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8 de febrero 2018    /   CREATIVIDAD
por
ilustracion  Ana Galvañ

Creativos en la oficina: tumbando mitos

8 de febrero 2018    /   CREATIVIDAD     por        ilustracion  Ana Galvañ
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Cuando pensamos en alguien muy creativo, nos viene a la cabeza la idea del silencio, la concentración, la alegría de la inspiración y el frenesí ininterrumpido de la creación durante horas. Es decir, nos viene a la cabeza lo contrario de lo que se encuentran los creativos en la oficina.

Resulta muy fácil dejarse seducir por la moda que imponen los espacios abiertos por encima de los tabiques, la inteligencia y responsabilidad colectivas por encima de las individuales o las maravillas de lo digital por encima del boli y el papel. Todo se asocia inconscientemente a la economía del conocimiento y el talento y, por fin, a la innovación. Pero ¿cómo vas a innovar en una oficina que no se parezca a una nave espacial? ¿Todavía trabajas en una empresa con despachos?

La realidad es bastante más compleja y, en ocasiones, necesitamos que nos lo recuerden. Eso es lo que hace el consultor y formador de ejecutivos Agustín Peralt en Lidérate, un libro que cuestiona muchos de los mitos que pueden convertirse en obstáculos para los profesionales creativos. También ofrece sus propias soluciones.

El primer mito es que las oficinas abiertas están diseñadas para fomentar el rendimiento y la innovación con la ayuda, claro, de las nuevas tecnologías. Aquí se obvia con descaro la parte de la realidad que las convierte en armas de distracción masiva. El hecho es que apenas podemos concentrarnos durante más de 20 minutos seguidos con tanto ruido. Además, la tierra prometida de la mayor colaboración creativa entre profesionales que se ven cara a cara se puede alcanzar sin que se sienten al lado: basta con crear espacios comunes que incentiven la interacción entre miembros de distintos departamentos.

No es tan sorprendente. Pensemos, por ejemplo, en una ingeniera que intenta dar una solución a un problema difícil y urgente, mientras recibe decenas de correos superfluos, y los mensajes de WhatsApp de su compañero llegan uno tras otro con el pitido habitual o las vibraciones sobre la mesa. Si es un meme graciosísimo, seguro que Manolo le da con el codo: qué pasada, te vas a partir de la risa. Ella sonríe porque está trabajando y no quiere ser borde. Acaban de desconcentrarla. Vuelta a empezar.

Según una investigación de la Universidad Northwestern, las personas más creativas se distraen con más facilidad. Esto implica que un ambiente lleno de estímulos que las fuerza a la multitarea, sin apenas espacios para la soledad y que no invita a parar y reflexionar, daña su capacidad para crear e innovar y, con ella, la de la empresa.

La multitarea no solo es una condena para los dispersos. Un estudio académico denuncia que puede hundir la productividad de un profesional hasta en un 40% y otro estima un descenso de hasta 15 puntos en el cociente intelectual, lo que puede dejarnos con la capacidad de un niño de ocho años. Las autoridades sanitarias deberían advertirlo: la multitarea puede convertirte en idiota.

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Abre los ojos

Sabes que esos entornos no ayudan cuando ves a profesionales a los que les pagan por pensar encerrándose en las salas de reuniones vacías, si es que hay alguna libre, para buscar un mínimo de paz y ordenar sus ideas (por supuesto, los directivos han dejado las oficinas abiertas para el resto y se han reservado los despachos). También sabes que algo va mal cuando toda la plantilla tiene que salir a la calle para hacer una llamada personal porque en su puesto no existe privacidad.

Seamos claros: ante el bombardeo permanente de la multitarea obligatoria y el trabajo en equipo hasta cuando no es necesario, los grupos de chat que no aportan nada pero distraen, la inteligencia colectiva y las responsabilidades que no asume nadie, Peralt recuerda que lo primero es el individuo concreto, su atención plena y su responsabilidad intransferible. Sin eso, ni hay inteligencia ni hay colectivo ni habrá toda la creatividad que podría haber.

Pasamos al siguiente mito: los compañeros son una gran oportunidad para trabajar en equipo, añadir más valor, aprender y crecer en la diversidad. Otra vez, decimos la mitad la realidad y olvidamos, entre otros, a los compañeros charlatanes, las políticas de oficina que solo sirven para demostrar superioridad o las reuniones inútiles.

Para Peralt, en las oficinas existen, a efectos de productividad, cinco tipos de compañeros. La mayoría son ‘perezosos activos’ (echan muchas horas y priorizan lo que les gusta, no lo importante), ‘brillantes sin sistema’ (inteligentes que no exprimen su potencial porque carecen de método y voluntad para hacerlo), ‘voluntariosos desenfocados’ (se matan a trabajar sin ningún orden, se queman a lo bestia y viven y proyectan estrés y angustia) y ‘pillos holgazanes’ (hacen lo mínimo imprescindible a última hora y no les importan las necesidades de los demás).

Se salva, para el experto, una minoría, la de los ‘astutos productivos’, que trabajan con atención plena, priorizan lo importante en sus agendas, no estiran absurdamente la jornada y saben decir que no, con mucha diplomacia pero sin miramientos, a quienes los distraen en momentos claves. Peralt, básicamente, les susurra a sus lectores: mírate en el espejo y decide a quién te quieres parecer.

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Creativos disciplinados

Pero no se conforma con cuestionar y matizar las virtudes de los espacios o de la obsesión con el grupo. También tiene algo que decir sobre la altísima productividad de los profesionales del conocimiento, muchos de los cuales son creativos y, por eso, innovan y diseñan soluciones y estrategias diferentes, asombrosas y originales.

El mito más extendido es que, si estos profesionales quieren apurar hasta el borde todo su potencial innovador a largo plazo, basta con que tengan talento, formación y capacidad para hacer sacrificios y forjar alianzas. La realidad, sin embargo, es que también necesitan tres cualidades adicionales que no siempre se relacionan con los creativos.

La primera es una disciplina casi marcial que les permita rechazar distracciones, mantenerse concentrados y atentos, cumplir sus objetivos con constancia y evaluar periódicamente, con boli y papel, si han estado a la altura de lo que se propusieron. La segunda es planificarse las semanas de tal modo que puedan reservarse espacios de alta calidad y concentración, sin interrupciones, para abordar las cuestiones que exijan toda su creatividad. Esa planificación también debería servir para priorizar lo importante y lo urgente, aprender a delegar lo que no lo es y destinar para las horas más tontas de la jornada las actividades de puro trámite. La tercera virtud es el seguimiento de rutinas saludables como la alimentación equilibrada, el deporte regular o las horas de sueño.

Todas estas cualidades (la disciplina, la planificación y las rutinas) quizás suenen extrañas cuando hablamos de profesionales muy creativos. El motivo, probablemente, es la vieja confusión entre los creativos y los artistas, entre los artistas y los bohemios, y entre la bohemia como pose y la bohemia como forma de vida a largo plazo.

Hay millones de profesionales creativos que no se dedican ni a escribir ni a pintar sino a emprender, construir o diseñar. Los artistas que mantienen su creatividad a largo plazo necesitan, normalmente, rutinas, planificación y atención. Y, por fin, los artistas exitosos y serios aspiran a vivir cómodamente —y no a malvivir— de su vocación y ponen los medios para lograrlo. Hay excepciones, por supuesto, pero son minoritarias.

El último mito que cuestiona el libro, y que también tiene consecuencias para los creativos, es que hay que aspirar a delimitar con precisión la vida profesional y la vida personal para poder conciliarlas. Por supuesto, no se debe ni vivir siempre conectado al trabajo ni atrincherarse como un okupa en la oficina. Sin embargo, una vez más, obviamos la otra cara de la realidad.

No existe vida profesional sin vida personal, porque, para empezar, somos la misma persona y no cambiamos de cerebro a las seis de la tarde y la inspiración y las mejores ideas no surgen necesariamente de nueve a cinco. Para continuar, la energía que necesitas para trabajar viene de cómo te alimentas, disfrutas, te relajas, te comunicas y te cuidas en los espacios de ocio.

En este sentido, y en muchos otros, si tu vida personal es un desastre, el trabajo de tus sueños se convertirá en un mero refugio antibombas. Si odias tu trabajo, volcarás tu amargura sobre tu vida y la de los tuyos. Además, basta observar en las familias jóvenes hasta qué punto recurren a la planificación para comprar una vivienda, hacer un viaje fantástico o estar con sus hijos. También se disciplinan para que esos momentos sean suyos, sin interrupciones, especiales.

Cuando pensamos en alguien muy creativo, nos viene a la cabeza la idea del silencio, la concentración, la alegría de la inspiración y el frenesí ininterrumpido de la creación durante horas. Es decir, nos viene a la cabeza lo contrario de lo que se encuentran los creativos en la oficina.

Resulta muy fácil dejarse seducir por la moda que imponen los espacios abiertos por encima de los tabiques, la inteligencia y responsabilidad colectivas por encima de las individuales o las maravillas de lo digital por encima del boli y el papel. Todo se asocia inconscientemente a la economía del conocimiento y el talento y, por fin, a la innovación. Pero ¿cómo vas a innovar en una oficina que no se parezca a una nave espacial? ¿Todavía trabajas en una empresa con despachos?

La realidad es bastante más compleja y, en ocasiones, necesitamos que nos lo recuerden. Eso es lo que hace el consultor y formador de ejecutivos Agustín Peralt en Lidérate, un libro que cuestiona muchos de los mitos que pueden convertirse en obstáculos para los profesionales creativos. También ofrece sus propias soluciones.

El primer mito es que las oficinas abiertas están diseñadas para fomentar el rendimiento y la innovación con la ayuda, claro, de las nuevas tecnologías. Aquí se obvia con descaro la parte de la realidad que las convierte en armas de distracción masiva. El hecho es que apenas podemos concentrarnos durante más de 20 minutos seguidos con tanto ruido. Además, la tierra prometida de la mayor colaboración creativa entre profesionales que se ven cara a cara se puede alcanzar sin que se sienten al lado: basta con crear espacios comunes que incentiven la interacción entre miembros de distintos departamentos.

No es tan sorprendente. Pensemos, por ejemplo, en una ingeniera que intenta dar una solución a un problema difícil y urgente, mientras recibe decenas de correos superfluos, y los mensajes de WhatsApp de su compañero llegan uno tras otro con el pitido habitual o las vibraciones sobre la mesa. Si es un meme graciosísimo, seguro que Manolo le da con el codo: qué pasada, te vas a partir de la risa. Ella sonríe porque está trabajando y no quiere ser borde. Acaban de desconcentrarla. Vuelta a empezar.

Según una investigación de la Universidad Northwestern, las personas más creativas se distraen con más facilidad. Esto implica que un ambiente lleno de estímulos que las fuerza a la multitarea, sin apenas espacios para la soledad y que no invita a parar y reflexionar, daña su capacidad para crear e innovar y, con ella, la de la empresa.

La multitarea no solo es una condena para los dispersos. Un estudio académico denuncia que puede hundir la productividad de un profesional hasta en un 40% y otro estima un descenso de hasta 15 puntos en el cociente intelectual, lo que puede dejarnos con la capacidad de un niño de ocho años. Las autoridades sanitarias deberían advertirlo: la multitarea puede convertirte en idiota.

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Abre los ojos

Sabes que esos entornos no ayudan cuando ves a profesionales a los que les pagan por pensar encerrándose en las salas de reuniones vacías, si es que hay alguna libre, para buscar un mínimo de paz y ordenar sus ideas (por supuesto, los directivos han dejado las oficinas abiertas para el resto y se han reservado los despachos). También sabes que algo va mal cuando toda la plantilla tiene que salir a la calle para hacer una llamada personal porque en su puesto no existe privacidad.

Seamos claros: ante el bombardeo permanente de la multitarea obligatoria y el trabajo en equipo hasta cuando no es necesario, los grupos de chat que no aportan nada pero distraen, la inteligencia colectiva y las responsabilidades que no asume nadie, Peralt recuerda que lo primero es el individuo concreto, su atención plena y su responsabilidad intransferible. Sin eso, ni hay inteligencia ni hay colectivo ni habrá toda la creatividad que podría haber.

Pasamos al siguiente mito: los compañeros son una gran oportunidad para trabajar en equipo, añadir más valor, aprender y crecer en la diversidad. Otra vez, decimos la mitad la realidad y olvidamos, entre otros, a los compañeros charlatanes, las políticas de oficina que solo sirven para demostrar superioridad o las reuniones inútiles.

Para Peralt, en las oficinas existen, a efectos de productividad, cinco tipos de compañeros. La mayoría son ‘perezosos activos’ (echan muchas horas y priorizan lo que les gusta, no lo importante), ‘brillantes sin sistema’ (inteligentes que no exprimen su potencial porque carecen de método y voluntad para hacerlo), ‘voluntariosos desenfocados’ (se matan a trabajar sin ningún orden, se queman a lo bestia y viven y proyectan estrés y angustia) y ‘pillos holgazanes’ (hacen lo mínimo imprescindible a última hora y no les importan las necesidades de los demás).

Se salva, para el experto, una minoría, la de los ‘astutos productivos’, que trabajan con atención plena, priorizan lo importante en sus agendas, no estiran absurdamente la jornada y saben decir que no, con mucha diplomacia pero sin miramientos, a quienes los distraen en momentos claves. Peralt, básicamente, les susurra a sus lectores: mírate en el espejo y decide a quién te quieres parecer.

creativos1

Creativos disciplinados

Pero no se conforma con cuestionar y matizar las virtudes de los espacios o de la obsesión con el grupo. También tiene algo que decir sobre la altísima productividad de los profesionales del conocimiento, muchos de los cuales son creativos y, por eso, innovan y diseñan soluciones y estrategias diferentes, asombrosas y originales.

El mito más extendido es que, si estos profesionales quieren apurar hasta el borde todo su potencial innovador a largo plazo, basta con que tengan talento, formación y capacidad para hacer sacrificios y forjar alianzas. La realidad, sin embargo, es que también necesitan tres cualidades adicionales que no siempre se relacionan con los creativos.

La primera es una disciplina casi marcial que les permita rechazar distracciones, mantenerse concentrados y atentos, cumplir sus objetivos con constancia y evaluar periódicamente, con boli y papel, si han estado a la altura de lo que se propusieron. La segunda es planificarse las semanas de tal modo que puedan reservarse espacios de alta calidad y concentración, sin interrupciones, para abordar las cuestiones que exijan toda su creatividad. Esa planificación también debería servir para priorizar lo importante y lo urgente, aprender a delegar lo que no lo es y destinar para las horas más tontas de la jornada las actividades de puro trámite. La tercera virtud es el seguimiento de rutinas saludables como la alimentación equilibrada, el deporte regular o las horas de sueño.

Todas estas cualidades (la disciplina, la planificación y las rutinas) quizás suenen extrañas cuando hablamos de profesionales muy creativos. El motivo, probablemente, es la vieja confusión entre los creativos y los artistas, entre los artistas y los bohemios, y entre la bohemia como pose y la bohemia como forma de vida a largo plazo.

Hay millones de profesionales creativos que no se dedican ni a escribir ni a pintar sino a emprender, construir o diseñar. Los artistas que mantienen su creatividad a largo plazo necesitan, normalmente, rutinas, planificación y atención. Y, por fin, los artistas exitosos y serios aspiran a vivir cómodamente —y no a malvivir— de su vocación y ponen los medios para lograrlo. Hay excepciones, por supuesto, pero son minoritarias.

El último mito que cuestiona el libro, y que también tiene consecuencias para los creativos, es que hay que aspirar a delimitar con precisión la vida profesional y la vida personal para poder conciliarlas. Por supuesto, no se debe ni vivir siempre conectado al trabajo ni atrincherarse como un okupa en la oficina. Sin embargo, una vez más, obviamos la otra cara de la realidad.

No existe vida profesional sin vida personal, porque, para empezar, somos la misma persona y no cambiamos de cerebro a las seis de la tarde y la inspiración y las mejores ideas no surgen necesariamente de nueve a cinco. Para continuar, la energía que necesitas para trabajar viene de cómo te alimentas, disfrutas, te relajas, te comunicas y te cuidas en los espacios de ocio.

En este sentido, y en muchos otros, si tu vida personal es un desastre, el trabajo de tus sueños se convertirá en un mero refugio antibombas. Si odias tu trabajo, volcarás tu amargura sobre tu vida y la de los tuyos. Además, basta observar en las familias jóvenes hasta qué punto recurren a la planificación para comprar una vivienda, hacer un viaje fantástico o estar con sus hijos. También se disciplinan para que esos momentos sean suyos, sin interrupciones, especiales.

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Opiniones 3
  • Genial Gonzalo. Lei hasta el final todo el Link. Y coincido en este estudio. Aveces cuando estoy en mi oficina abierta y a cierta hora sólo escucho un ruido infernal de miles de voces hablando al mismo tiempo.. Me he preguntado? Como se puede concentrar así? Gracias

  • Imagina ser el único creativo, de marketing en una empresa…Todo abierto con gritos, ¡Parece una verdulería! Me encanta tu análisis, de verdad. Esto es una verdad como un puño:

    «No existe vida profesional sin vida personal, porque, para empezar, somos la misma persona y no cambiamos de cerebro a las seis de la tarde y la inspiración y las mejores ideas no surgen necesariamente de nueve a cinco»

    Grandioso

  • Fantástico artículo. Y gratificante leer opiniones frescas, y no una colección de retuits empresarialmente correctos. Un blog que se centra en las ideas, en lo significativo, y no en el SEO («10 trucos para ser creativo que no te habían contado», y cosas así) por el SEO.
    Mil gracias.

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