Publicado: 08 de junio 2018 11:53  /   ENTRETENIMIENTO
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#LosOtrosAutores: el papel de traductores y correctores que muchos desconocen (II)

Publicado: 08 de junio 2018 11:53  /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Se califican a sí mismos como «profesionales discretos». Su nombre nunca (o rara vez) aparece en los créditos del libro que leemos, del manual que consultamos o del folleto publicitario que encontramos en el buzón. Y, sin embargo, si hacen mal su trabajo (o no lo hacen), su presencia (su ausencia, en realidad) se convierte en estridente.

Son los correctores de texto, esos otros enanos que se esconden tras el proceso editorial, junto con los traductores, y que ayudan a que el texto final sea lo más correcto posible. Que las tildes estén en su sitio y no de acampada por el diccionario; que entre el matrimonio del sujeto y predicado no aparezca una coma asesina para disolverlo; que La Mancha se escriba así para que sepamos que habla de una región y no de un lamparón en la camisa. De que los puntos estén sobre las íes, por usar una metáfora.

«El corrector hace que el texto esté bien, no que sea bonito. Debe hacer que eso sea comprensible, que se adecúe al lector, a su registro. Que cumpla su finalidad», aclara Álex Herrero, asesor lingüístico y editorial, y profesor de Corrección de textos en Cálamo & Cran. «En un texto didáctico, el corrector no tiene que tener los conocimientos absolutos sobre la materia sobre la que versa el texto. Pero sí tiene que tener en cuenta cómo distribuye la información, cómo se presenta, la regla de la repetición, de la no contradicción, etc.».

Herrero siempre empieza sus clases con una pregunta: «¿No os ha pasado que a veces os encontráis con un libro y habéis empezado a leer, pero os dais cuenta de que no habéis entendido nada? Y os justificáis echándoos la culpa porque no tenéis los suficientes conocimientos, porque estáis cansados… Un corrector de textos lo que hace es invertir esa cuestión: “¿Y no será culpa del texto?”».

Ahí empezaría a trabajar un corrector. Y así lo ve también Susana Sierra Álvarez, asesora lingüística y autora del libro Guía para corregir textos dramáticos. Cómo corregir textos dramáticos sin que sea un drama, publicado por Pie de Página.

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«Un corrector es mucho más que alguien que quita una coma o pone un acento», explica Sierra. «Es un profesional muy especializado que pone al servicio del autor su bagaje y experiencia, de manera que orienta o aconseja en muchas ocasiones sobre cuestiones relativas a la forma o al contenido, como que se repitan muchos adjetivos, de si el uso de subordinadas es excesivo y entorpece la comprensión, si se repiten muchos adverbios acabados en -mente, si el personaje que murió en la página tres reaparece en la doscientos uno…, sobre muchas cuestiones que el autor, en su libertad, hará caso o no, pero que el corrector-asesor tiene que señalar».

Lo de llamarse asesores lingüísticos y no correctores no es casual, sino que denota una voluntad de huir de cierta estigmatización que ese término tiene asociado. «Corrector se asocia a alguien tiquismiquis que va enmendando la plana, por lo que pude sonar como agresivo para los autores, sobre todo los noveles. Por no hablar de que se da pie a la frase “corrector, pero si ya está en automático de Word”», se queja Sierra.

Necesito un corrector, pero cuál

Tampoco todos los correctores son iguales. Herrero señala que hay tres tipos: corrector de concepto, ortotipográfico y de estilo. El primero se encarga de que los datos que aparecen en un texto sean exactos. Por ejemplo, en un libro de matemáticas, será esta figura quien revise que las fórmulas, teorías, operaciones, líneas de pensamiento, conclusiones… sean correctas.

«Luego está el corrector de estilo, que lo que hace es adecuar el texto al objetivo e intención con que ha sido creado, y favorece siempre la comprensión», continúa explicando Álex Herrero con la claridad que otorga la experiencia docente. «Ese es nuestro trabajo. Es el que se encarga, sobre todo –y a veces se pelea un poquito más con el autor– de ver qué tipo de verbos usa, qué periodos oracionales utiliza, qué metáforas, qué recursos…».

Esta figura, la del corrector de estilo, habría sido quien hubiera avisado a Cervantes de que, en ciertos capítulos de El Quijote, Rocinante desaparece. A otro autor le habría advertido de que su protagonista se baja dos veces seguidas del coche. O le avisaría de que una persona puede sentir muchas más cosas que escalofríos por todo; o que si la acción se sitúa en la Castilla del siglo XII es bastante improbable que los personajes estén tomando café porque este no llegó a Europa hasta el descubrimiento de América.

A esto, recuerda Herrero, se le puede denominar también corrección literaria. Pero lo que sí insiste en remarcar es que un corrector de estilo no tocará el texto de ningún autor sin su permiso ni alterará su forma de contar las cosas. No son ellos los responsables de que una obra sea buena o mala. Eso es tarea del escritor.

«El corrector nunca debe enmendar la plana al autor», advierte categórica Susana Sierra. «Si es de poner frases cortas, pues es de frases cortas; si es de muchos adjetivos, pues se le advertirá que cuando pone varios que significan lo mismo, igual debe quitar alguno, pero el resto quedarán… El corrector no va a cambiar el estilo, va a pulirlo e incluso potenciarlo».

Tampoco harán crítica literaria de la obra que les llegue. «Muchas veces, si el cliente quiere que compruebes si el texto está bien desde un punto de vista crítico, te paga un informe de lectura, que es otra especialidad. Analizas distintos factores, distintas variables: estructura, personajes, trama, desarrollo, ritmo, potencial de venta… Y ya, en función de eso, lo que se le dice al autor es: “Esto es lo que yo valoro de tu texto”», aclara Álex Herrero.

El último eslabón en esta cadena sería el corrector ortotipográfico. El gramarnazi en opinión de muchos. En realidad, suyo es el último control de calidad de un texto. «El corrector ortotipográfico hace la revisión detallada de todos los caracteres que están impresos y del formato», explica Herrero.

Y no, tampoco lo puede hacer tu primo el filólogo a no ser que controle, además de ortografía nivel Dios Padre, que la tipografía sea la adecuada, que se ajuste a la fuente que se ha pactado, que el tamaño de la caja en distribución de texto impreso sea el correcto, que las particiones estén bien, que no haya problemas de remisión interna (es decir, que se diga que en la página 20 hay una nota y lo que aparezca en realidad sea una tabla)… El corrector ortotipográfico es quien se encarga de todas las tareas de unificación.

Esta figura, continúa Álex Herrero, «tiene tres grandes tareas. Una: limpiar erratas, gramaticalmente… Otra, normalizar. Pero aplicando una norma que puede dársela la Academia, Sousa, el editor o su propio criterio una vez que está aceptado por el cliente. Y por último, unificar».

«No podemos decir que se utiliza para el uso metalingüístico la cursiva y luego que haya cosas entre comillas. O que se use una metonimia con mayúscula y luego aparezca con minúscula. Si un corrector ortotipográfico limpia y normaliza, pero no unfica, su trabajo tampoco sirve de nada; y viceversa», añade.

Entonces, ¿qué cualidades son necesarias en un corrector?

Susana Sierra lo tiene claro: «El corrector precisa de una gran base de conocimientos lingüísticos: gramática, ortografía… pero eso no es suficiente. Debe además tener una cultura general amplia que le ayude a detectar fallos de contenido, tiene que saber dónde buscar para encontrar soluciones o resolver dudas de todo tipo: gramaticales, léxicas, de referencias, bibliográficas…».

«Tiene que tener también una capacidad de concentración grande y un entrenamiento de años para poder captar los errores; allí donde un lector solo capta que no entiende o le suena extraño, el corrector sabrá por qué ocurre eso y lo enmendará», continúa la asesora lingüística especializada en textos teatrales.

«La especialización es importante. Hay textos muy específicos, como los médicos o jurídicos, que precisan que el corrector sepa además del tema. Eso ocurre también con el teatro. Es una forma de literatura con una técnica de escritura muy determinada, con unos códigos y características propios que si no se conocen hacen que el texto naufrague sin remedio y se convierta en una novela dialogada. Así pues, sí, estar especializado es un valor».

Para Herrero, además, el buen corrector debe ser también un ávido lector. Y aporta una característica más: «Además de saber cómo funciona su lengua, tiene que tener una duda permanente; incluso dudar de si burro es con b o con v en ocasiones; y, sobre todo, tiene que estar actualizado y al día con todas las normas ortográficas, y fundamentalmente, tener interés».

Además de las obvias, (diccionarios, gramáticas, etc.), las herramientas de un corrector pueden ser mucho más sencillas de lo que se piensa.

Para Susana Sierra, «si se trabaja con textos en papel, un bolígrafo rojo (yo uso también uno verde para errores de formato y uno azul para comentarios). Si se trabaja con el ordenador, se usa el Word con la herramienta “control de cambios”. En PDF y otros formatos, con las herramientas que les son propias». Una vista aguda y un sentido crítico completarán el juego.

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Cualquier autor, por grande que sea, es susceptible de ser corregido. En opinión de Susana Sierra, muchos escritores insignes tuvieron un corrector antes de publicar sus obras.

«La figura del corrector es clave en el proceso editorial, pero no ahora, sino desde que se escribe para que otros lean. En la Edad Media, los correctores enmendaban los fallos de los copistas y los correctores están presentes en las imprentas y editoriales desde que estas existen. No se trata de que se sea un autor de mayor o menor prestigio y entonces se revisa o no; se trata de que el texto salga sin erratas, sin errores y como el autor desea».

Tampoco es cierto que un gran escritor lo es porque pasó por el tamiz de un corrector. «Un escritor tiene talento y oficio independientemente del corrector», opina Sierra.

«El corrector lo que hace es solucionar problemas o errores que el autor, en el proceso de la escritura, no ha percibido; pero no porque sea buen o mal escritor, sino porque está a otras cosas o porque, como nos pasa a todos, conocemos tan bien nuestro escrito que al leer saltamos por encima del error».

Los límites de un corrector de estilo

Volviendo a la figura del corrector de estilo, conviene recordar que su intervención en el texto también tiene un límite. «Hasta el momento en que no tienes una justificación para una corrección que quieres aplicar», afirma Álex Herero con rotundidad.

Y continúa explicando: «Hay gente que dice: “Yo esto no lo diría así”. ¿Tienes alguna justificación gramatical o textual que sea capaz de reforzar la decisión que vas a tomar de hacer ese cambio? Si no la tienes, es decir, si es igualmente correcto, pero a ti te puede gustar más o menos, no lo hagas».

«Cuando pierdes la justificación, pierdes la capacidad porque ya no estás respetando al autor. Él ha hecho su trabajo. Demuestra que tú eres un profesional haciendo el tuyo. Limítate a cambiar todo lo que puedas justificar».

Ahora bien, eso no significa, aclara Herrero, que no se puedan hacer sugerencias en función de la opinión personal y criterio del corrector. En ese caso, una nota advirtiendo de que quizá no se entienda bien expresado como está ahora en el texto es suficiente. El autor juzgará si la sugerencia es acertada o no.

La aceptación de las correcciones que un asesor lingüístico hace de un texto varía en función de cada autor. «Los autores que ya han publicado conocen nuestro trabajo y no suelen poner reparos, saben de la necesidad de una revisión profesional», comenta Susana Sierra.

«Los autores noveles, en ocasiones, sienten que se les enmienda la plana. Es natural, su texto ha requerido mucho esfuerzo. Se debe hacer pedagogía y mostrarles que nuestra tarea no es cambiar lo que han puesto por lo que a nosotros nos gusta, sino todo lo contrario, cuidar sus palabras para que lleguen lo mejor posible al lector», dice.

 

«Es verdad que, para cada autor, su texto es como su hijo. Es su niño pequeño», comenta Álex Herrero. «Dile a un padre que su hijo es feo. Pues si es feo y tú lo sabes, ayuda a ponerlo bonito».

Entre esos fallos más frecuentes que los asesores lingüísticos se encuentran en los textos que corrigen, hay de todo, como en botica. «Depende del tipo de texto», plantea Sierra.

«En los textos de divulgación hay calcos de construcciones en inglés, anglicismos innecesarios, usos del infinitivo como imperativos o introductorios, etc. En textos literarios, los usos inadecuados de pronombres, de gerundios y, en general, una tendencia a alargar de manera innecesaria las frases y las palabras, lo que crea un lenguaje artificioso».

«En los textos de teatro hay que estar vigilantes a la colocación y construcción de las acotaciones y a los parlamentos para que sean diálogos y no textos narrativos en forma dialogada. Y luego hay cosas comunes a todos, como las comas respiratorias o “es por esto por lo que”, que me pone de los nervios cuando lo veo», asegura.

Herrero distingue entre errores ortotipográficos y errores de estilo. «En el caso de la ortotipografía, bastantes mayúsculas, problemas muy serios a la hora de distribuir los diálogos…», comenta.

«De estilo: problemas de concordancia. Y ya no solo de concordancia, sino de léxico. Sobre todo, en los autores nuevos o aquellos que se lanzan a su primer texto. Procuran utilizar palabras muy pomposas, que tengan mucha sonoridad…». Muchas veces son palabras que han leído en periódicos o escuchado en televisión, pero cuyo significado no tienen muy claro. Es necesario, entonces, advertirles de que quizá la palabra escogida no sea la que exprese realmente lo que se quiere decir.

Esos ‘bichos’ que marcan los errores ajenos

Que la de corrector sea una profesión discreta, como se decía al principio, viene en parte causado también por su ausencia de los títulos de crédito en las obras que corrigen. Álex Herrero comenta que hay incluso autores que se niegan y exigen expresamente que no aparezca por ningún lado que su obra ha sido corregida.

Que su nombre figure o no en esos créditos depende de la editorial. La de Herrero, Pie de Página, sí los incluye para que no se diga aquello de en casa de herrero (y perdón por el juego de palabras), cuchara de palo.

«A un traductor no le suele recriminar ni reprochar ningún tipo de cambio. Pero a los correctores… Cuando en un libro me han pedido quitar la tilde a los solos y luego la ponen, a mí esto puede desprestigiarme un poco», comenta molesto el asesor lingüístico. En esa idea abunda también Susana Sierra. «Es un oficio poco visible; es natural, solo nos acordamos del corrector cuando vemos la errata que se le escapó tras haber quitado doscientas».

La valoración de su trabajo, en general, no es muy alta, aunque una vez más depende del sector.

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«Creo que a nivel editorial sí se nos valora, aunque se haya prescindido de nosotros para abaratar costes en muchas ocasiones y siga siendo un oficio mal pagado, pues saben que sin nosotros no hay control de calidad de lo que se publica», opina Sierra.

«En general observo que hay una creciente preocupación por el lenguaje. El lema de la Unión de Correctores es “Tus palabras son tu imagen”, y cada vez se es más consciente de que tal como escribes, así te ven, por lo que se está recurriendo a correctores en ámbitos que antes no los tenían, como los departamentos de comunicación de las empresas; y eso es muy bueno».

Sin embargo, la suya es una de las profesiones en el ámbito editorial y en el ámbito de la lengua que no tiene su propio epígrafe en Hacienda, señala Herrero. Eso ya es significativo.

«¿A veces no nos sentimos valorados? Bueno, puede ser. Depende un poco de con qué clientes hayas tratado», comenta el asesor lingüístico. «Pero la concepción general es que somos bichos que vamos marcando el error en la gente».

Otra cosa que tampoco gusta a quienes se dedican a esta profesión es la creencia de muchas personas de que su oficio puede realizarlo cualquiera. «Y eso es un poquito denigrante en el sentido de que, si esto lo puede hacer cualquiera, ¿por qué usted no lo está haciendo?», comenta molesto Herrero.

«Claro, que no todos los profesionales son conscientes de que deben profesionalizarse y que esta profesión necesita una serie de requisitos, características y cualidades que se adquieren de forma innata o en otras destrezas, otros ámbitos del conocimiento», concluye repartiendo la culpa.

Sin embargo, ellos se sienten satisfechos y orgullosos de su trabajo. Poco a poco se va conociendo y apreciando su labor porque, como bien señalaba Sierra, cada vez hay más preocupación por escribir bien.

«La corrección, para mí, es una profesión que es superenriquecedora porque, además de aplicar tus conocimientos a un determinado tipo de texto, aprendes un montón ya que te enfrentas a textos de materias que en la vida habrías pensado que ibas a controlar».

Al fin y al cabo, un texto, por su pura naturaleza, no vale nada, concluye Herrero. Lo que vale es el contenido porque sirve para comunicarse.

«Es como si, viendo un programa en la tele, surgen interferencias. Podrás conseguir, aunque sea a duras penas, enterarte de qué va, pero es seguro que no podrás disfrutarlo. Con un texto ocurre lo mismo. Una frase mal construida, un ejemplo inadecuado… hace que no disfrutes, que te centres en buscarle errores, en ver dónde se ha podido equivocar y no en aprender aquello que te quiere enseñar».

Si a estas alturas del texto alguien ha reparado en que el animal perdido en El Quijote no fue Rocinante, sino el rucio de Sancho Panza, habrá constatado también que este artículo no ha sido revisado por ningún corrector profesional que hubiera advertido a su autora del error. ¿De qué mejor manera se hubiera podido demostrar la importancia de su trabajo?

 

Se califican a sí mismos como «profesionales discretos». Su nombre nunca (o rara vez) aparece en los créditos del libro que leemos, del manual que consultamos o del folleto publicitario que encontramos en el buzón. Y, sin embargo, si hacen mal su trabajo (o no lo hacen), su presencia (su ausencia, en realidad) se convierte en estridente.

Son los correctores de texto, esos otros enanos que se esconden tras el proceso editorial, junto con los traductores, y que ayudan a que el texto final sea lo más correcto posible. Que las tildes estén en su sitio y no de acampada por el diccionario; que entre el matrimonio del sujeto y predicado no aparezca una coma asesina para disolverlo; que La Mancha se escriba así para que sepamos que habla de una región y no de un lamparón en la camisa. De que los puntos estén sobre las íes, por usar una metáfora.

«El corrector hace que el texto esté bien, no que sea bonito. Debe hacer que eso sea comprensible, que se adecúe al lector, a su registro. Que cumpla su finalidad», aclara Álex Herrero, asesor lingüístico y editorial, y profesor de Corrección de textos en Cálamo & Cran. «En un texto didáctico, el corrector no tiene que tener los conocimientos absolutos sobre la materia sobre la que versa el texto. Pero sí tiene que tener en cuenta cómo distribuye la información, cómo se presenta, la regla de la repetición, de la no contradicción, etc.».

Herrero siempre empieza sus clases con una pregunta: «¿No os ha pasado que a veces os encontráis con un libro y habéis empezado a leer, pero os dais cuenta de que no habéis entendido nada? Y os justificáis echándoos la culpa porque no tenéis los suficientes conocimientos, porque estáis cansados… Un corrector de textos lo que hace es invertir esa cuestión: “¿Y no será culpa del texto?”».

Ahí empezaría a trabajar un corrector. Y así lo ve también Susana Sierra Álvarez, asesora lingüística y autora del libro Guía para corregir textos dramáticos. Cómo corregir textos dramáticos sin que sea un drama, publicado por Pie de Página.

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«Un corrector es mucho más que alguien que quita una coma o pone un acento», explica Sierra. «Es un profesional muy especializado que pone al servicio del autor su bagaje y experiencia, de manera que orienta o aconseja en muchas ocasiones sobre cuestiones relativas a la forma o al contenido, como que se repitan muchos adjetivos, de si el uso de subordinadas es excesivo y entorpece la comprensión, si se repiten muchos adverbios acabados en -mente, si el personaje que murió en la página tres reaparece en la doscientos uno…, sobre muchas cuestiones que el autor, en su libertad, hará caso o no, pero que el corrector-asesor tiene que señalar».

Lo de llamarse asesores lingüísticos y no correctores no es casual, sino que denota una voluntad de huir de cierta estigmatización que ese término tiene asociado. «Corrector se asocia a alguien tiquismiquis que va enmendando la plana, por lo que pude sonar como agresivo para los autores, sobre todo los noveles. Por no hablar de que se da pie a la frase “corrector, pero si ya está en automático de Word”», se queja Sierra.

Necesito un corrector, pero cuál

Tampoco todos los correctores son iguales. Herrero señala que hay tres tipos: corrector de concepto, ortotipográfico y de estilo. El primero se encarga de que los datos que aparecen en un texto sean exactos. Por ejemplo, en un libro de matemáticas, será esta figura quien revise que las fórmulas, teorías, operaciones, líneas de pensamiento, conclusiones… sean correctas.

«Luego está el corrector de estilo, que lo que hace es adecuar el texto al objetivo e intención con que ha sido creado, y favorece siempre la comprensión», continúa explicando Álex Herrero con la claridad que otorga la experiencia docente. «Ese es nuestro trabajo. Es el que se encarga, sobre todo –y a veces se pelea un poquito más con el autor– de ver qué tipo de verbos usa, qué periodos oracionales utiliza, qué metáforas, qué recursos…».

Esta figura, la del corrector de estilo, habría sido quien hubiera avisado a Cervantes de que, en ciertos capítulos de El Quijote, Rocinante desaparece. A otro autor le habría advertido de que su protagonista se baja dos veces seguidas del coche. O le avisaría de que una persona puede sentir muchas más cosas que escalofríos por todo; o que si la acción se sitúa en la Castilla del siglo XII es bastante improbable que los personajes estén tomando café porque este no llegó a Europa hasta el descubrimiento de América.

A esto, recuerda Herrero, se le puede denominar también corrección literaria. Pero lo que sí insiste en remarcar es que un corrector de estilo no tocará el texto de ningún autor sin su permiso ni alterará su forma de contar las cosas. No son ellos los responsables de que una obra sea buena o mala. Eso es tarea del escritor.

«El corrector nunca debe enmendar la plana al autor», advierte categórica Susana Sierra. «Si es de poner frases cortas, pues es de frases cortas; si es de muchos adjetivos, pues se le advertirá que cuando pone varios que significan lo mismo, igual debe quitar alguno, pero el resto quedarán… El corrector no va a cambiar el estilo, va a pulirlo e incluso potenciarlo».

Tampoco harán crítica literaria de la obra que les llegue. «Muchas veces, si el cliente quiere que compruebes si el texto está bien desde un punto de vista crítico, te paga un informe de lectura, que es otra especialidad. Analizas distintos factores, distintas variables: estructura, personajes, trama, desarrollo, ritmo, potencial de venta… Y ya, en función de eso, lo que se le dice al autor es: “Esto es lo que yo valoro de tu texto”», aclara Álex Herrero.

El último eslabón en esta cadena sería el corrector ortotipográfico. El gramarnazi en opinión de muchos. En realidad, suyo es el último control de calidad de un texto. «El corrector ortotipográfico hace la revisión detallada de todos los caracteres que están impresos y del formato», explica Herrero.

Y no, tampoco lo puede hacer tu primo el filólogo a no ser que controle, además de ortografía nivel Dios Padre, que la tipografía sea la adecuada, que se ajuste a la fuente que se ha pactado, que el tamaño de la caja en distribución de texto impreso sea el correcto, que las particiones estén bien, que no haya problemas de remisión interna (es decir, que se diga que en la página 20 hay una nota y lo que aparezca en realidad sea una tabla)… El corrector ortotipográfico es quien se encarga de todas las tareas de unificación.

Esta figura, continúa Álex Herrero, «tiene tres grandes tareas. Una: limpiar erratas, gramaticalmente… Otra, normalizar. Pero aplicando una norma que puede dársela la Academia, Sousa, el editor o su propio criterio una vez que está aceptado por el cliente. Y por último, unificar».

«No podemos decir que se utiliza para el uso metalingüístico la cursiva y luego que haya cosas entre comillas. O que se use una metonimia con mayúscula y luego aparezca con minúscula. Si un corrector ortotipográfico limpia y normaliza, pero no unfica, su trabajo tampoco sirve de nada; y viceversa», añade.

Entonces, ¿qué cualidades son necesarias en un corrector?

Susana Sierra lo tiene claro: «El corrector precisa de una gran base de conocimientos lingüísticos: gramática, ortografía… pero eso no es suficiente. Debe además tener una cultura general amplia que le ayude a detectar fallos de contenido, tiene que saber dónde buscar para encontrar soluciones o resolver dudas de todo tipo: gramaticales, léxicas, de referencias, bibliográficas…».

«Tiene que tener también una capacidad de concentración grande y un entrenamiento de años para poder captar los errores; allí donde un lector solo capta que no entiende o le suena extraño, el corrector sabrá por qué ocurre eso y lo enmendará», continúa la asesora lingüística especializada en textos teatrales.

«La especialización es importante. Hay textos muy específicos, como los médicos o jurídicos, que precisan que el corrector sepa además del tema. Eso ocurre también con el teatro. Es una forma de literatura con una técnica de escritura muy determinada, con unos códigos y características propios que si no se conocen hacen que el texto naufrague sin remedio y se convierta en una novela dialogada. Así pues, sí, estar especializado es un valor».

Para Herrero, además, el buen corrector debe ser también un ávido lector. Y aporta una característica más: «Además de saber cómo funciona su lengua, tiene que tener una duda permanente; incluso dudar de si burro es con b o con v en ocasiones; y, sobre todo, tiene que estar actualizado y al día con todas las normas ortográficas, y fundamentalmente, tener interés».

Además de las obvias, (diccionarios, gramáticas, etc.), las herramientas de un corrector pueden ser mucho más sencillas de lo que se piensa.

Para Susana Sierra, «si se trabaja con textos en papel, un bolígrafo rojo (yo uso también uno verde para errores de formato y uno azul para comentarios). Si se trabaja con el ordenador, se usa el Word con la herramienta “control de cambios”. En PDF y otros formatos, con las herramientas que les son propias». Una vista aguda y un sentido crítico completarán el juego.

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Cualquier autor, por grande que sea, es susceptible de ser corregido. En opinión de Susana Sierra, muchos escritores insignes tuvieron un corrector antes de publicar sus obras.

«La figura del corrector es clave en el proceso editorial, pero no ahora, sino desde que se escribe para que otros lean. En la Edad Media, los correctores enmendaban los fallos de los copistas y los correctores están presentes en las imprentas y editoriales desde que estas existen. No se trata de que se sea un autor de mayor o menor prestigio y entonces se revisa o no; se trata de que el texto salga sin erratas, sin errores y como el autor desea».

Tampoco es cierto que un gran escritor lo es porque pasó por el tamiz de un corrector. «Un escritor tiene talento y oficio independientemente del corrector», opina Sierra.

«El corrector lo que hace es solucionar problemas o errores que el autor, en el proceso de la escritura, no ha percibido; pero no porque sea buen o mal escritor, sino porque está a otras cosas o porque, como nos pasa a todos, conocemos tan bien nuestro escrito que al leer saltamos por encima del error».

Los límites de un corrector de estilo

Volviendo a la figura del corrector de estilo, conviene recordar que su intervención en el texto también tiene un límite. «Hasta el momento en que no tienes una justificación para una corrección que quieres aplicar», afirma Álex Herero con rotundidad.

Y continúa explicando: «Hay gente que dice: “Yo esto no lo diría así”. ¿Tienes alguna justificación gramatical o textual que sea capaz de reforzar la decisión que vas a tomar de hacer ese cambio? Si no la tienes, es decir, si es igualmente correcto, pero a ti te puede gustar más o menos, no lo hagas».

«Cuando pierdes la justificación, pierdes la capacidad porque ya no estás respetando al autor. Él ha hecho su trabajo. Demuestra que tú eres un profesional haciendo el tuyo. Limítate a cambiar todo lo que puedas justificar».

Ahora bien, eso no significa, aclara Herrero, que no se puedan hacer sugerencias en función de la opinión personal y criterio del corrector. En ese caso, una nota advirtiendo de que quizá no se entienda bien expresado como está ahora en el texto es suficiente. El autor juzgará si la sugerencia es acertada o no.

La aceptación de las correcciones que un asesor lingüístico hace de un texto varía en función de cada autor. «Los autores que ya han publicado conocen nuestro trabajo y no suelen poner reparos, saben de la necesidad de una revisión profesional», comenta Susana Sierra.

«Los autores noveles, en ocasiones, sienten que se les enmienda la plana. Es natural, su texto ha requerido mucho esfuerzo. Se debe hacer pedagogía y mostrarles que nuestra tarea no es cambiar lo que han puesto por lo que a nosotros nos gusta, sino todo lo contrario, cuidar sus palabras para que lleguen lo mejor posible al lector», dice.

 

«Es verdad que, para cada autor, su texto es como su hijo. Es su niño pequeño», comenta Álex Herrero. «Dile a un padre que su hijo es feo. Pues si es feo y tú lo sabes, ayuda a ponerlo bonito».

Entre esos fallos más frecuentes que los asesores lingüísticos se encuentran en los textos que corrigen, hay de todo, como en botica. «Depende del tipo de texto», plantea Sierra.

«En los textos de divulgación hay calcos de construcciones en inglés, anglicismos innecesarios, usos del infinitivo como imperativos o introductorios, etc. En textos literarios, los usos inadecuados de pronombres, de gerundios y, en general, una tendencia a alargar de manera innecesaria las frases y las palabras, lo que crea un lenguaje artificioso».

«En los textos de teatro hay que estar vigilantes a la colocación y construcción de las acotaciones y a los parlamentos para que sean diálogos y no textos narrativos en forma dialogada. Y luego hay cosas comunes a todos, como las comas respiratorias o “es por esto por lo que”, que me pone de los nervios cuando lo veo», asegura.

Herrero distingue entre errores ortotipográficos y errores de estilo. «En el caso de la ortotipografía, bastantes mayúsculas, problemas muy serios a la hora de distribuir los diálogos…», comenta.

«De estilo: problemas de concordancia. Y ya no solo de concordancia, sino de léxico. Sobre todo, en los autores nuevos o aquellos que se lanzan a su primer texto. Procuran utilizar palabras muy pomposas, que tengan mucha sonoridad…». Muchas veces son palabras que han leído en periódicos o escuchado en televisión, pero cuyo significado no tienen muy claro. Es necesario, entonces, advertirles de que quizá la palabra escogida no sea la que exprese realmente lo que se quiere decir.

Esos ‘bichos’ que marcan los errores ajenos

Que la de corrector sea una profesión discreta, como se decía al principio, viene en parte causado también por su ausencia de los títulos de crédito en las obras que corrigen. Álex Herrero comenta que hay incluso autores que se niegan y exigen expresamente que no aparezca por ningún lado que su obra ha sido corregida.

Que su nombre figure o no en esos créditos depende de la editorial. La de Herrero, Pie de Página, sí los incluye para que no se diga aquello de en casa de herrero (y perdón por el juego de palabras), cuchara de palo.

«A un traductor no le suele recriminar ni reprochar ningún tipo de cambio. Pero a los correctores… Cuando en un libro me han pedido quitar la tilde a los solos y luego la ponen, a mí esto puede desprestigiarme un poco», comenta molesto el asesor lingüístico. En esa idea abunda también Susana Sierra. «Es un oficio poco visible; es natural, solo nos acordamos del corrector cuando vemos la errata que se le escapó tras haber quitado doscientas».

La valoración de su trabajo, en general, no es muy alta, aunque una vez más depende del sector.

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«Creo que a nivel editorial sí se nos valora, aunque se haya prescindido de nosotros para abaratar costes en muchas ocasiones y siga siendo un oficio mal pagado, pues saben que sin nosotros no hay control de calidad de lo que se publica», opina Sierra.

«En general observo que hay una creciente preocupación por el lenguaje. El lema de la Unión de Correctores es “Tus palabras son tu imagen”, y cada vez se es más consciente de que tal como escribes, así te ven, por lo que se está recurriendo a correctores en ámbitos que antes no los tenían, como los departamentos de comunicación de las empresas; y eso es muy bueno».

Sin embargo, la suya es una de las profesiones en el ámbito editorial y en el ámbito de la lengua que no tiene su propio epígrafe en Hacienda, señala Herrero. Eso ya es significativo.

«¿A veces no nos sentimos valorados? Bueno, puede ser. Depende un poco de con qué clientes hayas tratado», comenta el asesor lingüístico. «Pero la concepción general es que somos bichos que vamos marcando el error en la gente».

Otra cosa que tampoco gusta a quienes se dedican a esta profesión es la creencia de muchas personas de que su oficio puede realizarlo cualquiera. «Y eso es un poquito denigrante en el sentido de que, si esto lo puede hacer cualquiera, ¿por qué usted no lo está haciendo?», comenta molesto Herrero.

«Claro, que no todos los profesionales son conscientes de que deben profesionalizarse y que esta profesión necesita una serie de requisitos, características y cualidades que se adquieren de forma innata o en otras destrezas, otros ámbitos del conocimiento», concluye repartiendo la culpa.

Sin embargo, ellos se sienten satisfechos y orgullosos de su trabajo. Poco a poco se va conociendo y apreciando su labor porque, como bien señalaba Sierra, cada vez hay más preocupación por escribir bien.

«La corrección, para mí, es una profesión que es superenriquecedora porque, además de aplicar tus conocimientos a un determinado tipo de texto, aprendes un montón ya que te enfrentas a textos de materias que en la vida habrías pensado que ibas a controlar».

Al fin y al cabo, un texto, por su pura naturaleza, no vale nada, concluye Herrero. Lo que vale es el contenido porque sirve para comunicarse.

«Es como si, viendo un programa en la tele, surgen interferencias. Podrás conseguir, aunque sea a duras penas, enterarte de qué va, pero es seguro que no podrás disfrutarlo. Con un texto ocurre lo mismo. Una frase mal construida, un ejemplo inadecuado… hace que no disfrutes, que te centres en buscarle errores, en ver dónde se ha podido equivocar y no en aprender aquello que te quiere enseñar».

Si a estas alturas del texto alguien ha reparado en que el animal perdido en El Quijote no fue Rocinante, sino el rucio de Sancho Panza, habrá constatado también que este artículo no ha sido revisado por ningún corrector profesional que hubiera advertido a su autora del error. ¿De qué mejor manera se hubiera podido demostrar la importancia de su trabajo?

 

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Opiniones 5
  • Soy correctora principalmente de estilo, aunque, por lo que leí, también de concepto y ortotipográfica. Mi especialidad son los textos científicos, sobre todo, inevstigaciones. Me sentí bastante identificada con este artículo; tal cual así es nuestro oficio y, por lo menos en Colombia, casi nunca se le menciona aunque se utilice. Gracias por esta descripción tan completa.

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    • Pero siempre olvidan las editoriales tener correctores de textos conscientes, algo que cada vez prolifera más. ¿Cuántos errores puede cometer un corrector dormido?

  • Comentarios cerrados.