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17 de diciembre 2018    /   CREATIVIDAD
por
fotografia  Fátima Ruiz

El crítico de arte de Youtube que pone en cuarentena a figuras como Dalí o Miró

17 de diciembre 2018    /   CREATIVIDAD     por        fotografia  Fátima Ruiz
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Existen dos reacciones posibles ante los alegatos artísticos de Antonio García Villarán. La primera es el burbujeo entusiasta de descubrir que detrás de ciertas grandes figuras u obras de arte hay mucha trampa, muchas verdades soterradas. La segunda es ofenderse y sublevarse.

El zarandeo al que somete a personalidades incuestionadas como Salvador Dalí o Antonio López es tal que muchos desearían que fuera solo un tío que despotrica y escupe cuñadismos. Pero sus opiniones parecen fundamentarse siempre en la investigación, cosa no incompatible con el gusto por la polémica.

«Lo que digo en los vídeos es lo mismo que digo y he dicho en mis clases. Siempre me ha apasionado el arte, pero soy crítico. Me gusta la provocación, no el contenido excesivamente amable que agrade a todos. Me gusta provocar, que la gente piense y debata», asegura.

Este youtuber y artista ha desatado urticarias y resquemores a nivel usuario y profesional: «He recibido correos de gente que no desvelaré. Gente muy importante dentro del mundo del arte que me ha invitado a que borre vídeos de artistas de reconocido prestigio, muchos de ellos muertos, quizá porque creen que la crítica puede afectar a su percepción sobre ellos. Por supuesto, no les hice ni caso», asevera.

Sus vídeos acumulan decenas de miles de visitas (sobre Van Gogh, Banksy, Frida Kahlo…). García Villarán es el terror de la vacuidad, de los laureles automáticos y del llamado hamparte: la fusión de las palabras «hampa» (microcosmos del hurto, de la trampa) y «arte».

Hamparte es una bola de papel arrugado, un lienzo con puntos de colores sin ninguna interpretación original del color, un tiburón en formol… Hamparte es colocar a todo esto nombres pretenciosos.

El mercado de arte contemporáneo se alimenta (en parte) de obras absurdas que todo el mundo intuye que lo son aunque nadie se atreva a expresarlo bajo la amenaza de quedar como un garrulo insensible y anacrónico. El esnobismo es como un collar de pinchos en el cuello de un perro de madera, la única confirmación de que el perro es real es que morderlo duele.

¿Por qué estamos así de desorientados? García lo atribuye a un conjunto de factores. Todo empieza, cuenta, con Kahnweiler, el marchante que representó a cubistas como Picasso: «Él envalentonó a los artistas. El cubismo me encanta y lo considero fundamental, pero empezaron a pegar papeles, a decir que eso era arte… y muchos artistas se vinieron arriba», explica.

Desde el dadaísmo, se abrió la veda: «Aunque, en principio, los dadaístas no querían hacer arte, querían destruir el arte. Lo que pasó es que se vendieron. Duchamp el primero. Con los retretes lo que quería era trolear, pero luego hizo siete u ocho para que estuvieran en los museos», opina.

Y si valía un urinario, por qué no iba a valer un grifo o un zurullo. «Interesa mucho al mercado del arte porque son obras muy sencillas de preparar y después las venden a muy buen precio», valora García. Es decir, lo que se vende como sofisticación sería, más bien, una cruda búsqueda de rentabilidad.

García Villarán matiza: «Yo no digo que el hamparte no sea arte, lo es pero ni mucho menos vale lo que la gente paga».

Este profesor de arte busca el matiz, y cree que eso es lo honesto, lo que hace humano al creador. No admite que el nombre de un artista pueda definir la calidad de su arte y que el prestigio acabe barnizando hasta los bocetos fallidos. La crítica o el cuestionamiento, incluso puntual, a los grandes pintores es, para muchos, un crimen o una muestra de estulticia.

«Ocurre por mitificación y falta de criterio. No pasa nada por decir que una obra no está al nivel. No hay nadie genial en todas las parcelas de su vida», expresa.

Llega a parecer que la calidad de la obra depende del consenso urdido alrededor de ella, como si no hubieran criterios claros. Pero sí los hay: se trata, según Villarán, de encontrar la genialidad en la forma de contar, en la interpretación de la realidad, en el nivel técnico… «Y puede ser una cosa sencilla como la paloma de Picasso, pero dentro de esas líneas hay toda una base de conocimiento e incluso mucha emoción», opina. «Uno no debe tener en cuenta que el autor sea uno u otro. Hay artistas con obra muy buena pero que después hicieron auténtico hamparte».

Él mismo reconoce haber caído en el hamparte y en la mitificación de ciertas biografías teñidas de malditismo: «Si piensas que para ser artista tienes que tener una vida desordenada, estar medio loco, emborracharte y tomar todas las drogas, te estás equivocando; te vas a cargar tu vida», razona.

La vida no debe tasar la obra, pero sí ayuda a explicarla: «Dalí era un farsante al que únicamente le gustaba el dinero, eso se ve reflejado en su obra. Por eso muchas de sus obras están vacías. Él buscaba lo que buscaba, éxito rápido. Lo demás no importaba».

Rastreando la historia de la glorificación de la Mona Lisa se encuentra una de las piedras angulares del hamparte. Para García Villarán, la Gioconda es una obra de segunda dentro de la producción de Da Vinci. «Yo no digo que sea malo. Como objetivamente veía que no era de primer orden pese a su fama, investigué y encontré por qué se hizo tan famoso».

Y no es solo su opinión, era también la de quienes gestionaban el Louvre en 1911, cuando Vincenzo Peruggia robó el cuadro. Cuenta Villarán que pasaba desapercibido hasta entonces y que tardaron un día en percatarse de que había desaparecido.

La fama de la Mona Lisa es la fama de su relato. Su precio no es el del lienzo, sino el de la narración que lo rodea: algo que, realmente, no se puede comprar, algo que se posee de antemano sin necesidad de adquirir el retrato. No es que la Mona Lisa sea hamparte, pero ayuda a explicarlo.

«Lo que te venden [en el hamparte] es algo que de ninguna manera se puede cuantificar, es lo que ciertas personas piensan de una obra, pero no lo que contiene la obra», explica. Hay otro elemento cuyo valor depende de una redundancia: de la confianza y el valor que las personas otorgan a su valor. Lo lleva todo el mundo en la cartera y a nadie se le ocurriría enmarcarlo para adornar el salón de su casa. «…da al bajo silla/ y al cobarde hace guerrero», dijo Quevedo del poderoso don Dinero.

Existen dos reacciones posibles ante los alegatos artísticos de Antonio García Villarán. La primera es el burbujeo entusiasta de descubrir que detrás de ciertas grandes figuras u obras de arte hay mucha trampa, muchas verdades soterradas. La segunda es ofenderse y sublevarse.

El zarandeo al que somete a personalidades incuestionadas como Salvador Dalí o Antonio López es tal que muchos desearían que fuera solo un tío que despotrica y escupe cuñadismos. Pero sus opiniones parecen fundamentarse siempre en la investigación, cosa no incompatible con el gusto por la polémica.

«Lo que digo en los vídeos es lo mismo que digo y he dicho en mis clases. Siempre me ha apasionado el arte, pero soy crítico. Me gusta la provocación, no el contenido excesivamente amable que agrade a todos. Me gusta provocar, que la gente piense y debata», asegura.

Este youtuber y artista ha desatado urticarias y resquemores a nivel usuario y profesional: «He recibido correos de gente que no desvelaré. Gente muy importante dentro del mundo del arte que me ha invitado a que borre vídeos de artistas de reconocido prestigio, muchos de ellos muertos, quizá porque creen que la crítica puede afectar a su percepción sobre ellos. Por supuesto, no les hice ni caso», asevera.

Sus vídeos acumulan decenas de miles de visitas (sobre Van Gogh, Banksy, Frida Kahlo…). García Villarán es el terror de la vacuidad, de los laureles automáticos y del llamado hamparte: la fusión de las palabras «hampa» (microcosmos del hurto, de la trampa) y «arte».

Hamparte es una bola de papel arrugado, un lienzo con puntos de colores sin ninguna interpretación original del color, un tiburón en formol… Hamparte es colocar a todo esto nombres pretenciosos.

El mercado de arte contemporáneo se alimenta (en parte) de obras absurdas que todo el mundo intuye que lo son aunque nadie se atreva a expresarlo bajo la amenaza de quedar como un garrulo insensible y anacrónico. El esnobismo es como un collar de pinchos en el cuello de un perro de madera, la única confirmación de que el perro es real es que morderlo duele.

¿Por qué estamos así de desorientados? García lo atribuye a un conjunto de factores. Todo empieza, cuenta, con Kahnweiler, el marchante que representó a cubistas como Picasso: «Él envalentonó a los artistas. El cubismo me encanta y lo considero fundamental, pero empezaron a pegar papeles, a decir que eso era arte… y muchos artistas se vinieron arriba», explica.

Desde el dadaísmo, se abrió la veda: «Aunque, en principio, los dadaístas no querían hacer arte, querían destruir el arte. Lo que pasó es que se vendieron. Duchamp el primero. Con los retretes lo que quería era trolear, pero luego hizo siete u ocho para que estuvieran en los museos», opina.

Y si valía un urinario, por qué no iba a valer un grifo o un zurullo. «Interesa mucho al mercado del arte porque son obras muy sencillas de preparar y después las venden a muy buen precio», valora García. Es decir, lo que se vende como sofisticación sería, más bien, una cruda búsqueda de rentabilidad.

García Villarán matiza: «Yo no digo que el hamparte no sea arte, lo es pero ni mucho menos vale lo que la gente paga».

Este profesor de arte busca el matiz, y cree que eso es lo honesto, lo que hace humano al creador. No admite que el nombre de un artista pueda definir la calidad de su arte y que el prestigio acabe barnizando hasta los bocetos fallidos. La crítica o el cuestionamiento, incluso puntual, a los grandes pintores es, para muchos, un crimen o una muestra de estulticia.

«Ocurre por mitificación y falta de criterio. No pasa nada por decir que una obra no está al nivel. No hay nadie genial en todas las parcelas de su vida», expresa.

Llega a parecer que la calidad de la obra depende del consenso urdido alrededor de ella, como si no hubieran criterios claros. Pero sí los hay: se trata, según Villarán, de encontrar la genialidad en la forma de contar, en la interpretación de la realidad, en el nivel técnico… «Y puede ser una cosa sencilla como la paloma de Picasso, pero dentro de esas líneas hay toda una base de conocimiento e incluso mucha emoción», opina. «Uno no debe tener en cuenta que el autor sea uno u otro. Hay artistas con obra muy buena pero que después hicieron auténtico hamparte».

Él mismo reconoce haber caído en el hamparte y en la mitificación de ciertas biografías teñidas de malditismo: «Si piensas que para ser artista tienes que tener una vida desordenada, estar medio loco, emborracharte y tomar todas las drogas, te estás equivocando; te vas a cargar tu vida», razona.

La vida no debe tasar la obra, pero sí ayuda a explicarla: «Dalí era un farsante al que únicamente le gustaba el dinero, eso se ve reflejado en su obra. Por eso muchas de sus obras están vacías. Él buscaba lo que buscaba, éxito rápido. Lo demás no importaba».

Rastreando la historia de la glorificación de la Mona Lisa se encuentra una de las piedras angulares del hamparte. Para García Villarán, la Gioconda es una obra de segunda dentro de la producción de Da Vinci. «Yo no digo que sea malo. Como objetivamente veía que no era de primer orden pese a su fama, investigué y encontré por qué se hizo tan famoso».

Y no es solo su opinión, era también la de quienes gestionaban el Louvre en 1911, cuando Vincenzo Peruggia robó el cuadro. Cuenta Villarán que pasaba desapercibido hasta entonces y que tardaron un día en percatarse de que había desaparecido.

La fama de la Mona Lisa es la fama de su relato. Su precio no es el del lienzo, sino el de la narración que lo rodea: algo que, realmente, no se puede comprar, algo que se posee de antemano sin necesidad de adquirir el retrato. No es que la Mona Lisa sea hamparte, pero ayuda a explicarlo.

«Lo que te venden [en el hamparte] es algo que de ninguna manera se puede cuantificar, es lo que ciertas personas piensan de una obra, pero no lo que contiene la obra», explica. Hay otro elemento cuyo valor depende de una redundancia: de la confianza y el valor que las personas otorgan a su valor. Lo lleva todo el mundo en la cartera y a nadie se le ocurriría enmarcarlo para adornar el salón de su casa. «…da al bajo silla/ y al cobarde hace guerrero», dijo Quevedo del poderoso don Dinero.

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Opiniones 4
  • Para mi el punto clave ha sido cuando mencionó tema Fundaciones. En este caso una creada específico para promocionar a Miró. El Hamparte tiene un puntal en eso, en tener detrás algo que te perpetue, que te haga presente en muchos sitios continuamente, cogiendo el espacio que pudiera ser para decenas de pintores o artístas nóbeles. Si le reservas espacio a Yoko Ono ya no apuestas por nadie nuevo en su lugar. En el caso de Miró o los marchantes que se menciona en el artículo es justo como el dice, una acción tipo Alcapone, yo impongo mi obra porque me con dinero y favores de trato lo inundo todo… por eso dudo que a Antonio lo reciban encatados en ninguna fundación. Sólo me incomodó la sobreposición de estos detalles en Dalí, sobre su vida personal que me parecieron un poco puntillosos. Admiro a Antonio, porque enseña el arte y lo promueve; aunque en el se aproveche la psicologia de masas y el dinero para vender como arte un retrete o una pintura callejera de alguien supuetamente anónimo. Así que me parece maravilloso que un artista y profesor irreverente use lo que podria ser una maquinaria de promoción en el Hamparte para que la masa se haga más consciente de todo, y en un medio que usa precisamente la viralización para algo parecido en fenómeno youtuber rico. Así es el ser humano, tan trascendente cuando quiere tan mundano cuando puede, ¿o será alrevés?

  • El principal problema que tengo con este tío es que siempre plantea las nociones del arte desde SU punto de vista. Lo peor es que no se trata de un educador – que lo pretende y eso es encomiable- sino de un divulgador que expone cosas ya sabidas por todos. ¿Que la Mona Lisa se hizo famosa gracias a que la robaron en el 1911? Gracias genio, ¿por qué no haces un análisis de cómo el mercado marketiniano se ha adueñado de la imagen y la convierte en marca? ¿Por qué no lo planteas como un estudio social más que como un “esto es hamparte porque lo digo yo”? Porque esa es otra: su planteamiento axiomático sobre el arte no hace sino dejar abierta la premisa al ‘si lo considero, es hamparte’. ¿Si lo considera cualquier persona es hamparte? Eso es como decir que la homeopatía cura, que las vacunas dan cáncer, que el Holocausto fue una invención de los judíos, que no hay calentamiento global, que la Tierra es plana… está muy muy bien el no contentarse y combatir los mercados multimillonarios, pero ¿realmente es necesario que te autodiagnostiques como una suerte de semidiós con los conocimientos únicos y necesarios para catalogar [no ya considerar] lo que es Arte o no? Dejemos a Yves Klein en una esquina, total es hamparte, pasemos de Jean Fabre, total, la performance la puede hacer cualquiera casi en serie y es hamparte, para qué estudiar la obra de Mondrian, total son cuadrados ‘sin técnica ninguna’ y por tanto hamparte… la cantidad de ejemplos en la Historia del Arte, la sociología, la psicología, la filosofía que demuestran que eso SÍ es Arte son puramente inabarcables.

    A mi me encanta Warhol y me dieron ganas de llorar con algunas de los supuestos que planteaba: allí donde decía que sus autorretratos travestidos son meros ejemplos de cómo quería parecerse a Monroe, Estrella de Diego hizo un gran análisis de cómo Warhol ya planteaba las teorías de género y queer… En escaso, breve y ridículo resumen: la divulgación mata, el odio está muy bien pero usted caballero no es nadie para dictaminar lo que es arte o lo que no pese a ser “un trozo de papel pegado” [de ahí nos quitamos de un plumazo desde los cubistas y fauvistas, hasta parte del arte postgrafiti y el stickart].

    Lo peor – y la mayor problemática que tengo con este caballero- es su discurso, tan cercano a ciertos dirigentes [uno alemán, el otro español] que hablaban de lo contemporáneo como “arte degenerado”, que lo prohibieron por crear pensamiento y establecieron un canon ineludible de cómo había que crear arte/pensamiento

  • Me encanta que con un lenguaje no rebuscado se ponen en la mesa los temas que se han considerado como máximas. En algunos casos, es un poco de lo que muchos pensamos pero que callamos.

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