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19 de febrero 2014    /   BUSINESS
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Esto se hizo con un fin, pero tú decidiste darle otra utilidad

19 de febrero 2014    /   BUSINESS     por          
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Los seres humanos somos unos cracks del reciclaje. No de ese de separar residuos y reutilizar lo consumido para reducir nuestro impacto ambiental. No. Somos unos fieras en lo que se refiere a buscar nuevas utilidades a cosas que se concibieron para distintos fines. Ejemplo: el chándal.

Si alguna vez visitas una tienda de ropa deportiva y observas a tu alrededor te darás cuenta de que allí hay de todo, menos deportistas. Porque toda esa gente que está comprándose un chándal no son runners, no. Son gente que compra ropa cómoda para estar por casa. Porque, ¿acaso tú no llevas pantalones o camisetas destinadas a hacer deporte cuando te derrumbas en el sofá?

Claro que el chandalismo no solo se queda en el calor del hogar: muchos jóvenes de adolescencia complicada, peinado cenicero y gustos ‘musicales’ que van desde Camela al bakalao más cañero, han llevado pantalones de chándal por encima de sus posibilidades. Y chaquetas. Y camisetas de fútbol. Vamos, que era el uniforme de una tribu urbana cuya mayor acción deportiva era el levantamiento de canuto en el parque. Eso es así.

Pero, además de ellos, todos hemos tirado un poco de chandalismo en nuestra juventud. Si lo piensas bien, las zapatillas deportivas han sido el uniforme de cualquier niño hasta casi la adolescencia (más los chicos que las chicas, todo hay que decirlo). Y vale que los niños hacen mucho deporte, entendiendo esto como correr, saltar, trepar o dar patadas a un balón… pero no es un calzado que se concibiera para ir a clase, por ejemplo.

En cierto modo tendemos a usar lo concebido para el deporte fuera del deporte. Es el caso también del Aquarius, esa bebida isotónica que viene a ser como agua con limón (o naranja) y azúcares con cosas. En principio era una bebida para deportistas, para recuperar sales minerales tras el esfuerzo… pero muchos lo piden en el bar como refresco habitual, o se lo toman cuando están malos del estómago a modo de suero.

De hecho, la propia compañía hizo campaña con esa idea: la gente está loca porque consume una bebida deportiva sin hacer deporte. Corría el año 2004 y la campaña es de Rushmore.

Pero lo de reconvertir el uso de algunos productos no es exclusiva de lo deportivo. Nuestra alimentación también está llena de esos casos. Por ejemplo, la leche. La leche, en la naturaleza, es algo que producen las madres para alimentar a su descendencia en las especies de mamíferos. Sin embargo, nosotros seguimos consumiendo leche el resto de nuestra vida: con el Cola Cao o el Nesquik, con el café y sus mil variedades…

Ojo, y encima ni siquiera es leche de nuestra especie… es leche ¡de vaca! Incluso hay de otras variedades ¡Nos amamantan otras razas! Dicho así suena perturbador, pero no tanto como beber leche de almendra o leche sin lactosa. Eso sí que es peculiar…

Ocurre lo mismo con derivados lácteos como el yogur. Antaño el yogur se asociaba, por las peculiaridades de las bacterias responsables de su fermentación, a la acción antienvejecimiento. Hace no demasiado el yogur se reservaba a enfermos del estómago… y actualmente es un postre o un complemento alimenticio más en esta parte del mundo. En otras, como el sur de Asia o Europa Oriental, gran parte de los platos cuentan con la presencia del yogur como ingrediente o compuesto de aderezos.

Hoy en día el yogur se asocia a vida sana, que regula el «tránsito intestinal» (dicho así parece una avenida) e incluso que «contribuye a moldear la figura».

Una reconversión similar tuvo el tabaco, también con unos claros intereses culturales. En inicio se le presuponían cualidades medicinales, incluso se sugería el consumo infantil… y hoy en día se persigue y prohíbe por ser causante de centenares de miles de muertes al año en todo el mundo.

Si hay un buen ejemplo de cambio en el uso ese es, sin duda, el del móvil. Porque un móvil es un teléfono y los teléfonos sirven para llamar. Por eso, no hace demasiado, las compañías cobraban por las llamadas y la competencia estaba en reducir las tarifas aplicadas al establecimiento de llamadas y a cada minuto consumido. Sin embargo, con el tiempo, vieron que la gente usaba los móviles para enviarse mensajes… así que las compañías telefónicas cambiaron el foco y, dejando en un segundo plano las llamadas, empezaron a competir en precios en los SMS.

¿Ahora? Se llama por teléfono con el móvil, claro, pero apenas nadie manda SMS. De hecho, muchos llaman a través de Facetime o Skype o Google Hangouts. El negocio por tanto no es ya el cobrar por llamar o por mandar mensajes, sino por el consumo de internet. Tu teléfono ya no sirve para llamar o mandar mensajes a través de la línea telefónica, sino para consumir internet, por eso ahora las llamadas y mensajes se suelen ofrecer en tarifas planas que varían de precio según el consumo de conexión.

Y eso hablando solo de lo que respecta a la función del móvil como forma de comunicarse. Que si nos ponemos con los juegos, la radio, las apps informativas y todas esas mandangas resulta que un teléfono móvil acaba siendo lo menos parecido del mundo a un teléfono móvil, al menos como fue concebido en origen.

Lo dicho, eres un fiera del reciclaje y la reconversión. Y tú sin saberlo…

Los seres humanos somos unos cracks del reciclaje. No de ese de separar residuos y reutilizar lo consumido para reducir nuestro impacto ambiental. No. Somos unos fieras en lo que se refiere a buscar nuevas utilidades a cosas que se concibieron para distintos fines. Ejemplo: el chándal.

Si alguna vez visitas una tienda de ropa deportiva y observas a tu alrededor te darás cuenta de que allí hay de todo, menos deportistas. Porque toda esa gente que está comprándose un chándal no son runners, no. Son gente que compra ropa cómoda para estar por casa. Porque, ¿acaso tú no llevas pantalones o camisetas destinadas a hacer deporte cuando te derrumbas en el sofá?

Claro que el chandalismo no solo se queda en el calor del hogar: muchos jóvenes de adolescencia complicada, peinado cenicero y gustos ‘musicales’ que van desde Camela al bakalao más cañero, han llevado pantalones de chándal por encima de sus posibilidades. Y chaquetas. Y camisetas de fútbol. Vamos, que era el uniforme de una tribu urbana cuya mayor acción deportiva era el levantamiento de canuto en el parque. Eso es así.

Pero, además de ellos, todos hemos tirado un poco de chandalismo en nuestra juventud. Si lo piensas bien, las zapatillas deportivas han sido el uniforme de cualquier niño hasta casi la adolescencia (más los chicos que las chicas, todo hay que decirlo). Y vale que los niños hacen mucho deporte, entendiendo esto como correr, saltar, trepar o dar patadas a un balón… pero no es un calzado que se concibiera para ir a clase, por ejemplo.

En cierto modo tendemos a usar lo concebido para el deporte fuera del deporte. Es el caso también del Aquarius, esa bebida isotónica que viene a ser como agua con limón (o naranja) y azúcares con cosas. En principio era una bebida para deportistas, para recuperar sales minerales tras el esfuerzo… pero muchos lo piden en el bar como refresco habitual, o se lo toman cuando están malos del estómago a modo de suero.

De hecho, la propia compañía hizo campaña con esa idea: la gente está loca porque consume una bebida deportiva sin hacer deporte. Corría el año 2004 y la campaña es de Rushmore.

Pero lo de reconvertir el uso de algunos productos no es exclusiva de lo deportivo. Nuestra alimentación también está llena de esos casos. Por ejemplo, la leche. La leche, en la naturaleza, es algo que producen las madres para alimentar a su descendencia en las especies de mamíferos. Sin embargo, nosotros seguimos consumiendo leche el resto de nuestra vida: con el Cola Cao o el Nesquik, con el café y sus mil variedades…

Ojo, y encima ni siquiera es leche de nuestra especie… es leche ¡de vaca! Incluso hay de otras variedades ¡Nos amamantan otras razas! Dicho así suena perturbador, pero no tanto como beber leche de almendra o leche sin lactosa. Eso sí que es peculiar…

Ocurre lo mismo con derivados lácteos como el yogur. Antaño el yogur se asociaba, por las peculiaridades de las bacterias responsables de su fermentación, a la acción antienvejecimiento. Hace no demasiado el yogur se reservaba a enfermos del estómago… y actualmente es un postre o un complemento alimenticio más en esta parte del mundo. En otras, como el sur de Asia o Europa Oriental, gran parte de los platos cuentan con la presencia del yogur como ingrediente o compuesto de aderezos.

Hoy en día el yogur se asocia a vida sana, que regula el «tránsito intestinal» (dicho así parece una avenida) e incluso que «contribuye a moldear la figura».

Una reconversión similar tuvo el tabaco, también con unos claros intereses culturales. En inicio se le presuponían cualidades medicinales, incluso se sugería el consumo infantil… y hoy en día se persigue y prohíbe por ser causante de centenares de miles de muertes al año en todo el mundo.

Si hay un buen ejemplo de cambio en el uso ese es, sin duda, el del móvil. Porque un móvil es un teléfono y los teléfonos sirven para llamar. Por eso, no hace demasiado, las compañías cobraban por las llamadas y la competencia estaba en reducir las tarifas aplicadas al establecimiento de llamadas y a cada minuto consumido. Sin embargo, con el tiempo, vieron que la gente usaba los móviles para enviarse mensajes… así que las compañías telefónicas cambiaron el foco y, dejando en un segundo plano las llamadas, empezaron a competir en precios en los SMS.

¿Ahora? Se llama por teléfono con el móvil, claro, pero apenas nadie manda SMS. De hecho, muchos llaman a través de Facetime o Skype o Google Hangouts. El negocio por tanto no es ya el cobrar por llamar o por mandar mensajes, sino por el consumo de internet. Tu teléfono ya no sirve para llamar o mandar mensajes a través de la línea telefónica, sino para consumir internet, por eso ahora las llamadas y mensajes se suelen ofrecer en tarifas planas que varían de precio según el consumo de conexión.

Y eso hablando solo de lo que respecta a la función del móvil como forma de comunicarse. Que si nos ponemos con los juegos, la radio, las apps informativas y todas esas mandangas resulta que un teléfono móvil acaba siendo lo menos parecido del mundo a un teléfono móvil, al menos como fue concebido en origen.

Lo dicho, eres un fiera del reciclaje y la reconversión. Y tú sin saberlo…

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Opiniones 3
  • Pingback: Blog de Notas
  • Ejemplo añejo, los tisús. Empezaron como vendas durante la Primera Guerra Mundial, al acabar se intentó vender como toallas desmaquilladoras y como la gente lo usaba para limpiarse los mocos, ahora se comercializa como pañuelos desechables.

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