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2 de febrero 2018    /   IDEAS
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Juliet Schor: «La concentración de ingresos en pocas personas produce mayor contaminación»

2 de febrero 2018    /   IDEAS     por          
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Trabajamos de más. Consumimos de más. Compartimos de menos. Cuidamos poco el medio ambiente. Y, quizás, sea demasiado tarde para voltear la situación. Podrían resumirse así las principales líneas de análisis que contempla Juliet Schor. Esta socióloga estadounidense, experta en uso del tiempo y en economía colaborativa, tiene claro que nuestra forma de movernos por el mundo va a acabar con él.

Y no se enmarca dentro de las teorías sobre el decrecimiento ni de ninguna rama anacoreta que pretenda abandonar esta sociedad insana. Es profesora en el Boston College y ha impartido lecciones en varios centros más, como la Universidad de Harvard; viaja cada dos por tres para mostrar su trabajo y atiende cual magnate de las finanzas: inglés claro, frases contundentes, matices continuos y modales impecables.

Esta vez sus tesis recaen en Madrid, en el edificio principal de la Universidad Pontificia Comillas ICAI-ICADE, donde –aparte de la traductora y varios encargados– le esperan unos cuantos grupos de alumnos y unas cuantas videoconferencias.

Entra al trapo sin rodeos. «La concentración de ingresos en pocas personas produce mayor contaminación», sentencia. Aparte de referirse siempre a estudios propios –basados principalmente en Estados Unidos, su país natal– Juliet Schor maneja algunas consideraciones apoyándose en lo que ha leído, en datos registrados de forma científica. Sus postulados no son palabrería vaga. De hecho, su nombre suena en el bombo de nominadas al premio Princesa de Asturias, según comentan los responsables de haberla traído hasta aquí.

«Las evidencias científicas son mucho peores que las predicciones. El daño se está acelerando, la temperatura se está incrementando más rápido de lo esperado, la meteorología extrema está ocurriendo con más frecuencia de lo pronosticado. Parece ser que no podemos evitar que las cosas vayan mal, la clave es saber cuánto de mal pueden ir y si se puede frenar. Solo hay que mirar lo ocurrido en este último año: huracanes, inundaciones, tormentas terribles… Estamos experimentando sus serios efectos», arranca. En Europa, calculaba la Agencia Europea de Medio Ambiente en su último informe, las catástrofes naturales cuestan 12.000 millones al año.  Sin hablar de los millones de desplazamientos que provocan sequías, inundaciones o deslizamientos de tierra.

trabajo colaborativo

Schor entrelaza sus tres preocupaciones fundamentales en cada respuesta. La polución es la principal. Sobre ella gravitan las actividades económicas o el consumo. Por eso, pasar de un pilar a otro es la tónica de la conversación. Por ejemplo, volviendo al tema con el que se lanzaba a la charla, la articulista de medios como The Guardian o The New York Times cree que el 1% más rico del mundo, los multimillonarios, jamás han tenido en la historia tal concentración de dinero. Factor que utilizan para «presionar a los políticos». «Los líderes del carbón, del gas, del petróleo y de la industria química están presentes en ambos partidos, aunque principalmente en el bando republicano», acusa. «Controlan una parte importante de las decisiones políticas, presionan para evitar medidas que frenen las emisiones contaminantes».

No hay más que ver al líder del partido al que se refiere (y presidente actual de Estados Unidos, no olvidemos), Donald Trump. Escéptico con el cambio climático, director ejecutivo de una constructora transnacional y fiel defensor del «mi crisis es más importante que la tuya» (es decir, del reduccionismo de solventar primero una crisis laboral o migratoria de su territorio antes que preocuparse por algo de mayor escala como el calentamiento global), su postura coincide con la de ese 1% que domina los sectores estratégicos.

«La gente tiene que tomar conciencia de que esto sucede. En Estados Unidos hay un activismo político que antes nunca vimos. Salen a las calles, incluso en Alabama luchan por la democracia. Hay que ser activista porque los multimillonarios (y los dueños del gas y del petróleo) no creen en la democracia», esgrime quien ve con escepticismo los avances en esa responsabilidad ambiental.

«Vamos con retraso», insiste Schor, coincidiendo con otra activista de peso, Naomi Klein. La canadiense –que acaba de publicar Decir NO no basta sobre las políticas contra los ciudadanos y el medio ambiente– expone que «el tiempo para reducir las emisiones se está cerrando a toda velocidad». «Para que la humanidad tenga un 50% de posibilidades de alcanzar los objetivos de reducción de temperaturas fijado en la Cumbre de París en 2015, todas las centrales de energía nuevas tendrían que ser de emisión cero de carbono en 2018», plantea en el ensayo.

Al hilo de esas premoniciones retoma su discurso la socióloga. En las últimas semanas, algunas instituciones, como el Fondo Monetario Internacional, se han posicionado en contra de apoyar la construcción de infraestructuras de energías fósiles. Una cuestión que Schor ve correcta, pero tardía. «Es fantástico, la única queja es por qué empezar en 2019. Si estamos en un agujero del que queremos salir, ¿por qué seguimos cavando para hacerlo más profundo?», se pregunta. «No hay que financiar ni una infraestructura más de hidrocarburos», zanja, uniendo de nuevo estos tres conceptos: «Es difícil desacoplar el crecimiento de la actividad económica y del aumento de las emisiones», suelta de nuevo. «Solo se ha podido ver en algunos países como en Alemania o Irlanda».

Sin abogar directamente por movimientos como el decrecimiento o desmarcarse del todo de un sistema capitalista, Schor apunta que «es fácil reducir las emisiones si el país es muy dependiente del carbón, porque el carbón es muy contaminante. El reto ahora es disminuir las emisiones del transporte». En este apartado, la autora de varios libros sobre consumismo (como el traducido al castellano Nacidos para comprar: los nuevos consumidores infantiles) llega a otra de sus materias: la economía colaborativa.

El auge de plataformas para compartir viajes o coche tiene sus ventajas e inconvenientes, tal y como analiza. «Lo bueno es que los principales beneficiarios son los consumidores, que obtienen servicios a precios más bajos», arguye. «Ofreció oportunidades laborales a gente durante la recesión (estudiantes que no podían encontrar trabajo, divorciados sin recursos que alquilaron habitaciones como fuente de ingresos…) y es flexible y alternativa a la economía tradicional», enumera.

Además, la ve eficiente y con menor huella ambiental. ¿Y su lado más oscuro? «Se ha visto que produce mucha inseguridad laboral», acierta a responder, poniendo como ejemplo que «un mal comentario en las redes puede provocar la pérdida de un negocio, incluso aunque no sea verdadero». También lo ve «discriminatorio», porque «los negros y las mujeres tienen más dificultades para emprender y menos oportunidades de obtener un trabajo».

«Los creadores de las principales plataformas son blancos, tienen un nivel académico alto y pueden obtener grandes ganancias a base de bajos salarios de sus trabajadores y de pagar menos impuestos, al nacer en nichos sin regulación. Con el tiempo se ha visto que algunas de las plataformas, al ganar tamaño, repiten comportamientos de otras grandes compañías. El éxito de la economía colaborativa depende de políticas de solidaridad, igualitarias, y de un modelo económico viable», sostiene, sin mencionar nombres.

Por último, la socióloga la emprende con la carga actual de trabajo. «Millones de estadounidenses han perdido el control sobre el ritmo básico de su vida cotidiana. Trabajan demasiado, comen demasiado rápido, socializan demasiado poco, conducen y se sientan en el tráfico por muchas horas, no duermen lo suficiente y se sienten agobiados la mayor parte del tiempo», analiza. «Es una forma de vida que socava las fuentes básicas de riqueza y bienestar, así como los lazos familiares y comunitarios, un sentido profundo de significado y salud física».

Schor piensa que el trabajo ni nos hace más libres ni más sanos. Y, encima, perjudica al bien común. «Menos horas significa que hay más trabajos disponibles para las personas que los necesitan. Vivir con menos salario significa, generalmente, consumir menos, hacer más de lo que uno necesita en casa y vivir más ligero, ya sea por diseño o por accidente».

Trabajamos de más. Consumimos de más. Compartimos de menos. Cuidamos poco el medio ambiente. Y, quizás, sea demasiado tarde para voltear la situación. Podrían resumirse así las principales líneas de análisis que contempla Juliet Schor. Esta socióloga estadounidense, experta en uso del tiempo y en economía colaborativa, tiene claro que nuestra forma de movernos por el mundo va a acabar con él.

Y no se enmarca dentro de las teorías sobre el decrecimiento ni de ninguna rama anacoreta que pretenda abandonar esta sociedad insana. Es profesora en el Boston College y ha impartido lecciones en varios centros más, como la Universidad de Harvard; viaja cada dos por tres para mostrar su trabajo y atiende cual magnate de las finanzas: inglés claro, frases contundentes, matices continuos y modales impecables.

Esta vez sus tesis recaen en Madrid, en el edificio principal de la Universidad Pontificia Comillas ICAI-ICADE, donde –aparte de la traductora y varios encargados– le esperan unos cuantos grupos de alumnos y unas cuantas videoconferencias.

Entra al trapo sin rodeos. «La concentración de ingresos en pocas personas produce mayor contaminación», sentencia. Aparte de referirse siempre a estudios propios –basados principalmente en Estados Unidos, su país natal– Juliet Schor maneja algunas consideraciones apoyándose en lo que ha leído, en datos registrados de forma científica. Sus postulados no son palabrería vaga. De hecho, su nombre suena en el bombo de nominadas al premio Princesa de Asturias, según comentan los responsables de haberla traído hasta aquí.

«Las evidencias científicas son mucho peores que las predicciones. El daño se está acelerando, la temperatura se está incrementando más rápido de lo esperado, la meteorología extrema está ocurriendo con más frecuencia de lo pronosticado. Parece ser que no podemos evitar que las cosas vayan mal, la clave es saber cuánto de mal pueden ir y si se puede frenar. Solo hay que mirar lo ocurrido en este último año: huracanes, inundaciones, tormentas terribles… Estamos experimentando sus serios efectos», arranca. En Europa, calculaba la Agencia Europea de Medio Ambiente en su último informe, las catástrofes naturales cuestan 12.000 millones al año.  Sin hablar de los millones de desplazamientos que provocan sequías, inundaciones o deslizamientos de tierra.

trabajo colaborativo

Schor entrelaza sus tres preocupaciones fundamentales en cada respuesta. La polución es la principal. Sobre ella gravitan las actividades económicas o el consumo. Por eso, pasar de un pilar a otro es la tónica de la conversación. Por ejemplo, volviendo al tema con el que se lanzaba a la charla, la articulista de medios como The Guardian o The New York Times cree que el 1% más rico del mundo, los multimillonarios, jamás han tenido en la historia tal concentración de dinero. Factor que utilizan para «presionar a los políticos». «Los líderes del carbón, del gas, del petróleo y de la industria química están presentes en ambos partidos, aunque principalmente en el bando republicano», acusa. «Controlan una parte importante de las decisiones políticas, presionan para evitar medidas que frenen las emisiones contaminantes».

No hay más que ver al líder del partido al que se refiere (y presidente actual de Estados Unidos, no olvidemos), Donald Trump. Escéptico con el cambio climático, director ejecutivo de una constructora transnacional y fiel defensor del «mi crisis es más importante que la tuya» (es decir, del reduccionismo de solventar primero una crisis laboral o migratoria de su territorio antes que preocuparse por algo de mayor escala como el calentamiento global), su postura coincide con la de ese 1% que domina los sectores estratégicos.

«La gente tiene que tomar conciencia de que esto sucede. En Estados Unidos hay un activismo político que antes nunca vimos. Salen a las calles, incluso en Alabama luchan por la democracia. Hay que ser activista porque los multimillonarios (y los dueños del gas y del petróleo) no creen en la democracia», esgrime quien ve con escepticismo los avances en esa responsabilidad ambiental.

«Vamos con retraso», insiste Schor, coincidiendo con otra activista de peso, Naomi Klein. La canadiense –que acaba de publicar Decir NO no basta sobre las políticas contra los ciudadanos y el medio ambiente– expone que «el tiempo para reducir las emisiones se está cerrando a toda velocidad». «Para que la humanidad tenga un 50% de posibilidades de alcanzar los objetivos de reducción de temperaturas fijado en la Cumbre de París en 2015, todas las centrales de energía nuevas tendrían que ser de emisión cero de carbono en 2018», plantea en el ensayo.

Al hilo de esas premoniciones retoma su discurso la socióloga. En las últimas semanas, algunas instituciones, como el Fondo Monetario Internacional, se han posicionado en contra de apoyar la construcción de infraestructuras de energías fósiles. Una cuestión que Schor ve correcta, pero tardía. «Es fantástico, la única queja es por qué empezar en 2019. Si estamos en un agujero del que queremos salir, ¿por qué seguimos cavando para hacerlo más profundo?», se pregunta. «No hay que financiar ni una infraestructura más de hidrocarburos», zanja, uniendo de nuevo estos tres conceptos: «Es difícil desacoplar el crecimiento de la actividad económica y del aumento de las emisiones», suelta de nuevo. «Solo se ha podido ver en algunos países como en Alemania o Irlanda».

Sin abogar directamente por movimientos como el decrecimiento o desmarcarse del todo de un sistema capitalista, Schor apunta que «es fácil reducir las emisiones si el país es muy dependiente del carbón, porque el carbón es muy contaminante. El reto ahora es disminuir las emisiones del transporte». En este apartado, la autora de varios libros sobre consumismo (como el traducido al castellano Nacidos para comprar: los nuevos consumidores infantiles) llega a otra de sus materias: la economía colaborativa.

El auge de plataformas para compartir viajes o coche tiene sus ventajas e inconvenientes, tal y como analiza. «Lo bueno es que los principales beneficiarios son los consumidores, que obtienen servicios a precios más bajos», arguye. «Ofreció oportunidades laborales a gente durante la recesión (estudiantes que no podían encontrar trabajo, divorciados sin recursos que alquilaron habitaciones como fuente de ingresos…) y es flexible y alternativa a la economía tradicional», enumera.

Además, la ve eficiente y con menor huella ambiental. ¿Y su lado más oscuro? «Se ha visto que produce mucha inseguridad laboral», acierta a responder, poniendo como ejemplo que «un mal comentario en las redes puede provocar la pérdida de un negocio, incluso aunque no sea verdadero». También lo ve «discriminatorio», porque «los negros y las mujeres tienen más dificultades para emprender y menos oportunidades de obtener un trabajo».

«Los creadores de las principales plataformas son blancos, tienen un nivel académico alto y pueden obtener grandes ganancias a base de bajos salarios de sus trabajadores y de pagar menos impuestos, al nacer en nichos sin regulación. Con el tiempo se ha visto que algunas de las plataformas, al ganar tamaño, repiten comportamientos de otras grandes compañías. El éxito de la economía colaborativa depende de políticas de solidaridad, igualitarias, y de un modelo económico viable», sostiene, sin mencionar nombres.

Por último, la socióloga la emprende con la carga actual de trabajo. «Millones de estadounidenses han perdido el control sobre el ritmo básico de su vida cotidiana. Trabajan demasiado, comen demasiado rápido, socializan demasiado poco, conducen y se sientan en el tráfico por muchas horas, no duermen lo suficiente y se sienten agobiados la mayor parte del tiempo», analiza. «Es una forma de vida que socava las fuentes básicas de riqueza y bienestar, así como los lazos familiares y comunitarios, un sentido profundo de significado y salud física».

Schor piensa que el trabajo ni nos hace más libres ni más sanos. Y, encima, perjudica al bien común. «Menos horas significa que hay más trabajos disponibles para las personas que los necesitan. Vivir con menos salario significa, generalmente, consumir menos, hacer más de lo que uno necesita en casa y vivir más ligero, ya sea por diseño o por accidente».

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