17 de julio 2014    /   CINE/TV
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Confía en el espectador, no se lo des todo mascado

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Muestra, no cuentes, es el mantra de la escritura para guionistas y para novelistas en busca de un bestseller. Los novelistas aún pueden permitirse el lujo de la narrativa pura, pero un inflexible profesor de guiones mirará con recelo al alumno que ha preferido contar una escena antes que mostrarla. ¿Acaso contar es un error que merezca la pena capital? Hay momentos en los que contar es más efectivo y elegante que mostrar…
Ante la duda sobre si contar o mostrar, hay que pensar en la imaginación del espectador. Sí, el espectador tiene imaginación, y no necesita que le den todo mascadito. La imaginación del espectador completa los huecos de la narración en película como Malas Tierras:
Malas tierras
Apenas unas pocas palabras y unos cuantos planos para describir el horror.
El plano del perro destrozado es tan innecesario como las escenas de autopsia de muchas series policiales actuales. El forense de Colombo salía por una puerta con una carpetita en la mano que entregaba al detective:
–Teniente, la víctima sufrió una intoxicación de digoxina.
Jamás vimos a este forense quitar las costillas a un cadáver con pinzas de marisco o rebanar los sesos con una sierra mecánica. Sin embargo, estas series que presumen de mostrar imágenes desagradables a las que nos hemos acostumbrado, yerran en lo esencial, en crear una historia con fluidez. No es raro encontrar en series policiales diálogos como este:
—A falta de una identificación positiva, la víctima podría ser Lucy Lanchester, la segunda esposa de William Kingsley, al menos es lo que se desprende de la declaración de Peter Patterson, que la vio por última vez después de que ella tomara café con su cuñada, Eveline Gallup a eso de las cinco del 8 de marzo. Eveline Gallup corrobora la declaración de Patterson. Ella afirma recordarlo porque acababa telefonear a Roger Rogerson para comunicar la apertura del testamento de Albert Kingley que, al parecer, tenía un lío con Lucy Lanchaster.
A menudo, cuando un detective piensa así y no hay imágenes que las ilustren, uno acaba por perderse (y más si en medio hay un corte publicitario). Incluso las peroratas tienen su porqué, como queda bien mostrado en La gran Evasión.
La gran evasiónTampoco es necesario mostrar cada lavativa que Howard afirma haber puesto a su madre en The Big Bang Theory ni las veces que Raj va al baño porque tiene una vejiga pequeña.
¿Cómo puede uno saber cuando contar o cuándo mostrar? El cine de Hollywood parece tenerlo claro: siempre mostrar. No escatima en gastos y cuenta con una legión de creadores de efectos digitales. Pero el poder hacerlo no es un criterio válido.
La economía narrativa sí es un criterio válido para preferir contar a mostrar, como en el ejemplo:
—¿Dónde has estado todo este tiempo?
—Estuve un tiempo en París y después en Grecia.
Uno supone que el personaje no miente, así que no necesita planos de París ni Grecia. Sería redundante y poco elegante, como aquí:
El asesinato de Jesse James
Ahora, imaginemos que el personaje no estuvo ni en París ni en Grecia, sino en la cárcel. Entonces conviene mostrar un plano de la cárcel como acompañamiento a las palabras. Así se pinta a un mentiroso. (El mejor ejemplo está en Cantando bajo la lluvia: Gene Kelly cuenta su periplo artístico, pero las imágenes desdicen sus palabras).
De manera que lo importante no es qué se cuenta o qué se muestra, sino qué funciona, qué es más rápido o que conectará mejor con los espectadores. En el caso de los guiones con grandes saltos temporales, funciona más una frase como «diez años después», que imágenes mostrando esos años; o como ocurre en El asesinato de Jesse James, una película plagada tanto de bellos como de desafortunados ejemplos.
El asesinato de Jesse James 2
Sí debería mostrar uno aquello que hace único o especial al personaje. Que un personaje diga que le gusta patinar y cocinar nos resulta indiferente. Hay que ver al personaje patinando y cocinando, o al menos ver cómo se cae de bruces porque lo del patinaje lo dijo para ligar y no tiene zorra idea.
La conclusión de todo esto es que no es bueno seguir a rajatabla lo que dicen los gurús del guion o los manuales para guionistas. Lo que importa es qué quiero contar y cómo puedo contarlo mejor.
———————————————-
Más apuntes de guión…

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Ante la duda sobre si contar o mostrar, hay que pensar en la imaginación del espectador. Sí, el espectador tiene imaginación, y no necesita que le den todo mascadito. La imaginación del espectador completa los huecos de la narración en película como Malas Tierras:
Malas tierras
Apenas unas pocas palabras y unos cuantos planos para describir el horror.
El plano del perro destrozado es tan innecesario como las escenas de autopsia de muchas series policiales actuales. El forense de Colombo salía por una puerta con una carpetita en la mano que entregaba al detective:
–Teniente, la víctima sufrió una intoxicación de digoxina.
Jamás vimos a este forense quitar las costillas a un cadáver con pinzas de marisco o rebanar los sesos con una sierra mecánica. Sin embargo, estas series que presumen de mostrar imágenes desagradables a las que nos hemos acostumbrado, yerran en lo esencial, en crear una historia con fluidez. No es raro encontrar en series policiales diálogos como este:
—A falta de una identificación positiva, la víctima podría ser Lucy Lanchester, la segunda esposa de William Kingsley, al menos es lo que se desprende de la declaración de Peter Patterson, que la vio por última vez después de que ella tomara café con su cuñada, Eveline Gallup a eso de las cinco del 8 de marzo. Eveline Gallup corrobora la declaración de Patterson. Ella afirma recordarlo porque acababa telefonear a Roger Rogerson para comunicar la apertura del testamento de Albert Kingley que, al parecer, tenía un lío con Lucy Lanchaster.
A menudo, cuando un detective piensa así y no hay imágenes que las ilustren, uno acaba por perderse (y más si en medio hay un corte publicitario). Incluso las peroratas tienen su porqué, como queda bien mostrado en La gran Evasión.
La gran evasiónTampoco es necesario mostrar cada lavativa que Howard afirma haber puesto a su madre en The Big Bang Theory ni las veces que Raj va al baño porque tiene una vejiga pequeña.
¿Cómo puede uno saber cuando contar o cuándo mostrar? El cine de Hollywood parece tenerlo claro: siempre mostrar. No escatima en gastos y cuenta con una legión de creadores de efectos digitales. Pero el poder hacerlo no es un criterio válido.
La economía narrativa sí es un criterio válido para preferir contar a mostrar, como en el ejemplo:
—¿Dónde has estado todo este tiempo?
—Estuve un tiempo en París y después en Grecia.
Uno supone que el personaje no miente, así que no necesita planos de París ni Grecia. Sería redundante y poco elegante, como aquí:
El asesinato de Jesse James
Ahora, imaginemos que el personaje no estuvo ni en París ni en Grecia, sino en la cárcel. Entonces conviene mostrar un plano de la cárcel como acompañamiento a las palabras. Así se pinta a un mentiroso. (El mejor ejemplo está en Cantando bajo la lluvia: Gene Kelly cuenta su periplo artístico, pero las imágenes desdicen sus palabras).
De manera que lo importante no es qué se cuenta o qué se muestra, sino qué funciona, qué es más rápido o que conectará mejor con los espectadores. En el caso de los guiones con grandes saltos temporales, funciona más una frase como «diez años después», que imágenes mostrando esos años; o como ocurre en El asesinato de Jesse James, una película plagada tanto de bellos como de desafortunados ejemplos.
El asesinato de Jesse James 2
Sí debería mostrar uno aquello que hace único o especial al personaje. Que un personaje diga que le gusta patinar y cocinar nos resulta indiferente. Hay que ver al personaje patinando y cocinando, o al menos ver cómo se cae de bruces porque lo del patinaje lo dijo para ligar y no tiene zorra idea.
La conclusión de todo esto es que no es bueno seguir a rajatabla lo que dicen los gurús del guion o los manuales para guionistas. Lo que importa es qué quiero contar y cómo puedo contarlo mejor.
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