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7 de agosto 2018    /   CREATIVIDAD
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Los consejos de L. Ron Hubbard para hacerte millonario escribiendo a destajo

7 de agosto 2018    /   CREATIVIDAD     por          
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Antes de convertirse en el líder de la Iglesia de la Cienciología, L. Ron Hubbard se dedicó a escribir a destajo novelas pulp de ciencia ficción, de aventuras, policiadas, bélicas y del Oeste. Cobraba a céntimo la palabra y producía más de cien mil al mes, para lo cual seguía unas reglas que convertían la literatura en una actividad sometida a las leyes del capitalismo y que provocaban que el hecho de escribir se diferenciara muy poco de gestionar una fábrica.

Aunque era mortal, L. Ron Hubbard gustaba de mostrar rasgos de divinidad. Nacido en Nebraska en 1911, desde su juventud había destacado en infinidad de disciplinas. Era, según él, explorador, músico, experto en la mente humana, antropólogo, marinero, fotógrafo, cineasta, conferenciante y, por encima de todo, escritor. Además, según decía, todo lo hacía bien. No como los demás mortales.

Durante una buena temporada y mucho antes de sentar las bases de la Cienciología, L. Ron Hubbard se ganó la vida escribiendo, a centavo la palabra, novelitas pulp entre las que destacan títulos como Campo de batalla: la Tierra. Un trabajo que realizaba a destajo y para el que estableció unas directrices muy particulares destinadas a hacer de la literatura no un arte, sino una actividad más que rentable.

Esas directrices fueron enumeradas en La fábrica de manuscritos, un texto recopilado en uno de los 16 tomos en los que se divide la enciclopedia biográfica dedicada a su persona. De entre todas ellas, las más destacadas para los que quieran ganarse la vida igual de bien que Hubbard son estas:

Eres una fábrica
Así de claro. L. Ron Hubbard tenía un concepto totalmente capitalista de la vida. Para él, la literatura era una actividad económica y, como tal, debía ser lo más rentable posible. Eso de la inspiración, del arte, del momento sublime de creación no eran más que excusas baratas para no trabajar que resumía en la frase: «Te aseguro que no es probable que un sistema basado en siglos de comercio deje de funcionar solo porque tu ingreso parezca depender de tu imaginación».

Los altibajos del comercio
Si el escritor es una fábrica, está obligado a producir de forma regular manuscritos que cumplan con el estándar de calidad que demanda el mercado y los compradores. Pero, como fábrica que es, el escritor también está sometido a los avatares de la actividad comercial. Es decir, que puede aumentar o reducir la calidad, producir más o menos, sufrir crisis e incluso quebrar. Como diría aquel, «es el mercado, amigo».

Estajanovismo, pero con cabeza
Según las hagiografías sobre L. Ron Hubbard, el escritor era capaz de producir más de cien mil palabras al mes que, necesariamente, debían ser rentables. Para saber si su obra generaba suficiente dinero, creó una curiosa ecuación cuyas variables eran el género de la historia, el número de palabras que tenía, si se habían vendido a una revista y si se habían publicado o no. Siguiendo ese sistema descubrió, por ejemplo, que de las 200.000 palabras que había escrito sobre aventuras exóticas, solo había vendido 36.000 palabras, lo que arrojaba una rentabilidad del 18%. Sin embargo, de las 120.000 palabras que sumaban sus novelas de detectives había vendido 30.000, lo que arrojaba un beneficio del 25%. Definitivamente, había que escribir novelas de detectives. Eso es lo que hizo aunque, según contaba, no le gustaban.

La sede de la fábrica
Hubbard estaba en contra de esos escritores bohemios que trabajan en cafés, en el garaje, con mala iluminación, con pocos medios… En su opinión, el escritor debía tener una oficina de la misma manera que la fábrica tiene una sede. Tanto es así que llegaba a afirmar que, si la comida procedía de la escritura y el autor trabajaba en el salón de su casa, la familia y los amigos deberían hacer vida en la cocina aunque fuera una estancia menos elegante y acogedora. De nuevo, la pasta manda.

El equipamiento
Para poder cumplir las reglas anteriores, es imprescindible tener un buen equipo de trabajo. En el caso de Hubbard, el escritor contaba con dos máquinas de escribir. Mientras trabajaba con una de ellas, la otra se estaba reparando y recuperándose de las cien mil palabras por mes que le había tocado mecanografiar el mes anterior.

La materia prima
Si no hay materia prima, es tontería que la fábrica esté funcionando. En ocasiones es mejor parar la producción y esperar a que haya nuevo material. Lo más probable es que, cuando la factoría se vuelva a poner en marcha, se obtengan mejores resultados en una semana que en cuatro si no había nada que contar.

Cuidar los detalles
Aunque en la actualidad este consejo pueda resultar anacrónico, sí que da una idea de cómo Hubbard se planteaba el negocio de escribir. Para él era imprescindible comprar papel de buena calidad. No solo poque fuera un señorito, sino porque el malo amarillea antes. Un manuscrito amarillo demostraba que era antiguo y que había sido rechazado en varias ocasiones por otros editores, lo que provocaría que los siguientes a los que se le presentase lo volverían a rechazar al sospechar de su baja calidad. También ponía especial atención en cómo se presentaba mecanografiado el original. De hecho, afirmaba que, para hacer dinero de la literatura, era más útil apuntarse a un curso de mecanografía que de escritura creativa.

El departamento de ventas
Libros, novelas, jabón… para Hubbard todo era lo mismo. La cosa era vender el producto y hacer el máximo dinero posible. Por tanto, defendía que el escritor tenía que tener un departamento de ventas que no estuviera formado ni por un crítico, ni por un estudioso sino, simple y llanamente, por un comercial. «Valen más que el 10% que cobran y además harán aquellas cosas que por humildad y pudor tú no te atrevas a hacer en el campo de la promoción», defendía.

Equilibrio y evolución
Hubbard afirmaba que era necesario encontrar ese equilibrio entre calidad y cantidad. «Escribe poco y tu soltura descenderá. Escribe demasiado y caerá tu calidad», afirmaba. Para él, ese equilibrio estaba en 70.000 palabras al mes, aunque lo verdaderamente importante era que la calidad del producto mejorase día a día.

Es un hecho que alguien que siga estos consejos nunca ganará un Premio Nobel de literatura. Sin embargo, tal vez pueda dar la entrada para comprarse una mansión, montar una iglesia propia y, en el futuro, arrebatarle a Hubbard el Récord Guinness al autor más publicado del mundo que, aunque parezca mentira, está muy muy por encima de la producción literaria de César Vidal. Ni más ni menos que 1.084 títulos publicados entre febrero de 1934 y marzo de 2006.

Antes de convertirse en el líder de la Iglesia de la Cienciología, L. Ron Hubbard se dedicó a escribir a destajo novelas pulp de ciencia ficción, de aventuras, policiadas, bélicas y del Oeste. Cobraba a céntimo la palabra y producía más de cien mil al mes, para lo cual seguía unas reglas que convertían la literatura en una actividad sometida a las leyes del capitalismo y que provocaban que el hecho de escribir se diferenciara muy poco de gestionar una fábrica.

Aunque era mortal, L. Ron Hubbard gustaba de mostrar rasgos de divinidad. Nacido en Nebraska en 1911, desde su juventud había destacado en infinidad de disciplinas. Era, según él, explorador, músico, experto en la mente humana, antropólogo, marinero, fotógrafo, cineasta, conferenciante y, por encima de todo, escritor. Además, según decía, todo lo hacía bien. No como los demás mortales.

Durante una buena temporada y mucho antes de sentar las bases de la Cienciología, L. Ron Hubbard se ganó la vida escribiendo, a centavo la palabra, novelitas pulp entre las que destacan títulos como Campo de batalla: la Tierra. Un trabajo que realizaba a destajo y para el que estableció unas directrices muy particulares destinadas a hacer de la literatura no un arte, sino una actividad más que rentable.

Esas directrices fueron enumeradas en La fábrica de manuscritos, un texto recopilado en uno de los 16 tomos en los que se divide la enciclopedia biográfica dedicada a su persona. De entre todas ellas, las más destacadas para los que quieran ganarse la vida igual de bien que Hubbard son estas:

Eres una fábrica
Así de claro. L. Ron Hubbard tenía un concepto totalmente capitalista de la vida. Para él, la literatura era una actividad económica y, como tal, debía ser lo más rentable posible. Eso de la inspiración, del arte, del momento sublime de creación no eran más que excusas baratas para no trabajar que resumía en la frase: «Te aseguro que no es probable que un sistema basado en siglos de comercio deje de funcionar solo porque tu ingreso parezca depender de tu imaginación».

Los altibajos del comercio
Si el escritor es una fábrica, está obligado a producir de forma regular manuscritos que cumplan con el estándar de calidad que demanda el mercado y los compradores. Pero, como fábrica que es, el escritor también está sometido a los avatares de la actividad comercial. Es decir, que puede aumentar o reducir la calidad, producir más o menos, sufrir crisis e incluso quebrar. Como diría aquel, «es el mercado, amigo».

Estajanovismo, pero con cabeza
Según las hagiografías sobre L. Ron Hubbard, el escritor era capaz de producir más de cien mil palabras al mes que, necesariamente, debían ser rentables. Para saber si su obra generaba suficiente dinero, creó una curiosa ecuación cuyas variables eran el género de la historia, el número de palabras que tenía, si se habían vendido a una revista y si se habían publicado o no. Siguiendo ese sistema descubrió, por ejemplo, que de las 200.000 palabras que había escrito sobre aventuras exóticas, solo había vendido 36.000 palabras, lo que arrojaba una rentabilidad del 18%. Sin embargo, de las 120.000 palabras que sumaban sus novelas de detectives había vendido 30.000, lo que arrojaba un beneficio del 25%. Definitivamente, había que escribir novelas de detectives. Eso es lo que hizo aunque, según contaba, no le gustaban.

La sede de la fábrica
Hubbard estaba en contra de esos escritores bohemios que trabajan en cafés, en el garaje, con mala iluminación, con pocos medios… En su opinión, el escritor debía tener una oficina de la misma manera que la fábrica tiene una sede. Tanto es así que llegaba a afirmar que, si la comida procedía de la escritura y el autor trabajaba en el salón de su casa, la familia y los amigos deberían hacer vida en la cocina aunque fuera una estancia menos elegante y acogedora. De nuevo, la pasta manda.

El equipamiento
Para poder cumplir las reglas anteriores, es imprescindible tener un buen equipo de trabajo. En el caso de Hubbard, el escritor contaba con dos máquinas de escribir. Mientras trabajaba con una de ellas, la otra se estaba reparando y recuperándose de las cien mil palabras por mes que le había tocado mecanografiar el mes anterior.

La materia prima
Si no hay materia prima, es tontería que la fábrica esté funcionando. En ocasiones es mejor parar la producción y esperar a que haya nuevo material. Lo más probable es que, cuando la factoría se vuelva a poner en marcha, se obtengan mejores resultados en una semana que en cuatro si no había nada que contar.

Cuidar los detalles
Aunque en la actualidad este consejo pueda resultar anacrónico, sí que da una idea de cómo Hubbard se planteaba el negocio de escribir. Para él era imprescindible comprar papel de buena calidad. No solo poque fuera un señorito, sino porque el malo amarillea antes. Un manuscrito amarillo demostraba que era antiguo y que había sido rechazado en varias ocasiones por otros editores, lo que provocaría que los siguientes a los que se le presentase lo volverían a rechazar al sospechar de su baja calidad. También ponía especial atención en cómo se presentaba mecanografiado el original. De hecho, afirmaba que, para hacer dinero de la literatura, era más útil apuntarse a un curso de mecanografía que de escritura creativa.

El departamento de ventas
Libros, novelas, jabón… para Hubbard todo era lo mismo. La cosa era vender el producto y hacer el máximo dinero posible. Por tanto, defendía que el escritor tenía que tener un departamento de ventas que no estuviera formado ni por un crítico, ni por un estudioso sino, simple y llanamente, por un comercial. «Valen más que el 10% que cobran y además harán aquellas cosas que por humildad y pudor tú no te atrevas a hacer en el campo de la promoción», defendía.

Equilibrio y evolución
Hubbard afirmaba que era necesario encontrar ese equilibrio entre calidad y cantidad. «Escribe poco y tu soltura descenderá. Escribe demasiado y caerá tu calidad», afirmaba. Para él, ese equilibrio estaba en 70.000 palabras al mes, aunque lo verdaderamente importante era que la calidad del producto mejorase día a día.

Es un hecho que alguien que siga estos consejos nunca ganará un Premio Nobel de literatura. Sin embargo, tal vez pueda dar la entrada para comprarse una mansión, montar una iglesia propia y, en el futuro, arrebatarle a Hubbard el Récord Guinness al autor más publicado del mundo que, aunque parezca mentira, está muy muy por encima de la producción literaria de César Vidal. Ni más ni menos que 1.084 títulos publicados entre febrero de 1934 y marzo de 2006.

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