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17 de octubre 2012    /   CINE/TV
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De la creatividad, por Dexter Morgan

17 de octubre 2012    /   CINE/TV     por          
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¿Qué es más fuerte, la pluma o la espada? Alan Moore nos dice que una espada mata a un hombre, pero una balada puede destrozar durante siglos la reputación de ese hombre. Gana la pluma, y de alguna forma muestra que el arte aprende del crimen, igual que el crimen aprende del arte.

En ocasiones el lenguaje es ambiguo: «asesinato pasional», decimos cuando el criminal se ha dejado conducir por el odio, los celos o la ira; pasiones que pueden mover la mano del artista. «Ejecución» llamamos a la interpretación del cuarteto de cuerda número 45 de Haydn.

Stephen King dice que escribir es como desenterrar un cadáver con un pincel. «Hitchcock rueda las escenas de amor como si fueran asesinatos, y los asesinatos como si fueran escenas de amor», dijo Truffaut. Algo de razón tendrá el francés, ¿acaso no deseamos devorar al objeto de nuestros deseos? Eso nos situaría un punto por debajo del canibalismo.

«Empezamos a darnos cuenta de que la composición de un buen asesinato exige algo más que un par de idiotas que matan o mueren, un cuchillo, una bolsa y un callejón oscuro», dice Thomas Quincey en su librito Del asesinato como una de las bellas artes, una obra satírica que más de uno ha tomado como guía. Patrick Hamilton lo rebatió con talento en La soga, y Hitchcock la adaptó al cine como sólo sabía hacerlo un perverso y un moralista. (Muéstralo todo, críticalo después).

No es raro que muchos artistas sean considerados malas personas por sus semejantes, e incluso criminales. Lewis Carrol y dos poetas menores son sospechosos de asesinar mujeres bajo el pseudonimo de Jack el Destripador. (Cada uno por su cuenta, no formando parte de una hermandad de asesinos —oye, no es un argumento descabellado…)

¿Agatha Christie, P.D. James y Sara Paretsky envenenarían a sus vecinos sin una máquina de escribir al alcance? No estamos seguros. En cualquier caso, estas damas del crimen preparan sus asesinatos con la misma meticulosidad que Dexter Morgan los suyos. A la inversa, Dexter sería un artista si cambiara el hacha, el punzón y el cuchillo por el pincel, el teclado o la cámara de fotos. (Y posiblemente seguiría haciendo daño con las formas, las palabras o el enfoque). Al fin y al cabo, Dexter relata sus aventuras, y sospechamos que para su relato procede de manera metódica, como si el código de Harry, su padre, guiara sus pasos.

Esta sería entonces su manera de enfocar lo mismo un crimen que una obra de arte:

Dexter ha tenido que convertirse en científico y guerrero antes de ser justiciero de la noche. De la misma manera, un artista debe practicar su arte y llenarse la cabeza de información, de experiencias y sensaciones antes de ponerse manos a la obra. Y cada obra requiere nuevos conocimientos y habilidades. Sólo así la ejecución será perfecta.

En la película Todo lo demás de Woody Allen hay una escena tan sencilla como fantástica. Allen conduce mientras habla a un joven escritor hablan sobre lo divino y lo humano. Cuando Allen quiere aparcar, dos tipos duros y sucios le quitan la plaza. Allen se marcha furioso. El joven escritor pide a Allen que no se enfade y escriba una sátira sobre esa gentuza para que todo el mundo pueda reírse. Allen da media vuelta y con el afloja tuercas del gato destroza los cristales del coche de esos tipejos. ¡Bravo, Woody!, gritamos saltando en el sofá. Posiblemente, la realidad es que Woody Allen nunca rompió los cristales, se marchó enfadado a su casa, y nos regaló una catártica escena.

«La soledad no es tan mala como se piensa, te permite escribir», dice Patricia Highsmith, otra gran dama del crimen. La inglesa no es el primer artista que habla de la soledad o el aislamiento para situarse en un estado creativo. Cuando nada interfiere en nuestros pensamientos, sólo nos oímos a nosotros mismos y lo que realmente pensamos de las cosas, nosotros, sin el ruido.

Hay que recortar, pulir, evitar que se vea el andamiaje y sus restos. También hay que «aprender a matar a las amantes», como dice el viejo guionista al joven: la escena que te gusta, el personaje que amas, quizá estropea o estorba o hace pesada una historia. El artista debe mostrar al mundo una criatura limpia, igual que Dexter muestra su embarcación sin restos de cadáveres. Ni un pegote, ni una línea de más.

¿Qué es más fuerte, la pluma o la espada? Alan Moore nos dice que una espada mata a un hombre, pero una balada puede destrozar durante siglos la reputación de ese hombre. Gana la pluma, y de alguna forma muestra que el arte aprende del crimen, igual que el crimen aprende del arte.

En ocasiones el lenguaje es ambiguo: «asesinato pasional», decimos cuando el criminal se ha dejado conducir por el odio, los celos o la ira; pasiones que pueden mover la mano del artista. «Ejecución» llamamos a la interpretación del cuarteto de cuerda número 45 de Haydn.

Stephen King dice que escribir es como desenterrar un cadáver con un pincel. «Hitchcock rueda las escenas de amor como si fueran asesinatos, y los asesinatos como si fueran escenas de amor», dijo Truffaut. Algo de razón tendrá el francés, ¿acaso no deseamos devorar al objeto de nuestros deseos? Eso nos situaría un punto por debajo del canibalismo.

«Empezamos a darnos cuenta de que la composición de un buen asesinato exige algo más que un par de idiotas que matan o mueren, un cuchillo, una bolsa y un callejón oscuro», dice Thomas Quincey en su librito Del asesinato como una de las bellas artes, una obra satírica que más de uno ha tomado como guía. Patrick Hamilton lo rebatió con talento en La soga, y Hitchcock la adaptó al cine como sólo sabía hacerlo un perverso y un moralista. (Muéstralo todo, críticalo después).

No es raro que muchos artistas sean considerados malas personas por sus semejantes, e incluso criminales. Lewis Carrol y dos poetas menores son sospechosos de asesinar mujeres bajo el pseudonimo de Jack el Destripador. (Cada uno por su cuenta, no formando parte de una hermandad de asesinos —oye, no es un argumento descabellado…)

¿Agatha Christie, P.D. James y Sara Paretsky envenenarían a sus vecinos sin una máquina de escribir al alcance? No estamos seguros. En cualquier caso, estas damas del crimen preparan sus asesinatos con la misma meticulosidad que Dexter Morgan los suyos. A la inversa, Dexter sería un artista si cambiara el hacha, el punzón y el cuchillo por el pincel, el teclado o la cámara de fotos. (Y posiblemente seguiría haciendo daño con las formas, las palabras o el enfoque). Al fin y al cabo, Dexter relata sus aventuras, y sospechamos que para su relato procede de manera metódica, como si el código de Harry, su padre, guiara sus pasos.

Esta sería entonces su manera de enfocar lo mismo un crimen que una obra de arte:

Dexter ha tenido que convertirse en científico y guerrero antes de ser justiciero de la noche. De la misma manera, un artista debe practicar su arte y llenarse la cabeza de información, de experiencias y sensaciones antes de ponerse manos a la obra. Y cada obra requiere nuevos conocimientos y habilidades. Sólo así la ejecución será perfecta.

En la película Todo lo demás de Woody Allen hay una escena tan sencilla como fantástica. Allen conduce mientras habla a un joven escritor hablan sobre lo divino y lo humano. Cuando Allen quiere aparcar, dos tipos duros y sucios le quitan la plaza. Allen se marcha furioso. El joven escritor pide a Allen que no se enfade y escriba una sátira sobre esa gentuza para que todo el mundo pueda reírse. Allen da media vuelta y con el afloja tuercas del gato destroza los cristales del coche de esos tipejos. ¡Bravo, Woody!, gritamos saltando en el sofá. Posiblemente, la realidad es que Woody Allen nunca rompió los cristales, se marchó enfadado a su casa, y nos regaló una catártica escena.

«La soledad no es tan mala como se piensa, te permite escribir», dice Patricia Highsmith, otra gran dama del crimen. La inglesa no es el primer artista que habla de la soledad o el aislamiento para situarse en un estado creativo. Cuando nada interfiere en nuestros pensamientos, sólo nos oímos a nosotros mismos y lo que realmente pensamos de las cosas, nosotros, sin el ruido.

Hay que recortar, pulir, evitar que se vea el andamiaje y sus restos. También hay que «aprender a matar a las amantes», como dice el viejo guionista al joven: la escena que te gusta, el personaje que amas, quizá estropea o estorba o hace pesada una historia. El artista debe mostrar al mundo una criatura limpia, igual que Dexter muestra su embarcación sin restos de cadáveres. Ni un pegote, ni una línea de más.

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