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26 de febrero 2019    /   IDEAS
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¿Son el consumo responsable y la alimentación sostenible un cuento chino?

26 de febrero 2019    /   IDEAS     por          
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Hace tiempo que muchas personas están sensibilizadas con la alimentación sostenible y el reciclaje. Cada vez se mira más con lupa el etiquetado nutricional de alimentos y se pretende contaminar lo menos posible. Pero, a veces, uno puede dejarse llevar por titulares sensacionalistas y perderse en el camino.

Tampoco es que pase nada. Meter la gamba es humano. Y aunque dicen que la intención es lo que cuenta, sí que conviene hacer un repaso a algunos de los errores más comunes a la hora de enarbolar correctamente la bandera de eso que llaman consumo responsable y alimentación sostenible.

Las bebidas vegetales, por ejemplo, están de moda –el consumo de leche de vaca, en cambio, lleva un tiempo cayendo–. De hecho, y según Euromonitor, las vegetales conforman el 12% de las ventas mundiales de leche en la actualidad.

«La leche de almendra, soja o avena no es leche y, desde el año pasado, la ley impide denominarla leche», matiza el científico y profesor José Miguel Mulet. «Son alimentos que no tienen nada que ver, más allá del color. Por lo tanto, cambiar uno por otro es como cambiar una naranja por un cacahuete».

La simpatía por la alimentación limpia y las dietas bajas en grasas, así como la concienciación del problema de las emisiones –se descubrió que las emisiones de metano del ganado vacuno son veneno para el calentamiento global–, ha hecho que muchos abandonen la leche de vaca en favor de esas otras alternativas vegetales –con multitud de variedades distintas a la soja, que durante mucho tiempo fue la reina de ese mercado–.

Hasta ahí todo bien. «Lo que la gente no sabe es el daño ambiental que están haciendo las plantaciones de almendras en California y el costo del agua. Se necesitan 1.611 galones estadounidenses (6.098 litros) para producir un litro de leche de almendra», comenta, en una entrevista publicada en The Guardian, Pete Hemingway, community manager de la Asociación de Restaurantes Sostenibles (ARS).

El Estado de California, azotado por la sequía en los últimos años, es el productor de almendras más grande del mundo. Hemingway asegura que un buen número de agricultores está arrancando huertos de cítricos con una diversidad biológica relativa para dar respuesta a la creciente demanda de almendras, apostando por un monocultivo alimentado por pozos de agua cada vez más profundos.

Y ese excesivo bombeo de agua subterránea hace que la tierra se esté hundiendo más rápidamente en muchas zonas del Estado. ¿Debería, entonces, dejarse de consumir leche de almendra? No necesariamente, aunque sí conviene saber que de los sucedáneos de la tradicional leche de vaca, la bebida de avena es la opción más sostenible.

Contaminación por plásticos

El mundo del plástico tampoco es la leche. El mercado de los bioplásticos y envases biodegradables también sigue creciendo –muchos vendedores ambulantes, de hecho, sirven ya su comida en envases bioplásticos, lo que puede sonar a cierto ecologismo–. Pero la coalición de oenegés Rethink Plastic Alliance tiene claro que los bioplásticos son, en muchos sentidos, otro plástico contaminante y que no solucionan el problema de la contaminación por plásticos.

Según explican, los plásticos de base biológica están «hechos, en parte o totalmente, a partir de materia orgánica de plantas y animales, a menudo en combinación con combustibles fósiles». Pero lo peor de todo es que menos del 40% de estos plásticos están diseñados para ser biodegradables. Es decir, que más le valdría a uno llevar siempre un par de cubiertos en el bolso.

«Nos vendría muy bien, como sociedad, abundar en la recuperación del empleo de utensilios no perecederos, reutilizables o reciclables, según los casos», comenta José Vicente Rovira, profesor de ecología de la Universidad Complutense de Madrid.

«Apareció la moda de emplear plásticos para todo con el desarrollo de la química orgánica de síntesis, basada en los hidrocarburos fósiles como fuente de materia prima y de energía para los procesos. Y, con ella, fuimos abandonando casi por completo la costumbre de emplear algunos metales, en vez de armonizar ambos usos, buscando más eficiencia y menor agresión al ambiente».

«Donde digo metales, podríamos decir papel, fibras vegetales y animales, madera, etc. Los materiales no son ‘los malos de la película’, depende, más bien, de la cantidad de su consumo y de cómo los producimos, usamos y desechamos», argumenta sobre esta problemática.

Algo parecido ocurre con las botellas de agua ecoamigables. ¿Conviene reutilizar las botellas de plástico que solemos encontrar en las tiendas de alimentos? Realmente no, porque contienen componentes químicos –como el bisfenol A (BPA)– que pueden ser perjudiciales para la salud.

Se calcula que cada minuto se compra en el mundo alrededor de un millón de botellas de plástico –y que la cifra aumentará un 20% para el año 2021–. La mayoría de las botellas de plástico utilizadas para envasar refrescos y agua están hechas de PET (tereftalato de polietileno), un tipo de plástico altamente reciclable. Pero, a medida que su uso se dispara en todo el mundo, los esfuerzos por recolectar y reciclar las botellas para evitar que contaminen los océanos no parecen estar a la altura.

Una encuesta reciente de la ONG Keep Britain Tidy encontró que el 55% de la gente posee hoy día una botella recargable, pero solo el 36% de esas personas la lleva encima de forma habitual

Lo ideal sería llevar siempre encima una botella hecha con materiales reciclados (por ejemplo, botellas ecológicas). O bien acostumbrarse a llevar siempre en el bolso –igual que se meten las llaves, el teléfono y la cartera– una botella reutilizable de materiales ecofriendly como el cristal –reciclable y que no reacciona en contacto con los alimentos, aunque sea pesado y frágil–, silicona o acero inoxidable –que no contienen BPA y son aptos para bebidas frías y calientes–.

¿Y qué pasa con las famosas bolsas de la compra? Mucha gente puso el grito en el cielo cuando el Gobierno aprobó recientemente una medida por la que los comercios debían cobrar las bolsas de plástico a sus clientes. Otros aplaudieron esa decisión –teniendo en cuenta que cada español usa unas 144 bolsas de plástico al año y que cada una de ellas tarda entre 100 y 500 años en descomponerse por completo–.

En muchos países, de hecho, esa medida ha sido un éxito. Reino Unido, por ejemplo, usa ahora 6,5 billones menos de bolsas al año –desde que sus comerciantes las cobran a 5 peniques–.

Pero nunca llueve a gusto de todos y un estudio del gobierno danés sobre el impacto medioambiental de las bolsas de plástico preocupa ahora a muchos expertos. «Existe el temor de que las personas no reutilicen las bolsas más pesadas lo suficiente, en la medida en que el volumen de bolsas de plástico en circulación podría, en realidad, estar aumentando», comenta Hemingway.

Según esa investigación, el mayor impacto ambiental fue asignado a las bolsas de algodón orgánico, que tienen que ser usadas al menos 149 veces para compensar su impacto climático (en comparación con las 43 veces de una bolsa de papel normal). Además, las personas deben usar su bolsa reutilizable (al menos) ocho veces antes de que su huella de carbono sea inferior a la de una bolsa de la compra estándar.

«El algodón orgánico tiene un impacto ambiental disparado, ya que el algodón precisa mucha agua, y si es orgánico, la producción es muy baja», apostilla Mulet. «Mejor [utilizar] bolsas de algodón transgénico (que son la mayoría) y si no, bolsas de material sintético, pero que las utilices mucho tiempo. El problema es que muchos comercios se han puesto a regalar bolsas presuntamente reutilizables, pero de tan mala calidad que apenas duran un mes. Mejor cómprate una buena y tenla mucho tiempo».

Buen consejo. Total, siempre habrá tiempo para convertirse en un terrorista medioambiental.

Hace tiempo que muchas personas están sensibilizadas con la alimentación sostenible y el reciclaje. Cada vez se mira más con lupa el etiquetado nutricional de alimentos y se pretende contaminar lo menos posible. Pero, a veces, uno puede dejarse llevar por titulares sensacionalistas y perderse en el camino.

Tampoco es que pase nada. Meter la gamba es humano. Y aunque dicen que la intención es lo que cuenta, sí que conviene hacer un repaso a algunos de los errores más comunes a la hora de enarbolar correctamente la bandera de eso que llaman consumo responsable y alimentación sostenible.

Las bebidas vegetales, por ejemplo, están de moda –el consumo de leche de vaca, en cambio, lleva un tiempo cayendo–. De hecho, y según Euromonitor, las vegetales conforman el 12% de las ventas mundiales de leche en la actualidad.

«La leche de almendra, soja o avena no es leche y, desde el año pasado, la ley impide denominarla leche», matiza el científico y profesor José Miguel Mulet. «Son alimentos que no tienen nada que ver, más allá del color. Por lo tanto, cambiar uno por otro es como cambiar una naranja por un cacahuete».

La simpatía por la alimentación limpia y las dietas bajas en grasas, así como la concienciación del problema de las emisiones –se descubrió que las emisiones de metano del ganado vacuno son veneno para el calentamiento global–, ha hecho que muchos abandonen la leche de vaca en favor de esas otras alternativas vegetales –con multitud de variedades distintas a la soja, que durante mucho tiempo fue la reina de ese mercado–.

Hasta ahí todo bien. «Lo que la gente no sabe es el daño ambiental que están haciendo las plantaciones de almendras en California y el costo del agua. Se necesitan 1.611 galones estadounidenses (6.098 litros) para producir un litro de leche de almendra», comenta, en una entrevista publicada en The Guardian, Pete Hemingway, community manager de la Asociación de Restaurantes Sostenibles (ARS).

El Estado de California, azotado por la sequía en los últimos años, es el productor de almendras más grande del mundo. Hemingway asegura que un buen número de agricultores está arrancando huertos de cítricos con una diversidad biológica relativa para dar respuesta a la creciente demanda de almendras, apostando por un monocultivo alimentado por pozos de agua cada vez más profundos.

Y ese excesivo bombeo de agua subterránea hace que la tierra se esté hundiendo más rápidamente en muchas zonas del Estado. ¿Debería, entonces, dejarse de consumir leche de almendra? No necesariamente, aunque sí conviene saber que de los sucedáneos de la tradicional leche de vaca, la bebida de avena es la opción más sostenible.

Contaminación por plásticos

El mundo del plástico tampoco es la leche. El mercado de los bioplásticos y envases biodegradables también sigue creciendo –muchos vendedores ambulantes, de hecho, sirven ya su comida en envases bioplásticos, lo que puede sonar a cierto ecologismo–. Pero la coalición de oenegés Rethink Plastic Alliance tiene claro que los bioplásticos son, en muchos sentidos, otro plástico contaminante y que no solucionan el problema de la contaminación por plásticos.

Según explican, los plásticos de base biológica están «hechos, en parte o totalmente, a partir de materia orgánica de plantas y animales, a menudo en combinación con combustibles fósiles». Pero lo peor de todo es que menos del 40% de estos plásticos están diseñados para ser biodegradables. Es decir, que más le valdría a uno llevar siempre un par de cubiertos en el bolso.

«Nos vendría muy bien, como sociedad, abundar en la recuperación del empleo de utensilios no perecederos, reutilizables o reciclables, según los casos», comenta José Vicente Rovira, profesor de ecología de la Universidad Complutense de Madrid.

«Apareció la moda de emplear plásticos para todo con el desarrollo de la química orgánica de síntesis, basada en los hidrocarburos fósiles como fuente de materia prima y de energía para los procesos. Y, con ella, fuimos abandonando casi por completo la costumbre de emplear algunos metales, en vez de armonizar ambos usos, buscando más eficiencia y menor agresión al ambiente».

«Donde digo metales, podríamos decir papel, fibras vegetales y animales, madera, etc. Los materiales no son ‘los malos de la película’, depende, más bien, de la cantidad de su consumo y de cómo los producimos, usamos y desechamos», argumenta sobre esta problemática.

Algo parecido ocurre con las botellas de agua ecoamigables. ¿Conviene reutilizar las botellas de plástico que solemos encontrar en las tiendas de alimentos? Realmente no, porque contienen componentes químicos –como el bisfenol A (BPA)– que pueden ser perjudiciales para la salud.

Se calcula que cada minuto se compra en el mundo alrededor de un millón de botellas de plástico –y que la cifra aumentará un 20% para el año 2021–. La mayoría de las botellas de plástico utilizadas para envasar refrescos y agua están hechas de PET (tereftalato de polietileno), un tipo de plástico altamente reciclable. Pero, a medida que su uso se dispara en todo el mundo, los esfuerzos por recolectar y reciclar las botellas para evitar que contaminen los océanos no parecen estar a la altura.

Una encuesta reciente de la ONG Keep Britain Tidy encontró que el 55% de la gente posee hoy día una botella recargable, pero solo el 36% de esas personas la lleva encima de forma habitual

Lo ideal sería llevar siempre encima una botella hecha con materiales reciclados (por ejemplo, botellas ecológicas). O bien acostumbrarse a llevar siempre en el bolso –igual que se meten las llaves, el teléfono y la cartera– una botella reutilizable de materiales ecofriendly como el cristal –reciclable y que no reacciona en contacto con los alimentos, aunque sea pesado y frágil–, silicona o acero inoxidable –que no contienen BPA y son aptos para bebidas frías y calientes–.

¿Y qué pasa con las famosas bolsas de la compra? Mucha gente puso el grito en el cielo cuando el Gobierno aprobó recientemente una medida por la que los comercios debían cobrar las bolsas de plástico a sus clientes. Otros aplaudieron esa decisión –teniendo en cuenta que cada español usa unas 144 bolsas de plástico al año y que cada una de ellas tarda entre 100 y 500 años en descomponerse por completo–.

En muchos países, de hecho, esa medida ha sido un éxito. Reino Unido, por ejemplo, usa ahora 6,5 billones menos de bolsas al año –desde que sus comerciantes las cobran a 5 peniques–.

Pero nunca llueve a gusto de todos y un estudio del gobierno danés sobre el impacto medioambiental de las bolsas de plástico preocupa ahora a muchos expertos. «Existe el temor de que las personas no reutilicen las bolsas más pesadas lo suficiente, en la medida en que el volumen de bolsas de plástico en circulación podría, en realidad, estar aumentando», comenta Hemingway.

Según esa investigación, el mayor impacto ambiental fue asignado a las bolsas de algodón orgánico, que tienen que ser usadas al menos 149 veces para compensar su impacto climático (en comparación con las 43 veces de una bolsa de papel normal). Además, las personas deben usar su bolsa reutilizable (al menos) ocho veces antes de que su huella de carbono sea inferior a la de una bolsa de la compra estándar.

«El algodón orgánico tiene un impacto ambiental disparado, ya que el algodón precisa mucha agua, y si es orgánico, la producción es muy baja», apostilla Mulet. «Mejor [utilizar] bolsas de algodón transgénico (que son la mayoría) y si no, bolsas de material sintético, pero que las utilices mucho tiempo. El problema es que muchos comercios se han puesto a regalar bolsas presuntamente reutilizables, pero de tan mala calidad que apenas duran un mes. Mejor cómprate una buena y tenla mucho tiempo».

Buen consejo. Total, siempre habrá tiempo para convertirse en un terrorista medioambiental.

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