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28 de julio 2016    /   CINE/TV
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Control de aduanas: «Mi mujer hizo la maleta»

28 de julio 2016    /   CINE/TV     por          
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Las cámaras graban a los recién llegados a Australia intentando meter cosas de extranjis. Norteamericanos, europeos, asiáticos… Cristianos, musulmanes… Hombres con un tópico: «Mi madre (mi mujer) hizo la maleta». Ellas no están para replicar y si lo están, callan. También hay mujeres que quieren colar mercancías, pero no culpan a sus madres ni a los hombres.

Escenas que se repiten en el programa Control de aduanas: Australia (Border Security: Australia’s Front Line). Cambian los nombres y apellidos de los protagonistas. Escenas reales. El programa tiene un equipo de abogados que paraliza las demandas por difamación.

EL JOVEN CHINO

La escena tiene como hilo conductor un interrogatorio rutinario:

—¿Ha hecho usted las maletas?
—Sí —responde el joven chino. Todos los hombres responden «sí».
—¿Tiene algo que declarar?

Aquí unos pasajeros dicen «sí» y otros «no». Los del «sí» muestran menudencias. El joven chino responde:

—Eso no es mío —con un gesto despectivo hacia una bolsa de deportes que ha cargado como si llevara dentro un muerto.
—¿Puede abrirlo?

El momento es lo que los espectadores esperan. El joven abre la mochila y aparece ramen, pan de gambas y salsa de soja suficientes para abastecer un minimercado.

—No ha declarado esta comida —el funcionario.
—No es mía. Es para un estudiante. Se lo envía su madre.

El joven chino repite la frase como si pudiera ayudarle a evitar la multa. Y cuanto más lo dice, más cerca del lloriqueo. Escenas como esta hacen pensar que una madre es una madre, española o pekinesa.

Quizá la señora Wang o la señora Lee preguntó: «Hijo, ¿comes bien?». Y el hijo dijo: «Sí, mamá, aunque no venden ramen». Y la madre: «Te enviaré alguna cosita». (Una madre española hubiera intentado hacer llegar chacina variada, queso curado, botella de tinto…)

Sea cierto o una trola (un cuento chino, más bien), el joven chino es el único responsable.

—Usted sabe inglés —el funcionario.
—Sí.
—¿Y no ha visto los carteles, en cada columna del aeropuerto, avisando de que no puede introducir comida no declarada?

No hay más preguntas. Una multa o casa.

EL NORTEAMERICANO AFABLE

Por contra, el norteamericano de cuarenta y tantos tiene tablas. Declara tres o cuatro paquetes de cigarrillos y responde que ha hecho las maletas él solo.

—Abra el equipaje —el funcionario.

El funcionario encuentra dos paquetes de cigarrillos entre los pliegues de una toalla.

—¿Y esto?
—Mi madre me ha metido el tabaco —sonriendo.
—Abra todos los equipajes.

Cajas de tabaco entre la ropa, dentro de los zapatos, en los bolsillos de los pantalones, en la huevera del bañador, en la funda de la videocámara…

—Mi madre.

Tabaco para abastecer una residencia de ancianos.

—Mi madre —sonriendo de manera indistinta a los funcionarios y a la cámara. Busca la complicidad: «¿Quién no tiene una madre así?».

La sonrisa le delata: tiene más de canalla que de tonto. Parece que mirará al espectador y dirá: «Hoy me han pillado, pero a la próxima, igual no».

La multa alimentaría a una familia española de tres personas durante dos semanas. El fulano paga. Puede más el vicio de fumar y las cámaras lo han puesto en evidencia.

ESPOSOS Y ESPOSAS

Hay matrimonios en los que él habla y ella calla. Matrimonios de ancianos norteamericanos o de un hombre asiático de negocios con una joven. Tras «¿puede abrir la maleta?», el funcionario encuentra chucherías, patatas fritas, popurrís (revueltos, rebujinas) de frutos secos…

—¿Y esto? —el funcionario.
—¡Eso es de mi mujer! —dice el fulano de turno. El americano y el asiático.

La mujeres ni mú. La americana resopla. La asiática baja la mirada.

—¿Señora…? —dice el funcionario.
—Ha sido un error —el marido de la pasajera retomando el control.

A veces es un error: una botella de agua medio llena, un paquete de chucherías a medio acabar. Otras veces, demasiada comida para considerar un olvido. En cualquier caso, estos maridos apuntan a la misma dirección: la esposa. Lo dicen con una sonrisa cargada de «ya sabe cómo son las mujeres».

—Tendrá que pagar una multa —el funcionario.
—Es la bolsa de mi mujer —que conste en acta. Podría haberlo dicho.

Las mujeres y las maletas, como las mujeres y la cocina o las mujeres y la fregona. Tópicos del autodenominado mundo civilizado y del que no lo es tanto. El tópico que sí parece tomar cuerpo en cada Control de aduanas: Australia es «todos los hombres son iguales». Al menos, los que pillan por dárselas de listos.

Las cámaras graban a los recién llegados a Australia intentando meter cosas de extranjis. Norteamericanos, europeos, asiáticos… Cristianos, musulmanes… Hombres con un tópico: «Mi madre (mi mujer) hizo la maleta». Ellas no están para replicar y si lo están, callan. También hay mujeres que quieren colar mercancías, pero no culpan a sus madres ni a los hombres.

Escenas que se repiten en el programa Control de aduanas: Australia (Border Security: Australia’s Front Line). Cambian los nombres y apellidos de los protagonistas. Escenas reales. El programa tiene un equipo de abogados que paraliza las demandas por difamación.

EL JOVEN CHINO

La escena tiene como hilo conductor un interrogatorio rutinario:

—¿Ha hecho usted las maletas?
—Sí —responde el joven chino. Todos los hombres responden «sí».
—¿Tiene algo que declarar?

Aquí unos pasajeros dicen «sí» y otros «no». Los del «sí» muestran menudencias. El joven chino responde:

—Eso no es mío —con un gesto despectivo hacia una bolsa de deportes que ha cargado como si llevara dentro un muerto.
—¿Puede abrirlo?

El momento es lo que los espectadores esperan. El joven abre la mochila y aparece ramen, pan de gambas y salsa de soja suficientes para abastecer un minimercado.

—No ha declarado esta comida —el funcionario.
—No es mía. Es para un estudiante. Se lo envía su madre.

El joven chino repite la frase como si pudiera ayudarle a evitar la multa. Y cuanto más lo dice, más cerca del lloriqueo. Escenas como esta hacen pensar que una madre es una madre, española o pekinesa.

Quizá la señora Wang o la señora Lee preguntó: «Hijo, ¿comes bien?». Y el hijo dijo: «Sí, mamá, aunque no venden ramen». Y la madre: «Te enviaré alguna cosita». (Una madre española hubiera intentado hacer llegar chacina variada, queso curado, botella de tinto…)

Sea cierto o una trola (un cuento chino, más bien), el joven chino es el único responsable.

—Usted sabe inglés —el funcionario.
—Sí.
—¿Y no ha visto los carteles, en cada columna del aeropuerto, avisando de que no puede introducir comida no declarada?

No hay más preguntas. Una multa o casa.

EL NORTEAMERICANO AFABLE

Por contra, el norteamericano de cuarenta y tantos tiene tablas. Declara tres o cuatro paquetes de cigarrillos y responde que ha hecho las maletas él solo.

—Abra el equipaje —el funcionario.

El funcionario encuentra dos paquetes de cigarrillos entre los pliegues de una toalla.

—¿Y esto?
—Mi madre me ha metido el tabaco —sonriendo.
—Abra todos los equipajes.

Cajas de tabaco entre la ropa, dentro de los zapatos, en los bolsillos de los pantalones, en la huevera del bañador, en la funda de la videocámara…

—Mi madre.

Tabaco para abastecer una residencia de ancianos.

—Mi madre —sonriendo de manera indistinta a los funcionarios y a la cámara. Busca la complicidad: «¿Quién no tiene una madre así?».

La sonrisa le delata: tiene más de canalla que de tonto. Parece que mirará al espectador y dirá: «Hoy me han pillado, pero a la próxima, igual no».

La multa alimentaría a una familia española de tres personas durante dos semanas. El fulano paga. Puede más el vicio de fumar y las cámaras lo han puesto en evidencia.

ESPOSOS Y ESPOSAS

Hay matrimonios en los que él habla y ella calla. Matrimonios de ancianos norteamericanos o de un hombre asiático de negocios con una joven. Tras «¿puede abrir la maleta?», el funcionario encuentra chucherías, patatas fritas, popurrís (revueltos, rebujinas) de frutos secos…

—¿Y esto? —el funcionario.
—¡Eso es de mi mujer! —dice el fulano de turno. El americano y el asiático.

La mujeres ni mú. La americana resopla. La asiática baja la mirada.

—¿Señora…? —dice el funcionario.
—Ha sido un error —el marido de la pasajera retomando el control.

A veces es un error: una botella de agua medio llena, un paquete de chucherías a medio acabar. Otras veces, demasiada comida para considerar un olvido. En cualquier caso, estos maridos apuntan a la misma dirección: la esposa. Lo dicen con una sonrisa cargada de «ya sabe cómo son las mujeres».

—Tendrá que pagar una multa —el funcionario.
—Es la bolsa de mi mujer —que conste en acta. Podría haberlo dicho.

Las mujeres y las maletas, como las mujeres y la cocina o las mujeres y la fregona. Tópicos del autodenominado mundo civilizado y del que no lo es tanto. El tópico que sí parece tomar cuerpo en cada Control de aduanas: Australia es «todos los hombres son iguales». Al menos, los que pillan por dárselas de listos.

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Opiniones 0
    • Fue más difícil de lo que crees. Intenta escribir con una chancla: no se adapta bien a la mano y el trazo es excesivamente grueso.

  • Me gusta el programa de las aduanas Australianas… Hay de todo… Lo casos expuestos… No me parecen reflejo del programa ni mucho menos. Opinó como Javier… Lamento haber perdido el minuto de leerlo.

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