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9 de agosto 2019    /   BUSINESS
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Así te controla tu jefe (y así te han engañado para que te parezca estupendo)

9 de agosto 2019    /   BUSINESS     por          
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En marzo de 2019 entró en vigor en España la ley que obligaba a hacer un control laboral efectivo de las horas que invertían los trabajadores en sus puestos. Muchas pequeñas y medianas empresas tiraron de métodos tan tecnológicos como el papel y el boli. Se trataba entonces de controlar al trabajador por su bien, de registrar las horas reales de trabajo para confirmar que no se hicieran horas extras no remuneradas. Y para eso la tecnología se reveló insuficiente.

Esta es una realidad que se contrapone a otra igualmente extendida. El problema al que se enfrentan muchos trabajadores en todo el mundo es un control laboral férreo (y bien tecnológico) no tanto para garantizar sus derechos como su productividad. 

Los empresarios llevan controlando a sus trabajadores desde hace tiempo. Fue Frederick W. Taylor quien, a finales del siglo XIX, mejoró la productividad de las fábricas instalando cronómetros que medían cada uno de los movimientos del trabajador. A este método se le llamó organización científica del trabajo o taylorismo.

Lejos de ser una práctica anacrónica, es una forma de control laboral que aún se denuncia en la actualidad, y no solo para tareas estrictamente laborales. En pleno siglo XXI las luchas sindicales a veces tienen que pedir la abolición de prácticas tan surrealistas como la cagada contrarreloj. 

Artículo relacionado

Pero hay métodos mucho más sofisticados. El periodista James Bloodworth pasó seis meses trabajando para Amazon. Contó después su experiencia en el libro Hired: Six Months undercover in Low-Wage Britain. En él denuncia las condiciones abusivas y el control laboral orwelliano al que le sometía la empresa, a la que acusa de monitorizar sus movimientos gracias a una pulsera. «Llevaba este dispositivo que registra la productividad en todo momento», afirma el periodista. «Cada vez que recogía un artículo, saltaba la cuenta atrás que medía el tiempo que tardaba en pasar al siguiente. También recibía advertencias que me animaban a aumentar la productividad. Eres constantemente rastreado y controlado», asegura en su ensayo.

Control laboral

Según Bloodworth, ir al baño estaba considerado como período de inactividad. La presión entre los trabajadores era tal que asegura haberse encontrado «una botella de orina en una estantería». Amazon negó tales acusaciones. Es fácil encontrar y pedir este libro en su tienda.

El caso de Amazon no es único. Más bien es sintomático. La plataforma de trabajadores autónomos Upwork controla a sus miembros a través de las webcams de sus ordenadores; la compañía de ferrocarril de Reino Unido ha incorporado a sus empleados un wearable que mide su energía y parámetros vitales. Herramientas como Hubstaff, muy populares entre empresas con trabajadores a distancia, monitoriza las páginas que visita el empleado, cuánto tiempo pasa en ellas y cuánto y cómo teclea.

Los GPS en los coches de empresa, las cámaras de vigilancia, el monitoreo de los ordenadores, los controles biométricos a los trabajadores… Estas prácticas se están convirtiendo en algo menos distópico, más cotidiano. Pero igualmente inquietante.

Que los jefes quieran controlar a sus empleados es una realidad tan criticable como comprensible. Pero fácilmente rebatible: en la práctica este control laboral ha demostrado ser desmotivador y alienante, y en muchos casos tiene efectos negativos en la plantilla.

Puede que funcionara con el taylorismo del siglo XIX, padre del fordismo e hijo de la revolución industrial. Pero todos estos métodos para cuantificar y medir el rendimiento se demuestran insuficientes en trabajos más creativos. Hay quien se inspira dando un paseo, quien puede pasar horas frente a una pantalla pensando sin teclear y quien llega a soluciones efectivas conversando con compañeros de otros departamentos. Nuestro comportamiento en el trabajo no se puede medir como si fuéramos máquinas.

Incluso el más mecánico de los oficios es difícilmente traducible a un puñado de cifras y  métricas. La diferencia principal entre un maestro relojero y el trabajador de una fábrica de relojes en cadena no es que el segundo sea más rápido, por mucho que nos repitan lo contrario.

POR QUÉ EL TRABAJADOR QUIERE SER ESPIADO

Todos estos métodos de control son legales, pero se deben llevar a cabo con el consentimiento del empleado. Muchos argumentarán que este es un consentimiento condicionado por su situación de inferioridad: si no te gustan las reglas, búscate otro trabajo y esas cosas. Pero no siempre es así.

En un reciente artículo en The Guardian, el sociólogo y profesor de la City University de Londres, André Spicer, alertaba del cambio de paradigma social respecto al control empresarial. «Los trabajadores están haciendo cola para ser implantados, monitorizados y controlados por sus jefes. Los gigantes tecnológicos nos han entrenado para pensar que esto es normal», arranca Spicer.

No es una exageración, el profesor pone el ejemplo de la compañía de máquinas de vending estadounidense Three Square Market. Hace unos meses se le ocurrió organizar una chip party para implantar microchips bajo la piel de los empleados que se presentaran voluntarios. 85 personas, casi la mitad de la plantilla, lo hicieron. ¿Por qué?

La clave está en dar ciertos beneficios al trabajador, cubrir el veneno con caramelo. En este caso, el pequeño implante permitía encender el ordenador, abrir puertas o comprar comida en la cantina de la empresa con un giro de muñeca, comodidades tecnológicas que empujaron a los trabajadores a sacrificar su intimidad. En otros casos permiten al trabajador conocer su estado de salud o demostrar ante su jefe que trabaja más y mejor que sus compañeros. Quid pro quo.

Puede parecernos un pensamiento absurdo y lejano, pero no difiere mucho de la lógica que nos hace aceptar las condiciones de aplicaciones, redes sociales y altavoces inteligentes. Al final lo que da más miedo no es tanto el control al que nos someten, sino nuestra alegre complicidad en todo ello.

En marzo de 2019 entró en vigor en España la ley que obligaba a hacer un control laboral efectivo de las horas que invertían los trabajadores en sus puestos. Muchas pequeñas y medianas empresas tiraron de métodos tan tecnológicos como el papel y el boli. Se trataba entonces de controlar al trabajador por su bien, de registrar las horas reales de trabajo para confirmar que no se hicieran horas extras no remuneradas. Y para eso la tecnología se reveló insuficiente.

Esta es una realidad que se contrapone a otra igualmente extendida. El problema al que se enfrentan muchos trabajadores en todo el mundo es un control laboral férreo (y bien tecnológico) no tanto para garantizar sus derechos como su productividad. 

Los empresarios llevan controlando a sus trabajadores desde hace tiempo. Fue Frederick W. Taylor quien, a finales del siglo XIX, mejoró la productividad de las fábricas instalando cronómetros que medían cada uno de los movimientos del trabajador. A este método se le llamó organización científica del trabajo o taylorismo.

Lejos de ser una práctica anacrónica, es una forma de control laboral que aún se denuncia en la actualidad, y no solo para tareas estrictamente laborales. En pleno siglo XXI las luchas sindicales a veces tienen que pedir la abolición de prácticas tan surrealistas como la cagada contrarreloj. 

Pero hay métodos mucho más sofisticados. El periodista James Bloodworth pasó seis meses trabajando para Amazon. Contó después su experiencia en el libro Hired: Six Months undercover in Low-Wage Britain. En él denuncia las condiciones abusivas y el control laboral orwelliano al que le sometía la empresa, a la que acusa de monitorizar sus movimientos gracias a una pulsera. «Llevaba este dispositivo que registra la productividad en todo momento», afirma el periodista. «Cada vez que recogía un artículo, saltaba la cuenta atrás que medía el tiempo que tardaba en pasar al siguiente. También recibía advertencias que me animaban a aumentar la productividad. Eres constantemente rastreado y controlado», asegura en su ensayo.

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Según Bloodworth, ir al baño estaba considerado como período de inactividad. La presión entre los trabajadores era tal que asegura haberse encontrado «una botella de orina en una estantería». Amazon negó tales acusaciones. Es fácil encontrar y pedir este libro en su tienda.

El caso de Amazon no es único. Más bien es sintomático. La plataforma de trabajadores autónomos Upwork controla a sus miembros a través de las webcams de sus ordenadores; la compañía de ferrocarril de Reino Unido ha incorporado a sus empleados un wearable que mide su energía y parámetros vitales. Herramientas como Hubstaff, muy populares entre empresas con trabajadores a distancia, monitoriza las páginas que visita el empleado, cuánto tiempo pasa en ellas y cuánto y cómo teclea.

Los GPS en los coches de empresa, las cámaras de vigilancia, el monitoreo de los ordenadores, los controles biométricos a los trabajadores… Estas prácticas se están convirtiendo en algo menos distópico, más cotidiano. Pero igualmente inquietante.

Que los jefes quieran controlar a sus empleados es una realidad tan criticable como comprensible. Pero fácilmente rebatible: en la práctica este control laboral ha demostrado ser desmotivador y alienante, y en muchos casos tiene efectos negativos en la plantilla.

Puede que funcionara con el taylorismo del siglo XIX, padre del fordismo e hijo de la revolución industrial. Pero todos estos métodos para cuantificar y medir el rendimiento se demuestran insuficientes en trabajos más creativos. Hay quien se inspira dando un paseo, quien puede pasar horas frente a una pantalla pensando sin teclear y quien llega a soluciones efectivas conversando con compañeros de otros departamentos. Nuestro comportamiento en el trabajo no se puede medir como si fuéramos máquinas.

Incluso el más mecánico de los oficios es difícilmente traducible a un puñado de cifras y  métricas. La diferencia principal entre un maestro relojero y el trabajador de una fábrica de relojes en cadena no es que el segundo sea más rápido, por mucho que nos repitan lo contrario.

POR QUÉ EL TRABAJADOR QUIERE SER ESPIADO

Todos estos métodos de control son legales, pero se deben llevar a cabo con el consentimiento del empleado. Muchos argumentarán que este es un consentimiento condicionado por su situación de inferioridad: si no te gustan las reglas, búscate otro trabajo y esas cosas. Pero no siempre es así.

En un reciente artículo en The Guardian, el sociólogo y profesor de la City University de Londres, André Spicer, alertaba del cambio de paradigma social respecto al control empresarial. «Los trabajadores están haciendo cola para ser implantados, monitorizados y controlados por sus jefes. Los gigantes tecnológicos nos han entrenado para pensar que esto es normal», arranca Spicer.

No es una exageración, el profesor pone el ejemplo de la compañía de máquinas de vending estadounidense Three Square Market. Hace unos meses se le ocurrió organizar una chip party para implantar microchips bajo la piel de los empleados que se presentaran voluntarios. 85 personas, casi la mitad de la plantilla, lo hicieron. ¿Por qué?

La clave está en dar ciertos beneficios al trabajador, cubrir el veneno con caramelo. En este caso, el pequeño implante permitía encender el ordenador, abrir puertas o comprar comida en la cantina de la empresa con un giro de muñeca, comodidades tecnológicas que empujaron a los trabajadores a sacrificar su intimidad. En otros casos permiten al trabajador conocer su estado de salud o demostrar ante su jefe que trabaja más y mejor que sus compañeros. Quid pro quo.

Puede parecernos un pensamiento absurdo y lejano, pero no difiere mucho de la lógica que nos hace aceptar las condiciones de aplicaciones, redes sociales y altavoces inteligentes. Al final lo que da más miedo no es tanto el control al que nos someten, sino nuestra alegre complicidad en todo ello.

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Opiniones 2
  • Como trabajadora de Amazon en el almacén ubicado en el Prat de Llobregat en Barcelona, me gustaría referirme en cuanto a las condiciones laborales, las cuales en mi caso son muy buenas, no me he sentido nunca abusada, ni explotada. La productividad es importante como en toda empresa, pero no tenemos ningún control abusivo, ni rastreo a través de ninguna pulsera en caso de bajar la productividad. Por el contrario, cuando tenemos algún problema recibimos coaching donde nos ayudan a mejorar. En cuanto al baño, me asombra leer que alguien pueda orinar en una botella, cuando aquí puedo ir al baño siempre que lo he necesitado, tenemos varios baños ubicados cerca de todas las áreas de trabajo. Nunca he recibido ningún reclamo por parte de mis supervisores porque baje mi producción al ir al baño. Me encuentro muy a gusto, con el trato recibido, con el sueldo y con los beneficios que te ofrece la empresa como empleado.

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