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16 de abril 2018    /   CREATIVIDAD
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De cuqui a punki: la evolución sideral de Cristina Daura

16 de abril 2018    /   CREATIVIDAD     por          
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Cristina Daura suele terminar sus charlas con una ilustración suya de una muñeca decapitada y dos citas. La primera es «Follow your dreams». La segunda reza: «Unless they are paying your bills, pay them bitches no mind» (algo así como «No hagas ni caso a las zorras a menos que te estén pagando las facturas»).

«Ya, sé que suena muy cuqui», se justifica Daura refiriéndose, obviamente, a la primera afirmación. «Yo odiaba todo ese rollo positivo, pero al final me han salido las cosas bien. He acabado siendo ilustradora, así que hay algo de verdad en eso de “no decaigas, que las cosas más tarde pueden ir bien”». Sobre la segunda cita, Daura explica que es de Ru Paul, drag queen, filósofa trash e ídolo personal suyo. «Eso que dice pasa mucho en internet. Hay mucha envidia, mucha mierda, pero si no te están pagando las facturas, que les den por culo».

voltio

festival-carab_2017_2017

farsa

Cristina Daura es divertida y ocurrente. Habla mucho y muy bien. Subraya sus discursos con palabras malsonantes. Es original. Es natural. De alguna forma, esta joven barcelonesa ha conseguido trasladar todas estas características a su trabajo. Sus ilustraciones tienen una voz propia, y hablando con ella uno constata que no podría dibujar de otra forma. En realidad lo hizo, explica. Y no funcionó.

«Cuando empecé en esto hacía unos truños como la copa de un pino», indica. «Adaptaba mi estilo a lo que estaba de moda, a lo que me pedían, y acababa haciendo cosas para agencias que ni siquiera quería firmar». Era la época del bum de la ilustración, de la estética naif y la exposición masiva de Instagram, preceptos que no casan con Daura, pero que tuvo que abrazar para sobrevivir. «Para mí, dibujar es algo muy personal, muy de puertas para adentro; y de repente tenías que exponerte al 100%. Pero había que tragar y al entrar en el mundo profesional, tuve que cambiar el chip y adaptar mi estilo a algo mucho más comercial».

 

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Cuando empecé en esto hacía unos truños como la copa de un pino. Adaptaba mi estilo a lo que estaba de moda

Todo cambió con una exposición colectiva llamada La ciudad en viñetas. «Me avisó mi amigo [el también ilustrador] Puño. Me dijo “puedes hacer lo que quieras” y yo me lo tomé a rajatabla». Daura tiró de todas aquellas ideas que le habían rechazado en anteriores trabajos, potenció el estilo que tenía que maquillar para ganarse la vida y apostó por lo que ella creía.

El resultado fue un cómic surrealista en tonos lisérgicos, cuatro páginas en las que el manejo del color, la original distribución de las viñetas y lo disparatado de la historia conformaron un conjunto que llamó la atención. «Ahí empezó a verme la gente», explica la ilustradora. El primero en verla fue un periodista de la web inglesa It’s Nice That, que reseñó su trabajo con palabras elocuentes y superlativas. «Dijo que no se había enterado de una mierda de mi comic, porque estaba en castellano, pero que le había gustado». Después la vieron en el New York Times y en el New Yorker. Ellos no querían hacer un artículo sobre ella. Querían colaborar con ella.

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«La verdad es que me empezó saliendo más trabajo en el extranjero», reflexiona la artista. En cualquier caso, los encargos se multiplicaban y eran de lo más variado. Daura compagina las ilustraciones en revistas culturales con la cartelería de salas de fiestas como Razzmatazz. Plasma su trabajo en pines, en camisetas, en carteles de festivales o de discos (el último de Joe Crepúsculo lleva su firma). Hace portadas de libros y sigue trabajando en formato cómic. Su estilo, además de original, está demostrando ser todoterreno. Ya no se ve obligada a suavizarlo en función del cliente. «De hecho ahora me piden que se me vaya la olla, que haga cosas más locas y sea menos conservadora», dice ella con un poso de incredulidad.

Cristina Daura dibujaba mucho cuando era una niña. «Veía las películas con la luz encendida para poder dibujar, cosa que a mi hermano le sacaba de quicio», recuerda. «Dibujaba en el coche hasta marearme”, explica. Dice que esta es una historia trillada, que todos los niños, aún más los que acaban siendo ilustradores, dibujan mucho y en contextos un tanto extraños. Ahora Cristina Daura ve las películas con la luz apagada («tampoco las veo mucho porque me quedo dormida», apostilla).

No dibuja en el coche porque prefiere no marearse. Pero siempre lleva una libreta preparada para tomar notas y garabatos, ideas para futuras ilustraciones. Ha conseguido que su afición se convierta en su profesión, y ha logrado, a base de empeño, crearse un estilo propio. Por eso se permite utilizar una frase manida y cuqui, adjetivos que no casan en absoluto con su personalidad. Follow your dreams, sigue diciendo. And pay them bitches no mind.

v

the-chill

Cristina Daura suele terminar sus charlas con una ilustración suya de una muñeca decapitada y dos citas. La primera es «Follow your dreams». La segunda reza: «Unless they are paying your bills, pay them bitches no mind» (algo así como «No hagas ni caso a las zorras a menos que te estén pagando las facturas»).

«Ya, sé que suena muy cuqui», se justifica Daura refiriéndose, obviamente, a la primera afirmación. «Yo odiaba todo ese rollo positivo, pero al final me han salido las cosas bien. He acabado siendo ilustradora, así que hay algo de verdad en eso de “no decaigas, que las cosas más tarde pueden ir bien”». Sobre la segunda cita, Daura explica que es de Ru Paul, drag queen, filósofa trash e ídolo personal suyo. «Eso que dice pasa mucho en internet. Hay mucha envidia, mucha mierda, pero si no te están pagando las facturas, que les den por culo».

voltio

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farsa

Cristina Daura es divertida y ocurrente. Habla mucho y muy bien. Subraya sus discursos con palabras malsonantes. Es original. Es natural. De alguna forma, esta joven barcelonesa ha conseguido trasladar todas estas características a su trabajo. Sus ilustraciones tienen una voz propia, y hablando con ella uno constata que no podría dibujar de otra forma. En realidad lo hizo, explica. Y no funcionó.

«Cuando empecé en esto hacía unos truños como la copa de un pino», indica. «Adaptaba mi estilo a lo que estaba de moda, a lo que me pedían, y acababa haciendo cosas para agencias que ni siquiera quería firmar». Era la época del bum de la ilustración, de la estética naif y la exposición masiva de Instagram, preceptos que no casan con Daura, pero que tuvo que abrazar para sobrevivir. «Para mí, dibujar es algo muy personal, muy de puertas para adentro; y de repente tenías que exponerte al 100%. Pero había que tragar y al entrar en el mundo profesional, tuve que cambiar el chip y adaptar mi estilo a algo mucho más comercial».

 

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Cuando empecé en esto hacía unos truños como la copa de un pino. Adaptaba mi estilo a lo que estaba de moda

Todo cambió con una exposición colectiva llamada La ciudad en viñetas. «Me avisó mi amigo [el también ilustrador] Puño. Me dijo “puedes hacer lo que quieras” y yo me lo tomé a rajatabla». Daura tiró de todas aquellas ideas que le habían rechazado en anteriores trabajos, potenció el estilo que tenía que maquillar para ganarse la vida y apostó por lo que ella creía.

El resultado fue un cómic surrealista en tonos lisérgicos, cuatro páginas en las que el manejo del color, la original distribución de las viñetas y lo disparatado de la historia conformaron un conjunto que llamó la atención. «Ahí empezó a verme la gente», explica la ilustradora. El primero en verla fue un periodista de la web inglesa It’s Nice That, que reseñó su trabajo con palabras elocuentes y superlativas. «Dijo que no se había enterado de una mierda de mi comic, porque estaba en castellano, pero que le había gustado». Después la vieron en el New York Times y en el New Yorker. Ellos no querían hacer un artículo sobre ella. Querían colaborar con ella.

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«La verdad es que me empezó saliendo más trabajo en el extranjero», reflexiona la artista. En cualquier caso, los encargos se multiplicaban y eran de lo más variado. Daura compagina las ilustraciones en revistas culturales con la cartelería de salas de fiestas como Razzmatazz. Plasma su trabajo en pines, en camisetas, en carteles de festivales o de discos (el último de Joe Crepúsculo lleva su firma). Hace portadas de libros y sigue trabajando en formato cómic. Su estilo, además de original, está demostrando ser todoterreno. Ya no se ve obligada a suavizarlo en función del cliente. «De hecho ahora me piden que se me vaya la olla, que haga cosas más locas y sea menos conservadora», dice ella con un poso de incredulidad.

Cristina Daura dibujaba mucho cuando era una niña. «Veía las películas con la luz encendida para poder dibujar, cosa que a mi hermano le sacaba de quicio», recuerda. «Dibujaba en el coche hasta marearme”, explica. Dice que esta es una historia trillada, que todos los niños, aún más los que acaban siendo ilustradores, dibujan mucho y en contextos un tanto extraños. Ahora Cristina Daura ve las películas con la luz apagada («tampoco las veo mucho porque me quedo dormida», apostilla).

No dibuja en el coche porque prefiere no marearse. Pero siempre lleva una libreta preparada para tomar notas y garabatos, ideas para futuras ilustraciones. Ha conseguido que su afición se convierta en su profesión, y ha logrado, a base de empeño, crearse un estilo propio. Por eso se permite utilizar una frase manida y cuqui, adjetivos que no casan en absoluto con su personalidad. Follow your dreams, sigue diciendo. And pay them bitches no mind.

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