3 de abril 2019    /   IDEAS
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Tú no pierdes el tiempo, es el tiempo el que pierde a ti

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El primer cronómetro de la historia fue el Clepsidra. Un reloj hidráulico creado por Ctesibius en el siglo II a. C. El modelo original consistía en dos recipientes. El superior tenía un pequeño orificio por el que vertía agua en el inferior y así, al irse vaciando, marcaba el paso del tiempo. Más adelante fue perfeccionando el mecanismo para solucionar problemas técnicos, como el hecho de que, al descender el nivel del líquido, la presión disminuía y, con ella, la velocidad de desagüe.

Pero al margen de ese importante descubrimiento, que no fue superado hasta la invención del reloj de péndulo en 1656, hay otro aspecto, mucho más romántico, que tiene que ver con el nombre mismo del artefacto.

Clepsidra es una palabra que procede de las griegas klepto (robar) y sideral (tiempo de salida). Las dos unidas significan días robados.

Y es esa percepción de que nos roban los días la que en realidad marca nuestra visión del tiempo. A su alrededor hemos ido conjugando palabras como irremediable, irremisible, inexorable, irreparable y sentimientos como la añoranza, la melancolía o la pesadumbre.

Las personas nos movemos en dos dimensiones: el espacio y el tiempo. La primera es tangible y fácilmente ubicable. La segunda, no. Por eso hemos ido creando a través de nuestra historia herramientas que nos permitan deambular por el tiempo con la ilusión de que lo controlamos.

Pero no controlamos el tiempo porque para conseguirlo deberíamos poder hacer alguna de estas tres cosas que nos resultan inalcanzables: detenerlo, adelantarlo o retrasarlo.

Podemos detener un reloj o podemos mover sus manillas en cualquier sentido. Pero hacerlo no nos proporcionará una segunda oportunidad para evitar los errores del pasado o las incertidumbres del futuro. El tiempo no solo es independiente de nuestros actos, también lo es de nuestra percepción de la realidad, como ya demostró Einstein.

Por eso precisamos de la ficción que nos proporcionan nuestros inventos: con el reloj creemos medir el tiempo. Pero cuando se estropea, envejece y oxida, descubrimos que es el tiempo el que mide el reloj.

Llevamos toda la vida intentando detenerlo. La eternización de la instantaneidad es un sueño que comenzó con las pinturas rupestres, continuó con el arte figurativo y permanece intacto en nuestros días en las fotos de Instagram.

Pero las flechas del tiempo son inapelables. Y es su veredicto el que nos resulta aterrador. El inevitable viaje que nos marca la segunda ley de la termodinámica, según la cual nos dirigimos siempre hacia una permanente entropía, es decir, hacia el inevitable desorden, condiciona todos nuestros pavores.

Y esa sí que es una percepción tangible. Cuando vemos la famosa imagen en movimiento de un vaso que cae de la mesa descomponiéndose en mil pedazos, sabemos perfectamente si dicha imagen está siendo proyectada hacia delante o hacia atrás. La realidad, a diferencia de la energía, no se crea ni se transforma, tan solo se destruye.

Solo somos tiempo. Un tiempo manipulado para sobrellevar la angustia a la que su omnímodo poder nos somete. Los primeros relojes de sol, de agua o de arena todavía nos mostraban su paso como un constante devenir sujeto a un principio y un final (cuando llegaba la noche o cuando los contenedores se vaciaban). Pero con la llegada de los relojes mecánicos y digitales, esa evidencia se fue difuminando hasta llevarnos a la paradójica sugestión actual: es decir, que podemos observar desde fuera un tiempo que, en realidad, solo llevamos dentro.

 

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El primer cronómetro de la historia fue el Clepsidra. Un reloj hidráulico creado por Ctesibius en el siglo II a. C. El modelo original consistía en dos recipientes. El superior tenía un pequeño orificio por el que vertía agua en el inferior y así, al irse vaciando, marcaba el paso del tiempo. Más adelante fue perfeccionando el mecanismo para solucionar problemas técnicos, como el hecho de que, al descender el nivel del líquido, la presión disminuía y, con ella, la velocidad de desagüe.

Pero al margen de ese importante descubrimiento, que no fue superado hasta la invención del reloj de péndulo en 1656, hay otro aspecto, mucho más romántico, que tiene que ver con el nombre mismo del artefacto.

Clepsidra es una palabra que procede de las griegas klepto (robar) y sideral (tiempo de salida). Las dos unidas significan días robados.

Y es esa percepción de que nos roban los días la que en realidad marca nuestra visión del tiempo. A su alrededor hemos ido conjugando palabras como irremediable, irremisible, inexorable, irreparable y sentimientos como la añoranza, la melancolía o la pesadumbre.

Las personas nos movemos en dos dimensiones: el espacio y el tiempo. La primera es tangible y fácilmente ubicable. La segunda, no. Por eso hemos ido creando a través de nuestra historia herramientas que nos permitan deambular por el tiempo con la ilusión de que lo controlamos.

Pero no controlamos el tiempo porque para conseguirlo deberíamos poder hacer alguna de estas tres cosas que nos resultan inalcanzables: detenerlo, adelantarlo o retrasarlo.

Podemos detener un reloj o podemos mover sus manillas en cualquier sentido. Pero hacerlo no nos proporcionará una segunda oportunidad para evitar los errores del pasado o las incertidumbres del futuro. El tiempo no solo es independiente de nuestros actos, también lo es de nuestra percepción de la realidad, como ya demostró Einstein.

Por eso precisamos de la ficción que nos proporcionan nuestros inventos: con el reloj creemos medir el tiempo. Pero cuando se estropea, envejece y oxida, descubrimos que es el tiempo el que mide el reloj.

Llevamos toda la vida intentando detenerlo. La eternización de la instantaneidad es un sueño que comenzó con las pinturas rupestres, continuó con el arte figurativo y permanece intacto en nuestros días en las fotos de Instagram.

Pero las flechas del tiempo son inapelables. Y es su veredicto el que nos resulta aterrador. El inevitable viaje que nos marca la segunda ley de la termodinámica, según la cual nos dirigimos siempre hacia una permanente entropía, es decir, hacia el inevitable desorden, condiciona todos nuestros pavores.

Y esa sí que es una percepción tangible. Cuando vemos la famosa imagen en movimiento de un vaso que cae de la mesa descomponiéndose en mil pedazos, sabemos perfectamente si dicha imagen está siendo proyectada hacia delante o hacia atrás. La realidad, a diferencia de la energía, no se crea ni se transforma, tan solo se destruye.

Solo somos tiempo. Un tiempo manipulado para sobrellevar la angustia a la que su omnímodo poder nos somete. Los primeros relojes de sol, de agua o de arena todavía nos mostraban su paso como un constante devenir sujeto a un principio y un final (cuando llegaba la noche o cuando los contenedores se vaciaban). Pero con la llegada de los relojes mecánicos y digitales, esa evidencia se fue difuminando hasta llevarnos a la paradójica sugestión actual: es decir, que podemos observar desde fuera un tiempo que, en realidad, solo llevamos dentro.

 

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Opiniones 3
  • Desde la experiencia de la física cuántica, la exposición del tiempo como algo lineal es obsoleta. El texto se desinfla cuando dice: “ Las personas nos movemos en dos dimensiones: el espacio, tiempo”

  • Señor Furones, me parece una maravilla lo que dice y cómo lo dice. El azar me ha llevado a sus textos, y aunque a usted ya lo conocía como publicitario, acabo de descubrir un nuevo portal en el que disfrutar de textos bien construidos. Gracias por colaborar con Yorokobu.

  • Comentarios cerrados.

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