9 de mayo 2018    /   DIGITAL
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Mil horas en Facebook, y ahora ¿qué?

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Desde el año 2017 he pasado 835,5 horas en Facebook. Esta espantosa y precisa cifra la obtuve gracias a instalarme Your Data Selfie, una extensión de Chrome que analiza lo que haces en Facebook y no solo te da una idea muy precisa de lo que la red hace con tus datos, sino que también te informa del conocimiento que extrae de esos datos, así como las conclusiones psicométricas que se derivan de ellos.

Suena a ciencia ficción, pero es ciencia real –tan real que Mr. Trump pudo haber ganado unas elecciones sirviéndose de estas triquiñuelas–. Nuestros likes –solo eso: los likes– sirven para elaborar nuestro perfil psicológico, nuestras preferencias sexuales, nuestros hábitos de compras, nuestras tendencias religiosas, nuestros gustos…

Y el acierto que obtienen los algoritmos en tan compleja tarea es de una eficiencia brutal. Para muestra, un botón. En apenas un año de exploración, My Data Selfie ya sabe de mí que soy con un 92% de probabilidades hombre, con un 63% liberal, con un 90% agnóstico o cercano al cristianismo… ¿Sigo? Prefiero no hacerlo.

Si bien esto ya sería suficiente motivo para impulsar el borrado inmediato de todo cuánto aquí publico y potenciar mi desaparición inminente de esta plataforma, lo que más me impactó fue ver esas casi mil horas dedicadas a una actividad que me había aportado tan poco valor existencial, que había dejado tan poco poso en mi vida.

Piénsalo. ¿Hay alguna actividad que no sea de primera necesidad a la que hayas dedicado más de mil horas en tu vida? Si yo hubiera dedicado esas horas a tocar el piano, o a estudiar Inteligencia Artificial, o a analizar el cambio climático, o a leer libros de bioquímica y ADN, seguramente ahora mismo sería un experto en cualquiera de esos ámbitos.

A cambio, ¿qué me ha dado Facebook? Algo, sí. Estar al día. Cotilleos. Algunas sonrisas. Lo más valioso, seguramente, mantenerme en contacto con muchos de los amigos que allí sigo. Pero, aun siendo ese contacto de gran valor para mí, sospecho que el precio que he pagado por él excede con creces al tamaño del regalo recibido.

Especialmente cuando me doy cuenta de que parte de los vínculos que allí mantengo estarían más y mejor cuidados en otros entornos menos exhibicionistas, más íntimos (tales como llamadas personales, emails, Whatsapps, cafés o paseos).

Ante tamaña acumulación de disgustos, me planteé borrarme. Irme. Largarme. Lo intenté, sabedlo. Pero no pude hacerlo. Soy demasiado adicto a ello aún. El chute es demasiado fuerte. La dopamina que generan ese scroll infinito, esas luces rojas de notificaciones pendientes, esos likes y relikes a bobadas publicadas, aún tiene demasiado peso en mi cerebro de casi nativo digital.

Así, ante la incapacidad que sentí de abandonar de golpe la Red, busqué alternativas para, al menos, acotar el problema. Frenar la hemorragia de tiempo. Abrir una ventana de aire fresco. Y apareció otra extensión de Chrome, igualmente maravillosa, llamada Stayfocusd.

Su idea es sencilla y potente: limitar la dosis diaria de esta droga dura en que se ha convertido la red social más masificada el mundo, impidiendo que la visites a partir del límite que tú mismo te impones.

En mi caso, y desde hace ya un mes, el límite son 15 minutos diarios. 15 minutos, nada más, de Facebook. Luego, una página de inicio me recuerda que yo debería estar haciendo otra cosa.

¿Qué otra cosa? Está por decidir. Una página en blanco. Un espacio vacío. Una brizna de esperanza. Al fin.

Desde el año 2017 he pasado 835,5 horas en Facebook. Esta espantosa y precisa cifra la obtuve gracias a instalarme Your Data Selfie, una extensión de Chrome que analiza lo que haces en Facebook y no solo te da una idea muy precisa de lo que la red hace con tus datos, sino que también te informa del conocimiento que extrae de esos datos, así como las conclusiones psicométricas que se derivan de ellos.

Suena a ciencia ficción, pero es ciencia real –tan real que Mr. Trump pudo haber ganado unas elecciones sirviéndose de estas triquiñuelas–. Nuestros likes –solo eso: los likes– sirven para elaborar nuestro perfil psicológico, nuestras preferencias sexuales, nuestros hábitos de compras, nuestras tendencias religiosas, nuestros gustos…

Y el acierto que obtienen los algoritmos en tan compleja tarea es de una eficiencia brutal. Para muestra, un botón. En apenas un año de exploración, My Data Selfie ya sabe de mí que soy con un 92% de probabilidades hombre, con un 63% liberal, con un 90% agnóstico o cercano al cristianismo… ¿Sigo? Prefiero no hacerlo.

Si bien esto ya sería suficiente motivo para impulsar el borrado inmediato de todo cuánto aquí publico y potenciar mi desaparición inminente de esta plataforma, lo que más me impactó fue ver esas casi mil horas dedicadas a una actividad que me había aportado tan poco valor existencial, que había dejado tan poco poso en mi vida.

Piénsalo. ¿Hay alguna actividad que no sea de primera necesidad a la que hayas dedicado más de mil horas en tu vida? Si yo hubiera dedicado esas horas a tocar el piano, o a estudiar Inteligencia Artificial, o a analizar el cambio climático, o a leer libros de bioquímica y ADN, seguramente ahora mismo sería un experto en cualquiera de esos ámbitos.

A cambio, ¿qué me ha dado Facebook? Algo, sí. Estar al día. Cotilleos. Algunas sonrisas. Lo más valioso, seguramente, mantenerme en contacto con muchos de los amigos que allí sigo. Pero, aun siendo ese contacto de gran valor para mí, sospecho que el precio que he pagado por él excede con creces al tamaño del regalo recibido.

Especialmente cuando me doy cuenta de que parte de los vínculos que allí mantengo estarían más y mejor cuidados en otros entornos menos exhibicionistas, más íntimos (tales como llamadas personales, emails, Whatsapps, cafés o paseos).

Ante tamaña acumulación de disgustos, me planteé borrarme. Irme. Largarme. Lo intenté, sabedlo. Pero no pude hacerlo. Soy demasiado adicto a ello aún. El chute es demasiado fuerte. La dopamina que generan ese scroll infinito, esas luces rojas de notificaciones pendientes, esos likes y relikes a bobadas publicadas, aún tiene demasiado peso en mi cerebro de casi nativo digital.

Así, ante la incapacidad que sentí de abandonar de golpe la Red, busqué alternativas para, al menos, acotar el problema. Frenar la hemorragia de tiempo. Abrir una ventana de aire fresco. Y apareció otra extensión de Chrome, igualmente maravillosa, llamada Stayfocusd.

Su idea es sencilla y potente: limitar la dosis diaria de esta droga dura en que se ha convertido la red social más masificada el mundo, impidiendo que la visites a partir del límite que tú mismo te impones.

En mi caso, y desde hace ya un mes, el límite son 15 minutos diarios. 15 minutos, nada más, de Facebook. Luego, una página de inicio me recuerda que yo debería estar haciendo otra cosa.

¿Qué otra cosa? Está por decidir. Una página en blanco. Un espacio vacío. Una brizna de esperanza. Al fin.

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Opiniones 1
  • Tienes toda la razon. Pero la gente y mas la nueva generación no se da cuenta del peligro de estar escondidos detras de pantallas, telefonos. Hacer amigos en la vida real es lo mejor. Mirando a la cara cuando hablas con alguien. Reunirte con tus amigos y contar tonterias no … mira cuantos like, has visto este youtuber … etc. Felicidades por el articulo

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