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4 de enero 2018    /   DIGITAL
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¿Estamos convenientemente informados sobre las consecuencias negativas de la tecnología?

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Durante buena parte del tiempo, la ciencia y la tecnología se han presentado como fuerzas que podrían cambiar el mundo para mejor. Este optimismo, si bien ha estado empañado por el síndrome de Frankenstein y algunos movimientos sociales, ha sido generalizado, sobre todo en lo tocante a la innovación tecnológica.

Es difícil escudriñar las razones sociológicas que propiciaron este escenario, pero probablemente tuvo una influencia decisiva la Exposición Universal de principios de la segunda mitad del siglo XIX.

Con sus altibajos (sobre todo las dos guerras mundiales), la convicción de que la tecnología nos permitiría llegar a finisterres inimaginables se ha mantenido firme. Sin embargo, históricamente, solemos ignorar que la mayoría de innovaciones e inventos no tienen ninguna consecuencia positiva en la humanidad.

Un estudio que analizó todos los artículos sobre innovación publicados a partir de la década de 1960 advirtió de que de los miles de artículos examinados, solo 26 mencionaban las consecuencias negativas o no deseadas de la innovación. Es decir, solo uno de cada mil artículos mencionaba las consecuencias negativas o no deseadas de la innovación.

De hecho, esto no siempre fue así: durante más de 2.500 años, el término innovación tuvo connotaciones negativas.

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Parches

El problema de la innovación es que no solo se presenta necesariamente como un paso adelante frente a una innovación anterior, sino que se suele presentar sin mácula, obviando las imporantes reparaciones y correcciones que necesitan para continuar funcionando. También se pasa por alto el papel clave de viejas tecnologías cuando entran en juego las nuevas, como abunda en ello Evgeny Morozov en su libro La locura del solucionismo tecnológico:

Vemos a la Segunda Guerra Mundial como la guerra del vehículo motorizado cuando, en todo caso, pudo haber sido la guerra del caballo (…). La Alemania nazi usó 625.000 caballos en la invasión de la Unión Soviética.

Por esta inercia cultural, una innovación solo es tal si es exitosa: si fracasa, entonces es otra cosa. Ello propicia un prejuicio a favor de la innovación porque la definimos solo como la parte que nos interesa de la misma. Así innovación ha logrado, por una de esas casualidades semánticas, convertirse en un sinónimo de creatividad, originalidad o utilidad. Un claro caso de sinécdoque, es decir, tomar la parte por el todo.

Por si esto fuera poco, se suele dar por sentado que la innovación, per se, producirá frutos a toda la humanidad, cuando no necesariamente es así. De hecho, hay innovaciones que acentúan las injusticias ya existentes o generan nuevas injusticias. En otras palabras, si queremos abordar una nueva tecnología, debemos hacerlo desde la neutralidad: analizando sus pros y contras tanto en el sentido tecnológico como en el social.

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Efectos adversos

Este tipo de análisis no es necesariamente pesimista, sino que trata de poner en perspectiva la tendencia natural al optimismo de los desarrolladores de tecnología.

Por ejemplo, a primera vista se nos antoja una innovación positiva que se implante el coche autónomo, porque reducirá el número de víctimas en carretera, se consumirá menos combustible y, además, podremos hacer otras cosas mientras nos desplazamos de un lugar a otro, como responder correos y jugar al Candy Crush.

Sin embargo, ello también podría incentivar una mayor dispersión urbana, algo negativo si tenemos en cuenta que las ciudades son la forma más eficaz de organización humana (o como lo resume el economista Tim Harford en su libro La lógica oculta de la vida: «Encuentra a ocho millones de estadounidenses que vivan en el campo e intenta que quepan en Nueva York con todas sus pertenencias: las salas de juegos, los cobertizos, los coches todo terreno y los muebles de jardín formarían una pila mucho más alta que el Empire State»).

Otro ejemplo más sutil lo protagonizan los actuales recomendadores algoritmos de redes sociales como Facebook o Twitter, incluso de motores de búsqueda de Google. Estos algoritmos tratan de presentar resultados que conecten con nuestros gustos, preferencias e ideología. Eso, a primera vista, parece positivo. Sin embargo, llegados a cierto punto, la información que recibimos es tan parcial y sesgada que los usuarios están empezando a vivir en sus propias burbujas de información, desconectándose (todavía más) de las personas ideológicamente diferentes.

Es decir, que una herramienta que en apariencia nos iba a tranformar en globales nos está condenando a ser extremadamente locales, no tanto en lo geográfico sino en lo idiosincrásico. Eli Pariser ha escrito un libro solo para reflejar esta problemática, titulado muy acertadamente El filtro burbuja:

Abandonados a su suerte, los filtros personalizados presentan cierta clase de autopropaganda invisible, adoctrinándonos con nuestras propias ideas, amplificando nuestro deseo por cosas que nos son familiares y manteniéndonos ignorantes con respecto a los peligros que nos acechan en el territorio oscuro de los desconocido. En la burbuja de filtros hay menos margen para los encuentros casuales que aportan conocimientos y aprendizaje. Con frecuencia la creatividad se produce gracias a la colisión de ideas procedentes de diferentes disciplinas y culturas.

La información sobre los efectos negativos de la tecnología, pues, debería de ser un derecho como consumidores, al igual que se anexan en los fármacos un largo prospecto que enumera todos los efectos secundarios adversos del mismo. Porque, como resume Morozov, «cualquier tecnología dada puede centralizar y descentralizar, homogeneizar y pluralizar, empoderar y desempoderar al mismo tiempo».

Durante buena parte del tiempo, la ciencia y la tecnología se han presentado como fuerzas que podrían cambiar el mundo para mejor. Este optimismo, si bien ha estado empañado por el síndrome de Frankenstein y algunos movimientos sociales, ha sido generalizado, sobre todo en lo tocante a la innovación tecnológica.

Es difícil escudriñar las razones sociológicas que propiciaron este escenario, pero probablemente tuvo una influencia decisiva la Exposición Universal de principios de la segunda mitad del siglo XIX.

Con sus altibajos (sobre todo las dos guerras mundiales), la convicción de que la tecnología nos permitiría llegar a finisterres inimaginables se ha mantenido firme. Sin embargo, históricamente, solemos ignorar que la mayoría de innovaciones e inventos no tienen ninguna consecuencia positiva en la humanidad.

Un estudio que analizó todos los artículos sobre innovación publicados a partir de la década de 1960 advirtió de que de los miles de artículos examinados, solo 26 mencionaban las consecuencias negativas o no deseadas de la innovación. Es decir, solo uno de cada mil artículos mencionaba las consecuencias negativas o no deseadas de la innovación.

De hecho, esto no siempre fue así: durante más de 2.500 años, el término innovación tuvo connotaciones negativas.

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El problema de la innovación es que no solo se presenta necesariamente como un paso adelante frente a una innovación anterior, sino que se suele presentar sin mácula, obviando las imporantes reparaciones y correcciones que necesitan para continuar funcionando. También se pasa por alto el papel clave de viejas tecnologías cuando entran en juego las nuevas, como abunda en ello Evgeny Morozov en su libro La locura del solucionismo tecnológico:

Vemos a la Segunda Guerra Mundial como la guerra del vehículo motorizado cuando, en todo caso, pudo haber sido la guerra del caballo (…). La Alemania nazi usó 625.000 caballos en la invasión de la Unión Soviética.

Por esta inercia cultural, una innovación solo es tal si es exitosa: si fracasa, entonces es otra cosa. Ello propicia un prejuicio a favor de la innovación porque la definimos solo como la parte que nos interesa de la misma. Así innovación ha logrado, por una de esas casualidades semánticas, convertirse en un sinónimo de creatividad, originalidad o utilidad. Un claro caso de sinécdoque, es decir, tomar la parte por el todo.

Por si esto fuera poco, se suele dar por sentado que la innovación, per se, producirá frutos a toda la humanidad, cuando no necesariamente es así. De hecho, hay innovaciones que acentúan las injusticias ya existentes o generan nuevas injusticias. En otras palabras, si queremos abordar una nueva tecnología, debemos hacerlo desde la neutralidad: analizando sus pros y contras tanto en el sentido tecnológico como en el social.

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Efectos adversos

Este tipo de análisis no es necesariamente pesimista, sino que trata de poner en perspectiva la tendencia natural al optimismo de los desarrolladores de tecnología.

Por ejemplo, a primera vista se nos antoja una innovación positiva que se implante el coche autónomo, porque reducirá el número de víctimas en carretera, se consumirá menos combustible y, además, podremos hacer otras cosas mientras nos desplazamos de un lugar a otro, como responder correos y jugar al Candy Crush.

Sin embargo, ello también podría incentivar una mayor dispersión urbana, algo negativo si tenemos en cuenta que las ciudades son la forma más eficaz de organización humana (o como lo resume el economista Tim Harford en su libro La lógica oculta de la vida: «Encuentra a ocho millones de estadounidenses que vivan en el campo e intenta que quepan en Nueva York con todas sus pertenencias: las salas de juegos, los cobertizos, los coches todo terreno y los muebles de jardín formarían una pila mucho más alta que el Empire State»).

Otro ejemplo más sutil lo protagonizan los actuales recomendadores algoritmos de redes sociales como Facebook o Twitter, incluso de motores de búsqueda de Google. Estos algoritmos tratan de presentar resultados que conecten con nuestros gustos, preferencias e ideología. Eso, a primera vista, parece positivo. Sin embargo, llegados a cierto punto, la información que recibimos es tan parcial y sesgada que los usuarios están empezando a vivir en sus propias burbujas de información, desconectándose (todavía más) de las personas ideológicamente diferentes.

Es decir, que una herramienta que en apariencia nos iba a tranformar en globales nos está condenando a ser extremadamente locales, no tanto en lo geográfico sino en lo idiosincrásico. Eli Pariser ha escrito un libro solo para reflejar esta problemática, titulado muy acertadamente El filtro burbuja:

Abandonados a su suerte, los filtros personalizados presentan cierta clase de autopropaganda invisible, adoctrinándonos con nuestras propias ideas, amplificando nuestro deseo por cosas que nos son familiares y manteniéndonos ignorantes con respecto a los peligros que nos acechan en el territorio oscuro de los desconocido. En la burbuja de filtros hay menos margen para los encuentros casuales que aportan conocimientos y aprendizaje. Con frecuencia la creatividad se produce gracias a la colisión de ideas procedentes de diferentes disciplinas y culturas.

La información sobre los efectos negativos de la tecnología, pues, debería de ser un derecho como consumidores, al igual que se anexan en los fármacos un largo prospecto que enumera todos los efectos secundarios adversos del mismo. Porque, como resume Morozov, «cualquier tecnología dada puede centralizar y descentralizar, homogeneizar y pluralizar, empoderar y desempoderar al mismo tiempo».

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Opiniones 1
  • El progreso de la vida se acelera a medida que te pones mas viejo(a). Los nietecitos que lucian imaginablemente indefensos ya se resuelven en sus vidas ignorando los apuntes que tu les quieres proporcionar para estar siempre felices. Asi llegas a la conclusion que el paso de una generacion en la siguiente tiene poca eficacia de las experiencias de cada humano. Asi es. Sera lo que llamamos «Evolucion»?

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