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26 de febrero 2018    /   BUSINESS
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No eres mejor persona por leer más

26 de febrero 2018    /   BUSINESS     por          
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Mikita Brottman es la profesora de Literatura que casi todos habríamos agradecido tener. Como buena lectora, sabe que aquellos libros que leímos por obligación en el instituto o en la universidad nos resultaron, a menudo, farragosos, aburridos y vacíos. Con sus listas cerradas de lecturas obligatorias, muchos profesores consiguieron todo lo contrario a empujar a sus alumnos a la lectura (por placer).

Es posible que Brottman se enfade si descubre que alguien la ha llamado buena lectora. ¿Odia los libros? No. Han sido y son tan importantes en su vida –primero como adolescente solitaria encerrada en un ático y luego como profesora de Literatura– que ha escrito un libro que no es lo que parece: Contra la lectura.

Este ensayo, que acaba de publicar Blackie Books en España, no es una cruzada contra los libros ni contra el hábito de leer. Todo forma parte de un ‘engaño’ urdido por una mujer irónica que sabe cómo conseguir que la gente lea su libro sin creerse superior al resto.

Para empezar, Brottman entiende la lectura como la masturbación. Ambos hábitos suelen despertarse y darse en idénticas circunstancias: lo habitual, nos dice la autora, es que comiencen en la adolescencia, en la cama de personas solitarias antes de dormir. Lectura y masturbación pueden convertirse en prácticas adictivas.

Por eso lo que aconseja es mesura a la hora (no solo) de leer: «Si bien el analfabetismo es igual de peligroso que la ignorancia sexual, en ambos casos debe abogarse por la moderación». ¿Quién podría dejar de leer un libro que empieza con semejante paralelismo? Aun así, ella insta al lector a dejar de leer un libro siempre que quiera. Incluido el suyo.

La soledad en el Paraíso

Mikita Brottman no niega que «los libros pueden llevarnos a lugares maravillosos». Es precisamente ese hecho, vivido en carne propia, el que la lleva a abogar por la lectura cuidadosa, porque «también pueden dejarnos allí varados, alienados e inútiles, solos y desclasados, aislados de otros seres humanos, incluso en nuestros propios recuerdos, de nuestra propia experiencia de nosotros mismos». Así como tienen la posibilidad de aislarnos de la sociedad, también pueden «establecer un equilibrio» entre el lector y la pertenencia al grupo.

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El único problema de la autora con la lectura en esta no cruzada es que se lea de manera irreflexiva; que se utilice para idear campañas de marketing que nos hacen asumir de manera generalizada que leer nos hace más inteligentes, más cultos, más sexis y hasta dotados de valores que el resto de la humanidad, al parecer, no tiene.

La historia aporta grandes ejemplos de esa gran mentira tan asumida. «En cualquier caso, ¿quién dice que los lectores prolíficos son necesariamente personas con conciencia cívica? A fin de cuentas, Hitler fue un gran lector, como Unabomber». También la historia nos recuerda que, por más que destaquemos las luces de la lectura, no podemos ocultar sus sombras, porque eso nos llevaría a decepcionarnos como le ocurrió a Jean-Paul Sartre», que fantaseaba con las descripciones de la flora y la fauna de la Enciclopedia Larousse y se decepcionó al visitar los Jardines de Luxemburgo.

A su manera, la literatura ha reflejado la misma idea. Pero Brottman no supo verlo cuando era una adolescente adicta a la lectura, un hábito que la estaba aislando del mundo: «No hice caso a la moraleja de Miniver Cheevy, pero podría haber aprendido un montón de Don Quijote, a quien las novelas de caballería habían absorbido hasta tal punto que se había vuelto loco. Debería haber prestado atención al modo en que Emma Bovary destruía su vida leyendo como yo lo estaba haciendo».

De veneno a panacea

Brottman no está contra la lectura, sino contra la idea de lectura que se ha extendido de manera, a veces, pedante porque «no suele asumirse que alguien que colecciona zapatos sea necesariamente un gran caminante». Este «empeño en recrearnos sobre hasta qué punto los libros nos hacen mejores», ha llevado a la creencia de que la lectura es positiva por razones intrínsecas que a menudo no se cuestionan.

Brottman asegura que este nuevo perfil del lector ha sido alentado, en parte, por Laura Bush y Oprah Winfrey. «Ahora se trata de ser una persona con conciencia cívica, afable con los niños, sensible y considerada. Ser lector, de hecho, implica desplegar tu mejor yo», expone.

 En los últimos veinte años hemos pasado de un miedo a la lectura profundamente arraigado a promocionarla como si se tratara de una panacea universal

Es ese concepto de la superioridad lectora, cargado de narcisismo y esnobismo, lo que impulsa las páginas de Contra la lectura. ¿Qué tiene de malo que alguien elija la película y no el libro para acercarse a la misma historia? ¿Qué tiene de malo evitar los clásicos y qué tiene de bueno dar por sentado que el tiempo los hace necesarios o mejores? ¿Qué tiene de malo reconocer que no hemos leído ese gran referente de la literatura universal? Quizá no nos ha llegado el momento de hacerlo. Quizá no llegue nunca. Y no pasa nada.

Contra la lectura no es un libro contra el hábito de leer, sino un alegato a favor de distintas formas de hacerlo y un llamamiento a respetarlas: «Simplemente quiero sugerir que no hay nada digno o respetable de manera intrínseca en el acto de leer en sí», escribe Brottman.

Hay un escepticismo en la autora a la sombra de la superioridad lectora. Los libros también se han convertido en objetos decorativos y, en algunos casos, llevan a una bibliomanía que antepone el hecho de poseerlos a leerlos. Lo único que pide la autora a sus lectores es que lean a conciencia, de manera reflexiva, con criterio y porque quieren. Y que disfruten, sobre todo, que disfruten.

Mikita Brottman es la profesora de Literatura que casi todos habríamos agradecido tener. Como buena lectora, sabe que aquellos libros que leímos por obligación en el instituto o en la universidad nos resultaron, a menudo, farragosos, aburridos y vacíos. Con sus listas cerradas de lecturas obligatorias, muchos profesores consiguieron todo lo contrario a empujar a sus alumnos a la lectura (por placer).

Es posible que Brottman se enfade si descubre que alguien la ha llamado buena lectora. ¿Odia los libros? No. Han sido y son tan importantes en su vida –primero como adolescente solitaria encerrada en un ático y luego como profesora de Literatura– que ha escrito un libro que no es lo que parece: Contra la lectura.

Este ensayo, que acaba de publicar Blackie Books en España, no es una cruzada contra los libros ni contra el hábito de leer. Todo forma parte de un ‘engaño’ urdido por una mujer irónica que sabe cómo conseguir que la gente lea su libro sin creerse superior al resto.

Para empezar, Brottman entiende la lectura como la masturbación. Ambos hábitos suelen despertarse y darse en idénticas circunstancias: lo habitual, nos dice la autora, es que comiencen en la adolescencia, en la cama de personas solitarias antes de dormir. Lectura y masturbación pueden convertirse en prácticas adictivas.

Por eso lo que aconseja es mesura a la hora (no solo) de leer: «Si bien el analfabetismo es igual de peligroso que la ignorancia sexual, en ambos casos debe abogarse por la moderación». ¿Quién podría dejar de leer un libro que empieza con semejante paralelismo? Aun así, ella insta al lector a dejar de leer un libro siempre que quiera. Incluido el suyo.

La soledad en el Paraíso

Mikita Brottman no niega que «los libros pueden llevarnos a lugares maravillosos». Es precisamente ese hecho, vivido en carne propia, el que la lleva a abogar por la lectura cuidadosa, porque «también pueden dejarnos allí varados, alienados e inútiles, solos y desclasados, aislados de otros seres humanos, incluso en nuestros propios recuerdos, de nuestra propia experiencia de nosotros mismos». Así como tienen la posibilidad de aislarnos de la sociedad, también pueden «establecer un equilibrio» entre el lector y la pertenencia al grupo.

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El único problema de la autora con la lectura en esta no cruzada es que se lea de manera irreflexiva; que se utilice para idear campañas de marketing que nos hacen asumir de manera generalizada que leer nos hace más inteligentes, más cultos, más sexis y hasta dotados de valores que el resto de la humanidad, al parecer, no tiene.

La historia aporta grandes ejemplos de esa gran mentira tan asumida. «En cualquier caso, ¿quién dice que los lectores prolíficos son necesariamente personas con conciencia cívica? A fin de cuentas, Hitler fue un gran lector, como Unabomber». También la historia nos recuerda que, por más que destaquemos las luces de la lectura, no podemos ocultar sus sombras, porque eso nos llevaría a decepcionarnos como le ocurrió a Jean-Paul Sartre», que fantaseaba con las descripciones de la flora y la fauna de la Enciclopedia Larousse y se decepcionó al visitar los Jardines de Luxemburgo.

A su manera, la literatura ha reflejado la misma idea. Pero Brottman no supo verlo cuando era una adolescente adicta a la lectura, un hábito que la estaba aislando del mundo: «No hice caso a la moraleja de Miniver Cheevy, pero podría haber aprendido un montón de Don Quijote, a quien las novelas de caballería habían absorbido hasta tal punto que se había vuelto loco. Debería haber prestado atención al modo en que Emma Bovary destruía su vida leyendo como yo lo estaba haciendo».

De veneno a panacea

Brottman no está contra la lectura, sino contra la idea de lectura que se ha extendido de manera, a veces, pedante porque «no suele asumirse que alguien que colecciona zapatos sea necesariamente un gran caminante». Este «empeño en recrearnos sobre hasta qué punto los libros nos hacen mejores», ha llevado a la creencia de que la lectura es positiva por razones intrínsecas que a menudo no se cuestionan.

Brottman asegura que este nuevo perfil del lector ha sido alentado, en parte, por Laura Bush y Oprah Winfrey. «Ahora se trata de ser una persona con conciencia cívica, afable con los niños, sensible y considerada. Ser lector, de hecho, implica desplegar tu mejor yo», expone.

 En los últimos veinte años hemos pasado de un miedo a la lectura profundamente arraigado a promocionarla como si se tratara de una panacea universal

Es ese concepto de la superioridad lectora, cargado de narcisismo y esnobismo, lo que impulsa las páginas de Contra la lectura. ¿Qué tiene de malo que alguien elija la película y no el libro para acercarse a la misma historia? ¿Qué tiene de malo evitar los clásicos y qué tiene de bueno dar por sentado que el tiempo los hace necesarios o mejores? ¿Qué tiene de malo reconocer que no hemos leído ese gran referente de la literatura universal? Quizá no nos ha llegado el momento de hacerlo. Quizá no llegue nunca. Y no pasa nada.

Contra la lectura no es un libro contra el hábito de leer, sino un alegato a favor de distintas formas de hacerlo y un llamamiento a respetarlas: «Simplemente quiero sugerir que no hay nada digno o respetable de manera intrínseca en el acto de leer en sí», escribe Brottman.

Hay un escepticismo en la autora a la sombra de la superioridad lectora. Los libros también se han convertido en objetos decorativos y, en algunos casos, llevan a una bibliomanía que antepone el hecho de poseerlos a leerlos. Lo único que pide la autora a sus lectores es que lean a conciencia, de manera reflexiva, con criterio y porque quieren. Y que disfruten, sobre todo, que disfruten.

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Opiniones 7
  • Muy interesante. Efectivamente la lectura es, o debería ser, un placer solitario. Hablar, alardear, o mirar por encima del hombro a los no lectores, no hará que lean más… ni nos hará superiores a sus ojos… sino todo lo contrario…

  • Quizás un poquitito mejor sí. ¿Acaso no hemos sido por unos momentos esclavos en las plantaciones de algodón o asesinos por gusto, funcionarios en un registro civil o capitanas de naves estelares? El haber captado algo ínfimo de lo que significa ser «otro» (sea el autor o sean sus personajes) deja alguna huella. Y claro, también está el inmenso mundo de la «no ficción» donde está todo lo demás, desde manuales de jardinería hasta análisis del sentido de la lectura. El aprender también nos puede hacer un poquitito mejores.

  • ¡Qué placer! (Estar disculpado por la opinión de alguien que sabes más preparado). Y seguro que también los habrá que no les guste masturbarse, quizás el sexo más libre… y seguro que también quienes opinen de otra forma ¡Qué placer saber que la opinión de un cerebro infra-utilizado y en tantos años deformado por experiencias mal entendidas coincida con la de otro (ahora ya otros). ¡Qué masaje a mi autoestima!
    Es una suerte haber tenido la oportunidad de aprender a leer. Es una suerte pasar de un artículo a otro y excitarse cuando tus pensamientos están expresados por otros y las palabras se suceden como si de un extraño «dejá vu» se tratase…
    No sé si es bonito lo que os cuento. Apenas me doy el gusto de contarlo.
    Gracias.

  • Ciertamente el acto de leer sigue siendo el mismo y la forma en que las personas que leen han sido vistas a través del tiempo no ha cambiado tanto, hace siglos no era ya de por si un acto de postureo la gente rica que leía muy poco pero poseía enormes bibliotecas, que leían ciertos libros que estaban de moda o que se convertían en mecenas de algún pobre escritos pero que si uno de sus hijos osaba en anunciar su interés por ser escritor por decirlo menos «ardía Troya», pues bien hoy pasa igual solo que en la redes sociales, el fondo no ha cambiado tan solo la forma y tal vez el nivel de exposición que tiene ese tipo de gente. Leer es un placer, ayer, hoy y siempre.

  • Muy de acuerdo con la reflexión planteada. Creo que es un paradigma eso de que leer te hace más interesante o una mejor persona. El acto de leer debe ser una convicción a querer conocer y viajar a través de otro punto de vista que, a veces divierte y otras veces aburre. Esa es la magia que tienen las vocales y las consonantes.

  • Es la primera vez que me encuentro con un articulo que romper con algunos estereotipos de la persona que lee. La lectura debe servir para todo lo que este a su alcance, como sublimación, como amplitud de conocimiento, mejoría en el habla, desarrollo en los alcances de una cultura, placer, recreación. Pero por sobre todo debe servir para comunicarse con un otro que, o justo necesita leer ese libro a mi entender y yo se lo voy a recomendar o como forma de dialogar y conectarnos un poco, de otra manera quizás, dejando de lado un tanto la tecnología de facebook o netflix.

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