31 de agosto 2017    /   IDEAS
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¿Cuándo empezamos a convertirnos en corruptos?

31 de agosto 2017    /   IDEAS     por          
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Saque ese corrupto que lleva usted dentro, exhíbalo sin pudor. Nos referimos a un comportamiento inherente a cualquier organización social integrada por seres humanos. No se da en otras especies que viven de manera colectiva, como las hormigas, las termitas o los suricatos. La honradez parece, pues, un escalón evolutivo superado por los primates. Sí, los chimpancés o los bonobos pueden ser tan corruptos como un concejal de urbanismo de una localidad costera.

Todo comienza por pequeños gestos. ¿Quién no ha sustraído alguna vez folios, clips, gomas, grapas, postits, bolígrafos o incluso calendarios o calculadoras de la oficina? A menudo, el pequeño aunque no inocente hurto se justifica con un quid pro quo discutible, a saber: «Para lo que me pagan, esto quizá lo compense».

Alguna vez le habrá sucedido que un camarero que se incorporó al nuevo turno le dijo en el bar, al pedir la cuenta:

—Eran dos cañas ¿no?

Y usted respondió tranquilamente:

—Sí, sí…

Sabiendo que en total se ha trasegado seis.

No se sienta mal por ello, ni alimente la culpa, pues en la Biblia ya se citan casos seminales de estas prácticas (las monedas que percibió Iscariote por su beso delator pueden enmarcarse, salvando el contexto, en ese tipo penal). Y no digamos en las civilizaciones de las que tenemos abundantes huellas gracias a Herodoto y sus entretenidos y muy recomendables Nueve libros de la Historia, considerados como la primera crónica de un historiador que se conserva.

Allí el autor narra cómo es agasajado por reyes y hombres eminentes a lo largo de sus viajes, para lograr así que recoja en las páginas de su relato la grandeza de sus respectivos reinos y gobiernos.

Pero Herodoto no era tonto ni sobornable, aunque aceptaba de buen grado dádivas y tratos deferentes. Cuando un testimonio no era de primera mano pero consideraba relevante incluirlo en sus libros solía recurrir a una frase que aparece con frecuencia: «Puede que esto parezca poco creíble, pero así me lo narraron y así lo refiero yo».

Ignoramos si omitió en sus crónicas episodios que pudieran avergonzar a sus protagonistas a cambio de determinados favores. Instalado en la certeza de que regresaría de su largo periplo a su Halicarnaso natal a completar sus libros, y que jamás volvería a ver a los sátrapas que lo adularon, quizá se sintiera incorruptible. O quizá no.

Precediendo a Herodoto podemos encontrar más ejemplos, como el del último faraón de la dinastía XVIII, que reinó 1.300 años antes de Cristo. Tenía un nombre sencillo de recordar, Dyeserjeperura Setepenra Horemheb Meryamón, y había sido el general en jefe de Amen-hotep IV, el faraón hereje más conocido con el nombre de Akhenatón. Pero quiso luchar contra la corrupción generalizada que habían institucionalizado predecesores como Tutankamon, famoso por su tumba, pero que no fue precisamente un dechado de virtudes. Así, Horemheb publicó el decreto que lleva su nombre, y que dice:

«Se castigará con implacable rigor a los funcionarios que, abusando de su poder, roben cosechas o ganado a los campesinos bajo el pretexto de cobrar impuestos. El castigo será de cien bastonazos. Si el involucrado fuera un juez, la pena será de muerte».

Como pueden ver, hace más de 3.000 años las cosas ya sonaban parecidas al telediario de las nueve.

Al igual que las guerras (las grandes) siempre han brindado un impulso sin precedentes a la ingeniería, las ciencias aplicadas y las invenciones de toda índole, cabría decir que gracias a la corrupción nuestros sistemas legales, aparatos legislativos y judiciales se han visto obligados a evolucionar de un modo impensable. Sin la inestimable ayuda de los corruptos y sus cada vez más sofisticados mecanismos de quebrantar eso tan espúreo que viene a llamarse «buena fe» no se establecerían mecanismos para contrarrestar sus actividades, que hunden sus raíces no ya en el Antiguo Egipto, sino probablemente en Mesopotamia y en esa ciudad mítica llamada Babilonia, cuna de nuestra civilización y, por tanto, de nuestra corrupción.

Ir más hacia atrás en el tiempo es tarea de paleontólogos y arqueólogos, que no tienen mucho material como para inferir de un montón de huesos en un yacimiento de Atapuerca, Kebara o Apidimia si los Neanderthales o los Cromagnones se corrompían como lo hacemos hoy, o si solo la selección natural descrita por Darwin ha propiciado la supervivencia del más corrupto, con lo que su prole perpetuará esas prácticas para someter al resto de la comunidad.

Así pues podemos concluir que la corrupción nos hace humanos. Quizá demasiado humanos, como diría Nietzsche.

Saque ese corrupto que lleva usted dentro, exhíbalo sin pudor. Nos referimos a un comportamiento inherente a cualquier organización social integrada por seres humanos. No se da en otras especies que viven de manera colectiva, como las hormigas, las termitas o los suricatos. La honradez parece, pues, un escalón evolutivo superado por los primates. Sí, los chimpancés o los bonobos pueden ser tan corruptos como un concejal de urbanismo de una localidad costera.

Todo comienza por pequeños gestos. ¿Quién no ha sustraído alguna vez folios, clips, gomas, grapas, postits, bolígrafos o incluso calendarios o calculadoras de la oficina? A menudo, el pequeño aunque no inocente hurto se justifica con un quid pro quo discutible, a saber: «Para lo que me pagan, esto quizá lo compense».

Alguna vez le habrá sucedido que un camarero que se incorporó al nuevo turno le dijo en el bar, al pedir la cuenta:

—Eran dos cañas ¿no?

Y usted respondió tranquilamente:

—Sí, sí…

Sabiendo que en total se ha trasegado seis.

No se sienta mal por ello, ni alimente la culpa, pues en la Biblia ya se citan casos seminales de estas prácticas (las monedas que percibió Iscariote por su beso delator pueden enmarcarse, salvando el contexto, en ese tipo penal). Y no digamos en las civilizaciones de las que tenemos abundantes huellas gracias a Herodoto y sus entretenidos y muy recomendables Nueve libros de la Historia, considerados como la primera crónica de un historiador que se conserva.

Allí el autor narra cómo es agasajado por reyes y hombres eminentes a lo largo de sus viajes, para lograr así que recoja en las páginas de su relato la grandeza de sus respectivos reinos y gobiernos.

Pero Herodoto no era tonto ni sobornable, aunque aceptaba de buen grado dádivas y tratos deferentes. Cuando un testimonio no era de primera mano pero consideraba relevante incluirlo en sus libros solía recurrir a una frase que aparece con frecuencia: «Puede que esto parezca poco creíble, pero así me lo narraron y así lo refiero yo».

Ignoramos si omitió en sus crónicas episodios que pudieran avergonzar a sus protagonistas a cambio de determinados favores. Instalado en la certeza de que regresaría de su largo periplo a su Halicarnaso natal a completar sus libros, y que jamás volvería a ver a los sátrapas que lo adularon, quizá se sintiera incorruptible. O quizá no.

Precediendo a Herodoto podemos encontrar más ejemplos, como el del último faraón de la dinastía XVIII, que reinó 1.300 años antes de Cristo. Tenía un nombre sencillo de recordar, Dyeserjeperura Setepenra Horemheb Meryamón, y había sido el general en jefe de Amen-hotep IV, el faraón hereje más conocido con el nombre de Akhenatón. Pero quiso luchar contra la corrupción generalizada que habían institucionalizado predecesores como Tutankamon, famoso por su tumba, pero que no fue precisamente un dechado de virtudes. Así, Horemheb publicó el decreto que lleva su nombre, y que dice:

«Se castigará con implacable rigor a los funcionarios que, abusando de su poder, roben cosechas o ganado a los campesinos bajo el pretexto de cobrar impuestos. El castigo será de cien bastonazos. Si el involucrado fuera un juez, la pena será de muerte».

Como pueden ver, hace más de 3.000 años las cosas ya sonaban parecidas al telediario de las nueve.

Al igual que las guerras (las grandes) siempre han brindado un impulso sin precedentes a la ingeniería, las ciencias aplicadas y las invenciones de toda índole, cabría decir que gracias a la corrupción nuestros sistemas legales, aparatos legislativos y judiciales se han visto obligados a evolucionar de un modo impensable. Sin la inestimable ayuda de los corruptos y sus cada vez más sofisticados mecanismos de quebrantar eso tan espúreo que viene a llamarse «buena fe» no se establecerían mecanismos para contrarrestar sus actividades, que hunden sus raíces no ya en el Antiguo Egipto, sino probablemente en Mesopotamia y en esa ciudad mítica llamada Babilonia, cuna de nuestra civilización y, por tanto, de nuestra corrupción.

Ir más hacia atrás en el tiempo es tarea de paleontólogos y arqueólogos, que no tienen mucho material como para inferir de un montón de huesos en un yacimiento de Atapuerca, Kebara o Apidimia si los Neanderthales o los Cromagnones se corrompían como lo hacemos hoy, o si solo la selección natural descrita por Darwin ha propiciado la supervivencia del más corrupto, con lo que su prole perpetuará esas prácticas para someter al resto de la comunidad.

Así pues podemos concluir que la corrupción nos hace humanos. Quizá demasiado humanos, como diría Nietzsche.

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