Publicado: 14 de octubre 2015 10:24  /   CREATIVIDAD
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Creatividad y melancolía

Publicado: 14 de octubre 2015 10:24  /   CREATIVIDAD     por          
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Uno enciende la tele y encuentra la enésima reposición de una comedia de situación de dos décadas atrás. Una comedia que no gana adeptos: mantiene a los que tiene, cada vez con más achaques. Quizás las mismas personas que ven programas de recopilación de actuaciones en televisión de cantantes de los setenta y los ochenta. Quizá las mismas que compran los envases de cacao y de cola y detergente «como los de antes». Las que compran libros y siguen páginas web que recopilan imágenes de cosas que los niños usaron en los tiempos de EGB. Las mismas que tienen como ídolos cinematográficos a personajes que vio a los diez años. El negocio de la melancolía.
La melancolía puede ser placentera para un cierto público, pero fatal para un artista. La melancolía es un estancamiento de la industria y de la creatividad. El artista debería hacer dinero con ella sin sentir vergüenza (remezclando, recopilando) o escapar si quiere hacer algo nuevo.
La propia melancolía
No toda melancolía es nefasta para el artista. Digamos que hay una melancolía colectiva (la que sustenta los negocios mencionados arriba) y una melancolía individual que reúne vivencias propias. Aquí caben las visitas al pueblo, el amor que no cuajó porque éramos pequeños y cobardes, y el amor que fracasó porque era el primero y no sabíamos manejar nuevas emociones. Y aunque la mayoría de las personas tuvo abuelos de pueblo y fracasos en el amor, cada abuelo y cada amor perdido es de cada quien. Esta es la melancolía que arropa en los momentos más tristes o solitarios. Nos hace creer que la vida no ha sido un asco.
La melancolía individual puede ayudar a la creatividad. Patricia Highsmith dijo que un poco de tristeza puede venir bien para la escritura. El artista puede traducir su saco de vivencias en una obra. El artista que atrae es el que partiendo de su propia melancolía conecta con la melancolía ajena.
La melancolía colectiva es una jaula
Luego hay una melancolía colectiva. La considero colectiva aunque podría llamarla artificial. No es una melancolía de momentos personales. Es una melancolía relacionada con lo que consumimos: objetos industriales, y cine y televisión. Esta melancolía es nociva para un artista. El artista no debe, como el público, revisar una y otra vez series y películas que debieron haberse olvidado hace décadas. Se entra en un círculo que impide mirar adelante. El artista no debe ser cómodo como el público, que es un hámster dando vueltas en una rueda.
Ir mucho más atrás
Esto no quiere decir que un artista no deba mirar al pasado. Pero, cuidado, el pasado desconocido es descubrimiento; el pasado conocido es melancolía. Y si es una melancolía colectiva, es una melancolía como de segunda mano. Como recuerdos prestados.

Uno enciende la tele y encuentra la enésima reposición de una comedia de situación de dos décadas atrás. Una comedia que no gana adeptos: mantiene a los que tiene, cada vez con más achaques. Quizás las mismas personas que ven programas de recopilación de actuaciones en televisión de cantantes de los setenta y los ochenta. Quizá las mismas que compran los envases de cacao y de cola y detergente «como los de antes». Las que compran libros y siguen páginas web que recopilan imágenes de cosas que los niños usaron en los tiempos de EGB. Las mismas que tienen como ídolos cinematográficos a personajes que vio a los diez años. El negocio de la melancolía.
La melancolía puede ser placentera para un cierto público, pero fatal para un artista. La melancolía es un estancamiento de la industria y de la creatividad. El artista debería hacer dinero con ella sin sentir vergüenza (remezclando, recopilando) o escapar si quiere hacer algo nuevo.
La propia melancolía
No toda melancolía es nefasta para el artista. Digamos que hay una melancolía colectiva (la que sustenta los negocios mencionados arriba) y una melancolía individual que reúne vivencias propias. Aquí caben las visitas al pueblo, el amor que no cuajó porque éramos pequeños y cobardes, y el amor que fracasó porque era el primero y no sabíamos manejar nuevas emociones. Y aunque la mayoría de las personas tuvo abuelos de pueblo y fracasos en el amor, cada abuelo y cada amor perdido es de cada quien. Esta es la melancolía que arropa en los momentos más tristes o solitarios. Nos hace creer que la vida no ha sido un asco.
La melancolía individual puede ayudar a la creatividad. Patricia Highsmith dijo que un poco de tristeza puede venir bien para la escritura. El artista puede traducir su saco de vivencias en una obra. El artista que atrae es el que partiendo de su propia melancolía conecta con la melancolía ajena.
La melancolía colectiva es una jaula
Luego hay una melancolía colectiva. La considero colectiva aunque podría llamarla artificial. No es una melancolía de momentos personales. Es una melancolía relacionada con lo que consumimos: objetos industriales, y cine y televisión. Esta melancolía es nociva para un artista. El artista no debe, como el público, revisar una y otra vez series y películas que debieron haberse olvidado hace décadas. Se entra en un círculo que impide mirar adelante. El artista no debe ser cómodo como el público, que es un hámster dando vueltas en una rueda.
Ir mucho más atrás
Esto no quiere decir que un artista no deba mirar al pasado. Pero, cuidado, el pasado desconocido es descubrimiento; el pasado conocido es melancolía. Y si es una melancolía colectiva, es una melancolía como de segunda mano. Como recuerdos prestados.

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