Realmente, desaparecieron los concursos excepto los de matemáticas y crear palabras.

Y llegó Gran Hermano. Los primeros participantes nos hicieron recuperar la sensación de estar viendo a gente normal. Gente como nosotros. (La palabra freak apenas acababa de salir de los despachos de las productoras de televisión).

Los participantes de las sucesivas ediciones estaban libres de toda inocencia. No buscaban vivir una experiencia distinta: comprendieron que el programa era un trampolín para vivir del cuento. Algunos espectadores hicieron un pacto de lectura con Gran Hermano: “No me importa que sea una mentira, pero diviérteme”.

EL CONCURSANTE QUE SE CREE GRACIOSO

Curiosamente, la decadencia de los reality-shows coincide con el renacimiento de los concursos. Pero los nuevos concursos nacen con una tara: el concursante que se cree gracioso. Muchos de los participantes quieren hacernos creer que son graciosos. No nos gustan sus gracietas. No empatizamos con sus deseos (un viaje a Nueva York). Sencillamente, nos caen mal. No nos importa si ganan como si pierden.

Por otro lado, en los nuevos concursos parece importar más la mecánica que los participantes. Y los espectadores esperan que los concursantes pierdan y caigan a un agujero o sean humillados en vano. A los participantes no les importa: quieren dos o tres minutos para sus chistes, sus trucos de magia de juguete o cantar una copla.

Estos concursantes no son muy diferentes de nosotros. Muchos hemos perdido la vergüenza. Antes poníamos fotos donde «no se nos viera bien» en la ventanita de Hotmail. Ahora colgamos nuestro día en la playa o la despedida de soltera, junto con nuestros teléfonos y direcciones.

En el futuro, la gente que no pertenezca a una red social o no comparta sus fotos será considerada extravagante (quién sabe si peligrosa). Lo que no cambiará en el futuro es el deseo de conocer a personas auténticas. Reconocernos en los demás y ser reconocidos es un profundo deseo humano.

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—¿Dónde?
—En Gente Joven. Ha llevado a su hija a bailar.

Que la hija de Antonia bailara en la tele no era relevante para la vida del barrio. La hija quería ser artista. Sin embargo, Antonia representaba a la mujer corriente, cuyas aspiraciones personales y profesionales a nadie interesaba. Por eso, Antonia era la heroína del domingo.

TRES SEGUNDOS DE FAMA

Los del programa colocaron a Antonia en la segunda fila de las gradas. Cuando la cámara se detuvo tres segundos en ella mientras aplaudía, las vecinas hicieron comentarios (algunos motivados por la envidia). Las vecinas se tragaban el programa entero esperando una nueva aparición de Antonia, la vecina.

La gente corriente era público en televisión y figurante en las noticias. La gente corriente sólo sobresalía cuando participaba en Un, dos, tres, responda otra vez de Kiko Ledgard primero, y después de Mayra Gómez-Kemp.

Aquellos amigos y residentes en Madrid, Cuenca o Valencia eran iguales a nuestros padres y nuestros abuelos. Gente sencilla que se sentía incómoda por las cámaras. «No queríamos venir, pero mi hermana se empeñó» o «No queríamos venir, pero queremos casarnos» decían aquellos concursantes con sonrisas nerviosas.

El pudor alcanzaba el punto más alto durante pruebas como “averigua cuáles son los pies de tu marido” o “consigue tres sujetadores azules”. Entonces era dificilísimo que tres mujeres entregaran sus sujetadores a los concursantes (como mucho se conseguía dos entre gritos de asombro y escándalo).

Cuando Los Fernández o los Pérez conseguían el apartamento en Torrevieja, Alicante, nos alegrábamos por ellos. ¡Ni que nos hubiera tocado a nosotros!

ADIÓS, CONCURSOS; HOLA, TELERREALIDAD

Desaparecieron los concursos con concursantes carismáticos. Realmente, desaparecieron los concursos excepto los de matemáticas y crear palabras.

Y llegó Gran Hermano. Los primeros participantes nos hicieron recuperar la sensación de estar viendo a gente normal. Gente como nosotros. (La palabra freak apenas acababa de salir de los despachos de las productoras de televisión).

Los participantes de las sucesivas ediciones estaban libres de toda inocencia. No buscaban vivir una experiencia distinta: comprendieron que el programa era un trampolín para vivir del cuento. Algunos espectadores hicieron un pacto de lectura con Gran Hermano: “No me importa que sea una mentira, pero diviérteme”.

EL CONCURSANTE QUE SE CREE GRACIOSO

Curiosamente, la decadencia de los reality-shows coincide con el renacimiento de los concursos. Pero los nuevos concursos nacen con una tara: el concursante que se cree gracioso. Muchos de los participantes quieren hacernos creer que son graciosos. No nos gustan sus gracietas. No empatizamos con sus deseos (un viaje a Nueva York). Sencillamente, nos caen mal. No nos importa si ganan como si pierden.

Por otro lado, en los nuevos concursos parece importar más la mecánica que los participantes. Y los espectadores esperan que los concursantes pierdan y caigan a un agujero o sean humillados en vano. A los participantes no les importa: quieren dos o tres minutos para sus chistes, sus trucos de magia de juguete o cantar una copla.

Estos concursantes no son muy diferentes de nosotros. Muchos hemos perdido la vergüenza. Antes poníamos fotos donde «no se nos viera bien» en la ventanita de Hotmail. Ahora colgamos nuestro día en la playa o la despedida de soltera, junto con nuestros teléfonos y direcciones.

En el futuro, la gente que no pertenezca a una red social o no comparta sus fotos será considerada extravagante (quién sabe si peligrosa). Lo que no cambiará en el futuro es el deseo de conocer a personas auténticas. Reconocernos en los demás y ser reconocidos es un profundo deseo humano.

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