6 de octubre 2015    /   CIENCIA
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Cúreme esta histeria, doctor

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El mismísimo inventor del vibrador palidecería si pudiera comprobar hasta qué punto se ha sofisticado su artilugio para tratar la histeria femenina.
Hasta mediados del siglo XIX, se consideraban histéricas aquellas mujeres que sufrían de insomnio, irritabilidad, pérdida de apetito, fuertes dolores de cabeza y desfallecimientos. Se conocía como la enfermedad del útero caliente o fiebres vaginales, y era muy común entre las clases altas.
Las mujeres de la plebe no tenían tiempo ni para depresiones ni histerias. Aquel era un mal de mujeres adineradas, las únicas que podían pagar los servicios médicos que trataban sus  males con «masajes pélvicos» o, más bien, masturbaciones terapéuticas. Los doctores estimulaban con sus propias manos los genitales de la paciente hasta conseguir lo que entonces llamaban paroxismo histérico y que nosotros conocemos como orgasmo. Tratamientos que además evidenciaban la mediocre vida sexual de las enfermas, propia y en pareja.

Las mujeres de la plebe no tenían tiempo ni para depresiones ni histerias. Aquel era un mal de mujeres adineradas


El primer vibrador fue un invento de un médico británico llamado Joseph Mortimer Granville. Las fechas son confusas y los historiadores no se ponen de acuerdo exactamente. Entre 1870 y 1880 apareció el primer falo provisto de baterías que se convirtió en el mejor reclamo para los balnearios de lujo de Europa y Estados Unidos.
No solo lo usaban las mujeres. Algunos hombres se sometían a tratamientos similares para masajearse la próstata y utilizaban el mismo aparato que ellas sin que en su caso se considerara una enfermedad psiquiátrica. En ellas, la inexistencia o carencias sexuales que pudieran sufrir se estudiaba como dolencia  hasta que a mediados del siglo XX la propia medicina desterró la histeria femenina de los tratados de psiquiatría y la industria pornográfica cogió el testigo. A principios de los 60 se filmó la primera escena del artilugio utilizado por una actriz con las piernas abiertas y enfocada directamente a cámara.
A partir de aquí ni terapia de grupo ni nada. El vibrador se dejó para la industria del ocio para adultos y casi ha tenido que plantarse el siglo XXI de lleno para que veamos con naturalidad que cualquiera de nosotras disponga de cuantos apetezca para usar sola o acompañada sin necesidad de tener ningún mal que justifique su uso.
Granville no imaginaba que en menos de 150 años su invento llegaría hasta donde ha llegado.
Denominamos vibradores a aquellos que disponen en su interior de un mecanismo de rotor y dildos a los que diseñan formas fálicas sin ningún tipo de movimiento que necesite alimentación eléctrica alguna.
En ambos casos, estamos bien servidos.
En los años 60 para engatusar a las mujeres y que los compraran sin avergonzase ante sus vecinos por tenerlos en el baño, se recurrió a destacar las bondades como masajeadores faciales y así aparecían en los anuncios. Por mucho amor libre que se promulgara, los vibradores seguían siendo cosa de unas pocas. Todas y cada una de las que los compraban comprobaban a la primera enchufada que lo que estiraba la papada también servía para calmar la entrepierna. Pocas mujeres querían ser confundidas con actrices porno y las listas que se hacían con un vibrador preferían fingir estiramientos faciales antes de reconocer sus remedios para las calenturas.

La que no se consuela es porque no quiere. Y ya sin necesidad siquiera de receta


dildo
A todo lo que había en el mercado, vinieron a unirse los penes hiperrealistas fabricados en silicona y los vibradores de bolsillo. Mientras unos reproducen con exactitud hasta las venas del miembro, los otros permiten absoluta discreción. El Authentic Reaction Dong de la marca Nmc sigue siendo uno de los más vendidos. Por sus espléndidas medidas (19 cm de largo y 4 de ancho), distintas velocidades y un tacto divino de vinilo especial no deja de tener adeptas que gustosas pegan su ventosa donde haga falta. En cuanto a los de bolsillo, hay quien hasta los colecciona. Todos pueden esconderse en una mano y permiten hasta un máximo de 10 velocidades y la mayoría adoptan formas tan inocentes que parecen simples porta pastillas. El secreto mejor guardado de cualquiera.
El siguiente paso fue el inconformismo hecho onanismo. A las penetraciones se sumaron la estimulación del clítoris y de ahí a la mayor alegría que proporciona todos los que estimulan el punto G. Estos modelos consiguen zanjar para siempre las dudas sobre la existencia del punto en cuestión y suelen arrinconar al resto de aparatejos en cuanto se prueban.
Tienen forma de U, algunos con extremos de diferente longitud o incluso grosor, flexibles, que permiten amoldarlos dentro de la vagina de tal manera que uno de los extremos siempre estimula el punto G y los hay con diseños que permiten usarse en pareja de forma que un estremo estimule el punto G, el otro el clítoris (el órgano con más terminaciones nerviosas de nuestro cuerpo y el único cuya única función es dar placer) y que permiten que quepa el pene de nuestro compañero si queremos. Algo así como un 3 en 1 magnífico.
La que no se consuela es porque no quiere. Y ya sin necesidad siquiera de receta.
histeria
 

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El mismísimo inventor del vibrador palidecería si pudiera comprobar hasta qué punto se ha sofisticado su artilugio para tratar la histeria femenina.
Hasta mediados del siglo XIX, se consideraban histéricas aquellas mujeres que sufrían de insomnio, irritabilidad, pérdida de apetito, fuertes dolores de cabeza y desfallecimientos. Se conocía como la enfermedad del útero caliente o fiebres vaginales, y era muy común entre las clases altas.
Las mujeres de la plebe no tenían tiempo ni para depresiones ni histerias. Aquel era un mal de mujeres adineradas, las únicas que podían pagar los servicios médicos que trataban sus  males con «masajes pélvicos» o, más bien, masturbaciones terapéuticas. Los doctores estimulaban con sus propias manos los genitales de la paciente hasta conseguir lo que entonces llamaban paroxismo histérico y que nosotros conocemos como orgasmo. Tratamientos que además evidenciaban la mediocre vida sexual de las enfermas, propia y en pareja.

Las mujeres de la plebe no tenían tiempo ni para depresiones ni histerias. Aquel era un mal de mujeres adineradas


El primer vibrador fue un invento de un médico británico llamado Joseph Mortimer Granville. Las fechas son confusas y los historiadores no se ponen de acuerdo exactamente. Entre 1870 y 1880 apareció el primer falo provisto de baterías que se convirtió en el mejor reclamo para los balnearios de lujo de Europa y Estados Unidos.
No solo lo usaban las mujeres. Algunos hombres se sometían a tratamientos similares para masajearse la próstata y utilizaban el mismo aparato que ellas sin que en su caso se considerara una enfermedad psiquiátrica. En ellas, la inexistencia o carencias sexuales que pudieran sufrir se estudiaba como dolencia  hasta que a mediados del siglo XX la propia medicina desterró la histeria femenina de los tratados de psiquiatría y la industria pornográfica cogió el testigo. A principios de los 60 se filmó la primera escena del artilugio utilizado por una actriz con las piernas abiertas y enfocada directamente a cámara.
A partir de aquí ni terapia de grupo ni nada. El vibrador se dejó para la industria del ocio para adultos y casi ha tenido que plantarse el siglo XXI de lleno para que veamos con naturalidad que cualquiera de nosotras disponga de cuantos apetezca para usar sola o acompañada sin necesidad de tener ningún mal que justifique su uso.
Granville no imaginaba que en menos de 150 años su invento llegaría hasta donde ha llegado.
Denominamos vibradores a aquellos que disponen en su interior de un mecanismo de rotor y dildos a los que diseñan formas fálicas sin ningún tipo de movimiento que necesite alimentación eléctrica alguna.
En ambos casos, estamos bien servidos.
En los años 60 para engatusar a las mujeres y que los compraran sin avergonzase ante sus vecinos por tenerlos en el baño, se recurrió a destacar las bondades como masajeadores faciales y así aparecían en los anuncios. Por mucho amor libre que se promulgara, los vibradores seguían siendo cosa de unas pocas. Todas y cada una de las que los compraban comprobaban a la primera enchufada que lo que estiraba la papada también servía para calmar la entrepierna. Pocas mujeres querían ser confundidas con actrices porno y las listas que se hacían con un vibrador preferían fingir estiramientos faciales antes de reconocer sus remedios para las calenturas.

La que no se consuela es porque no quiere. Y ya sin necesidad siquiera de receta


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A todo lo que había en el mercado, vinieron a unirse los penes hiperrealistas fabricados en silicona y los vibradores de bolsillo. Mientras unos reproducen con exactitud hasta las venas del miembro, los otros permiten absoluta discreción. El Authentic Reaction Dong de la marca Nmc sigue siendo uno de los más vendidos. Por sus espléndidas medidas (19 cm de largo y 4 de ancho), distintas velocidades y un tacto divino de vinilo especial no deja de tener adeptas que gustosas pegan su ventosa donde haga falta. En cuanto a los de bolsillo, hay quien hasta los colecciona. Todos pueden esconderse en una mano y permiten hasta un máximo de 10 velocidades y la mayoría adoptan formas tan inocentes que parecen simples porta pastillas. El secreto mejor guardado de cualquiera.
El siguiente paso fue el inconformismo hecho onanismo. A las penetraciones se sumaron la estimulación del clítoris y de ahí a la mayor alegría que proporciona todos los que estimulan el punto G. Estos modelos consiguen zanjar para siempre las dudas sobre la existencia del punto en cuestión y suelen arrinconar al resto de aparatejos en cuanto se prueban.
Tienen forma de U, algunos con extremos de diferente longitud o incluso grosor, flexibles, que permiten amoldarlos dentro de la vagina de tal manera que uno de los extremos siempre estimula el punto G y los hay con diseños que permiten usarse en pareja de forma que un estremo estimule el punto G, el otro el clítoris (el órgano con más terminaciones nerviosas de nuestro cuerpo y el único cuya única función es dar placer) y que permiten que quepa el pene de nuestro compañero si queremos. Algo así como un 3 en 1 magnífico.
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