22 de abril 2020    /   CREATIVIDAD
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‘Contact’: así luce el big bang reinterpretado con botellas de plástico

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Cuando en la película Contact (1996) el personaje de Jodie Foster vuelve de un viaje a otro planeta, sus colegas le preguntan «¿Qué ha visto?», a lo que ella responde: «Estoy sin palabras. Deberían haber enviado a un poeta». El universo ha sido contado por astrónomos y físicos, pero son los artistas los que pueden acercarnos a su inmensidad desde un prisma estético. Van Gogh puede mostrar la inmensidad de una noche estrellada con la misma maestría que Carl Sagan.

Fue precisamente este divulgador y astrónomo quien firmó la novela Contact (1985), en la que se basa la mencionada película. Y en la que se basa también la serie Contact, explorador de ruido cósmico de fondo. En ella, el artista Françoise Bucher rebusca entre los renglones de Sagan para convertir la ciencia ficción en arte.

Entrevistar a Bucher es complicado. Le pillamos en medio de una mudanza transoceánica que cambiará su residencia de Berlín a México. Entre las maletas, los proyectos y los visados, se empieza a colar además un ruido (no cósmico) de fondo que acaba precipitándolo todo. Las noticias sobre un nuevo coronavirus empiezan a ser cada vez más insistentes.

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Al final Butcher adelanta su viaje ante la previsión de que ciertos países limiten la entrada de europeos, algo que acaba sucediendo cuando él está ya felizmente instalado en su nueva residencia. Desde allí contesta a nuestras preguntas.

Esta atropellada mudanza es la última de una larga lista, explica. «He tenido un recorrido bien extraño, laberíntico podría decirse», reconoce con un acento dulce que remite a sus orígenes. «Nacido en Cali, padre francés, colegio inglés…», va enumerando. Bucher toma aire para seguir relatando una lista interminable de experiencias y lugares: «Vida en Londres, Bogotá; estudié derecho, literatura, filosofía… En realidad vengo de una familia de filósofos. Muy de la rama de Michael Heidegger», apostilla.

Françoise Bucher es un artista con ramalazos filosóficos. Asegura estar fascinado con las paradojas temporales. Por eso el libro de Sagan le obsesionó tanto, por eso ha decidido traducirlo a un lenguaje plástico, visual, tangible.

Unas letras de neón que se reflejan en una piscina; unos cuernos de venado tatuados de estrellas; unos círculos concéntricos que reflejan el puente interdimensional de la novela; un domo, que representa las enormes antenas para establecer contacto con inteligencias extraterrestres… Las obras que componen Contact, explorador de ruido cósmico de fondo son distintas en su técnica y su resultado. El único hilo conductor es el libro de Carl Sagan. Todas estas piezas tienen, además, un valor especial que va más allá de su similitud estética con lo narrado por el astrofísico.

El mencionado domo celeste de Bucher podría pasar por las enormes antenas que buscan señales en el espacio en la novela de Sagan. Pero este domo es en realidad una maloca, un lugar ceremonial de los indígenas del Amazonas. Los círculos concéntricos creados para esta serie, que se asemejan al portal interdimensional que imaginó Sagan, han sido creados por José Simón, un electricista de Bogotá que asegura tener el poder de sanar con sus manos. Todos los elementos de Contact, explorador de ruido cósmico de fondo tienen una segunda lectura que entronca la novela de Sagan con culturas, personas o hechos reales.

Es quizá la serie Anisotropía (presente en la pasada edición de ARCO, en el estand de la galería Alarcón-Criado) la que resume mejor el espíritu de este conjunto de obras. La anisotropía es la propiedad de la materia de cambiar ciertas características según el ángulo desde el cual la estamos observando. Un ejemplo lo encontramos en la capa de aceite que se forma en la superficie del mar cuando nos bañamos con crema solar. Esa película de grasa tan asquerosa como fascinante.

Bucher se propuso crear una serie que tuviera esa propiedad y fuera cambiando de color a medida que el espectador se moviera, que mutara sus matices según los ojos de quien la observa. La imagen representaría el Universo de la misma forma que lo hace la radioastronomía (que se vale de este fenómeno para dibujar las ondas que capta). «Esta ciencia lee el fenómeno de la anisotropía o polarización en el ruido cósmico de fondo para luego traducirlo en una imagen», explica el artista. «Yo quería hacer lo mismo».

Bucher empezó por la imagen de un universo en formación: el famoso huevo horizontal con el que se representa el big bang. El que ilustró la portada de muchos periódicos hace unos años como confirmación gráfica de la teoría del big bang.

Para realizarlo se decantó por el material más antiguo e indestructible que hay sobre la faz de la tierra: las botellas de plástico. El PET es un derivado del petróleo, una mezcla de compuestos orgánicos que lleva millones de años bajo tierra. Los plásticos que hoy ensucian nuestro planeta lo poblaban hace milenios en forma de dinosaurios, mamuts  y otros seres vivos pretéritos. Llevan millones de años sobre la faz de la tierra. Y sobre ella seguirán, aunque de forma muerta y contaminante.

Bucher se valió de esta curiosidad para conformar su serie Anisotropía. Iluminó sus paneles de PET con distintas luces y consiguió el efecto buscado, un mosaico abstracto en el que masas transparentes estallan en una luz de matices iridiscentes. Una luz dinámica.

Botellas de plástico que representan el origen de la galaxia. Lo mundano y lo universal, en el sentido más literal del término. La serie Anisotropía tiene, como todo el trabajo de Bucher, otras capas de información. La idea de utilizar tan curioso material, explica el artista, «viene de un concepto de los indios Yanomami, sobre cómo se sacan al ruedo los espíritus del subsuelo cuando se extraen los hidrocarburos: el ADN de un origen lejano de la madre tierra».

Así sus imágenes recompuestas del cosmos remiten a una belleza originaria con el material más antiguo de la tierra. Componen un huevo, como metáfora de origen de la vida y como representación de la realidad, pues así es como percibimos el big bang.

No necesariamente de cómo fue realmente, pues eso es imposible de percibir para nosotros. «Es la trasposición de un inmenso espectro de longitudes de microondas al pequeñísimo espectro visual de los humanos», explica el artista, «es como trasladar un océano de olas a un vaso de agua».

Con nuestros limitados sentidos nos es imposible percibir la inmensidad del universo. Por eso tenemos que traducirlos a cifras, imágenes y datos que podamos asimilar. Y eso puede ser científicamente correcto, pero a veces la ciencia no alcanza describir la belleza del universo. Y eso deja margen para que un poeta pueda describirla mejor que un astronauta.

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Cuando en la película Contact (1996) el personaje de Jodie Foster vuelve de un viaje a otro planeta, sus colegas le preguntan «¿Qué ha visto?», a lo que ella responde: «Estoy sin palabras. Deberían haber enviado a un poeta». El universo ha sido contado por astrónomos y físicos, pero son los artistas los que pueden acercarnos a su inmensidad desde un prisma estético. Van Gogh puede mostrar la inmensidad de una noche estrellada con la misma maestría que Carl Sagan.

Fue precisamente este divulgador y astrónomo quien firmó la novela Contact (1985), en la que se basa la mencionada película. Y en la que se basa también la serie Contact, explorador de ruido cósmico de fondo. En ella, el artista Françoise Bucher rebusca entre los renglones de Sagan para convertir la ciencia ficción en arte.

Entrevistar a Bucher es complicado. Le pillamos en medio de una mudanza transoceánica que cambiará su residencia de Berlín a México. Entre las maletas, los proyectos y los visados, se empieza a colar además un ruido (no cósmico) de fondo que acaba precipitándolo todo. Las noticias sobre un nuevo coronavirus empiezan a ser cada vez más insistentes.

Al final Butcher adelanta su viaje ante la previsión de que ciertos países limiten la entrada de europeos, algo que acaba sucediendo cuando él está ya felizmente instalado en su nueva residencia. Desde allí contesta a nuestras preguntas.

Artículo relacionado

Esta atropellada mudanza es la última de una larga lista, explica. «He tenido un recorrido bien extraño, laberíntico podría decirse», reconoce con un acento dulce que remite a sus orígenes. «Nacido en Cali, padre francés, colegio inglés…», va enumerando. Bucher toma aire para seguir relatando una lista interminable de experiencias y lugares: «Vida en Londres, Bogotá; estudié derecho, literatura, filosofía… En realidad vengo de una familia de filósofos. Muy de la rama de Michael Heidegger», apostilla.

Françoise Bucher es un artista con ramalazos filosóficos. Asegura estar fascinado con las paradojas temporales. Por eso el libro de Sagan le obsesionó tanto, por eso ha decidido traducirlo a un lenguaje plástico, visual, tangible.

Unas letras de neón que se reflejan en una piscina; unos cuernos de venado tatuados de estrellas; unos círculos concéntricos que reflejan el puente interdimensional de la novela; un domo, que representa las enormes antenas para establecer contacto con inteligencias extraterrestres… Las obras que componen Contact, explorador de ruido cósmico de fondo son distintas en su técnica y su resultado. El único hilo conductor es el libro de Carl Sagan. Todas estas piezas tienen, además, un valor especial que va más allá de su similitud estética con lo narrado por el astrofísico.

El mencionado domo celeste de Bucher podría pasar por las enormes antenas que buscan señales en el espacio en la novela de Sagan. Pero este domo es en realidad una maloca, un lugar ceremonial de los indígenas del Amazonas. Los círculos concéntricos creados para esta serie, que se asemejan al portal interdimensional que imaginó Sagan, han sido creados por José Simón, un electricista de Bogotá que asegura tener el poder de sanar con sus manos. Todos los elementos de Contact, explorador de ruido cósmico de fondo tienen una segunda lectura que entronca la novela de Sagan con culturas, personas o hechos reales.

Es quizá la serie Anisotropía (presente en la pasada edición de ARCO, en el estand de la galería Alarcón-Criado) la que resume mejor el espíritu de este conjunto de obras. La anisotropía es la propiedad de la materia de cambiar ciertas características según el ángulo desde el cual la estamos observando. Un ejemplo lo encontramos en la capa de aceite que se forma en la superficie del mar cuando nos bañamos con crema solar. Esa película de grasa tan asquerosa como fascinante.

Bucher se propuso crear una serie que tuviera esa propiedad y fuera cambiando de color a medida que el espectador se moviera, que mutara sus matices según los ojos de quien la observa. La imagen representaría el Universo de la misma forma que lo hace la radioastronomía (que se vale de este fenómeno para dibujar las ondas que capta). «Esta ciencia lee el fenómeno de la anisotropía o polarización en el ruido cósmico de fondo para luego traducirlo en una imagen», explica el artista. «Yo quería hacer lo mismo».

Bucher empezó por la imagen de un universo en formación: el famoso huevo horizontal con el que se representa el big bang. El que ilustró la portada de muchos periódicos hace unos años como confirmación gráfica de la teoría del big bang.

Para realizarlo se decantó por el material más antiguo e indestructible que hay sobre la faz de la tierra: las botellas de plástico. El PET es un derivado del petróleo, una mezcla de compuestos orgánicos que lleva millones de años bajo tierra. Los plásticos que hoy ensucian nuestro planeta lo poblaban hace milenios en forma de dinosaurios, mamuts  y otros seres vivos pretéritos. Llevan millones de años sobre la faz de la tierra. Y sobre ella seguirán, aunque de forma muerta y contaminante.

Bucher se valió de esta curiosidad para conformar su serie Anisotropía. Iluminó sus paneles de PET con distintas luces y consiguió el efecto buscado, un mosaico abstracto en el que masas transparentes estallan en una luz de matices iridiscentes. Una luz dinámica.

Botellas de plástico que representan el origen de la galaxia. Lo mundano y lo universal, en el sentido más literal del término. La serie Anisotropía tiene, como todo el trabajo de Bucher, otras capas de información. La idea de utilizar tan curioso material, explica el artista, «viene de un concepto de los indios Yanomami, sobre cómo se sacan al ruedo los espíritus del subsuelo cuando se extraen los hidrocarburos: el ADN de un origen lejano de la madre tierra».

Así sus imágenes recompuestas del cosmos remiten a una belleza originaria con el material más antiguo de la tierra. Componen un huevo, como metáfora de origen de la vida y como representación de la realidad, pues así es como percibimos el big bang.

No necesariamente de cómo fue realmente, pues eso es imposible de percibir para nosotros. «Es la trasposición de un inmenso espectro de longitudes de microondas al pequeñísimo espectro visual de los humanos», explica el artista, «es como trasladar un océano de olas a un vaso de agua».

Con nuestros limitados sentidos nos es imposible percibir la inmensidad del universo. Por eso tenemos que traducirlos a cifras, imágenes y datos que podamos asimilar. Y eso puede ser científicamente correcto, pero a veces la ciencia no alcanza describir la belleza del universo. Y eso deja margen para que un poeta pueda describirla mejor que un astronauta.

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