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10 de junio 2015    /   IDEAS
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Conquistar el mundo con una sartén

10 de junio 2015    /   IDEAS     por          
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Cuando Willem (28 años, Holanda) cerró las puertas de su casa y se echó la mochila a los hombros desconocía el largo camino que le esperaba por delante. Al comenzar su aventura se propuso otra meta al margen de lo que ya significa recorrer el mundo conociendo infinidad de países y sus culturas. Quería sembrar un poco de alegría allí por donde pasara y para lograrlo quiso hacer algo tan sencillo como ofrecer a la gente unos cuantos de sus pancakes.
Cuando Willem llega a sus destinos suele hospedarse mediante Couchsurfing y, a cambio de un sitio donde poder dormir, el chico se presta a cocinar unos más que agradecidos pancakes. Al llegar a Dubai, la chica que le hospedó le sugirió comenzar cocinando para algunos obreros que se encontraban en una de las construcciones de esta urbe en continuo crecimiento. Estos jornaleros son víctimas de lo que se conoce como esclavitud moderna, trabajadores procedentes en su mayoría de India, Pakistan y Bangladesh que se enfrentan a unas inhumanas condiciones laborales. Expuestos a temperaturas extremadamente calurosas trabajan durante unas jornadas de trabajo maratonianas a cambio de unos salarios que en ocasiones ni siquiera llegan a sus manos. Esta realidad le bastó a Willem para coger su sartén, presentarse en la obra y deleitar a estos señores con sus pancakes.
DSC01003
Esta sería la primera vez que Willem se pondría el delantal y repartiría un poco de alegría a esa gente que, como él dice, «necesitan algo más de atención». A aquella experiencia le seguirían otras muchas sumergiéndose en la vida local y formando parte de ella.
De Dubai viajó hasta Pakistán, donde el holandés se lanzó a los fogones en dos ocasiones. En Karachi, la ciudad más poblada del país, cocinó para los vecinos que habitan en uno de los suburbios más conflictivos de la ciudad. Desde aquí  emprendió una larga travesía en la que serpenteó la autopista Karaokaram, la octava carretera más peligrosa del mundo, hasta llegar a Sost, la última aldea antes de cruzar la frontera hacia China.
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En este remoto lugar en el valle del Chapursan vivió uno de los momentos más emocionantes hasta la fecha. Willem tuvo la oportunidad de celebrar su vigésimo octavo cumpleaños y enseñar a los habitantes del poblado pertenecientes al grupo étnico Wakhi de qué se trataba aquello tan desconocido para ellos.
India fue el siguiente destino. Allí, uno de sus escenarios fue el templo dorado de Amritsar, donde con la ayuda de los Sijes- seguidores de la relijión india Sij- deleitó a los locales con unos pancakes al más estilo veggie — en aquella región, la gente no suele consumir huevo dado que es vegetariana—.
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De nuevo con la sarten a la espalda Willem emprendió rumbo a China donde en conmemoración del Día Internacional de la Mujer volvió a llenarse las manos de harina.
Semanas más tarde aterrizó en la capital de Vietnam. En Hanoi, Willem visitó a algunos de los niños que sufren las consecuencias del Agente Naranja.  Estos herbicidas fueron rociados por los militares estadounidenses sobre estas tierras durante la guerra de Vietnam (1961 -1971) y después de 40 años siguen causando daño a esta sociedad. Gracias a la visita de Willem, por unas horas aquel colegio de Hanoi salió de su rutina y se convirtió en un lugar donde no se respiraba nada más que dulzura.
Dejó la capital vietnamita para recorrer en moto el país hasta alcanzar Ho Chi Minh. Allí, la aventura consistió en un festín por todo lo alto en una pagoda a las afueras de la ciudad. Willem, con la ayuda de otros tantos, se puso manos a la obra para obsequiar con más de 100 pancakes rellenos de mango —de ese mango que no llega a España— a niños huérfanos y ancianos. No solo eran los pancakes los que hicieron única la experiencia, sino el hecho de ver tantas caras llenas de alegría y una sonrisa, la de Willem, que reflejaba la satisfacción.
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Repartir pancakes no siempre ha resultado sencillo para Willem. En ocasiones se ha encontrado las puertas cerradas e incluso comentarios o peticiones algo cómicas. En Dubai, uno de los obreros, con cierto descaro, le rechazó sus pancakes pidiéndole a cambio un huevo frito.
Willem confiesa que no todo ha sido un camino de rosas. Enfrentarse a algún que otro sacrificio en su vida personal, a un futuro algo incierto y viajar constantemente pasa factura. Aun así, esto no corta las alas a este intrépido chico que continúa cocinando y esparciendo alegría allí por dónde pasa.
En estos momentos se encuentra en tierra australiana donde tiene pensado quedarse durante una temporada antes de probar suerte en otros continentes.
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Cuando Willem (28 años, Holanda) cerró las puertas de su casa y se echó la mochila a los hombros desconocía el largo camino que le esperaba por delante. Al comenzar su aventura se propuso otra meta al margen de lo que ya significa recorrer el mundo conociendo infinidad de países y sus culturas. Quería sembrar un poco de alegría allí por donde pasara y para lograrlo quiso hacer algo tan sencillo como ofrecer a la gente unos cuantos de sus pancakes.
Cuando Willem llega a sus destinos suele hospedarse mediante Couchsurfing y, a cambio de un sitio donde poder dormir, el chico se presta a cocinar unos más que agradecidos pancakes. Al llegar a Dubai, la chica que le hospedó le sugirió comenzar cocinando para algunos obreros que se encontraban en una de las construcciones de esta urbe en continuo crecimiento. Estos jornaleros son víctimas de lo que se conoce como esclavitud moderna, trabajadores procedentes en su mayoría de India, Pakistan y Bangladesh que se enfrentan a unas inhumanas condiciones laborales. Expuestos a temperaturas extremadamente calurosas trabajan durante unas jornadas de trabajo maratonianas a cambio de unos salarios que en ocasiones ni siquiera llegan a sus manos. Esta realidad le bastó a Willem para coger su sartén, presentarse en la obra y deleitar a estos señores con sus pancakes.
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Esta sería la primera vez que Willem se pondría el delantal y repartiría un poco de alegría a esa gente que, como él dice, «necesitan algo más de atención». A aquella experiencia le seguirían otras muchas sumergiéndose en la vida local y formando parte de ella.
De Dubai viajó hasta Pakistán, donde el holandés se lanzó a los fogones en dos ocasiones. En Karachi, la ciudad más poblada del país, cocinó para los vecinos que habitan en uno de los suburbios más conflictivos de la ciudad. Desde aquí  emprendió una larga travesía en la que serpenteó la autopista Karaokaram, la octava carretera más peligrosa del mundo, hasta llegar a Sost, la última aldea antes de cruzar la frontera hacia China.
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En este remoto lugar en el valle del Chapursan vivió uno de los momentos más emocionantes hasta la fecha. Willem tuvo la oportunidad de celebrar su vigésimo octavo cumpleaños y enseñar a los habitantes del poblado pertenecientes al grupo étnico Wakhi de qué se trataba aquello tan desconocido para ellos.
India fue el siguiente destino. Allí, uno de sus escenarios fue el templo dorado de Amritsar, donde con la ayuda de los Sijes- seguidores de la relijión india Sij- deleitó a los locales con unos pancakes al más estilo veggie — en aquella región, la gente no suele consumir huevo dado que es vegetariana—.
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De nuevo con la sarten a la espalda Willem emprendió rumbo a China donde en conmemoración del Día Internacional de la Mujer volvió a llenarse las manos de harina.
Semanas más tarde aterrizó en la capital de Vietnam. En Hanoi, Willem visitó a algunos de los niños que sufren las consecuencias del Agente Naranja.  Estos herbicidas fueron rociados por los militares estadounidenses sobre estas tierras durante la guerra de Vietnam (1961 -1971) y después de 40 años siguen causando daño a esta sociedad. Gracias a la visita de Willem, por unas horas aquel colegio de Hanoi salió de su rutina y se convirtió en un lugar donde no se respiraba nada más que dulzura.
Dejó la capital vietnamita para recorrer en moto el país hasta alcanzar Ho Chi Minh. Allí, la aventura consistió en un festín por todo lo alto en una pagoda a las afueras de la ciudad. Willem, con la ayuda de otros tantos, se puso manos a la obra para obsequiar con más de 100 pancakes rellenos de mango —de ese mango que no llega a España— a niños huérfanos y ancianos. No solo eran los pancakes los que hicieron única la experiencia, sino el hecho de ver tantas caras llenas de alegría y una sonrisa, la de Willem, que reflejaba la satisfacción.
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Repartir pancakes no siempre ha resultado sencillo para Willem. En ocasiones se ha encontrado las puertas cerradas e incluso comentarios o peticiones algo cómicas. En Dubai, uno de los obreros, con cierto descaro, le rechazó sus pancakes pidiéndole a cambio un huevo frito.
Willem confiesa que no todo ha sido un camino de rosas. Enfrentarse a algún que otro sacrificio en su vida personal, a un futuro algo incierto y viajar constantemente pasa factura. Aun así, esto no corta las alas a este intrépido chico que continúa cocinando y esparciendo alegría allí por dónde pasa.
En estos momentos se encuentra en tierra australiana donde tiene pensado quedarse durante una temporada antes de probar suerte en otros continentes.
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Opiniones 4
  • Hola,
    Me he acordado mucho de mi hermana y mi cuñado al leer el artículo «Conquistar en mundo con una sartén». Ellos están recorriendo latinoamérica en su coche y para subsistir venden arepas (que hacen ellos mismos con unos rellenos muy originales) en una cocina que montan allí dónde se instalan.
    En su blog van compartiendo sus experiencias del viaje vendiendo arepas.

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