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15 de julio 2014    /   IDEAS
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Fast Fast Slow (léase 'fasfas lou fasfas lou fasfas lou')

15 de julio 2014    /   IDEAS     por          
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Quienes me conocen saben que detesto la salsa, y no me refiero a la mayonesa o al ketchup, sino a los ritmos caribeños. Alguna vez, incluso, he mantenido encendidas discusiones acerca de las virtudes o defectos de esta caudalosa corriente sonora. No pasa nada, a muchos les aburre el jazz; a otros, el house; y no faltan amantes de la zarzuela, un género que admiro por su modernidad, si se la descontextualiza adecuadamente.

Y de eso va este artículo, del contexto. Veamos. Yo estaba en Tokio. Unos amigos locales se esforzaron en ser hospitalarios conmigo y me invitaron a una clase de salsa. ¡A mí! Lo extraordinario de la invitación es que se sustanció en el piso treinta y cuatro de un rascacielos. El ascensor se abrió directamente a un gran salón repleto de entregadas y entregados bailarines. Las paredes eran de cristal y desde allí se divisaba todo el barrio de Roppongi, y un poco a la derecha, la roja y surrealista Tokyo Tower.
En el aula (llamémosla así), trufada de numerosos japoneses y un puñado de extranjeros, había una pequeña barra de bar donde se servían mojitos, ¡cómo no! La profesora, una rubia holandesa que vaya usted a saber cómo terminó impartiendo clases de bachata en Roppongi, me tomaba de las manos, me miraba muy fijamente y me conducía por el parqué como quien manipula una segadora de césped. Soy un gran bailaor de house, pero el merengue y el son cubano no están en mi ADN. Para guiar mis torpes pies, la holandesa no paraba de decirme:
—Fasfas lou fasfas lou fasfas lou
Aproveché una pausa entre canción y canción para zafarme de ella y me acodé en la barra como un Humphrey Bogart extravasado. Paladeé el primer mojito y me asomé al cristal que iba desde el techo hasta el suelo, y entonces vi algo todavía más raro. Quince pisos más abajo, en la azotea de otro edificio, unos tipos disputaban un partido de tenis en un campo perfectamente iluminado y protegido por una malla que impedía a las bolas verdes caer al pavimento. Eran más de las once de la noche, llovía y era martes.
Fasfas lou fasfas lou fasfas lou
Qué intensa la extrañeza que puede producirnos ver a un japonés bailando flamenco o a un sevillano haciendo teatro Kabuki; el contexto ha muerto, ¡todo se mezcla!
Desde aquella experiencia, de vez en cuando siento el impulso irreprimible de entrar en alguna disco latina de los bajos de la madrileña calle Orense y, totalmente fuera de contexto, sacar a bailar a la mulata más guapa, mientras mentalmente estoy en Tokio, en aquel rascacielos de Roppongi y mientras mis pies vuelan y mis caderas se retuercen, le susurro al oído:
—Fasfas lou fasfas lou fasfas lou…
En ese momento los de seguridad de la disco siempre me invitan a irme y al preguntarles por qué, me responden muy ufanos:
—Estás fuera de contexto.

Quienes me conocen saben que detesto la salsa, y no me refiero a la mayonesa o al ketchup, sino a los ritmos caribeños. Alguna vez, incluso, he mantenido encendidas discusiones acerca de las virtudes o defectos de esta caudalosa corriente sonora. No pasa nada, a muchos les aburre el jazz; a otros, el house; y no faltan amantes de la zarzuela, un género que admiro por su modernidad, si se la descontextualiza adecuadamente.

Y de eso va este artículo, del contexto. Veamos. Yo estaba en Tokio. Unos amigos locales se esforzaron en ser hospitalarios conmigo y me invitaron a una clase de salsa. ¡A mí! Lo extraordinario de la invitación es que se sustanció en el piso treinta y cuatro de un rascacielos. El ascensor se abrió directamente a un gran salón repleto de entregadas y entregados bailarines. Las paredes eran de cristal y desde allí se divisaba todo el barrio de Roppongi, y un poco a la derecha, la roja y surrealista Tokyo Tower.
En el aula (llamémosla así), trufada de numerosos japoneses y un puñado de extranjeros, había una pequeña barra de bar donde se servían mojitos, ¡cómo no! La profesora, una rubia holandesa que vaya usted a saber cómo terminó impartiendo clases de bachata en Roppongi, me tomaba de las manos, me miraba muy fijamente y me conducía por el parqué como quien manipula una segadora de césped. Soy un gran bailaor de house, pero el merengue y el son cubano no están en mi ADN. Para guiar mis torpes pies, la holandesa no paraba de decirme:
—Fasfas lou fasfas lou fasfas lou
Aproveché una pausa entre canción y canción para zafarme de ella y me acodé en la barra como un Humphrey Bogart extravasado. Paladeé el primer mojito y me asomé al cristal que iba desde el techo hasta el suelo, y entonces vi algo todavía más raro. Quince pisos más abajo, en la azotea de otro edificio, unos tipos disputaban un partido de tenis en un campo perfectamente iluminado y protegido por una malla que impedía a las bolas verdes caer al pavimento. Eran más de las once de la noche, llovía y era martes.
Fasfas lou fasfas lou fasfas lou
Qué intensa la extrañeza que puede producirnos ver a un japonés bailando flamenco o a un sevillano haciendo teatro Kabuki; el contexto ha muerto, ¡todo se mezcla!
Desde aquella experiencia, de vez en cuando siento el impulso irreprimible de entrar en alguna disco latina de los bajos de la madrileña calle Orense y, totalmente fuera de contexto, sacar a bailar a la mulata más guapa, mientras mentalmente estoy en Tokio, en aquel rascacielos de Roppongi y mientras mis pies vuelan y mis caderas se retuercen, le susurro al oído:
—Fasfas lou fasfas lou fasfas lou…
En ese momento los de seguridad de la disco siempre me invitan a irme y al preguntarles por qué, me responden muy ufanos:
—Estás fuera de contexto.

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