25 de febrero 2015    /   IDEAS
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¿Es el matrimonio una ratonera?

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Todos son obreros del amor. Pero hay una particularidad que los divide en dos. Unos son adúlteros y otros mantienen una buena relación. Los primeros (entre el 20% y el 70% de las personas casadas) se atrevieron a «dar una caminata ocasional por el lado salvaje, aun cuando están sinceramente comprometidos en una relación monógama». Y tampoco le dieron tanta importancia. A menudo todo se resolvió con «pretextos misericordiosos» del tipo: ‘no debería beber con el estómago vacío’ o ‘el sexo oral no cuenta’.
Los segundos son esos que «conciben los vínculos de largo plazo como una fuente de optimismo y renovación, y no como una anestésico emocional», esos que a veces olvidan que una buena relación implica «tener sexo con el consorte en una periodicidad que supere el trimestre y quizá, incluso, con variantes coreográficas».
Estos obreros son los protagonistas de un libro de la profesora universitaria Laura Kipnis titulado Contra el amor. El ensayo, de la editorial Tumbona, es «una ardiente polémica contra quienes hacen de las relaciones sentimentales una rama de la economía política» y, como todas las obras de la colección Versus, plantea un pensamiento políticamente incorrecto en una sociedad que colapsa frente a sus contradicciones como Drácula ante un rayo de sol.
El tratado empieza con una aclaración. El amor ha caído en las garras de las normas sociales y, al final, se ha convertido en un proceso matemático que empieza en un deseo sexual y acaba en la firma de un contrato, probablemente, frente a un público de hombres encorbatados y mujeres envueltas en papel celofán.
Empieza la vida en la jaula. Para los adúlteros y los que tienen una buena relación. La única diferencia es que los primeros sacan la pata por los barrotes de vez en cuando. Por lo demás, ambos se deben a una misma renuncia de libertad que, según la autora, acaba convirtiéndose en una demostración de lealtad basada en responder a unos interrogatorios rutinarios, como «¿quién llamó por teléfono, querido?» o «patrullajes» del pelaje «¿crees que no he notado que pasas mucho tiempo conversando con x en la recepción?».

«El hogar se ha vuelto una ocupación tan tediosa y enervante que permanecer en la oficina es una forma de sosiego»


El amor, en esta tesitura, se acaba convirtiendo en un trabajo más. «Hablo del trabajo tal y como los lacayos de la economía global lo percibimos en la actualidad: alienante, inalterable, estéril, y no como algo que elegiríamos hacer si tuviéramos la opción».
La monogamia se torna entonces «una faena», escribe la autora. «El deseo se regula de manera contractual (…). Imponemos la fidelidad del mismo modo en que se usufructa el trabajo de los empleados y hacemos del matrimonio una metalurgia sujeta a una rígida disciplina obrera, cuyo fin es mantener a los maridos, esposas y compañeros domésticos del mundo estrangulados y ceñidos al status quo de la maquinaria».
Y, en el amor, como en el trabajo, estamos en «tiempos de retrocesos». Dice Kipnis que el huracán que ha pasado por las fábricas y las oficinas también se ha metido por las ventanas de casa. Hoy no solo se trabaja más por un salario menguado. «En la medida en la que haya una suerte de sobreexplotación de mano de obra y se nos exhorte a ‘trabajar en nuestra relación’, no hay quien no termine doblando turno. O quizá deberíamos llamarla una integración vertical: la misma obligación de cumplir horas extra, la misma arbritariedad en las directrices, la exigencia de buena presentación, las evaluaciones de actitud, los temidos exámenes anuales de desempeño y –cómo olvidarlo– el mandato de ‘alcanzar el orgasmo’».
Esto ha llevado, curiosamente, a alargar el otro trabajo. El de verdad. El de la oficina. La socióloga Arlie Russell Hochschild indica que «una de las principales razones de la ampliación subrepticia de la jornada oficial es que un importante segmento de los trabajadores se afana horas extra para eludir el regreso a casa». Que nadie se alarme por ello, pide la autora: «No debe sorprendernos. El hogar se ha vuelto una ocupación tan tediosa y enervante que permanecer en la oficina es una forma de sosiego».

«La economía conyugal se rige –igual que el sistema– por la escasez, la intimidación y un sinfín de prohibiciones interiorizadas»

Pero cuidado con abandonar la jaula. Los agoreros están siempre al acecho para advertir de los peligros de la libertad. Si en el calabozo hace frío, en la calle aguarda la neumonía. «Las parejas progresistas y descontentas con su relación a menudo se enfrentan a un argumento ampliamente difundido: la desesperación de la soltería se traduce en muerte prematura entre los hombres y en la improbabilidad estadística de que las mujeres encuentren a un compañero», escribe Kipnis. «Algo similar ocurría hace tiempo en incontables discusiones políticas: la inclemencia y el carácter siniestro de la Unión Soviética solían esgrimirse contra cualquiera lo suficientemente aturdido como para plantear la necesidad de hacer reformas sociales (…). Es evidente que la economía conyugal se rige –igual que el sistema– por la escasez, la intimidación y un sinfín de prohibiciones interiorizadas cuyo fundamento es la invariable certeza de que ‘no hay alternativas viables’».
El asunto del amor no es una cuestión personal. Tiene una dimensión política y, según la profesora, no pueden separarse las preguntas ‘cómo amamos’ y ‘cómo trabajamos’. «Después de todo, somos criaturas sociales. Lo somos pese a los esclarecedores estudios sobre la conducta sexual de los bonobos y de los mirlos de alas rojas que pretenden descifrar aspectos clave del apareamiento humano».
Muchos investigadores insisten en esa profunda huella animal en los humanos pero la autora no está tan convencida. «Cuando los sociobiólogos defequen en el patio de su propia casa, a la vista de los invitados, tal vez sus especulaciones sobre lo innato como rasgo que prevalece en la cultura comiencen a persuadirnos».
Kipnis cree que «somos criaturas sociales a más no poder y aparentemente tan maleables que nuestros deseos profundos se adecuan con mansedumbre a cualquier expectativa amorosa que dicte la colectividad».

«Estamos listos para amar en provecho de la sociedad: como diligentes abejas y aves que anidan apaciblemente»

Pero cuidado con abandonar la jaula. Los agoreros están siempre al acecho para advertir de los peligros de la libertad. Si en el calabozo hace frío, en la calle aguarda la neumonía. «Las parejas progresistas y descontentas con su relación a menudo se enfrentan a un argumento ampliamente difundido: la desesperación de la soltería se traduce en muerte prematura entre los hombres y en la improbabilidad estadística de que las mujeres encuentren a un compañero», escribe Kipnis. «Algo similar ocurría hace tiempo en incontables discusiones políticas: la inclemencia y el carácter siniestro de la Unión Soviética solían esgrimirse contra cualquiera lo suficientemente aturdido como para plantear la necesidad de hacer reformas sociales (…). Es evidente que la economía conyugal se rige –igual que el sistema– por la escasez, la intimidación y un sinfín de prohibiciones interiorizadas cuyo fundamento es la invariable certeza de que ‘no hay alternativas viables’».
El asunto del amor no es una cuestión personal. Tiene una dimensión política y, según la profesora, no pueden separarse las preguntas ‘cómo amamos’ y ‘cómo trabajamos’. «Después de todo, somos criaturas sociales. Lo somos pese a los esclarecedores estudios sobre la conducta sexual de los bonobos y de los mirlos de alas rojas que pretenden descifrar aspectos clave del apareamiento humano».
Muchos investigadores insisten en esa profunda huella animal en los humanos pero la autora no está tan convencida. «Cuando los sociobiólogos defequen en el patio de su propia casa, a la vista de los invitados, tal vez sus especulaciones sobre lo innato como rasgo que prevalece en la cultura comiencen a persuadirnos».
Kipnis cree que «somos criaturas sociales a más no poder y aparentemente tan maleables que nuestros deseos profundos se adecuan con mansedumbre a cualquier expectativa amorosa que dicte la colectividad».

«Estamos listos para amar en provecho de la sociedad: como diligentes abejas y aves que anidan apaciblemente»


El asunto de cómo gestionar el desajuste entre el instinto sexual (abierto y corporal) y las exigencias sociales (cerradas y mentales) lleva tiempo en la literatura. Freud dijo que esa discordancia arrastraba a las personas a la neurosis, aunque «al menos garantizaba cierta resistencia a las demandas opresivas de la socialización».
Pero el sistema ganó al individuo. «La capacidad crítica ha sido reprimida de manera tan eficaz en el transcurso de unas pocas generaciones que hoy resulta algo extrínseco e insólito, un órgano vestigial. Nótese que la rebelión del deseo contra las restricciones sociales fue alguna vez una materia cultural predilecta, vibrante en innumerables clásicos de la literatura (Romeo y Julieta, y Ana Karenina). Todo indica que ya hemos resuelto ese pequeño problema y estamos listos para amar en provecho de la sociedad: como diligentes abejas y aves que anidan apaciblemente».
El ‘amor moderno’ está circunscrito al matrimonio o la pareja estable. Ha sido toda una «proeza de ingeniería social eso de calzar a la ciudadanía por entero (excepto al rezagado que nunca falta) dentro de una prescripción doméstica uniforme y todo porque hemos asumido que tal es el objeto del verdadero amor».
El adulterio se plantea entonces como una rebelión ante este sistema de explotación del amor. Y aquí es donde este ensayo eleva la temperatura del termómetro de lo políticamente correcto hasta hacerlo explotar. Muchos, a estas alturas, ya tendrán llagas en la boca. Pero Kipnis continúa. «El adulterio es la huelga de brazos caídos de la ética que subraya que el amor es un quehacer».

«El amor está tan reglamentado como cualquier sustancia que proporcione placer»


Las fuerzas de seguridad mamporreras siguen vigilando fuera de la jaula. Es preciso mantener el orden en una sociedad que, como dijo el psiquiatra Wilhelm Reich, inventó el matrimonio para «crear el tipo de identidades disciplinadas que ambiciona la sociedad de masas». Al fin y al cabo, escribe Kipnis, «toda civilización necesita cierto grado de represión para sobrevivir. Si nos la pasáramos copulando unos con otros cada vez que surgiera el impulso, ¿con qué energía edificaríamos una cultura?».
Construir una sociedad sobre el matrimonio no es tan difícil. El camino que lleva hacia el contrato comienza con dos personas drogadas. Drogadas con la química del enamoramiento. Ese estado en el que, según la escritora, «nunca estaremos tan cerca de vislumbrar la utopía». Y entonces ocurrirá como con las drogas y el sexo. Entrará el estado a regularlo. «El amor está tan reglamentado como cualquier sustancia que proporcione placer. Aun cuando no dudemos un segundo de que amamos como mejor nos parece, con la libertad de un pájaro o una mariposa, hay un compendio infinito de doctrinas sociales que nos dice qué es el amor y lo que debemos hacer con él, cómo y cuándo. La lista de sugerencias para amar de manera atinada es tan inconmensurable como restrictivo el inventario de sanciones a todo lo que se le opone. La apoteosis del amor –el matrimonio– es, por supuesto, un órgano social sistematizado por el Estado que se moderniza como un farmacéutico benévolo distribuyendo la sustancia adictiva en dosis legales».
Kipnis se pregunta qué pasaría «si concibiéramos el amor de otra forma, si repensáramos sus premisas». Qué ocurriría «si pugnáramos para que los recursos y privilegios sociales dejaran de asignarse con base en el estado civil». No. No, no y no. El estado está para regular el mundo. También el amor.

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Todos son obreros del amor. Pero hay una particularidad que los divide en dos. Unos son adúlteros y otros mantienen una buena relación. Los primeros (entre el 20% y el 70% de las personas casadas) se atrevieron a «dar una caminata ocasional por el lado salvaje, aun cuando están sinceramente comprometidos en una relación monógama». Y tampoco le dieron tanta importancia. A menudo todo se resolvió con «pretextos misericordiosos» del tipo: ‘no debería beber con el estómago vacío’ o ‘el sexo oral no cuenta’.
Los segundos son esos que «conciben los vínculos de largo plazo como una fuente de optimismo y renovación, y no como una anestésico emocional», esos que a veces olvidan que una buena relación implica «tener sexo con el consorte en una periodicidad que supere el trimestre y quizá, incluso, con variantes coreográficas».
Estos obreros son los protagonistas de un libro de la profesora universitaria Laura Kipnis titulado Contra el amor. El ensayo, de la editorial Tumbona, es «una ardiente polémica contra quienes hacen de las relaciones sentimentales una rama de la economía política» y, como todas las obras de la colección Versus, plantea un pensamiento políticamente incorrecto en una sociedad que colapsa frente a sus contradicciones como Drácula ante un rayo de sol.
El tratado empieza con una aclaración. El amor ha caído en las garras de las normas sociales y, al final, se ha convertido en un proceso matemático que empieza en un deseo sexual y acaba en la firma de un contrato, probablemente, frente a un público de hombres encorbatados y mujeres envueltas en papel celofán.
Empieza la vida en la jaula. Para los adúlteros y los que tienen una buena relación. La única diferencia es que los primeros sacan la pata por los barrotes de vez en cuando. Por lo demás, ambos se deben a una misma renuncia de libertad que, según la autora, acaba convirtiéndose en una demostración de lealtad basada en responder a unos interrogatorios rutinarios, como «¿quién llamó por teléfono, querido?» o «patrullajes» del pelaje «¿crees que no he notado que pasas mucho tiempo conversando con x en la recepción?».

«El hogar se ha vuelto una ocupación tan tediosa y enervante que permanecer en la oficina es una forma de sosiego»


El amor, en esta tesitura, se acaba convirtiendo en un trabajo más. «Hablo del trabajo tal y como los lacayos de la economía global lo percibimos en la actualidad: alienante, inalterable, estéril, y no como algo que elegiríamos hacer si tuviéramos la opción».
La monogamia se torna entonces «una faena», escribe la autora. «El deseo se regula de manera contractual (…). Imponemos la fidelidad del mismo modo en que se usufructa el trabajo de los empleados y hacemos del matrimonio una metalurgia sujeta a una rígida disciplina obrera, cuyo fin es mantener a los maridos, esposas y compañeros domésticos del mundo estrangulados y ceñidos al status quo de la maquinaria».
Y, en el amor, como en el trabajo, estamos en «tiempos de retrocesos». Dice Kipnis que el huracán que ha pasado por las fábricas y las oficinas también se ha metido por las ventanas de casa. Hoy no solo se trabaja más por un salario menguado. «En la medida en la que haya una suerte de sobreexplotación de mano de obra y se nos exhorte a ‘trabajar en nuestra relación’, no hay quien no termine doblando turno. O quizá deberíamos llamarla una integración vertical: la misma obligación de cumplir horas extra, la misma arbritariedad en las directrices, la exigencia de buena presentación, las evaluaciones de actitud, los temidos exámenes anuales de desempeño y –cómo olvidarlo– el mandato de ‘alcanzar el orgasmo’».
Esto ha llevado, curiosamente, a alargar el otro trabajo. El de verdad. El de la oficina. La socióloga Arlie Russell Hochschild indica que «una de las principales razones de la ampliación subrepticia de la jornada oficial es que un importante segmento de los trabajadores se afana horas extra para eludir el regreso a casa». Que nadie se alarme por ello, pide la autora: «No debe sorprendernos. El hogar se ha vuelto una ocupación tan tediosa y enervante que permanecer en la oficina es una forma de sosiego».

«La economía conyugal se rige –igual que el sistema– por la escasez, la intimidación y un sinfín de prohibiciones interiorizadas»

Pero cuidado con abandonar la jaula. Los agoreros están siempre al acecho para advertir de los peligros de la libertad. Si en el calabozo hace frío, en la calle aguarda la neumonía. «Las parejas progresistas y descontentas con su relación a menudo se enfrentan a un argumento ampliamente difundido: la desesperación de la soltería se traduce en muerte prematura entre los hombres y en la improbabilidad estadística de que las mujeres encuentren a un compañero», escribe Kipnis. «Algo similar ocurría hace tiempo en incontables discusiones políticas: la inclemencia y el carácter siniestro de la Unión Soviética solían esgrimirse contra cualquiera lo suficientemente aturdido como para plantear la necesidad de hacer reformas sociales (…). Es evidente que la economía conyugal se rige –igual que el sistema– por la escasez, la intimidación y un sinfín de prohibiciones interiorizadas cuyo fundamento es la invariable certeza de que ‘no hay alternativas viables’».
El asunto del amor no es una cuestión personal. Tiene una dimensión política y, según la profesora, no pueden separarse las preguntas ‘cómo amamos’ y ‘cómo trabajamos’. «Después de todo, somos criaturas sociales. Lo somos pese a los esclarecedores estudios sobre la conducta sexual de los bonobos y de los mirlos de alas rojas que pretenden descifrar aspectos clave del apareamiento humano».
Muchos investigadores insisten en esa profunda huella animal en los humanos pero la autora no está tan convencida. «Cuando los sociobiólogos defequen en el patio de su propia casa, a la vista de los invitados, tal vez sus especulaciones sobre lo innato como rasgo que prevalece en la cultura comiencen a persuadirnos».
Kipnis cree que «somos criaturas sociales a más no poder y aparentemente tan maleables que nuestros deseos profundos se adecuan con mansedumbre a cualquier expectativa amorosa que dicte la colectividad».

«Estamos listos para amar en provecho de la sociedad: como diligentes abejas y aves que anidan apaciblemente»

Pero cuidado con abandonar la jaula. Los agoreros están siempre al acecho para advertir de los peligros de la libertad. Si en el calabozo hace frío, en la calle aguarda la neumonía. «Las parejas progresistas y descontentas con su relación a menudo se enfrentan a un argumento ampliamente difundido: la desesperación de la soltería se traduce en muerte prematura entre los hombres y en la improbabilidad estadística de que las mujeres encuentren a un compañero», escribe Kipnis. «Algo similar ocurría hace tiempo en incontables discusiones políticas: la inclemencia y el carácter siniestro de la Unión Soviética solían esgrimirse contra cualquiera lo suficientemente aturdido como para plantear la necesidad de hacer reformas sociales (…). Es evidente que la economía conyugal se rige –igual que el sistema– por la escasez, la intimidación y un sinfín de prohibiciones interiorizadas cuyo fundamento es la invariable certeza de que ‘no hay alternativas viables’».
El asunto del amor no es una cuestión personal. Tiene una dimensión política y, según la profesora, no pueden separarse las preguntas ‘cómo amamos’ y ‘cómo trabajamos’. «Después de todo, somos criaturas sociales. Lo somos pese a los esclarecedores estudios sobre la conducta sexual de los bonobos y de los mirlos de alas rojas que pretenden descifrar aspectos clave del apareamiento humano».
Muchos investigadores insisten en esa profunda huella animal en los humanos pero la autora no está tan convencida. «Cuando los sociobiólogos defequen en el patio de su propia casa, a la vista de los invitados, tal vez sus especulaciones sobre lo innato como rasgo que prevalece en la cultura comiencen a persuadirnos».
Kipnis cree que «somos criaturas sociales a más no poder y aparentemente tan maleables que nuestros deseos profundos se adecuan con mansedumbre a cualquier expectativa amorosa que dicte la colectividad».

«Estamos listos para amar en provecho de la sociedad: como diligentes abejas y aves que anidan apaciblemente»


El asunto de cómo gestionar el desajuste entre el instinto sexual (abierto y corporal) y las exigencias sociales (cerradas y mentales) lleva tiempo en la literatura. Freud dijo que esa discordancia arrastraba a las personas a la neurosis, aunque «al menos garantizaba cierta resistencia a las demandas opresivas de la socialización».
Pero el sistema ganó al individuo. «La capacidad crítica ha sido reprimida de manera tan eficaz en el transcurso de unas pocas generaciones que hoy resulta algo extrínseco e insólito, un órgano vestigial. Nótese que la rebelión del deseo contra las restricciones sociales fue alguna vez una materia cultural predilecta, vibrante en innumerables clásicos de la literatura (Romeo y Julieta, y Ana Karenina). Todo indica que ya hemos resuelto ese pequeño problema y estamos listos para amar en provecho de la sociedad: como diligentes abejas y aves que anidan apaciblemente».
El ‘amor moderno’ está circunscrito al matrimonio o la pareja estable. Ha sido toda una «proeza de ingeniería social eso de calzar a la ciudadanía por entero (excepto al rezagado que nunca falta) dentro de una prescripción doméstica uniforme y todo porque hemos asumido que tal es el objeto del verdadero amor».
El adulterio se plantea entonces como una rebelión ante este sistema de explotación del amor. Y aquí es donde este ensayo eleva la temperatura del termómetro de lo políticamente correcto hasta hacerlo explotar. Muchos, a estas alturas, ya tendrán llagas en la boca. Pero Kipnis continúa. «El adulterio es la huelga de brazos caídos de la ética que subraya que el amor es un quehacer».

«El amor está tan reglamentado como cualquier sustancia que proporcione placer»


Las fuerzas de seguridad mamporreras siguen vigilando fuera de la jaula. Es preciso mantener el orden en una sociedad que, como dijo el psiquiatra Wilhelm Reich, inventó el matrimonio para «crear el tipo de identidades disciplinadas que ambiciona la sociedad de masas». Al fin y al cabo, escribe Kipnis, «toda civilización necesita cierto grado de represión para sobrevivir. Si nos la pasáramos copulando unos con otros cada vez que surgiera el impulso, ¿con qué energía edificaríamos una cultura?».
Construir una sociedad sobre el matrimonio no es tan difícil. El camino que lleva hacia el contrato comienza con dos personas drogadas. Drogadas con la química del enamoramiento. Ese estado en el que, según la escritora, «nunca estaremos tan cerca de vislumbrar la utopía». Y entonces ocurrirá como con las drogas y el sexo. Entrará el estado a regularlo. «El amor está tan reglamentado como cualquier sustancia que proporcione placer. Aun cuando no dudemos un segundo de que amamos como mejor nos parece, con la libertad de un pájaro o una mariposa, hay un compendio infinito de doctrinas sociales que nos dice qué es el amor y lo que debemos hacer con él, cómo y cuándo. La lista de sugerencias para amar de manera atinada es tan inconmensurable como restrictivo el inventario de sanciones a todo lo que se le opone. La apoteosis del amor –el matrimonio– es, por supuesto, un órgano social sistematizado por el Estado que se moderniza como un farmacéutico benévolo distribuyendo la sustancia adictiva en dosis legales».
Kipnis se pregunta qué pasaría «si concibiéramos el amor de otra forma, si repensáramos sus premisas». Qué ocurriría «si pugnáramos para que los recursos y privilegios sociales dejaran de asignarse con base en el estado civil». No. No, no y no. El estado está para regular el mundo. También el amor.

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Opiniones 6
  • Qué ocurriría «si pugnáramos para que los recursos y privilegios sociales dejaran de asignarse con base en el estado civil».
    –¿Troya?
    Primero madurar, después hacer zumo. Si nó amarga.
    Y sí, el amor domina al instinto sexual o no está.
    Normas? al amor no le afectan. Unicamente regulan intereses y esto lleva a lo contractual.
    Gracias por el retrato.

  • Creo que hay más de dos: tantos estados de amor, como de conciencia o de amistad y con sus intensidades variantes, desde la que saca lo mejor de uno, el que hace enloquecer por encima de todo convencionalismo social o contrato, o el que te hace amar el universo querido por la pareja, o el amor controlado (hasta que deja de estarlo ).
    El sexo se cruza con alguno de estos estados por un eje distinto. ortogonal y de relativa correlación pese a parecer contradictorio con las Leyes naturales esperables del amor como motor de evolución.

  • Mira por donde que al teclear «el matrimonio es una ratonera» acabo en esta web. A los 51 años doy constancia de ello. Te despiertas y te das cuenta de que eres el pagafantas de la fiesta, y te das de cabezazos intentando salir de la jaula, mientras que los otros ocupantes, esposa, hijos, simplemente miran como diciendo «ya se le pasará»

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