16 de agosto 2010    /   CREATIVIDAD
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Creadores de hedores

16 de agosto 2010    /   CREATIVIDAD     por          
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El otro día leía a Carlos Boyero en El País congratulándose por la ausencia de anuncios en TVE. Decía que reconocía que la publicidad era parte innegociable del mundo mercantilizado en el que vivimos, pero que a él los anuncios le irritaban profundamente, tanto aquellos que emplean un lenguaje tan burdo que parece que lo traten a uno de idiota, como los que buscan ser pretenciosamente sofisticados para intentar así seducirte, y que ahora era un placer poder ver por fin televisión sin las inoportunas interrupciones de lo que acabó llamando la “apestosa publicidad”.

Bueno, yo soy publicitario, y la verdad es que me sorprendió la calificación –¿la publicidad es apestosa?-, especialmente porque en TV ya hay mucha basura maloliente como para considerar que la publicidad es lo que peor huele, pero, ¿saben?, en el fondo estoy de acuerdo con él. Como espectador yo también me alegro de su ausencia y coincido en que la publicidad –con algunas raras excepciones- es irritante, insoportablemente insistente y, en la mayoría de los casos, apesta. A mí también me molesta que las marcas me traten de tonto con discursos de un nivel intelectual bajo cero, o que se vuelvan fastuosamente sofisticadas hablando en francés para venderme un perfume.

Está claro. Para gran parte de la sociedad la publicidad no es más que materia maloliente que hiere su sensibilidad. Tal vez no todo el mundo lo perciba y lo exprese así, porque los hay que han aprendido a ignorarla, que ven los anuncios sin verlos, o que tienen el olfato ya tan acostumbrado al mal olor de los anuncios que ya ni lo perciben. Sólo cuatro frikis y medio puñado de gente insana es capaz de darle la vuelta al asunto y encontrar placer en el hedor que generamos.

Soy publicitario y lo reconozco, pertenezco al gremio de profesionales que se dedica a llenar de porquería los medios de comunicación para el fastidio de la gente que, como Boyero, anhelan vivir rodeados de un material de consumo que enriquezca y no que empequeñezca su espíritu. Esa es mi profesión, es lo que sé hacer. Me dedico a crear materia comunicacional irritante, maloliente, que hiere la sensibilidad de la gente y colocarla allí donde el público pasa para que se pringue con ella. Ese es nuestro oficio: creamos y distribuimos mierda.

Desde esa perspectiva, la nuestra es una profesión detestable, aborrecible, en cuanto que elaboramos y distribuimos un producto que la sociedad detesta y aborrece. Ni siquiera los medios de comunicación, a pesar de que la publicidad les proporciona sostén económico a sus negocios, nos aprecian. Para ellos somos un mal necesario.

En estos tiempos, en que los mensajes publicitarios tratan de camuflarse entre los contenidos, los responsables de los contenidos de los medios están más alerta que nunca no sea que el hedor de la materia que nosotros generamos les contamine y afecte a la dignidad de su revista, diario, portal, emisora o cadena.

Incluso cuando el medio es algo tan innoble como la prensa amarilla o contiene espacios tan infames como los programas de telebasura, nuestra basura todavía es peor. Debe ser así, porque incluso en esos espacios inmundos se preocupan de diferenciar lo que es publicidad de lo que no lo es, aislando y etiquetando debidamente lo que hacemos los publicitarios con un título que advierte que aquello es “publicidad”, no sea que alguien se confunda y meta el pie en ese cubo de mierda sin darse cuenta.

Los publicitarios no somos nada populares. No somos relevantes. Nuestro rol social es tan despreciable que seguramente por eso nunca aparecemos como noticia en los medios de comunicación. Nos ignoran. Cuando se celebra El Sol, nuestro gran festival anual, la noticia apenas aparece como una breve reseña y sólo en muy pocos medios.

Del resto de festivales o acontecimientos, ni una sola palabra. No importamos. Si se fijan apenas hay publicitarios que sobresalgan socialmente, que adquieran relevancia social, que sean admirados. Para conseguirlo necesitan abandonar la profesión y destacar haciendo otras cosas que no sea publicidad, por ejemplo cine, televisión o literatura, como Coixet, Mejide o Zafón, porque mientras fueron creadores de inmundicia no tuvieron la más mínima oportunidad de adquirir el menor reconocimiento público.

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Yo empecé mi tarea de creador de basura muy pronto, porque mi padre ya se dedicaba a la profesión, así que desde niño he tenido el mal olor instalado en casa. De pequeño miraba la televisión y leía revistas y periódicos fijándome en toda aquella mierda, analizándola. A los 20 años ya creaba mi propia materia fétida, en forma de folletos para ensuciar los buzones de la gente, cuñas de radio para emponzoñar lo que el público escuchaba por la mañana por la radio, o spots de TV para contribuir a hacer los pases publicitarios un poco más insoportablemente largos y arruinar las películas que la gente veía en familia.

Posteriormente fundé mi propia agencia y me dediqué a difundir la peste por la red, en aquellos momentos inconcebiblemente libre de malos olores. Los creadores de ciberhedores podemos estar más que satisfechos porque en apenas dos décadas hemos conseguido llenar de banners, pop-ups, pop-unders y otras formas más sofisticadas de inmundicia, el ciberespacio.

También hemos hecho un trabajo magnífico con el correo electrónico porque por ese canal ya fluye tal caudal de mierda que se podría decir que nuestra peste llega hasta el último rincón del planeta. Bueno, no todo son buenas noticias. Hay entornos digitales donde el hedor cuesta más que penetre, como la blogosfera, o las redes sociales, pero en eso andamos.

Hoy, en estos tiempos híbridos en los que vivimos, los creadores de tufo, ya sean los especialistas en los nuevos entornos digitales como los especialistas en las formas clásicas de publicidad –todos somos especialistas, no me vengan con cuentos-, buscamos fórmulas más sofisticadas para que el hedor penetre en la sociedad más eficazmente, más allá del medio o canal elegido.

Unos lo llaman integración, que es una manera de decir que vamos a construir una materia tan pestilente que impregnará cualquier entorno por igual, sea cual sea. Otros lo llaman 360, que es como proponer colocar un fantástico ventilador que rote para distribuir el mal olor en todas las direcciones.

El mercado se sofistica y evoluciona. Nosotros, por ejemplo, en mi agencia, hemos descubierto una metodología que consigue licuar la mierda. Sí, sí, la licuamos y así al verterla el mal olor se cuela y penetra por los poros de los distintos entornos de comunicación superando las barreras que los medios construyen para aislarla. Estamos muy contentos. Mucho.

Es la evolución. Los tiempos cambian que es una barbaridad, y todos nos adaptamos a estos nuevos tiempos a base de ponerle mucho esfuerzo, mucha imaginación y mucho oficio. Gracias a eso hoy, los creadores de materia hedionda, podemos sentirnos más que satisfechos, hemos afinado nuestras técnicas de una manera extraordinaria y nuestro trabajo es eficaz. Se podría decir que ya nadie en el mundo, por aislado que se encuentre, es capaz de escapar a nuestro mal olor. Es el triunfo de una profesión.

Lo que sería gracioso es que un día, después de felicitarnos por haber conseguido inundar el mundo de inmundicia, descubriéramos que la clave no era crear y esparcir más eficazmente hedores fétidos, sino conseguir que la publicidad, en vez de oler mal, desprenda un embriagador perfume.

Daniel Solana es presidente de DoubleYou

Artículo publicado en el número de febrero de Yorokobu.

Fotos de appelogen.be y barnism reproducidos bajo licencia Creative Commons.

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El otro día leía a Carlos Boyero en El País congratulándose por la ausencia de anuncios en TVE. Decía que reconocía que la publicidad era parte innegociable del mundo mercantilizado en el que vivimos, pero que a él los anuncios le irritaban profundamente, tanto aquellos que emplean un lenguaje tan burdo que parece que lo traten a uno de idiota, como los que buscan ser pretenciosamente sofisticados para intentar así seducirte, y que ahora era un placer poder ver por fin televisión sin las inoportunas interrupciones de lo que acabó llamando la “apestosa publicidad”.

Bueno, yo soy publicitario, y la verdad es que me sorprendió la calificación –¿la publicidad es apestosa?-, especialmente porque en TV ya hay mucha basura maloliente como para considerar que la publicidad es lo que peor huele, pero, ¿saben?, en el fondo estoy de acuerdo con él. Como espectador yo también me alegro de su ausencia y coincido en que la publicidad –con algunas raras excepciones- es irritante, insoportablemente insistente y, en la mayoría de los casos, apesta. A mí también me molesta que las marcas me traten de tonto con discursos de un nivel intelectual bajo cero, o que se vuelvan fastuosamente sofisticadas hablando en francés para venderme un perfume.

Está claro. Para gran parte de la sociedad la publicidad no es más que materia maloliente que hiere su sensibilidad. Tal vez no todo el mundo lo perciba y lo exprese así, porque los hay que han aprendido a ignorarla, que ven los anuncios sin verlos, o que tienen el olfato ya tan acostumbrado al mal olor de los anuncios que ya ni lo perciben. Sólo cuatro frikis y medio puñado de gente insana es capaz de darle la vuelta al asunto y encontrar placer en el hedor que generamos.

Soy publicitario y lo reconozco, pertenezco al gremio de profesionales que se dedica a llenar de porquería los medios de comunicación para el fastidio de la gente que, como Boyero, anhelan vivir rodeados de un material de consumo que enriquezca y no que empequeñezca su espíritu. Esa es mi profesión, es lo que sé hacer. Me dedico a crear materia comunicacional irritante, maloliente, que hiere la sensibilidad de la gente y colocarla allí donde el público pasa para que se pringue con ella. Ese es nuestro oficio: creamos y distribuimos mierda.

Desde esa perspectiva, la nuestra es una profesión detestable, aborrecible, en cuanto que elaboramos y distribuimos un producto que la sociedad detesta y aborrece. Ni siquiera los medios de comunicación, a pesar de que la publicidad les proporciona sostén económico a sus negocios, nos aprecian. Para ellos somos un mal necesario.

En estos tiempos, en que los mensajes publicitarios tratan de camuflarse entre los contenidos, los responsables de los contenidos de los medios están más alerta que nunca no sea que el hedor de la materia que nosotros generamos les contamine y afecte a la dignidad de su revista, diario, portal, emisora o cadena.

Incluso cuando el medio es algo tan innoble como la prensa amarilla o contiene espacios tan infames como los programas de telebasura, nuestra basura todavía es peor. Debe ser así, porque incluso en esos espacios inmundos se preocupan de diferenciar lo que es publicidad de lo que no lo es, aislando y etiquetando debidamente lo que hacemos los publicitarios con un título que advierte que aquello es “publicidad”, no sea que alguien se confunda y meta el pie en ese cubo de mierda sin darse cuenta.

Los publicitarios no somos nada populares. No somos relevantes. Nuestro rol social es tan despreciable que seguramente por eso nunca aparecemos como noticia en los medios de comunicación. Nos ignoran. Cuando se celebra El Sol, nuestro gran festival anual, la noticia apenas aparece como una breve reseña y sólo en muy pocos medios.

Del resto de festivales o acontecimientos, ni una sola palabra. No importamos. Si se fijan apenas hay publicitarios que sobresalgan socialmente, que adquieran relevancia social, que sean admirados. Para conseguirlo necesitan abandonar la profesión y destacar haciendo otras cosas que no sea publicidad, por ejemplo cine, televisión o literatura, como Coixet, Mejide o Zafón, porque mientras fueron creadores de inmundicia no tuvieron la más mínima oportunidad de adquirir el menor reconocimiento público.

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Yo empecé mi tarea de creador de basura muy pronto, porque mi padre ya se dedicaba a la profesión, así que desde niño he tenido el mal olor instalado en casa. De pequeño miraba la televisión y leía revistas y periódicos fijándome en toda aquella mierda, analizándola. A los 20 años ya creaba mi propia materia fétida, en forma de folletos para ensuciar los buzones de la gente, cuñas de radio para emponzoñar lo que el público escuchaba por la mañana por la radio, o spots de TV para contribuir a hacer los pases publicitarios un poco más insoportablemente largos y arruinar las películas que la gente veía en familia.

Posteriormente fundé mi propia agencia y me dediqué a difundir la peste por la red, en aquellos momentos inconcebiblemente libre de malos olores. Los creadores de ciberhedores podemos estar más que satisfechos porque en apenas dos décadas hemos conseguido llenar de banners, pop-ups, pop-unders y otras formas más sofisticadas de inmundicia, el ciberespacio.

También hemos hecho un trabajo magnífico con el correo electrónico porque por ese canal ya fluye tal caudal de mierda que se podría decir que nuestra peste llega hasta el último rincón del planeta. Bueno, no todo son buenas noticias. Hay entornos digitales donde el hedor cuesta más que penetre, como la blogosfera, o las redes sociales, pero en eso andamos.

Hoy, en estos tiempos híbridos en los que vivimos, los creadores de tufo, ya sean los especialistas en los nuevos entornos digitales como los especialistas en las formas clásicas de publicidad –todos somos especialistas, no me vengan con cuentos-, buscamos fórmulas más sofisticadas para que el hedor penetre en la sociedad más eficazmente, más allá del medio o canal elegido.

Unos lo llaman integración, que es una manera de decir que vamos a construir una materia tan pestilente que impregnará cualquier entorno por igual, sea cual sea. Otros lo llaman 360, que es como proponer colocar un fantástico ventilador que rote para distribuir el mal olor en todas las direcciones.

El mercado se sofistica y evoluciona. Nosotros, por ejemplo, en mi agencia, hemos descubierto una metodología que consigue licuar la mierda. Sí, sí, la licuamos y así al verterla el mal olor se cuela y penetra por los poros de los distintos entornos de comunicación superando las barreras que los medios construyen para aislarla. Estamos muy contentos. Mucho.

Es la evolución. Los tiempos cambian que es una barbaridad, y todos nos adaptamos a estos nuevos tiempos a base de ponerle mucho esfuerzo, mucha imaginación y mucho oficio. Gracias a eso hoy, los creadores de materia hedionda, podemos sentirnos más que satisfechos, hemos afinado nuestras técnicas de una manera extraordinaria y nuestro trabajo es eficaz. Se podría decir que ya nadie en el mundo, por aislado que se encuentre, es capaz de escapar a nuestro mal olor. Es el triunfo de una profesión.

Lo que sería gracioso es que un día, después de felicitarnos por haber conseguido inundar el mundo de inmundicia, descubriéramos que la clave no era crear y esparcir más eficazmente hedores fétidos, sino conseguir que la publicidad, en vez de oler mal, desprenda un embriagador perfume.

Daniel Solana es presidente de DoubleYou

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Opiniones 24
  • Completamente de acuerdo, y más es el hedor cuando no tan sólo el publicista se contenta con difundir su mierda sino que le concede a esta una labor transcendental como si fuera poseedor de cierta responsabilidad social, tratando de creerse a sí mismo que su labor es sana y reconfortante para el común de los mortales, la «publicidad es buena».

  • Joder, Daniel, esto de las vacaciones – o la ausencia de ellas, no lo sé – te pone de un anímo muy sombrío.

    Es cierto que muy a menudo repartimos mierda, hiriendo la inteligencia, y con ella la pituitaria de nuestros destinatarios.

    El gran problema de la publicidad no es tanto que sea intrusiva como que sea insultantemente MALA, que considere a su público de una manera constante como de un nivel intelectual inferior al de los más bajos espectadores de la peor telebasura.

    Y de eso ALGUNOS publicitarios tienen ALGO de culpa, pero en mi experiencia – y estoy convencido de que en la tuya también – las tintas se cargan más en la mayoría de las marcas que nos hacen los encargos.

    Yo creo que la publicidad es víctima de su propia historia de prepotencia – de cuando le erá enormemente fácil imponerse, cada día le resulta menos sencillo – y está tomando un camino equivocado, forzando la integración o 360 – como tu dices, repartir la mierda en más sitios – en lugar de concentrar el esfuerzo en hacer los mensajes agradables para que el público quiera recibirlos.

    Son contados los mensajes que hacen un pequeño esfuerzo por ser frambuesa – en tu propia terminología de PostPublicidad, que te prometo comentar profusamente en la web cuando tenga tiempo -y esa sería una estrategia mucho más efectiva que, además, no nos cerraría puertas de los medios ni nos ganaría la inquina de los destinatarios.

    La falta de relevancia de muchos de los mensajes publicitarios para un espectador en particular – una circunstancia que tenemos que asumir para los medios masivos con la tecnología actual – se puede paliar en gran medida con piezas de contenido que aunque no sean relevantes, sean paladeables.

    Pues no, no vamos por ese camino – muy pocas marcas lo hacen, y se ven recompensados porque el público, su público, les persige a ellas en vez de la situación inversa.

    Si pusieramos tanto esfuerzo en crear contenido o experiencias que deleiten a nuestro público como el que ponemos en alcanzarlos allí donte estén, otro gallo nos cantara.

    Un abrazo, Daniel.

  • La publicidad está cambiando y mucho. Antes las marcas eran intrusivas. Hoy son generosas: Todo acabará siendo un Spotify: desde música hasta libros o restaurantes, ¿por qué no?).

    Antes los anuncios olían mal y eran repetitivos. Hoy, hablar de «anuncios» ya parece algo antiguo y mal oliente, cada vez más se habla de ideas de campaña que no tienen un formato concreto, y eso además de excitante para nosotros, también lo es para el consumidor final.

    Si la publicidad huele mal, y la hay, cada vez lo hace menos, porque nos hemos dado cuenta que los consumidores son homo sapiens sapiens tremendamente inteligentes y que quieren entrar al trapo, jugar, retarse y participar.

  • No estoy de acuerdo. Quitando la ironía y el doble sentido de tu articulo y como en cualquier profesión, hay maloliente mierda y maravilloso arte en la publicidad. No todos son buenos profesionales del medio ni todas las marcas son apestosas e irresponsables con sus productos. Y sobre todo la buena y eficaz publicidad no es la que se mete a la fuerza, por diferentes y ingeniosas metodologías, en la mente del consumidor. La buena publicidad, siempre, es la que da un mensaje de forma creativa, original y sin mentir.

  • Diecisiete párrafos para contar en cuatro palabras finales que la publicidad se puede hacer de otra manera, (que en vez de machacona puede proponer algo). Ese es uno de los problemas de la publicidad, que nos dais INFORMACIÓN NO SOLICITADA tras un largo ruido que no hace sino interrumpir información sí solicitada. Hay otras maneras de mantener los medios, espero que alguien las aplique, porque la publicidad es INFORMACIÓN NO SOLICITADA SIEMPRE. Huela o no huela, brillante o mate.
    Si deseáis reconocimiento, dejar de ser mercenarios de las marcas, sean cuales fueren los orígenes de sus beneficios o los métodos para obtenerlos. ¡Eso si que huele!.
    Engrasáis el consumo, entonces olvidaros de la poética del reconocimiento. El mío no lo tendréis.

  • yo también estoy de acuerdo en que esos formatos apestan 🙂

    pero quiero creer que hace tiempo que algunos publicitarios no nos consideramos rellenadores de espacios en formatos obsoletos. Lo que apesta es el formato, no el contenido. Prefiero creer que ya una gran cantidad de nosotros hemos evolucionado e intentamos generar contenidos (patrocinados eso si, no mordamos a la mano que nos da de comer) que siguen siendo mierda, pero huelen un poco mejor

    un abrazo Daniel

  • Hombre! todos hacen cosas buenas como malas. Porque no s’olo llevamos a un cliente. As’i que somos grises todos los d’ias.
    De todas formas,esto no deja de ser un post muy entretenido en el que al final todos nos chupamos las p***** hablando de creatividad y social media.
    Lo que empieza a oler a mierda es tanto blog sobre social media que no viene a ser m’as de una introducci’on te’orica.
    Boyero, aunque trabaje para canal+, que pagamos su sueldo los abonados, no debe saber que sus colegas de profesi’on viven de la publicidad. As’i que tambi’en ‘el suelta caca por su boca.
    O a ver c’omo se sustenta spotify, sino es por una combinaci’on de formatos, con sus anhos de vagaje. Quiz’as sea el momento de hacer una campanha, con lo bueno que hacen las marcas. Que ayudan a equipos a tener el presupuesto necesario para lograr grandes retos. Que ayudan a que las televisiones privadas ofrezcan mejores contenidos, dentro de lo que cabe.
    Es cierto que existe algunas estrategias est’an muy viejas, pero muchos formatos pueden seguir siendo perfectamente v’alidos.
    Por mucho que aboguemos por la creatividad, si veo 100 veces en una semana el mismo anuncio super creativo que al principio me flipaba, puede ser que le coja man’ia.
    Rememos todos junto que es una ‘epoca muy mala, y que cada uno vaya sobreviviviendo como pueda, aunque sea haciendo mierda. Que hay sueldos que pagar

  • Hola Daniel, puede que gran parte de tu discurso sea justificado, pero ¿por qué los publicitarios tenemos ese complejo de que lo que hacemos está mal? No conozco a ningún otro gremio tan masoquista consigo mismo como el publicitario. Hay comunicación publicitaria excelente, poca eso sí, pero muy buena. Dediquemos nuestra energía a poner en valor lo bueno en lugar de criticar lo que consideremos malo. Por cierto, felicidades por tu libro Postpublicidad, es bueno. Abracete. Juan Carlos Monroy.

  • Daniel, las frambuesas no huelen a mierda. Creo que tu ya tienes la formula para perfumarnos online.
    Sin embargo los dientes de leon sueltan cierto tufo a comida podrida…

  • ¿Y que profesión no huele a mierda hoy en día? Todas, salvo las de aquella gente que trabaja por vocación.
    El comentario de Boyero es cierto: la publicidad española es un puto coñazo. Desde mutuas madrileñas a mediterraneamente, ahora parece que da lo mismo que la mentira huela a mentira. Es aburrida, es mediocre y desprende ese tufillo a repetido al que huele el cine español que parece hecho por una sola persona, sea la película que sea.
    Seguimos viviendo en un país en el que gente que lleva cuentas millonarias cobra como un funcionario de Sri Lanka, mientras los directores creativos se limpian el culo con billetes de 500 euros.
    Seguimos viviendo en una profesión donde todos olvidan que la creatividad sin reveindicación es como una puta sin coño. Eso es lo que somos: putas sosas sin coño que no mueven ni un dedo, que se gastan sus escasísimos ahorros en ipods, viajes a Berlín y moleskines, mientras el mundo sigue girando, sin visos de que nada , ni nadie cambien.
    Y así nos brilla el pelo..

  • Espero que en el fondo todo lo dicho sea porque has tenido un mal día o una mala semana.

    Cierto que hay publicidad que apesta pero creo que no es aplicable a todo. Si para ti y todos los que ha comentado esta profesión es deplorable, a que se debe la elección?¿ Si no amas tu trabajo estás perdido. AL menos es lo que opino, por lo que siempre he tratado de hacer lo que me gustaba en todo momento y eso es aplicable a los estudios, por eso estoy estudiando Publicidad & Relaciones Públicas en estos momentos.

    Para ti seré un Freak, ya que me gusta mirar los anuncios y deleitarme con la buena publicidad y criticar la mala. No creo que la misión de un publicista sea la de engañar al consumidor, sino convertir un producto banal o poco conocido en algo interesante para el consumidor. Mientras la publicidad no engañe no hay ningún problema.

    Cierto es que cada vez hay más publicidad en todos lados, pero también lo es, que sin ella muchas series y programas no serían posibles. Sin publicidad no podríamos ver películas hasta mucho después de su estreno, lo mismo con las series. Por no hablar del «Product Placement» en series y películas, necesario para su realización, o al menos para disponer de un mayor presupuesto y conseguir un mayor resultado.

    Espero que tras acabar la carrera, perdón, el Grado, y empiece a trabajar no pierda el entusiasmo que me invade cada vez que tengo que realizar una campaña publicitaria o un spot, aunque sea ficticio.

    Como bien he leído en los comentarios, casi nadie hace nada para remediar ese desprecio por la publicidad y eso es una pena. El primer paso es aceptarlo, cosa que la mayoría habéis hecho, el segundo paso es buscar un remedio, algo un poco más complicado.

    Espero que los ánimos mejoren.

    Saludos desde la Guarida———–Tomás Iliescu

  • Se acabo la era de la respetabilidad y del reconocimiento.
    Ahora viene un señor que vive de escribir sobre un medio que casi siempre fabrica frambuesas, nos escupe y nos sienta mal. Bueno. Bien, pero una cosa es que no nos mole la saliva ajena y otra lamerse todas las heridas de golpe.
    La realidad es que nos la han metido doblada: tanto premio, tanto sueldo y tanto cargo en la tarjeta nos ha tenido drogados, ¡un campañon! que ha funcionado de cojones. En lugar de habernos dedicado a pensar en lo que hacíamos mientras lo hacíamos, nos hemos dedicado a celebrarlo bebiendo gin-tonics de ginebra cara y a escupirnos los unos a los otros; ¿eres de below o de above?, en menudo asco de fiesta hemos estado, ¿no?
    Toca hacer algo que no hemos hecho; convertirnos en profesionales profesionalizados pero sin que lo parezca, no perdamos el halo. Eso quiere decir que toca formarnos, ya que nadie quiere hacerlo. Que toca saber más cosas. Que toca mirar mejor. Que toca compartir. Que toca repartir. Que toca ser corporativos, pero de verdad. Que toca pasar página a esta época en la que hemos acabado siendo los restos de la fiesta.

  • Sólo hay una opción para oler bien. Que la publicidad cambie los planes de marketing de las marcas. Y que las marcas cambien la sociedad. Alguien debe romper la cadena. Nos han visto como los malos, pero tenemos la oportunidad de ser considerados como los buenos.
    Y es que los publicitarios nos damos cuenta antes que nadie de lo que la gente necesita porque les hablamos a ellos que también somos nosotros. Y porque ahora que el mensaje es más que nunca el medio, podemos mediante la elección del medio, cambiar el producto, la marca e, incluso, el conumidor.
    La gente ya no necesita marcas, ni productos, ni servicios. Necesita que les hagamos la vida más fácil, en forma de contenidos, de aplicaciones para I-hone, de spotify y música gratis, de contenidos educativos para libros infantiles, de becas para investigaciones, o de mujer de la limpieza (www.quelimperita.com) y así de paso, seguro que olemos requetebien.

  • ¡Me ecanta! No hay nada como crear truños, ponzoña, cacúmen… Me visualizo como un intestino sin recto y qué queréis, me gusta, porque no hay nada mejor que pringar a la gente de mierda, porque aquellos que sobrevivan serán los que creen contenidos en su contra, los que aporten alternativas a nuestros despropósitos, los que luchen ante nuestras obviedades… y ésos serán los que realmente creen Cultura.

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