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24 de octubre 2018    /   DIGITAL
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Los arrepentidos inventores de las cosas que más odias de internet

24 de octubre 2018    /   DIGITAL     por          
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De inventores que se horrorizaron de su propia creación años más tarde, tras ver las consecuencias, la historia está repleta. Nobel, arrepentido padre de la dinamita; Einstein, que escribió a Roosevelt para aconsejarle acelerar el desarrollo de la bomba atómica (y luego lo lamentó); Kalashnikov, que preferiría haber concebido un cortacésped, como él mismo confesó años más tarde…

En definitiva, numerosos genios que emplearon la ciencia para producir avances, a veces increíbles, otras desafortunados, a los que después otros humanos dieron usos nefastos. O ideas que ya eran pésimas de por sí, pero fruto de un error que les perseguiría hasta la tumba.

Lo mismo ha sucedido durante la corta vida de internet en ciertamente no pocas ocasiones. Como es lógico, alguien inventó todo aquello que hemos llegado a odiar de las tres uves dobles, desde el spam hasta el dichoso autocorrector, pasando por la Comic Sans e incluso los emoticonos (o al menos el abuso de caquitas, berenjenas y risas aún más falsas que las enlatadas de una sitcom de los 90). Y ese alguien puede ver su creación con orgullo, vergüenza, hartazgo o una mezcla de las tres.

Ken Kocienda, el hombre que diseñó el revolucionario teclado digital del primer iPhone, ha admitido recientemente con humor las malas pasadas que una de sus más famosas creaciones, el autocorrector, nos ha jugado a todos. Se dice orgulloso de su trabajo en Apple, pero no tanto de haber traído al mundo un nuevo género de humor barato: en sus propias palabras, «la versión de la era smartphone del chiste de ‘toc toc’».

El padre del pop-up, ese insufrible anuncio que salta con la agresividad de un tigre sobre tu pantalla, se muestra menos compasivo con su propia obra. Hace unos años, Ethan Zuckerman agachó la cabeza y pidió perdón por haber contribuido a la creación de «el pecado original de internet», la publicidad invasiva que se ríe en la cara de tu privacidad. Afirma que sus intenciones eran buenas, que no lo vio venir.

Pero, seamos justos, ¿cómo iba él a imaginar los extremos a los que iban a llegar sus sucesores? Es más, ¿cómo iba a predecir que, años más tarde, nos obligarían a desactivar el adblocker si queríamos leer su disculpa? Terrible paradoja.

Entre los autores de involuntarias afrentas a la aldea global, algunos son incluso reincidentes. Lou Montulli, que formó parte del equipo de ingenieros que desarrolló Netscape, primer navegador comercial y precursor del actual Mozilla Firefox, tiene en su haber muchos honores, pero también un par de inventos que es difícil evitar reprocharle.

Suya fue la idea de crear esa etiqueta que inundó las webs de los 90 de texto parpadeante (la infame <blink>, que bien recordarán los webmasters veteranos), como si de la más hortera de las discotecas se tratase. Y también ha tenido que dar explicaciones por las cookies, una innovación necesaria y de agradecer, pero también la puerta abierta a tantas y tantas canalladas por parte de los que devoran datos personales con la voracidad del Monstruo de las Galletas.

De entonar el mea culpa no se libran ni celebridades como Tim Berners Lee, que se arrepintió de haber plantado un par de innecesarias barras diagonales entre el «http:» y las URL, principal fuente de errores al introducir direcciones de memoria. O Bill Gates, que considera la famosa combinación de teclas «Ctrl+Alt+Supr» para acceder a los ordenadores con Windows una equivocación, aunque le endosa la culpa a los ingenieros de IBM que desarrollaron el teclado.

«A veces me siento como el Dr. Frankenstein», reconocía el informático Scott Fahlman, padre de los emoticonos, mucho después de concebir la más universal y exitosa forma de comunicación no verbal de nuestro tiempo. «Mi criatura comenzó siendo benigna, pero ha tomado rumbos que no apruebo», se lamentaba.

Vincent Connare, que se inspiró en las letras de los cómics para diseñar la tipografía más vilipendiada del mundo, afronta el profundo odio que despierta su ínclita Comic Sans con una rara mezcla de orgullo, vergüenza y humor.

Simpatiza con los movimientos de protesta que han brotado en su contra, pero también defiende su obra y trata de ponerla en contexto: «Cuando la diseñé, no tenía intención alguna de incluirla en otras aplicaciones que no fueran aquellas diseñadas para niños». Que otros hayan mancillado desde lápidas hasta la presentación del hallazgo del bosón de Higgs con la ñoña tipografía no es culpa suya.

El tipo que decidió que los píxeles fueran cuadrados, y por lo tanto provocó que las imágenes se pixelaran de manera aberrante al agrandarlas; el desarrollador de Flappy Bird, que vio cómo el pajarito se le iba de las manos y tuvo que enjaularlo; o el hombre que escribió la interminable lista de reglas que debemos seguir para escoger una contraseña segura, y que ahora le parecen una absoluta pérdida de tiempo, son solo algunos de los muchos pioneros de internet y la tecnología que han tenido que agachar las orejas.

Ni siquiera los genios se libran de meter la pata. Al fin y al cabo, son humanos. De las pifias de los robots ya hablamos otro día.

De inventores que se horrorizaron de su propia creación años más tarde, tras ver las consecuencias, la historia está repleta. Nobel, arrepentido padre de la dinamita; Einstein, que escribió a Roosevelt para aconsejarle acelerar el desarrollo de la bomba atómica (y luego lo lamentó); Kalashnikov, que preferiría haber concebido un cortacésped, como él mismo confesó años más tarde…

En definitiva, numerosos genios que emplearon la ciencia para producir avances, a veces increíbles, otras desafortunados, a los que después otros humanos dieron usos nefastos. O ideas que ya eran pésimas de por sí, pero fruto de un error que les perseguiría hasta la tumba.

Lo mismo ha sucedido durante la corta vida de internet en ciertamente no pocas ocasiones. Como es lógico, alguien inventó todo aquello que hemos llegado a odiar de las tres uves dobles, desde el spam hasta el dichoso autocorrector, pasando por la Comic Sans e incluso los emoticonos (o al menos el abuso de caquitas, berenjenas y risas aún más falsas que las enlatadas de una sitcom de los 90). Y ese alguien puede ver su creación con orgullo, vergüenza, hartazgo o una mezcla de las tres.

Ken Kocienda, el hombre que diseñó el revolucionario teclado digital del primer iPhone, ha admitido recientemente con humor las malas pasadas que una de sus más famosas creaciones, el autocorrector, nos ha jugado a todos. Se dice orgulloso de su trabajo en Apple, pero no tanto de haber traído al mundo un nuevo género de humor barato: en sus propias palabras, «la versión de la era smartphone del chiste de ‘toc toc’».

El padre del pop-up, ese insufrible anuncio que salta con la agresividad de un tigre sobre tu pantalla, se muestra menos compasivo con su propia obra. Hace unos años, Ethan Zuckerman agachó la cabeza y pidió perdón por haber contribuido a la creación de «el pecado original de internet», la publicidad invasiva que se ríe en la cara de tu privacidad. Afirma que sus intenciones eran buenas, que no lo vio venir.

Pero, seamos justos, ¿cómo iba él a imaginar los extremos a los que iban a llegar sus sucesores? Es más, ¿cómo iba a predecir que, años más tarde, nos obligarían a desactivar el adblocker si queríamos leer su disculpa? Terrible paradoja.

Entre los autores de involuntarias afrentas a la aldea global, algunos son incluso reincidentes. Lou Montulli, que formó parte del equipo de ingenieros que desarrolló Netscape, primer navegador comercial y precursor del actual Mozilla Firefox, tiene en su haber muchos honores, pero también un par de inventos que es difícil evitar reprocharle.

Suya fue la idea de crear esa etiqueta que inundó las webs de los 90 de texto parpadeante (la infame <blink>, que bien recordarán los webmasters veteranos), como si de la más hortera de las discotecas se tratase. Y también ha tenido que dar explicaciones por las cookies, una innovación necesaria y de agradecer, pero también la puerta abierta a tantas y tantas canalladas por parte de los que devoran datos personales con la voracidad del Monstruo de las Galletas.

De entonar el mea culpa no se libran ni celebridades como Tim Berners Lee, que se arrepintió de haber plantado un par de innecesarias barras diagonales entre el «http:» y las URL, principal fuente de errores al introducir direcciones de memoria. O Bill Gates, que considera la famosa combinación de teclas «Ctrl+Alt+Supr» para acceder a los ordenadores con Windows una equivocación, aunque le endosa la culpa a los ingenieros de IBM que desarrollaron el teclado.

«A veces me siento como el Dr. Frankenstein», reconocía el informático Scott Fahlman, padre de los emoticonos, mucho después de concebir la más universal y exitosa forma de comunicación no verbal de nuestro tiempo. «Mi criatura comenzó siendo benigna, pero ha tomado rumbos que no apruebo», se lamentaba.

Vincent Connare, que se inspiró en las letras de los cómics para diseñar la tipografía más vilipendiada del mundo, afronta el profundo odio que despierta su ínclita Comic Sans con una rara mezcla de orgullo, vergüenza y humor.

Simpatiza con los movimientos de protesta que han brotado en su contra, pero también defiende su obra y trata de ponerla en contexto: «Cuando la diseñé, no tenía intención alguna de incluirla en otras aplicaciones que no fueran aquellas diseñadas para niños». Que otros hayan mancillado desde lápidas hasta la presentación del hallazgo del bosón de Higgs con la ñoña tipografía no es culpa suya.

El tipo que decidió que los píxeles fueran cuadrados, y por lo tanto provocó que las imágenes se pixelaran de manera aberrante al agrandarlas; el desarrollador de Flappy Bird, que vio cómo el pajarito se le iba de las manos y tuvo que enjaularlo; o el hombre que escribió la interminable lista de reglas que debemos seguir para escoger una contraseña segura, y que ahora le parecen una absoluta pérdida de tiempo, son solo algunos de los muchos pioneros de internet y la tecnología que han tenido que agachar las orejas.

Ni siquiera los genios se libran de meter la pata. Al fin y al cabo, son humanos. De las pifias de los robots ya hablamos otro día.

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