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29 de marzo 2018    /   BUSINESS
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Las mujeres que amaban a hombres más jóvenes

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 ¿No manda huevos que, en pleno siglo XXI, tachen a una mujer de «asaltacunas» (o de lagarta) por el mero hecho de salir con un hombre más joven que ella? Pues sí, señores, nos han vendido la moto de que la madurez masculina es interesante y se ha interiorizado la idea de que un hombre puede alargar su vida sexual más que la mujer. No nos engañemos: aún hoy hay personas que miran ojipláticas a la mujer de cierta edad que pasea por la calle de la mano de un joven efebo. Sin embargo, no nos rasgamos las vestiduras si el mayor es un señor.

Y si aún hoy, cuando parece que se ha roto la norma única sobre lo que debe ser una pareja, estas relaciones siguen estando mal vistas socialmente, hace años, eran censurables o estaban condenadas al ostracismo directamente. De todo esto, precisamente, habla Amores contra el tiempo (Planeta), un libro reivindicativo, escrito por la periodista Dolores Conquero, que narra las historias de amor de varias mujeres célebres que desafiaron todos los prejuicios y las convenciones sociales amando a hombres más jóvenes que ellas, en diversos momentos históricos.

El libro es el resultado de varios años de investigación de la autora, que después de divorciarse de su marido vivió una historia de amor de este tipo y que hace cuatro años decidió crear un blog para exponer y analizar situaciones que se dan en el cine y en la literatura respecto a estas parejas.

«Parece que la gente no puede entender que un hombre pueda estar enamorado de una mujer solo porque es mayor», explica la autora en una entrevista digital. «Lo que ha sustituido a la moral de antes es el prejuicio estético. Cuando una mujer tiene cierta edad, se la prefiere apartar en el terreno amoroso, no pensar que tiene vida amorosa salvo que esté casada. Entonces, cuando una mujer de cierta edad tiene una relación con un hombre más joven está recordándole al mundo que sí que tiene vida amorosa y sexual».

Entre las mujeres ‘valientes’ de este libro están las historias de:

Coco Chanel

La revolucionaria diseñadora de alta costura francesa fue una mujer bastante libre y vivió numerosos romances. Se hizo rica y famosa a lo largo de su vida, pero tuvo una infancia bastante desdichada por la temprana muerte de su madre —cuando apenas tenía doce años— y el abandono de su padre —que la dejó en un orfanato del que no pudo salir hasta que tuvo dieciocho años—. El desequilibrio que esta situación le creó hizo que siempre luchase por vencer el anhelo de ser amada y el miedo a la soledad.

Desde jovencita luchó con todas sus fuerzas por sacar las castañas del fuego. Comenzó diseñando sombreros y, gracias a la ayuda de un admirador, logró abrir su primera tienda en París en 1913. A medida que el negocio se hacía más popular, empezó a vender ropa y joyas también. En los años veinte, introdujo en la moda chic el Little Black Dress o vestido negro, una prenda cómoda, elegante y fácil de usar que se convertiría en un básico que no podía faltar en el armario de las mujeres.

Una de sus relaciones más comentadas (y cuestionadas, todo sea dicho de paso) fue la que mantuvo con el aristócrata ruso Dimitri Romanov, primo del último zar y que era ocho años menor que ella. El ruso, exiliado de la Revolución bolchevique, era un hombre alto, apuesto, elegante, divertido… y alcohólico. Pero Coco quedó prendada de su encanto y, durante un tiempo, la pareja vivió un intenso affaire por cuya diferencia de edad muchos pusieron a parir a la francesa.

Dimitri le presentó a Ernest Beaux, perfumista francés que trabajaba para la corte de Rusia, con quien Coco crearía en 1921 la emblemática fragancia Chanel nº 5 —la primera en llevar el nombre de un diseñador—. Pero la cosa no llegó a buen puerto y, al final, Coco se acabó cansando de él. Eso sí, como un clavo saca otro clavo, la modista se topó en la navidad de 1923 con uno de los hombres más ricos de Europa: Hugh Grosvenor, segundo duque de Westminster. Y pasó a su lado los siguientes diez años, rodeada de lujo, hasta que él la abandonó por una mujer más joven en la primavera de 1930, ya que necesitaba un hijo varón que heredara su título y que Coco no podía darle (pues era infértil).

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El disgusto le duró poco y, convertida ya en una figura de la sociedad parisina, la diseñadora se enamoró de un caricaturista y diseñador de joyas vasco conocido como Paul Iribe, que le ayudó en sus negocios y con quien estableció una relación de amigos con derecho (a roce). Había pasión, pero también había celos profesionales, lo que motivó numerosas discusiones entre la pareja. Con 52 años, Coco estuvo a punto de casarse con él, pero Iribe falleció de una insuficiencia cardíaca en 1935 —poco después de divorciarse de su mujer y anunciar su compromiso con la francesa— y Coco se convirtió en una adicta a la morfina. Y casi mejor así, porque parece ser que Iribe había planeado su boda con la diseñadora para después divorciarse de ella y volver con su anterior mujer con la cartera llena…

Agatha Christie

La escritora británica fue una disfrutona de la vida, pero también una mujer tímida y esquiva. Nació en el seno de una familia acomodada y se casó en varias ocasiones. Escribió más de noventa libros y se convirtió en la escritora más traducida del mundo. Precisamente, fue su primer marido y padre de su única hija, Archie Christie —quien poco después de la boda tuvo que marcharse a la guerra, donde combatía como piloto de la RAF—, el que la animó a empezar a escribir. Se vieron poco en esos años, pero se quisieron mucho. No obstante, el año 1926 resultó devastador para la escritora: su madre murió y Archie le pidió el divorcio. Ella, destrozada, decidió desaparecer, literalmente.

Durante once días, protagonizó todo un misterio nacional que alimentó durante un tiempo los tabloides y trajo de cabeza a los policías. En el fondo, pensó que podía desaparecer y que su todavía marido acudiría a su rescate, pero aquello no surtió el efecto esperado. Con el tiempo, Agatha se convirtió en un personaje bastante famoso y, a partir de los años cincuenta, en un ser solitario y desconfiado. A partir de entonces, fue raro verla haciendo apariciones públicas o pillarla fuera de sus casas de Wallingford y Devon.

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Su último marido fue su relación más comentada por la prensa. Max Mallowan era un joven arqueólogo de 26 años, catorce menos que ella. Se conocieron en una excavación arqueológica en Irak que ella se encontraba visitando en ese momento. Poco después, él le pidió matrimonio, y a ella le entraron las dudas. A priori lo tenían todo en contra. Tanto el entorno de ambos como los que no les conocían personalmente se creyeron en el derecho a criticar la diferencia de edad.

La familia del novio aceptaba la relación, pero no así la de Agatha —la hermana de la escritora le dijo que esa relación estaba condenada al fracaso—. Además, ella era anglicana, mientras que él era católico. Y, aunque se llevaban muy bien, sus estilos de vida eran diametralmente opuestos. Sin embargo, Agatha hizo oídos sordos a todo el ruido mediático y acabó casándose con el que sería el verdadero amor de su vida. Al final, pasaron cuarenta y cinco felices años juntos, que solo terminaron cuando la británica falleció en enero de 1976.

Dolores Ibárruri la Pasionaria

Esta dirigente política y líder comunista se convirtió en modelo de lucha contra el fascismo durante la Guerra Civil española. Dos fueron los grandes amores de su vida. Por un lado, su marido Julián Ruiz Gabiña, con quien se casó en 1916 y tuvo seis hijos. Y, por el otro, un compañero de partido del que se enamoró perdidamente cuando se divorció de su marido. El camarada se llamaba Francisco Antón y era diecisiete años menor que ella. Se conocieron cuando ella tenía 42 años y él, 25. La relación fue bastante comentada y criticada, y la prensa de la época solía decir que eran amantes en lugar de pareja.

En un momento dado, se desató una guerra interna por el control de la organización del PCE. Sus propios compañeros de partido mostraron entonces una actitud bastante mezquina y machista hacia ‘Pasionaria’, utilizando como arma arrojadiza la relación que mantenía con un hombre más joven. Pero ella, mujer fuerte donde las hubiera, supo encajar las críticas y el intento de desprestigio y, de hecho, acabó ganando esa partida —convirtiéndose en 1942 en la secretaria general del partido—.

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Dolores y Francisco vivieron juntos durante unos años, pero el apasionado romance llegó a su fin cuando el madrileño le dijo que se había enamorado de otra mujer —con la que acabó casándose y teniendo hijos—. Dolores acabaría dando por terminada la relación y, prácticamente desde ese momento, renunciando a su vida amorosa.

La reina Victoria de Inglaterra

Alexandrina Victoria tenía doce años cuando fue reconocida como presunta heredera al trono británico. A los dieciocho, fue coronada reina en la abadía de Westminster y, a partir de entonces, mostraría un gran instinto para los asuntos de gobierno y aptitudes para llevar la vara de mando. De hecho, su reinado fue el más largo de la historia de Gran Bretaña hasta ser superada por la reina actual, Isabel II. Aunque fueron muchos los que criticaron su gestión, la época victoriana sirvió para que el país experimentase profundos cambios sociales, políticos, culturales y económicos.

Victoria estuvo enamorada de su primo y marido, el príncipe Alberto —el primer matrimonio concertado pero enamorado que se conoce—y tuvo nueve hijos con él. Así, cuando este murió en 1861, ella pasó por una gran depresión y se retiró durante varios años de la vida pública. Fue en esa época cuando su amistad con su sirviente escocés John Brown creció. Victoria y Brown se conocieron en vida del príncipe Alberto. Entonces, él tenía 21 años —seis menos que ella—. Brown fue retirado, por orden del príncipe, de su trabajo en las cuadras de palacio y fue puesto al servicio de la soberana. Cuando esta enviudó, se encontró sola para dirigir los asuntos del país, por lo que decidió recurrir a la única persona de su confianza: Brown.

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Hasta su muerte, en 1883, el sirviente estuvo cerca de la reina. Tan cerca, que dormía en una habitación contigua a la de Victoria, contrariamente al protocolo. La soberana se volvió dependiente de él. Era su mayor confidente, le hacía reír y sentirse segura. Se dice que se llegaron a casar en secreto y que cuando la reina murió, dejó instrucciones de que un bucle de pelo de Brown, su fotografía, un pañuelo y varias cartas debían ser colocadas en su ataúd, junto con recuerdos de Alberto.

Fue una relación de amor clandestino en una puritana época, la victoriana, en que las mujeres eran educadas para que pensasen en ellas mismas como seres inferiores y en los hombres como sus guías. Sin ir más lejos, Victoria llamaba a Alberto «maestro», mientras que él la llamaba «niña».

 ¿No manda huevos que, en pleno siglo XXI, tachen a una mujer de «asaltacunas» (o de lagarta) por el mero hecho de salir con un hombre más joven que ella? Pues sí, señores, nos han vendido la moto de que la madurez masculina es interesante y se ha interiorizado la idea de que un hombre puede alargar su vida sexual más que la mujer. No nos engañemos: aún hoy hay personas que miran ojipláticas a la mujer de cierta edad que pasea por la calle de la mano de un joven efebo. Sin embargo, no nos rasgamos las vestiduras si el mayor es un señor.

Y si aún hoy, cuando parece que se ha roto la norma única sobre lo que debe ser una pareja, estas relaciones siguen estando mal vistas socialmente, hace años, eran censurables o estaban condenadas al ostracismo directamente. De todo esto, precisamente, habla Amores contra el tiempo (Planeta), un libro reivindicativo, escrito por la periodista Dolores Conquero, que narra las historias de amor de varias mujeres célebres que desafiaron todos los prejuicios y las convenciones sociales amando a hombres más jóvenes que ellas, en diversos momentos históricos.

El libro es el resultado de varios años de investigación de la autora, que después de divorciarse de su marido vivió una historia de amor de este tipo y que hace cuatro años decidió crear un blog para exponer y analizar situaciones que se dan en el cine y en la literatura respecto a estas parejas.

«Parece que la gente no puede entender que un hombre pueda estar enamorado de una mujer solo porque es mayor», explica la autora en una entrevista digital. «Lo que ha sustituido a la moral de antes es el prejuicio estético. Cuando una mujer tiene cierta edad, se la prefiere apartar en el terreno amoroso, no pensar que tiene vida amorosa salvo que esté casada. Entonces, cuando una mujer de cierta edad tiene una relación con un hombre más joven está recordándole al mundo que sí que tiene vida amorosa y sexual».

Entre las mujeres ‘valientes’ de este libro están las historias de:

Coco Chanel

La revolucionaria diseñadora de alta costura francesa fue una mujer bastante libre y vivió numerosos romances. Se hizo rica y famosa a lo largo de su vida, pero tuvo una infancia bastante desdichada por la temprana muerte de su madre —cuando apenas tenía doce años— y el abandono de su padre —que la dejó en un orfanato del que no pudo salir hasta que tuvo dieciocho años—. El desequilibrio que esta situación le creó hizo que siempre luchase por vencer el anhelo de ser amada y el miedo a la soledad.

Desde jovencita luchó con todas sus fuerzas por sacar las castañas del fuego. Comenzó diseñando sombreros y, gracias a la ayuda de un admirador, logró abrir su primera tienda en París en 1913. A medida que el negocio se hacía más popular, empezó a vender ropa y joyas también. En los años veinte, introdujo en la moda chic el Little Black Dress o vestido negro, una prenda cómoda, elegante y fácil de usar que se convertiría en un básico que no podía faltar en el armario de las mujeres.

Una de sus relaciones más comentadas (y cuestionadas, todo sea dicho de paso) fue la que mantuvo con el aristócrata ruso Dimitri Romanov, primo del último zar y que era ocho años menor que ella. El ruso, exiliado de la Revolución bolchevique, era un hombre alto, apuesto, elegante, divertido… y alcohólico. Pero Coco quedó prendada de su encanto y, durante un tiempo, la pareja vivió un intenso affaire por cuya diferencia de edad muchos pusieron a parir a la francesa.

Dimitri le presentó a Ernest Beaux, perfumista francés que trabajaba para la corte de Rusia, con quien Coco crearía en 1921 la emblemática fragancia Chanel nº 5 —la primera en llevar el nombre de un diseñador—. Pero la cosa no llegó a buen puerto y, al final, Coco se acabó cansando de él. Eso sí, como un clavo saca otro clavo, la modista se topó en la navidad de 1923 con uno de los hombres más ricos de Europa: Hugh Grosvenor, segundo duque de Westminster. Y pasó a su lado los siguientes diez años, rodeada de lujo, hasta que él la abandonó por una mujer más joven en la primavera de 1930, ya que necesitaba un hijo varón que heredara su título y que Coco no podía darle (pues era infértil).

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El disgusto le duró poco y, convertida ya en una figura de la sociedad parisina, la diseñadora se enamoró de un caricaturista y diseñador de joyas vasco conocido como Paul Iribe, que le ayudó en sus negocios y con quien estableció una relación de amigos con derecho (a roce). Había pasión, pero también había celos profesionales, lo que motivó numerosas discusiones entre la pareja. Con 52 años, Coco estuvo a punto de casarse con él, pero Iribe falleció de una insuficiencia cardíaca en 1935 —poco después de divorciarse de su mujer y anunciar su compromiso con la francesa— y Coco se convirtió en una adicta a la morfina. Y casi mejor así, porque parece ser que Iribe había planeado su boda con la diseñadora para después divorciarse de ella y volver con su anterior mujer con la cartera llena…

Agatha Christie

La escritora británica fue una disfrutona de la vida, pero también una mujer tímida y esquiva. Nació en el seno de una familia acomodada y se casó en varias ocasiones. Escribió más de noventa libros y se convirtió en la escritora más traducida del mundo. Precisamente, fue su primer marido y padre de su única hija, Archie Christie —quien poco después de la boda tuvo que marcharse a la guerra, donde combatía como piloto de la RAF—, el que la animó a empezar a escribir. Se vieron poco en esos años, pero se quisieron mucho. No obstante, el año 1926 resultó devastador para la escritora: su madre murió y Archie le pidió el divorcio. Ella, destrozada, decidió desaparecer, literalmente.

Durante once días, protagonizó todo un misterio nacional que alimentó durante un tiempo los tabloides y trajo de cabeza a los policías. En el fondo, pensó que podía desaparecer y que su todavía marido acudiría a su rescate, pero aquello no surtió el efecto esperado. Con el tiempo, Agatha se convirtió en un personaje bastante famoso y, a partir de los años cincuenta, en un ser solitario y desconfiado. A partir de entonces, fue raro verla haciendo apariciones públicas o pillarla fuera de sus casas de Wallingford y Devon.

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Su último marido fue su relación más comentada por la prensa. Max Mallowan era un joven arqueólogo de 26 años, catorce menos que ella. Se conocieron en una excavación arqueológica en Irak que ella se encontraba visitando en ese momento. Poco después, él le pidió matrimonio, y a ella le entraron las dudas. A priori lo tenían todo en contra. Tanto el entorno de ambos como los que no les conocían personalmente se creyeron en el derecho a criticar la diferencia de edad.

La familia del novio aceptaba la relación, pero no así la de Agatha —la hermana de la escritora le dijo que esa relación estaba condenada al fracaso—. Además, ella era anglicana, mientras que él era católico. Y, aunque se llevaban muy bien, sus estilos de vida eran diametralmente opuestos. Sin embargo, Agatha hizo oídos sordos a todo el ruido mediático y acabó casándose con el que sería el verdadero amor de su vida. Al final, pasaron cuarenta y cinco felices años juntos, que solo terminaron cuando la británica falleció en enero de 1976.

Dolores Ibárruri la Pasionaria

Esta dirigente política y líder comunista se convirtió en modelo de lucha contra el fascismo durante la Guerra Civil española. Dos fueron los grandes amores de su vida. Por un lado, su marido Julián Ruiz Gabiña, con quien se casó en 1916 y tuvo seis hijos. Y, por el otro, un compañero de partido del que se enamoró perdidamente cuando se divorció de su marido. El camarada se llamaba Francisco Antón y era diecisiete años menor que ella. Se conocieron cuando ella tenía 42 años y él, 25. La relación fue bastante comentada y criticada, y la prensa de la época solía decir que eran amantes en lugar de pareja.

En un momento dado, se desató una guerra interna por el control de la organización del PCE. Sus propios compañeros de partido mostraron entonces una actitud bastante mezquina y machista hacia ‘Pasionaria’, utilizando como arma arrojadiza la relación que mantenía con un hombre más joven. Pero ella, mujer fuerte donde las hubiera, supo encajar las críticas y el intento de desprestigio y, de hecho, acabó ganando esa partida —convirtiéndose en 1942 en la secretaria general del partido—.

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Dolores y Francisco vivieron juntos durante unos años, pero el apasionado romance llegó a su fin cuando el madrileño le dijo que se había enamorado de otra mujer —con la que acabó casándose y teniendo hijos—. Dolores acabaría dando por terminada la relación y, prácticamente desde ese momento, renunciando a su vida amorosa.

La reina Victoria de Inglaterra

Alexandrina Victoria tenía doce años cuando fue reconocida como presunta heredera al trono británico. A los dieciocho, fue coronada reina en la abadía de Westminster y, a partir de entonces, mostraría un gran instinto para los asuntos de gobierno y aptitudes para llevar la vara de mando. De hecho, su reinado fue el más largo de la historia de Gran Bretaña hasta ser superada por la reina actual, Isabel II. Aunque fueron muchos los que criticaron su gestión, la época victoriana sirvió para que el país experimentase profundos cambios sociales, políticos, culturales y económicos.

Victoria estuvo enamorada de su primo y marido, el príncipe Alberto —el primer matrimonio concertado pero enamorado que se conoce—y tuvo nueve hijos con él. Así, cuando este murió en 1861, ella pasó por una gran depresión y se retiró durante varios años de la vida pública. Fue en esa época cuando su amistad con su sirviente escocés John Brown creció. Victoria y Brown se conocieron en vida del príncipe Alberto. Entonces, él tenía 21 años —seis menos que ella—. Brown fue retirado, por orden del príncipe, de su trabajo en las cuadras de palacio y fue puesto al servicio de la soberana. Cuando esta enviudó, se encontró sola para dirigir los asuntos del país, por lo que decidió recurrir a la única persona de su confianza: Brown.

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Hasta su muerte, en 1883, el sirviente estuvo cerca de la reina. Tan cerca, que dormía en una habitación contigua a la de Victoria, contrariamente al protocolo. La soberana se volvió dependiente de él. Era su mayor confidente, le hacía reír y sentirse segura. Se dice que se llegaron a casar en secreto y que cuando la reina murió, dejó instrucciones de que un bucle de pelo de Brown, su fotografía, un pañuelo y varias cartas debían ser colocadas en su ataúd, junto con recuerdos de Alberto.

Fue una relación de amor clandestino en una puritana época, la victoriana, en que las mujeres eran educadas para que pensasen en ellas mismas como seres inferiores y en los hombres como sus guías. Sin ir más lejos, Victoria llamaba a Alberto «maestro», mientras que él la llamaba «niña».

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Opiniones 1
  • No creo que el amor tenga edad, parece mentira que después de tantos errores que se han cometido a lo largo de la historia respecto a este tema y muchos otros… siga siendo un tema todavía a muchos les resulta incómodo tratar. El sentimiento no pierde validez o belleza por la diferencia de edad que pueda haber entre el hombre y la mujer o entre personas del mismo sexo. Si nace, y hace bien ¿por qué debería ser visto como algo «malo» o «incorrecto»? Más bien hay que atesorar las etapas de la vida en la que eso ocurre, disfrutar del amor a cada momento.

    «El corazón no muere cuando deja de latir. El corazón muere cuando los latidos dejan de tener sentido» Tomada de: https://frases10.net/vida/dura/

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