fbpx
28 de noviembre 2019    /   IDEAS
por
 

La chispa adecuada de los conflictos sociales: ¿Por qué protestan los que protestan?

28 de noviembre 2019    /   IDEAS     por          
Compártelo twitter facebook whatsapp
thumb image

«¿Cómo empieza una guerra? Los libros de historia nos dicen que al principio de todo hay una explosión, un disparo. Un país invade otro, alguien muere, mueren cientos o miles. Pero no es cierto. Las guerras empiezan mucho antes del primer disparo». Así arrancan todos los capítulos de Guerra 3, un exitoso podcast que relata, en forma de ficción, el estallido de la tensión entre las dos Coreas.

El guion, de José A. Pérez Ledo, narra cómo una voluntariosa periodista de guerra española invitada a Corea del Norte acaba enredada en una trama diplomática de consecuencias imprevisibles para todo el planeta. Pero, más allá de la ficción, la frase del arranque es la adaptación de un célebre mantra periodístico: «Las guerras siempre empiezan antes del primer disparo; comienzan con un cambio del vocabulario en los medios».

La idea original –de la frase, no del podcast– es de Ryszard Kapuscinski, una de las figuras más leídas y estudiadas en las facultades de Comunicación actuales. Eso le convierte también en uno de los autores más citados en la profesión y, de forma indirecta, en alguien cuyas ideas trascienden lo comunicativo para calar también en lo social.

Parece evidente que las guerras –o los conflictos no necesariamente violentos– emergen en un momento dado, pero no lo hacen por un estallido violento, aunque ese sea el inicio que se recuerda. Hay un desencadenante, sí, pero siempre como consecuencia de un conflicto subyacente y un estado de opinión al respecto. Ahí sí intervienen los medios, amplificándolo o condicionando su percepción.

Causas de los conflictos sociales
Revueltas en Estambul, Turquía, 2013. Foto: Gabriel Petrescu/Shutterstock

Porque no, en realidad las grandes convulsiones sociales no empiezan ni con un disparo ni con un cambio de vocabulario. De hecho, para que se den ambas cosas resulta necesaria una crisis larvada de fondo. Es más, ni siquiera suele ser cosa de los medios, todo viene de la propia sociedad. Podría decirse que un conflicto, por tanto, empieza cuando la gente de la calle, sus representantes, sus referentes o sus líderes de opinión empiezan a alterar los significantes de la realidad.

A veces, claro, son los medios. Sucedió, por ejemplo, en la guerra de Ruanda, cuando la Radio Libre de las Mil Colinas, que estuvo apenas 13 meses activa, logró condicionar de forma definitiva a la población ruandesa para que acabara estallando una suerte de guerra civil contra la etnia tutsi que derivó en genocidio. Lo hizo de forma sencilla: conectando con los más jóvenes –con emisiones musicales–, pasando entonces a transmitir mensajes velados –con programas de sátira política– y acabando con un llamamiento directo al exterminio. Pero aun así el clima de odio existía antes, y sin él nada habría sucedido de la misma forma.

Así pues, ¿habría tenido lugar el genocidio ruandés sin la radio? Posiblemente sí, aunque quizá de forma menos explosiva. ¿Habría calado el mensaje de la emisora si no hubieran existido odios raciales previos? Parece difícil.

Valga otro ejemplo con la radio como detonante: ¿inició la emisión de Grândola, Vila Morena la Revolución de los Claveles en Portugal? Fue la señal para que los militares tomaran posiciones, pero en realidad era solo eso, una señal: el clima contra Salazar había alcanzado su apogeo y con canción o sin canción el dictador hubiera sido igualmente depuesto.

LA IMPORTANCIA DEL DETONANTE

Los detonantes son, en resumen, el hecho concreto que la gente recuerda, lo que da inicio al conflicto. El casus belli romano. Pero en realidad no son más que el símbolo, el momento fundacional, la etiqueta.

El disparo que mató al archiduque Francisco Fernando en 1914, por ejemplo, pasó a la historia como el momento que dio inicio a la Primera Guerra Mundial porque Austria declaró la guerra a Bosnia. Sin embargo, el asesinato no tuvo lugar de forma aislada y repentina, sino después de varios intentos anteriores que respondían a la misma lógica: la oposición de grupúsculos nacionalistas serbios a la anexión de territorios Balcánicos por parte del imperio austrohúngaro seis años atrás.

¿Qué inició la guerra entonces?, ¿el disparo o las tensiones nacionalistas? La respuesta se vuelve más clara si se salta a la Segunda Guerra Mundial: ¿Empezó porque Hitler invadió Polonia? En realidad habría que mirar atrás, a las –de nuevo– tensiones nacionalistas. O incluso más atrás, al Tratado de Versalles que puso fin a la Primera Guerra Mundial estableciendo durísimas condiciones a los derrotados, lo que llevó a Alemania a la subyugación económica. Caldo de cultivo perfecto para todo lo que vino después.

Lo mismo sucedió con la denominada Primavera árabe, la profunda sacudida social que recorrió decenas de países norteafricanos y de Oriente Próximo contra sus regímenes autoritarios. El detonante fue Mohamed Bouaziz, un joven vendedor ambulante que se prendió fuego después de que la policía tunecina le confiscara su puesto de frutas y, al ir a denunciar los hechos, fuera humillado por los agentes.

Parece verosímil que la muerte del heredero de un imperio llevara a gran parte de las potencias mundiales a entrar en guerra, pero quizá resulte más sorprendente entender que el suicidio de un humilde frutero llevara a la sacudida de regímenes dictatoriales, llegando al extremo de que algunos de ellos cayeran tiempo después.

Resulta ambicioso resumir bajo una etiqueta algo que sucedió en decenas de países que, a pesar de los estereotipos occidentales, tienen poco que ver entre ellos. De hecho, no hubo una Primavera Árabe, sino muchas. Bouaziz no buscaba más democracia, pero encarnó un símbolo contra la arbitrariedad y las desigualdades.

En otras latitudes, incluso años después, los alzamientos populares respondieron a detonantes muy distintos, como por ejemplo la reforma de la Plaza Taksim en Turquía. Poco tienen que ver, por ejemplo, Túnez con Baréin, o Turquía con Siria, por citar ejemplos de regiones en las que se registraron movilizaciones sociales en esos años.

Causas de los conflictos sociales
Protestas contra el gobierno chileno en octubre de 2019. Foto: abriendomundo / Shutterstock

IDENTIDAD Y DESIGUALDAD

Si resulta complicado resumir como Primavera Árabe eventos tan heterogéneos en países tan distintos, más complicado es abordar una región tan heterodoxa como América Latina. Sin embargo, es ahí donde más rebeliones sociales se están produciendo, casi en cadena, en los últimos meses.

Como siempre, los detonantes parecen totalmente distintos. Venezuela lleva años en un convulso enfrentamiento político entre el controvertido régimen bolivariano y la oposición conservadora, apoyada por intereses extranjeros hasta el punto de que decenas de países reconocieron como presidente a Juan Guaidó, que en ningún momento llegó a tener capacidad para ejercer dicho mandato.

Bolivia, por su parte, acaba de vivir un golpe de Estado a manos de una formación minoritaria tras estallar las denuncias de fraude electoral contra el depuesto gobierno de Evo Morales, que modificó la Constitución para perpetuarse en el poder.

En Ecuador la decisión del Ejecutivo de retirar la subvención de los combustibles provocó una oleada de protestas que acabaron con el levantamiento de la comunidad indígena. El presidente Lenín Moreno, que llegó a acusar a su antecesor en el cargo de alentar las protestas, acabó dando marcha atrás.

En Chile, el país lleva semanas sumido en la violencia por la subida del precio del transporte público decretada por el Ejecutivo, hasta el punto en el que se ha acabado por aceptar la posibilidad de abordar una reforma constitucional.

Ahora Colombia empieza a ver cómo se recrudecen las protestas contra el Ejecutivo, que ha intentado aplacarlas con una fuerte represión policial e incluso medidas excepcionales en Bogotá.

Son solo cinco ejemplos con detonantes distintos en apariencia. Se podrían sumar más, como los bruscos cambios políticos vividos en Argentina o Brasil. Pero, al margen de esos países, ¿es la discrepancia ideológica, el fraude electoral, la subvención al gasóleo o el precio del transporte público la causa última de las eclosiones sociales?

TENSIÓN ENTRE VISIBLES E INVISIBLES

En el caso chileno confluyen muchos factores distintos, según explica Christian Cancino, profesor de Economía y Negocios en la Universidad de Chile. «El país ha vivido un enorme ciclo de crecimiento desde 1985 que ha hecho que el PIB per cápita se disparara. Pero por supuesto,, la distribución de esos ingresos es muy desigual, aun cuando estadísticamente no lo es tanto. Es decir, nuestro pobre no es tan pobre como el pobre de países en desarrollo», explica.

Es más una cuestión de percepción, en sus palabras: «El más pobre sobrevalora su vulnerabilidad real, y lo que es peor, el más rico la infravalora. Así, hay mensajes de superrricos o políticos diciendo tonterías del estilo «Las flores están baratas; seamos más románticos y compremos más flores». Decenas de ejemplos como este hicieron sentir a la gente que se estaban riendo de ellos», resume.

Hay más: en su opinión, un estrato social joven muy reivindicativo que apoya sus protestas en la crítica a una dictadura que no conocieron, la pulsión por apostar por un giro hacia el modelo de bienestar en lugar de a una economía liberal, la propagación de control de información falsa o manipulada y, en último término, el hecho de que el propio presidente del país sea, además, un empresario. «Si bien puede saber mucho de administrar grandes corporaciones, poco sabe de empatizar con la gente y dirigir un país», parafrasea.

«Piñera no ha sabido enfrentar bien la situación –resume–, le tomó por sorpresa y sin herramientas. Quedan dos años de gobierno, con un presidente inexistente, donde quiere construir un nuevo plan con puras ideas que él detestaba y que eran justo las contrarias de su previo programa de gobierno».

El problema de fondo, según sintetiza, es que la gente que no puede acceder a una mayor calidad de vida «decidiera por no aguantar más este modelo y exigir uno distinto». En esa línea, cala la idea de que es mejor «destruir el modelo completo, que todos estén peor, pues son los privilegios de los que están mejor lo que detestan. No creen en que pueda haber oportunidades para los más desfavorecidos», concluye.

Causas de los conflictos sociales
Quito, Ecuador. Foto: Diego Frames / Shutterstock

EL INCENTIVO SOCIAL

Con algunas diferencias, es una descripción similar a la que hace Ivonne Gaibor, editora general del diario ecuatoriano Primicias, que ve tres factores tras las protestas que sacudieron su país hace unas semanas.

«El primero es el deterioro de la situación económica, sobre todo, atado a un freno en el gasto público que durante los diez años del anterior gobierno fue el motor del crecimiento. Las cifras de desempleo han subido causando malestar, sobre todo, en la clase media», explica. El hecho de que la moneda oficial del país sea el dólar hace que los precios, por sí, sean altos, de forma que eliminar el subsidio al combustible hizo que se temiera un aumento aún mayor del coste de los productos de primera necesidad.

«El segundo son las reinvindicaciones propias del sector indígena», continúa. «Son el 7% de la población, y siguen siendo la minoría más excluida y con los índices de pobreza más altos».

«Y, claro, en las manifestaciones que se tornaron violentas también pesó, y mucho, el componente político. Actualmente, el Gobierno de Lenín Moreno tiene poco o nulo apoyo de partidos, sectores sociales o empresariales. En ese escenario, intentar aplicar una medida económica impopular como el retiro de los combustibles sin acuerdos previos era la receta del fracaso», analiza. «El descontento con el gobierno cruza también por buena parte de la clase media, desempleados y jóvenes con pocas opciones de futuro».

En perspectiva, resulta complicado concretar las causas específicas de cualquier conflicto, aunque muchos tienen mimbres similares. Todo es consecuencia de algo y explicar un estallido social requiere de una perspectiva histórica en ocasiones más amplia que la tensión en sí. Eso sí, en muchas ocasiones la chispa adecuada tiene focos similares, y las desigualdades o la falta de oportunidades y visibilidad de ciertos sectores sociales parecen catalizadores comunes de casi cualquier incendio.

«¿Cómo empieza una guerra? Los libros de historia nos dicen que al principio de todo hay una explosión, un disparo. Un país invade otro, alguien muere, mueren cientos o miles. Pero no es cierto. Las guerras empiezan mucho antes del primer disparo». Así arrancan todos los capítulos de Guerra 3, un exitoso podcast que relata, en forma de ficción, el estallido de la tensión entre las dos Coreas.

El guion, de José A. Pérez Ledo, narra cómo una voluntariosa periodista de guerra española invitada a Corea del Norte acaba enredada en una trama diplomática de consecuencias imprevisibles para todo el planeta. Pero, más allá de la ficción, la frase del arranque es la adaptación de un célebre mantra periodístico: «Las guerras siempre empiezan antes del primer disparo; comienzan con un cambio del vocabulario en los medios».

La idea original –de la frase, no del podcast– es de Ryszard Kapuscinski, una de las figuras más leídas y estudiadas en las facultades de Comunicación actuales. Eso le convierte también en uno de los autores más citados en la profesión y, de forma indirecta, en alguien cuyas ideas trascienden lo comunicativo para calar también en lo social.

Parece evidente que las guerras –o los conflictos no necesariamente violentos– emergen en un momento dado, pero no lo hacen por un estallido violento, aunque ese sea el inicio que se recuerda. Hay un desencadenante, sí, pero siempre como consecuencia de un conflicto subyacente y un estado de opinión al respecto. Ahí sí intervienen los medios, amplificándolo o condicionando su percepción.

Causas de los conflictos sociales
Revueltas en Estambul, Turquía, 2013. Foto: Gabriel Petrescu/Shutterstock

Porque no, en realidad las grandes convulsiones sociales no empiezan ni con un disparo ni con un cambio de vocabulario. De hecho, para que se den ambas cosas resulta necesaria una crisis larvada de fondo. Es más, ni siquiera suele ser cosa de los medios, todo viene de la propia sociedad. Podría decirse que un conflicto, por tanto, empieza cuando la gente de la calle, sus representantes, sus referentes o sus líderes de opinión empiezan a alterar los significantes de la realidad.

A veces, claro, son los medios. Sucedió, por ejemplo, en la guerra de Ruanda, cuando la Radio Libre de las Mil Colinas, que estuvo apenas 13 meses activa, logró condicionar de forma definitiva a la población ruandesa para que acabara estallando una suerte de guerra civil contra la etnia tutsi que derivó en genocidio. Lo hizo de forma sencilla: conectando con los más jóvenes –con emisiones musicales–, pasando entonces a transmitir mensajes velados –con programas de sátira política– y acabando con un llamamiento directo al exterminio. Pero aun así el clima de odio existía antes, y sin él nada habría sucedido de la misma forma.

Así pues, ¿habría tenido lugar el genocidio ruandés sin la radio? Posiblemente sí, aunque quizá de forma menos explosiva. ¿Habría calado el mensaje de la emisora si no hubieran existido odios raciales previos? Parece difícil.

Valga otro ejemplo con la radio como detonante: ¿inició la emisión de Grândola, Vila Morena la Revolución de los Claveles en Portugal? Fue la señal para que los militares tomaran posiciones, pero en realidad era solo eso, una señal: el clima contra Salazar había alcanzado su apogeo y con canción o sin canción el dictador hubiera sido igualmente depuesto.

LA IMPORTANCIA DEL DETONANTE

Los detonantes son, en resumen, el hecho concreto que la gente recuerda, lo que da inicio al conflicto. El casus belli romano. Pero en realidad no son más que el símbolo, el momento fundacional, la etiqueta.

El disparo que mató al archiduque Francisco Fernando en 1914, por ejemplo, pasó a la historia como el momento que dio inicio a la Primera Guerra Mundial porque Austria declaró la guerra a Bosnia. Sin embargo, el asesinato no tuvo lugar de forma aislada y repentina, sino después de varios intentos anteriores que respondían a la misma lógica: la oposición de grupúsculos nacionalistas serbios a la anexión de territorios Balcánicos por parte del imperio austrohúngaro seis años atrás.

¿Qué inició la guerra entonces?, ¿el disparo o las tensiones nacionalistas? La respuesta se vuelve más clara si se salta a la Segunda Guerra Mundial: ¿Empezó porque Hitler invadió Polonia? En realidad habría que mirar atrás, a las –de nuevo– tensiones nacionalistas. O incluso más atrás, al Tratado de Versalles que puso fin a la Primera Guerra Mundial estableciendo durísimas condiciones a los derrotados, lo que llevó a Alemania a la subyugación económica. Caldo de cultivo perfecto para todo lo que vino después.

Lo mismo sucedió con la denominada Primavera árabe, la profunda sacudida social que recorrió decenas de países norteafricanos y de Oriente Próximo contra sus regímenes autoritarios. El detonante fue Mohamed Bouaziz, un joven vendedor ambulante que se prendió fuego después de que la policía tunecina le confiscara su puesto de frutas y, al ir a denunciar los hechos, fuera humillado por los agentes.

Parece verosímil que la muerte del heredero de un imperio llevara a gran parte de las potencias mundiales a entrar en guerra, pero quizá resulte más sorprendente entender que el suicidio de un humilde frutero llevara a la sacudida de regímenes dictatoriales, llegando al extremo de que algunos de ellos cayeran tiempo después.

Resulta ambicioso resumir bajo una etiqueta algo que sucedió en decenas de países que, a pesar de los estereotipos occidentales, tienen poco que ver entre ellos. De hecho, no hubo una Primavera Árabe, sino muchas. Bouaziz no buscaba más democracia, pero encarnó un símbolo contra la arbitrariedad y las desigualdades.

En otras latitudes, incluso años después, los alzamientos populares respondieron a detonantes muy distintos, como por ejemplo la reforma de la Plaza Taksim en Turquía. Poco tienen que ver, por ejemplo, Túnez con Baréin, o Turquía con Siria, por citar ejemplos de regiones en las que se registraron movilizaciones sociales en esos años.

Causas de los conflictos sociales
Protestas contra el gobierno chileno en octubre de 2019. Foto: abriendomundo / Shutterstock

IDENTIDAD Y DESIGUALDAD

Si resulta complicado resumir como Primavera Árabe eventos tan heterogéneos en países tan distintos, más complicado es abordar una región tan heterodoxa como América Latina. Sin embargo, es ahí donde más rebeliones sociales se están produciendo, casi en cadena, en los últimos meses.

Como siempre, los detonantes parecen totalmente distintos. Venezuela lleva años en un convulso enfrentamiento político entre el controvertido régimen bolivariano y la oposición conservadora, apoyada por intereses extranjeros hasta el punto de que decenas de países reconocieron como presidente a Juan Guaidó, que en ningún momento llegó a tener capacidad para ejercer dicho mandato.

Bolivia, por su parte, acaba de vivir un golpe de Estado a manos de una formación minoritaria tras estallar las denuncias de fraude electoral contra el depuesto gobierno de Evo Morales, que modificó la Constitución para perpetuarse en el poder.

En Ecuador la decisión del Ejecutivo de retirar la subvención de los combustibles provocó una oleada de protestas que acabaron con el levantamiento de la comunidad indígena. El presidente Lenín Moreno, que llegó a acusar a su antecesor en el cargo de alentar las protestas, acabó dando marcha atrás.

En Chile, el país lleva semanas sumido en la violencia por la subida del precio del transporte público decretada por el Ejecutivo, hasta el punto en el que se ha acabado por aceptar la posibilidad de abordar una reforma constitucional.

Ahora Colombia empieza a ver cómo se recrudecen las protestas contra el Ejecutivo, que ha intentado aplacarlas con una fuerte represión policial e incluso medidas excepcionales en Bogotá.

Son solo cinco ejemplos con detonantes distintos en apariencia. Se podrían sumar más, como los bruscos cambios políticos vividos en Argentina o Brasil. Pero, al margen de esos países, ¿es la discrepancia ideológica, el fraude electoral, la subvención al gasóleo o el precio del transporte público la causa última de las eclosiones sociales?

TENSIÓN ENTRE VISIBLES E INVISIBLES

En el caso chileno confluyen muchos factores distintos, según explica Christian Cancino, profesor de Economía y Negocios en la Universidad de Chile. «El país ha vivido un enorme ciclo de crecimiento desde 1985 que ha hecho que el PIB per cápita se disparara. Pero por supuesto,, la distribución de esos ingresos es muy desigual, aun cuando estadísticamente no lo es tanto. Es decir, nuestro pobre no es tan pobre como el pobre de países en desarrollo», explica.

Es más una cuestión de percepción, en sus palabras: «El más pobre sobrevalora su vulnerabilidad real, y lo que es peor, el más rico la infravalora. Así, hay mensajes de superrricos o políticos diciendo tonterías del estilo «Las flores están baratas; seamos más románticos y compremos más flores». Decenas de ejemplos como este hicieron sentir a la gente que se estaban riendo de ellos», resume.

Hay más: en su opinión, un estrato social joven muy reivindicativo que apoya sus protestas en la crítica a una dictadura que no conocieron, la pulsión por apostar por un giro hacia el modelo de bienestar en lugar de a una economía liberal, la propagación de control de información falsa o manipulada y, en último término, el hecho de que el propio presidente del país sea, además, un empresario. «Si bien puede saber mucho de administrar grandes corporaciones, poco sabe de empatizar con la gente y dirigir un país», parafrasea.

«Piñera no ha sabido enfrentar bien la situación –resume–, le tomó por sorpresa y sin herramientas. Quedan dos años de gobierno, con un presidente inexistente, donde quiere construir un nuevo plan con puras ideas que él detestaba y que eran justo las contrarias de su previo programa de gobierno».

El problema de fondo, según sintetiza, es que la gente que no puede acceder a una mayor calidad de vida «decidiera por no aguantar más este modelo y exigir uno distinto». En esa línea, cala la idea de que es mejor «destruir el modelo completo, que todos estén peor, pues son los privilegios de los que están mejor lo que detestan. No creen en que pueda haber oportunidades para los más desfavorecidos», concluye.

Causas de los conflictos sociales
Quito, Ecuador. Foto: Diego Frames / Shutterstock

EL INCENTIVO SOCIAL

Con algunas diferencias, es una descripción similar a la que hace Ivonne Gaibor, editora general del diario ecuatoriano Primicias, que ve tres factores tras las protestas que sacudieron su país hace unas semanas.

«El primero es el deterioro de la situación económica, sobre todo, atado a un freno en el gasto público que durante los diez años del anterior gobierno fue el motor del crecimiento. Las cifras de desempleo han subido causando malestar, sobre todo, en la clase media», explica. El hecho de que la moneda oficial del país sea el dólar hace que los precios, por sí, sean altos, de forma que eliminar el subsidio al combustible hizo que se temiera un aumento aún mayor del coste de los productos de primera necesidad.

«El segundo son las reinvindicaciones propias del sector indígena», continúa. «Son el 7% de la población, y siguen siendo la minoría más excluida y con los índices de pobreza más altos».

«Y, claro, en las manifestaciones que se tornaron violentas también pesó, y mucho, el componente político. Actualmente, el Gobierno de Lenín Moreno tiene poco o nulo apoyo de partidos, sectores sociales o empresariales. En ese escenario, intentar aplicar una medida económica impopular como el retiro de los combustibles sin acuerdos previos era la receta del fracaso», analiza. «El descontento con el gobierno cruza también por buena parte de la clase media, desempleados y jóvenes con pocas opciones de futuro».

En perspectiva, resulta complicado concretar las causas específicas de cualquier conflicto, aunque muchos tienen mimbres similares. Todo es consecuencia de algo y explicar un estallido social requiere de una perspectiva histórica en ocasiones más amplia que la tensión en sí. Eso sí, en muchas ocasiones la chispa adecuada tiene focos similares, y las desigualdades o la falta de oportunidades y visibilidad de ciertos sectores sociales parecen catalizadores comunes de casi cualquier incendio.

Compártelo twitter facebook whatsapp
Glosario urgente de Filosofía de Springfield
En el Ojo Ajeno: La pelea de IKEA
Cowboys negros, caballos de acero
Joe Matt: católico, sentimental y pornófilo
 
Especiales
 
facebook twitter whatsapp

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *